Revista Almiar

El talento y
el valor

 

 

 

 

 

 








una serie de reportajes por

Guillermo Ortiz López






 







 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Hora Chanante: cinco meses con Joaquín Reyes y sus tres gambiteros
 

Maquillado por completo, de manera que es irreconocible hasta para Don Mauro, Joaquín Reyes se sienta encima de una Harley Davidson vestido con un chaleco negro, un montón de relleno para que parezca que está «cuadrado» y una melena postiza que le ayuda a dar vida a «Renegado», esto es, «al hombre que cometió el pecado mortal de denunciar a otros policías corruptos», esto es, a Lorenzo Lamas, «El rey de las camas».

Capítulo número 50 de La Hora Chanante, grabado en una fundición del polígono industrial de Alcobendas. Están todos, o casi todos. Falta Raúl Cimas, que tenía una actuación fuera de Madrid. Falta el entrañable Ignatius Farray, que ya ha grabado su parte en el Retiro.

Es divertido, sí, pero es un trabajo, que a nadie se le olvide. Empezaron a las 4 de la mañana, maquillando a Joaquín y son ya pasadas las 5 de la tarde. Las grabaciones siguen, más o menos, el horario previsto. A Paula, al menos, no le sale «espuma por la boca» como prometió con una sonrisa enorme el día anterior. Arantza, la otra productora, sigue pareciendo una niña entre lobos... pero una niña que sabe bien lo que hace, que corre de un lado a otro para recoger bebida, comida, trajes, avisar a actores, maquilladores, estar pendiente de dar conversación al dueño de la fundición, a los invitados, al chofer que ha contratado Paramount... incluso al periodista-escritor de revista desconocida que anda pululando por el territorio chanante desde hace cinco meses, cuando apareció en el rodaje de Gremlins 3 con Nacho Vigalondo.

Todos fuera de la nave mientras, dentro, Joaquín se acomoda en la moto, busca el mejor plano y empieza a dar su «testimonio». Una sola toma. Dos minutos sin parar de hablar. Todo improvisado. No hay tiempo para muchos guiones, en general, así que se estudia la vida del personaje en cuestión y empieza a desvariar, a poner voces, gestos, a gritar: «¡Que soy latino!», a sacar fotos de modelos por Internet en posiciones dudosas... Ernesto Sevilla se parte de risa, pero no está mirándolo a él, está mirando el monitor donde se ve si la toma vale o no vale.

Los demás estamos callados. Nos cuesta, pero estamos callados. Cuando ya, definitivamente, Joaquín se queda en blanco, estallamos en risas. A él le cuesta más, posiblemente por el maquillaje. Kati esquiva avispas, yo alterno sol y sombra para despistarlas, Arantza recomienda el nada científico método de morderse la lengua y quedarse completamente quietos. En ocasiones, ella tampoco lo cumple. 

24 Hour Party People

Ha sido un día largo y va a seguir siéndolo unas cuantas horas más. Lo dicho: Joaquín empezó a maquillarse a las 4 de la mañana, Ignatius y Julián López empezaron a grabar a las 8 en el Retiro; a eso de las 11, Chape estaba ya preparado para hacer de «Indio» —cualquiera que haya visto la serie sabrá de lo que hablo y, si no, para eso se inventó el YouTube—, justo después de comer apareció Carlos Areces y en medio ha habido sesión de fotos.

«Es muy complicado juntar las agendas de todos», me comentó Paula el día anterior, «de hecho, hacía muchísimo tiempo que no estábamos todos juntos, ahora cada uno tiene sus cosas por ahí y es difícil juntarlos». Hoy se hace el testimonio del capítulo 49 y las continuidades del 50, que será un especial acompañado de fiesta en Florida Park. Lorenzo Lamas está investigando una conspiración para acabar con el programa y para ello contará con la ayuda del Indio y de Vicentín, que aparece de repente en la fundición buscando un after. Los sospechosos: el taxista, el bedel y el forestal... «que además, se parecen bastante», asegura Lorenzo, «pues sí se dan un aire, sí», corrobora el Indio, los dos metidos en una oficina bajo el retrato de Ronald Reagan y una bandera estadounidense.

«Sólo elegimos personajes vivos», me comentó en una ocasión Joaquín. «Algunos se han muerto poco después, como el propio Reagan, pero no queremos poner a gente que se haya muerto, igual que tampoco queremos buscar polémica con los vivos, habrá a quien le haga gracia y a quien no, cuando empezamos con esto tampoco pensábamos que nos iba a llegar a ver tanta gente». 

Una historia manchega 

Cuando empezaron con esto... cinco años y 50 capítulos. Una historia cien por cien manchega, pasando por Albacete y Cuenca. «Joaquín y yo somos casi familia, como primos lejanos. Nuestros padres eran íntimos amigos en Albacete y él venía a ser un primo mayor —cuatro años de diferencia—, luego estudiamos Bellas Artes en Cuenca.», afirma Ernesto Sevilla. Allí, en Cuenca, Ernesto se reencontró con Raúl Cimas, al que ya conocía de Albacete e hizo amistad con Carlos Areces, Santiago Lucas, Javier de la Osa...

A partir de un corto de Chape —Pablo Chiapella—, Paramount Comedy se empieza a interesar en el grupo y, a cuentagotas, van llegando a Madrid. Raúl Cimas. Julián López —estudiante de magisterio musical al que habían conocido en la Residencia de Estudiantes de Cuenca— y Santiago Lucas se incorporan como guionistas a la serie Dinamarca, y posteriormente aparecen Joaquín y Ernesto, a través de Santi. Ambos se dedican a monólogos, son «nuevos cómicos» —«la comedia es el único lenguaje que conozco, lo he copiado casi todo de mi padre», aclara Ernesto— y la cadena decide encargarles un programa que gira en torno a Joaquín y su capacidad camaleónica para interpretar distintos personajes.

¿Cómo se le ocurrió a Paramount Comedy apostar por algo así en su momento? Imposible saberlo, conjunción de valor y talento, es de suponer. El caso es que Joaquín empieza como único actor, en el tercer programa se une Ernesto, en el séptimo Julián y un poco más tarde Carlos. Ellos cuatro soportarán a partir de entonces el peso del programa.

Los invitados y colaboradores se cuentan por decenas —Velilla Valbuena, Eva Hache, Don Mauro, Ignatius, Dani Mateo, Chape, Cimas...—. Es un equipo que se mueve por el entusiasmo, la única manera de poder llevar a cabo jornadas como la de hoy, meses llenos de llamadas, preproducciones, postproducciones, rodajes... que se prolongan mucho más allá de la jornada laboral de cualquiera de nosotros. 

De Michael Knight a César Romero 

Unas influencias comunes que van de La bola de cristal a los dibujos de Sherlock Holmes, un universo infantil ochentero —el primer «testimonio» fue de David Hasselhoff, pero no el vigilante de la playa sino el conductor del Coche Fantástico—, unos cuantos sketches que han ido desapareciendo —Agnes, Roberto Picazo...— otros que se mantienen —Asun, Marlo y Claudio, Vicentín, el Payaso, el Gañán...—, algunas ilustraciones —Señor Pussy, Doctor Alce...— que hibernan a ratos y unas imágenes compradas exclusivamente para La Hora Chanante y montadas en un principio por Santiago Lucas bajo el nombre común de «Retrospecter»: César Romero, Boris Karloff, el gambitero que acaba mal... grandes clásicos de la comunidad freak post-adolescente de nuestro país.

El salto decisivo fue de Paramount Comedy a Localia y, sobre todo, el empuje de YouTube. Prueba a poner «chanante» y encontrarás todos los capítulos del programa, más unas cuantas elaboraciones propias de algunos «pirados» empeñados en repetir todas las palabras del nuevo vocabulario manchego: «gambitero», «tunante», «caldofrán», «regulero»... 

De espectador a personaje 

Cinco años después, el éxito. En una conversación a la salida de «Smonka», Julián López hablaba de lo mal que estaba la televisión ahora y Joaquín le contradecía —Joaquín tiende a parecer ausente, pero no conozco a nadie capaz de procesar y hacer más cosas por segundo—: «Ahora se hace una televisión muy buena, con Aída, Noche Hache, Perdidos, House, iPop, Buenafuente...».

Ahora, hacen una televisión muy buena, habría que matizar: los chanantes manchegos han copado prácticamente todos los programas de humor. Joaquín aparece en Camera Café y Smonka, después de un verano colaborando en El País y presentando A pelo en La Sexta. Ernesto colabora con Buenafuente y co-presenta Cuatrosfera, Raúl Cimas fue la réplica de Joaquín en A pelo e hizo de reportero intrépido con los chicos de El Terrat, Julián López imita a un periodista deportivo en Noche Hache, Chape participa en la enésima temporada de Aquí no hay quien viva, antes de que la cambien a Telecinco... Carlos Areces, aparte de interpretar a «La Vane» en Noche sin Tregua, sigue dibujando en El Jueves.

Él mismo se considera más un dibujante que un actor.

¿Cuál es el precio a pagar? Para Joaquín, poco. Es un hombre que nunca parece molesto, pese a ser el que da más la cara. Ernesto se queja de que le digan «gañán» en medio de la calle, o incluso le llamen a las cinco de la mañana sólo para gritárselo por teléfono, pero se queja a su modo, con una media sonrisa y pasando un poco del tema. A Julián —estudiante de conservatorio, con su propia orquesta de música de cámara— le molesta que le llamen «Vicentín» todo el rato, pero es tan buen tipo que cuesta creer que realmente se vaya a enfadar por eso. Quizás, precisamente, ahí esté el problema.

«Si todo esto hubiera pasado el primer año hubiéramos flipado, pero ya lo vas asumiendo con más naturalidad», afirman los tres. «Nos daremos cuenta con el paso del tiempo», concluye Joaquín, a quien le extraña el éxito del programa porque «no es fácil, le pone pruebas a la gente. El espectador no obtiene lo que espera». Entre sus cómicos admirados Michael Palin, Jim Carrey y, curiosa coincidencia común, Ben Stiller. 

El talento debajo del talento

Por debajo del talento, más talento: Nacho Díaz, el maquillador, capaz de convertir a Joaquín Reyes en Mike Tyson y Raffaella Carrá, pendiente de ir maquillando a todos los invitados según van llegando, corrigiendo las manchas de sudor, los efectos de la luz, el propio paso del tiempo y el polvo sobre la capa «latina» que cubre el rostro de Joaquín.

Por debajo del talento, también, la organización: Paula, un poco más nerviosa y Arantza, con cara de cansada —los dos tenemos una fiesta esta noche, fiestas distintas, y ninguno de los dos parece estar muy entusiasmado con la idea—. De las seis se pasa a las siete y de las siete a las ocho y el dueño de la fundición se empieza a impacientar cuando van a dar las nueve y el actor japonés contratado para hacer de Chu-lí —¿cómo iba a faltar Angela Channing en un capítulo de Lorenzo Lamas?— no acaba de entender cuándo tiene que apartarse y cuándo tiene que sacar la pistola.

Fuera de tiempo, muy fuera de tiempo. Tanto que la improvisación se hace con todo y las risas aumentan. El guión como una excusa, un final que se decide en cinco minutos —«melli», le dice Joaquín a Ernesto, «qué te parece si...»—, por no complicarse más la vida. ¿Así queda bien? Así queda bien, seguimos...

«Vamos, chicos», «Silencio, estamos rodando», «que soy latino», «coponen»... expresiones que se van mezclando y repitiendo en un día que ya es eterno a las diez de la noche, esperando aún el taxi que nos devuelva a Madrid, Plaza de Cuzco: Chape, nuestro entrañable japonés, actor y profesor de shiatsu, y Julián López, interesado en lo que he ido publicando en mi blog sobre anteriores encuentros —todos marcados como enlaces en este mismo reportaje...

Joaquín Reyes, aún desmaquillándose. Probablemente le tome horas. Junto a él, Nacho. Ernesto, Mauro, Paula, Carlos y Arantza, más los técnicos de sonido e iluminación —impresionante Walter con su pértiga al hombro durante más de diez horas— van dejando vacío y oscuro el polígono en distintas furgonetas de la organización.

Un día más en la oficina, para todos ellos. Lo extraordinario tomado como algo normal. El talento hecho una forma de vida. El valor, sobre todo, el valor...

 






 

 

 

 

 







 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Reportaje por Guillermo Ortiz López
Fotografías originales cedidas por La Hora Chanante para este reportaje
 desde la web: http://www.paramountcomedy.es/pc.es/lahorachanante/ ©
Web de Guillermo Ortiz: http://www.guilleortiz.com/
Revista Almiar (Madrid; España) - nº 30 - octubre 2006 (Aviso legal)

 

 


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