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EL CALENDARIO DE LA ETERNIDAD,
DE PATRICIO ARMANDO SÁNCHEZ
por José Alejandro Peña
El calendario de la
eternidad,
de Patricio Armando Sánchez, más que un mapa orgánico o una guía dantesca, es
una muestra en secuencia de los «delitos» de un hombre que no teme ni a la vida
ni a la muerte, ambos temas, tocados con lírica reflexión y sobrehumana
voluntad. La experiencia de vivir fuera de su país natal (Chile), ha marcado
bien a este hombre sensible que ve el mundo con todos sus elementos y contrastes
desde Francia, su país de adopción.
El calendario, que marca los
días, los meses y los años, indica que el «suceso» de vivir no se detiene: la
eternidad ocurre a cada instante, pues ella es el hombre que se sustituye y pasa
y se repite con una constancia sin fin, como una línea recta. El olvido, que
sirve de fondo a los actos humanos, está signado por la palabra, que hace el
dibujo del mundo «a imagen y semejanza» de la suerte, o del azar. Sin embargo,
los poemas de este libro de Patricio Armando Sánchez, no son juegos de armas, de
copas, de Barajas ni golpes de dados: escapan al dominio del azar por obra y
gracia de la reflexión serena, profunda y diáfana.
Se canta lo propio cuando se
canta a los demás. Así cada línea marca un retorno y una ida, una repetición de
adioses luminosos que hacen un mapa de la interioridad de todas las cosas. Para
Patricio Armando Sánchez tienen valor y decisiva importancia los colores, las
fechas, los lugares, las situaciones, las voces de la calle, el charco de agua
negra, los niños sin zapato, los insectos, los hombres con bigotes y las mujeres
con suegros de alquiler…; y sabe que todo suceder es simultáneo y cada historia
coincide con la otra, la que nadie ha vivido todavía. Se anticipa al tiempo por
voluntad del tiempo, que es el hombre, siempre. Canta a lo efímero porque allí
permanece lo inmutable.
Su lenguaje suele ir soltando
luces y moldeando huellas y sonidos. Esto es, dotando las cosas de la Realidad
de una nueva realidad que es casi siempre imperceptible. Sus poemas marcan un
decir que solamente es reemplazado por otro decir o por el silencio, la flecha
disparada, con intención, al corazón de todos. Siempre he dicho que la poesía
debe apuntar al corazón, pero dar, finalmente, en la cabeza, como hicieron los
poetas del romanticismo inglés, francés y alemán. Y como luego hicieron los
poetas de la vanguardia europea e hispanoamericana, que dicho sea de paso, se
sirvieron de muchas mañas y manías, todas ellas sin equivalentes. Patricio
Armando Sánchez sabe combinar distintas atmósferas y tonos, pasando de la
reflexión filosófica a la evocación impresionista del paisaje, en el que siempre
hay cambios, ya cromáticos, o de intenciones.
Algo que no voy a dejar de
mencionar ni de resaltar es el hecho de la ironía, que se convierte en humor en
este libro de indudable oxígeno vital. Humor y dolor se juntan en forma de
ironía para producir un choque en la psiquis del lector. Lo interesante
de la ironía es que tiende a producir sorpresa, un tipo de sorpresa que ningún
lector puede ignorar. Especialmente si ésta está acompañada de un toque de
ternura.
En el primer poema (Huachocopihue)
nos dice:
«Para la posteridad, nos
gritaban las Viejas del barrio Huachocopihue, en Valdivia, con los dientes
cariados: ¡es necesario realizar sueños bonitos!».
Uno de los poemas que más me
impresionan es el titulado Aquí debería comenzar mi canto (pág. 14), un
soneto que evoca y denuncia, pero con con tal lirismo y humanismo neoclásicos,
las cotidianidades de una «Europa cristiana, bárbaramente moderna y salvaje».
Y me impresiona por su gracia, su firmeza, y su realismo. Un realismo forzado a
expulsar sus remiendos impuros, sus maravillas de ardor.
Su poema Extranjero,
dedicado a Fernando Pessoa (pág. 16), uno de los más importantes del libro,
merece fiel atención del lector, por todo lo que contiene y encierra.
En este poema se dan las
preguntas como claves y las respuestas que están ya contenidas en las preguntas
de manera silente. El poema está ordenado en sentencias. Cada sentencia es una
descarga, una demarcación del día y de la hora de aquel extranjero convocado o
invocado por la palabra como señal de vida.
Con El Calendario de la
Eternidad, Patricio Armando Sánchez, dignifica y ejemplifica la poesía
hispanoamericana de nuestros días. Si usted o cualquier dudara por un instante,
con su justo derecho (por qué no), abra este libro y lea.
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UNA POESÍA DE LA INFANCIA
Y DEL EXILIO
por Cristián Vila Riquelme
*
Alguien dijo alguna vez que la
patria es la infancia. Postura poética y vital que proyecta a la infancia en una
patria imaginaria que, gracias a la infinita capacidad de sorprenderse que
aquella tiene no sólo con lo grande sino que con lo más pequeño e
insignificante, produce nuevos mundos tutelares que, entre otras muchas cosas,
también curan del exilio y de la soledad. No es, por lo tanto, gratuito el
título del presente poemario de Patricio Armando Sánchez, poeta chileno de
Montpellier y poeta héraultiano de Talca: El Calendario de la Eternidad.
Porque, como se sabe, un calendario —de cualquier procedencia— establece los
días y los años, los plenilunios y las estaciones, y en ese sentido establece
también los lugares de la memoria y los hilos tutelares de vidas pasadas,
presentes y futuras. ¿Cómo entonces este calendario no podría ser eterno, tal
como es eterna la patria que es la infancia?
Nos encontramos entonces en
«el país de las evocaciones» y qué mejor vehículo de aquel que la poesía —de
aquella que vaticina y devela, que se maravilla y sorprende eternamente. Puesto
que de entrada, con un poema-prólogo, Huachocopihue, el poeta nos dice:
«Podremos pensar en la tierra baldía/ que heredamos, extrañamente,
mientras leíamos/ el Libro Sagrado que desgastó
nuestros ojos,// la novela del mar, toda la vida ésta para tramar nuestra
dicha».
Y hablábamos de evocaciones y
de curar el exilio, precisamente porque el poeta no puede comenzar su libro sólo
con ese poema-prólogo de marras, sino que con la nostalgia de la tierra natal
por el impacto que provoca el exilio cuando recién éste comienza: «Mas
siempre la nostalgia de tu tierra/ Traerá algún sabor en su canasto./ Cuando
crees odiar, amas profundo.// Eres cual un fantasma siempre en guerra/ Con los
días domingos, sobre el pasto./ Tu dolor es tan viejo como el mundo.»,
termina diciendo en el soneto Aquí debería comenzar mi canto (y que
también le da nombre a la primera sección del presente poemario). Y nótese el
verso «Cuando crees odiar, amas profundo», porque queda claro que Sánchez
no se contenta (es un decir) con el lugar común de todo comienzo del
exilio —cuando nos damos cuenta de que rompimos para siempre una (cómoda
o incómoda, poco importa) continuidad y nos sentimos desgraciados y solitarios.
No, el poeta vive su nostalgia afirmativamente, se da cuenta de que su «dolor
es tan viejo como el mundo». De algún modo es la postura «trágica» a la
Nietzsche, es decir, la de aquel sumido en el amor fati: «Tu semblante
son los trenes que se duermen con el alba./ Llevas equipaje transitorio,/ viajas.//
Desciendes en un andén,/ te preguntan tu nombre,/ no respondes.// Sin
embargo, debes ser feliz porque estás vivo./ Vivir es algo sumamente serio para
ti.», nos dice en el poema Extranjero, de la misma sección que el
anterior soneto (después de todo «vivir es algo sumamente serio» para
cualquiera de nosotros). Se puede decir, entonces, que no hay sólo un pathos,
siempre de algún modo tan fácil, sino que más que nada «pura afirmación» de esto
que somos; de alguna manera se juega la baraja de la vida con el ojo abierto del
vate, con la capacidad de observación de los antiguos arúspices, y
algo nos recuerda al indio Vallejo con su cuervo, que a pesar del desgarro del
exilio («mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza)»), establecía una
cierta distancia irónica o, mejor aún, una cierta distancia humorística con su
realidad de aquel entonces. Por eso, por esa filiación inevitable, cito
enteramente el soneto de Sánchez, El Ojo, de la segunda sección de este
hermoso libro: «Sencillamente hay días en que el ojo/ No ve la realidad de
buenas ganas/ Subidos en el cisne las mañanas/ Nos causan un dolor de color
rojo// Y andando por caminos sólo el ojo/ Decide si en la marcha las campanas/
Habrán de repicar en las ventanas/ De aquellos que no miran con un ojo//
Volviendo al tercer verso modernista/ No busco sustraerme a los problemas/ No
obstante estoy buscando soluciones// A este mal estoico en que el artista/ Acaba
por creer que sus emblemas/ Son meras necedades o emociones». O tal como en
el poema Hoy, hay también una rítmica vallejiana, pero no en el sentido
de alguna influencia —siempre tan molesta para cualquier «poeta con oficio», que
es el caso de Sánchez, de cuyo oficio qué duda cabe—, sino que de filiación, de
hermandad poética: «Hoy acabo de hablarme en una oreja/ Hoy acabo de hablarme
en un oído./ Hoy estoy feliz, caramba!, qué tristeza/ Al sentir mi corazón
redondo y amarillo». Así también, en el soneto Pequeña biografía del
energúmeno, demuestra esa ligera distancia a través del humor (de la que
hablábamos) de modo más que evidente: «No le pidáis uvas a las peras./
Nuestra vida es una gran travesura./ Decimos hola y decimos adiós.», que de
paso nos lleva, evocativamente, al poeta chileno Jorge Teillier de aquel verso
famoso: «para ocultar lo único verdadero: que respiramos y dejamos de
respirar». Y, sin ir más lejos, tenemos los siguientes hermosos versos, tan
llenos de filiación, una vez más, con el poeta Teillier:
«Todas
tus muchachas son hermosas como los calendarios que nos regala la eternidad./
Todas tus muchachas son hermosas como las vocales de los ciruelos que despiertan
bajo los sauces meditativos del tiempo.//Todas tus muchachas son hermosas como
las pestañas del cilantro»
(El Calendario de la
Eternidad), porque se hace presente, aquí, lo que algunos llaman «lo lárico»,
pero que, a mi juicio, debería llamarse la «evocación de la infancia en el
exilio». Y que es casi como volver a producir el mundo: «El oro de los campos
es latido de pluma; galopan a lo lejos caballos invisibles, y en el anfiteatro
de la nieve y el musgo sólo los moscardones semejan a una piedra»
(La Frontera).
La poesía de Patricio Armando
Sánchez es como el Das Lied von der Erde (‘El Canto de la Tierra’) de
Gustav Mahler: evoca a través de la tristeza y del maravillamiento frente al
formidable resplandor de este mundo una especie de ciega fe en el paraíso
perdido pero, también, ese amor fati a la Nietzsche del que ya hablé más
arriba. La vida es algo serio y por eso debe ser tomada con humor y con rabia,
con amor y con pena, y a través de todo eso afirmarla más allá de los «ríos
que van a dar a la mar que es el morir», como dice Manrique, porque tal como
nos dice nuestro poeta: «Son los ríos la dicha de la dúctil granada: cuyo
cristalino ramaje de asteroides alumbra los senderos por donde el trigo huye en
busca de un molino que sólo será piedra» (Valles). Es indudable: el
poeta recorre el mundo y recorre la poesía y la vida misma (la suya, la del
otro, la de todos nosotros) y, por eso, seguramente, se sentará en el recodo del
camino a la usanza del poeta Machado, mirará hacia atrás y hacia delante,
compartirá o no su pan y su vino y luego volverá a echar a andar: «Doy las
gracias al viento y a los árboles/ a las palomas que vendrán mañana/
a despertarme con sus alas blancas» (poema Gracias).
Caleta Horcón, Chile, marzo de
2007.
* Cristián Vila Riquelme nació en Villa Alemana,
en 1955. Es profesor de Filosofía, doctorado en la Universidad de la Sorbonne y
reside en Caleta Horcón. Es filósofo, poeta, narrador y ensayista.
Web: (http://chili-france.over-blog.com/)
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Patricio
Armando Sánchez, (Chile, 1959).
Poeta, profesor de español y
gestor cultural, Master en Estudios Románicos, Universidad Paul Valéry de
Montpellier, Francia, y Diplomado en Estudios Hispánicos, Universidad
Complutense de Madrid. Parte de su producción literaria ha sido editada bajo el
titulo de Breve Antología Personal y otros poemas (Los Andes, Francia, 2000).
Es
además autor de Poèmes écrits dans un café, (Francia, 1991), de
Montpellier, Trois Minutes d’Arrêt (Francia, 1996), y de El Calendario
de la Eternidad (Estados Unidos, 2007), entre otros.
Actualmente
colabora con las revistas literarias Les Cahiers de Poésie, Acacia y
Arcoiris (Francia), la Revue Passerelle (Canadá) y Paradoja (Estados
Unidos). Reside en el departamento del Hérault, Francia.
LIBRO PATROCINADO Y PRESENTADO POR LA
SOCIEDAD INTERNACIONAL DE ESCRITORES (S.I.E.)
Y OBSIDIANA PRESS
PARA PEDIDOS DEL MISMO:
http://www.oplibros.com/Patricioarmandosanchez.htm

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