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El Banquete de las Moscas,
novela de
María Paula Navas-Alarcón
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por
Conrado Arranz
Sucede en el otro
lado del mundo, en una tierra hostil cuyo gobierno lucha en público por
enmascarar la violencia y convencer al resto de que no ocurre nada y a la vez se
disfraza con manchas verdes y marrones para golpear con sus botas negras,
fuertemente anudadas, la esperanza de las clases más populares, las más
inadaptadas de un sistema que ellos mismos han impuesto. Unos ciudadanos piden a
gritos la paz y su pronunciación se pierde en el eco de la desesperanza, otros
por el contrario piden permanecer en la miseria como único lugar ajeno a la
incomprensión de la realidad colombiana, esa que en el momento de ocurrir, se
olvida. Hay en todo esto una editorial comprometida, Norma, que busca poner voz,
por medio de las letras, a gente que apenas tiene ganas de pronunciar. Bajo la
dirección editorial de María Elvira Bonilla Otoya, surgen ensayos, artículos,
reportajes y libros como el que hoy sostenemos, El Banquete de las Moscas,
de María Paula Navas-Alarcón, con relatos de ocho personajes reales que nadan
cómodos en la inverosimilitud de sus vidas.
A menudo los
escritores buscamos con nerviosismo paisajes literarios que enriquezcan el
contenido discursivo de nuestros personajes, paisajes donde las acciones cobren
una relevancia épica o por el contrario un simbolismo estético a la manera que
Márquez construía Macondo o con la minuciosidad de los horizontes rulfianos. En
este libro, el paisaje viene ya otorgado y se convierte en el personaje
principal que enreda con su energía al resto, se llamaba El Cartucho y ocupó una
almendra central de Bogotá hasta su forzada desaparición en el año 2005 y
conversión en el Parque del Tercer Milenio (ese que nunca llega por más que
pasen los años), por medio de un proyecto de la alcaldía. El Cartucho fue un
lugar real que hoy ya se ha convertido en uno imaginario en la conciencia
colectiva de sus moradores. Fue una ciudad con identidad propia, rodeada por un
muro invisible pero permeable de forma que el que entraba ya nunca salía, pero
el que salía, moría. Fue por tanto una fortaleza, cuya característica común más
notoria es que cualquier avance que se producía era un retorno doloroso al
pasado. En medio de ese espacio, vivían también los príncipes de la droga, en El
Castillo, inexpugnable, donde se cometían todo tipo de atrocidades que se
acallaban con el primer rayo de sol. Constituyen por tanto sus habitantes una
sociedad que lucha, algunos más que otros, por ganarse un peldaño social después
del último de la compleja escalera bogotana. Mensualmente llegaban los camiones
de la beneficencia institucional, con mangueras de gran potencia (los mismos que
se utilizan para disuadir manifestantes) para, una vez desnudos, arrancar la
costra que se ceñía en sus habitantes, «a veces incluso parece que te van
arrancando la piel». Descendemos a los infiernos de lo inverosímil y lo hacemos
detrás de la mesa en la que se sienta María Paula Navas-Alarcón, a su vez una
trabajadora social del programa de rehabilitación, cuya inquietud e
inconformismo la llevaron a saltar esa primera barrera para buscar el germen del
arraigo social en los últimos que quedaron allí, incluido ella.
Todos sus
personajes responden a las preguntas del Cuestionario de Proust, pero una de
ellas, pese a su potencial futuro y a su vez libertad, marca el pasado de todos.
¿Qué le gustaría ser? Martín quiere «ser menos que nadie», era un chico de
familia acomodada que por culpa de una indecisión personal, en mitad de un viaje
narcótico, queda enganchado para siempre en la realidad de El Cartucho. Son esos
momentos en los que no reaccionas, te defraudas tanto a ti mismo que necesitas
quedarte allí para buscarte siempre y que no te encuentre nadie. Ariel, sin
embargo a esa pregunta niega, dice «no, yo soy escritor». Entiende que no le
gustaría ser nada más allá de lo que le obsesiona y no se resigna en una
eventual negación del ser, lucha por lo que es: escritor; pese a que todo está
en contra para su desarrollo, no tiene dinero para comprar el tiempo, no tiene
máquina para escribir, incluso sus manos están prácticamente mutiladas después
de que los hongos provocados por la recogida de basura derivasen en crónicos y
para colmo la policía, en las múltiples actuaciones que realiza, le roban sus
manuscritos, esos que no puede escribir pero sobre los que recuerda siempre el
inicio: «caminaba Juan por el carril del ritmo…». Y es que Ariel escribe leyendo
las historias en las tuberías que arregla o destapa y luego las lacra bien para
no dejar pistas. Es la historia de un libro vacío. A Zohe le gustaría ser «de
verdad o de mentira, pero algo», ella sin embargo es una prostituta adicta a la
cocaína y que admira a otra compañera que era azafata de American Airlines,
juntas sobreviven sacando plata a los hombres importantes, aunque éstos no saben
ni donde vive. A veces, no sabe si por su presente o por la cantidad de coca, le
sobra el cuerpo (ese que da) y lo que quisiera es dejarlo por ahí para irse por
su lado. Elena Helena, cayó allí por la dura crisis en su Cartagena natal
y desde ese día, tiene fríamente calculados los días que cree que pasará allí.
En su diario, que encabeza sin embargo con el recuento de días que lleva, anota
con minuciosidad todos los sucesos (asesinatos, secuestros de bebés, etc.) que
veía desde la esquinita donde vendía su mercancía. Sin arrepentimiento le
gustaría ser «la que fui». El Deudo es un líder de zona que se encarga de
mantener la dignidad de los ñeros, aun muertos, e intenta reivindicar sus
muertes a las autoridades como símbolos de resistencia contra el alcalde que
quiere hacer desaparecer El Cartucho, esa es su voluntad «ser yo mismo, pero
cada vez mejor para servirle a la Comunidad». Jesús es un jíbaro de la olla más
grande de El Cartucho, un resistente de verdad, él no se mezcla con
chantajeados. Estudió algunos años de Derecho y pronto supo qué hacer en la
práctica con su vida: vender, estar al servicio de los consumidores, que nunca
descansan, como él. Se dio por vencido y aprovechó la ayuda de transporte de la
alcaldía para ir de vacaciones. Ahora piensa si lo que le gustaría ser es «en
vista de las circunstancias, de pronto abogado». Jairo es uno de esos jóvenes de
un Cartel, que un día entraron a El Cartucho a hacer un recado y no volvió a
salir. Su caída fue tan grave que lleva diez años encerrado en una habitación
sin ventanas en las que hace pequeños orificios para intentar ver el mundo sin
que por ellos quepa la serpiente que le busca para enrollársele en el cuerpo. Él
ya no puede cambiar y muerto, sólo espera el tiro de gracia, por eso le gustaría
ser «libre». El Calvo era el cuidador sigiloso de El Castillo, paseaba y
observaba todo lo que había extraño a su alrededor e informaba. Por la noche
habitaba en las mazmorras, haciendo figuras de yeso bajo la única luz de una
bombilla y la mirada atenta de sus doscientos gatos que nunca habían salido de
allí y que fueron sepultados cuando se demolió El Castillo; a él le gustaría
«ser más escultor que campanero».
Todos estos
personajes reales fueron los últimos en abandonar El Cartucho, aquel barrio
inquietante a muy poquitas cuadras a espaldas del Palacio Presidencial, en
Bogotá. Este libro cruzó el Atlántico desde allá con una dedicatoria muy
especial, «un poco de realidad colombiana para un ser que comprende, entiende y
siente». Me lo enviaba una persona muy querida que está a punto de dar a luz a
un bebé que mañana, gracias a María Paula Navas-Alarcón y a Grupo Editorial
Norma, será también, como hoy lo soy yo, el último en salir de El Cartucho.
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El Banquete de las Moscas
190 págs.
Primera edición: septiembre de 2006
ISBN: 958-04-9564-5
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Blog de Conrado Arranz:
http://ellibrovacio.blogspot.com/

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