
El
hombre que no miraba la Luna
Antonia de J. Corrales Fernández
Sucedió
un mes de julio. No recuerdo el año, ni la hora, sólo que hacía calor,
demasiado calor.
Siempre pensé que moriría en el
coso; sobre el albero de La Maestranza, salpicado por la arena de Las Ventas,
bajo el clamor de las fiestas populares de cualquier pueblo. Lo cierto era que
no me importaba mucho donde estuviese enclavada
la plaza, sino que la muerte llegase a mí sobre la arena de ella, sin
dar lugar a pasar por la enfermería, porque si uno ha de morir, cuanto antes
sea mejor.
Creía que mi muerte, sin lugar a dudas, estaría unida al quite de un capote, precedida por el silencio sobrecogedor de los tendidos al cite del astado, arropada por el olor de la tierra mojada de sangre y agua, embriagada por el regusto que deja el vino tinto de bota. Deseaba que llegase a mí después de colocar los rehiletes, al instante mismo de parear. Imaginaba que sería descrita por la prensa taurina con vehemencia, con chulería torera. Tal vez por ello siempre me “asomé al balcón” con demasiada valentía, con excesiva precisión. Quizá por ese convencimiento, que más que certeza era un deseo, pensé que no estaba muerto sino adormecido.
No sentía calor, hacía tiempo que el sofoco había desaparecido, que
todo se había vuelto espeso, opaco, carente de tiempos verbales. Entonces oí
como alguien decía:
—El coche se salió de la
carretera despacio. Tal vez se durmió. Eso nunca se sabrá.
Despacio.
Todo sucedió muy despacio, de eso estoy seguro. Poco a poco me dejé llevar
por la brisa de aquella noche de luna llena que me adormeció, porque debía
estar dormido. Tenía que estarlo, ya que el estruendo y el dolor fueron
leves, apenas perceptibles, inconscientes. Como en una pesadilla todo fue
angustioso, aletargado y fantasmal. Quise despertar, lo intenté, pero no pude y el
sueño continuó. Estuve demasiado tiempo en la carretera, sobre el asqueroso
e inerte alquitrán, sin un solo grano de arena. Desorientado dentro de
aquella especie de sueño que
inmovilizaba mi cuerpo.
«Tal
vez me haya dado un ataque de parálisis» Pensé mirando el cielo con
desesperación. Un cielo donde no había ni una sola estrella. Un cielo donde
sólo estaba la Luna, enorme, inquietantemente llena, preñada de luz. Igual
que estaba en aquellas noches en que Antón, José y yo íbamos a “hacer
lunas”. Pero ésta vez yo estaba solo y la Luna poco a poco se aproximaba.
Lentamente fue cubriéndome con su brillo, aplacando con su luz mi dolor.
No sé en que momento oí la voz del párroco del pueblo. Su
reconocimiento me preocupó, yo no era religioso, no como la Iglesia entiende
la religión. Yo tenía mis santos, mis vírgenes, y a Dios, al Dios de los
cristianos, pero en pocas y en contadas ocasiones fui a misa. Algo que don
Sebastián nunca me perdonó, algo por lo que cada vez que me veía por el
pueblo me hacía saber arqueando las cejas, tiñendo su mirada de reproche:
—Julianín,
no creas que te salvarás, algún día tendrás que darle explicaciones a
Dios. No se puede ser a medias tintas.
«¿Qué hace el párroco en mi sueño?» Me pregunté intranquilo. Fue
entonces cuando vi la iglesia, la parroquia del pueblo que me vio nacer.
Estaban todos; familiares, amigos, enemigos, conocidos, desconocidos..., como
en las fiestas de la Virgen; todos menos yo.
Ángela,
mi mujer, vestía de negro riguroso. José, mi gran amigo José, la sujetaba
por los hombros, ella parecía dejarse caer. Frente al altar un féretro.
Sobre él unas banderillas, aquellas que el maestro me regaló en la despedida
de la que fue mi última corrida.
—¡No
puede ser! —grité—. Al menos eso fue lo que creí estar haciendo, gritar.
Todos se giraron. Pensé que me estaban mirando, que me habían oído, pero no
fue así. Sus miradas se clavaron en la puerta situada a mis espaldas, la que
daba acceso a la entrada de la iglesia. El viento premonitorio de la tormenta
que después acompañaría el cortejo fúnebre al cementerio, y que soplaba
con excesiva fuerza, había arrastrado junto a mis pies un puñado de panícula
que había en el soportal.
—¿Quién ha muerto? —pregunté
mirando a mi alrededor—. Nadie contestó. Todos me dieron la espalda
y miraron a don Sebastián. Éste levantó la cabeza hacia la bóveda
semicircular diciendo:
—Estamos
aquí reunidos como cristianos, como católicos que somos, para pedir a Dios
nuestro Señor que acoja en su seno a nuestro hermano Julián. Fue un poco
rebelde con la doctrina, pero criatura de Dios y gente de bien. Un buen vecino
al que este pueblo amaba...
Estaba muerto. Aquello no era una
pesadilla, era la realidad. A pesar del impacto que me produjo la certeza, la
evidencia de mi muerte, no sentí miedo, sino desconcierto. Hacía tiempo, demasiado tiempo, que el miedo a
morir se había ido de mis pensamientos, que me había abandonado. En su lugar
se había instalado la angustia que me producía no saber que era estar
muerto, sentirse muerto, si es que uno había de sentir algo.
Ángela cayó al suelo. Grité, una vez más lo hice, pero no sirvió
de nada. Una vez más volví a sentir angustia. Después, todo se volvió
violeta, de un color violeta amoratado como el manto que cubría el altar.
Entonces pensé en ella, en Ángela. La había dejado sola. Sin un hijo que le
recordara a mí, sin un descendiente que acompañara su dolor, el dolor
inmenso de una mujer. De mi mujer.
—Los toros, ¡maldita obsesión!
—decía abuela—. La culpa de todo la tienen los toros. Si lo sabré yo.
Tanta valentía se te ha comido el esperma. No se puede cumplir con una mujer
y con la muerte. No como tú lo haces. Desafiando, riéndote de tu vida,
creyendo que eres el dueño de tu destino. ¡Así no! No podrás tener hijos,
no podrás hacerlo. Debes guardar
los palos, al menos durante un tiempo, deberías hacerlo.
Ángela
llegó a creer que abuela tenía razón después de que diferentes
especialistas en ginecología nos confirmaran la ausencia de problemas para
engendrar, y ella a pesar de los múltiples intentos seguía sin quedarse preñada.
Su deseo de ser madre pudo más que la lógica y se dejó llevar por los
consejos de la vieja; puso en mis manoletinas gotitas de mercurio, que según
decía un conjuro ataban el cariño y el deseo del marido a la casa y la mujer
—lo cierto fue que durante ese tiempo nuestra actividad sexual aumentó
considerablemente—. Colocó violetas e hierba buena en las ventanas, pétalos
de rosas blancas bajo la almohada y granos de trigo metidos en un saquito que
puso en el centro del colchón. Un mes después,
Ángela quedó preñada. Justo cuando las violetas se marchitaron, las
hojas de hierba buena comenzaron a oler a jazmín y los granos de trigo se
tornaron violáceos; tal y como la vieja había augurado.
Durante
la primera corrida de la temporada un astado hundió en mí muslo su pitón
derecho. La cornada fue tan precisa que nadie creyó posible mi recuperación.
Cuando desperté Ángela ya no estaba preñada. No dijo nada, nunca quiso
hablar de ello, me dio una ecografía, aquella que la hicieron minutos antes
de producirse el aborto espontáneo, justo después de saber que mi estado era
crítico. Al mirarla pude comprobar el día y la hora en que su corazón, el
pequeño corazón de mi hijo, dejó de latir. Fue en el mismo instante en el
que yo salí del coma.
Abuela estaba en el funeral, como siempre y a pesar del calor, cubierta
por aquella toquilla de lana merina que formaba parte de su anatomía, de
aquel cuerpo vacío de carne pero lleno de vida. Sus noventa y dos años parecían
condecoraciones al empeño por mantenerse viva. Había sobrevivido a todos sus
hijos. Tiesa como un ajo, con el genio y el ímpetu de una adolescente, con el
convencimiento de que uno tiene la edad que quiere tener, se negaba a que
nadie la sujetara al caminar y seguía andando sin más apoyo que su viejo
bastón de abedul.
Su
mirada siempre tuvo una luz especial. Sus ojos estaban hambrientos de imágenes,
llenos de pasión, demasiado vivos. Sin embargo, en aquel momento la vida
parecía pasar frente a ellos como lo hace una imagen por el espejo; sin
activar un solo músculo, dejando inmóvil su cristalino, convirtiendo sus
pupilas en un circulo opaco, semejante al reverso de una luna. Era como si la
muerte se hubiese adueñado de sus ojos antes de tomar posesión de su cuerpo.
No lloraba.
Deseaba oír
sus pensamientos, saber que sentía, por eso me acerqué tanto a ella
que pude sentir su respiración. Creyendo que no podía verme le susurré
al oído:
—Abuela
no sabe usted cómo me gustaría saber qué está pensando— entonces levantó
la cabeza y dijo en voz alta:
—Qué
voy a pensar..., ¡hijo de mi vida! Que te quiero, que sin ti aquí ya no me
queda nada, apenas dos meses para dejarme morir.
El párroco
paró la lectura del evangelio y miró con ternura a mi abuela. Ángela se
acercó a ella y ambas se abrazaron.
Después de aquello, todo volvió a ser
pesado, opaco, carente de tiempos verbales, lleno de la nada, hasta que oí
como alguien decía:
—¡Qué infortunio! Dos familias rotas. ¡Qué
desgracia! ¡Qué ironía del destino!
—No
entiendo. ¿Por qué dices eso? —preguntó alguien.
—¡Ah! Tú no sabes que se conocían. La otra víctima era... —la mujer bajó el tono de su voz
convirtiéndolo en un susurro ininteligible para mí, por ello no conseguí oír
el nombre. Después, la otra mujer exclamó:
—¡Dios
de mi vida! ¡Quién lo iba a decir!
Alguien más había muerto. Pero... ¿Quién? Yo iba solo. Toda la
cuadrilla se quedó en el pueblo. Quise volver antes para estar con ella, con
Ángela, porque sólo ella y los toros conseguían hacerme sentir bien. Intenté
escuchar, seguir oyendo, pero el murmullo incesante, los gritos, los lamentos
y el sonido que producía el agua al caer sobre el ataúd, no me dejaron. Más
tarde sentí un ruido semejante al que origina el arrastre del toro por las
mulillas camino del desolladero y de nuevo volví a estar allí, al lado de
todos, como uno más, acompañando el sepelio.
Estaba
en el cementerio. Miré el nicho. Era un hueco oscuro, estrecho y alargado.
Su techumbre estaba cubierta por tejas acanaladas de barro cocido. La
viveza de su color me hizo pensar que estaban recién instaladas. Pensé que
era el sitio ideal para un palomar, un hermoso y fructífero palomar donde la
vida reinaría sobre la muerte. Yo, odiaba los cementerios.
—¿Por
qué me estáis metiendo ahí? Nunca quise ser enterrado. Todos sabéis que
quería ser incinerado —dije levantando la mano y señalando el
hueco. Nadie respondió.
—¡Julián! —gritaron—. Giré en
dirección al lugar de donde procedía la voz. Un hombre, cuyos rasgos me
resultaron familiares, cercanos a mi vida, pero difíciles de ubicar en mis
recuerdos, pronunciaba mi nombre mientras sujetaba un pincel entre los
dientes. Intenté buscar el momento de mi vida, el lugar donde había visto
aquellos ojos negros y profundos, aquella mirada escrutadora de almas, pero no
lo conseguí. Volvió a llamarme:
—¡Julián!
Debemos marcharnos —insistió levantando su mano derecha y señalando la
calle con el pincel de cuyos pelos chorreaba óleo rojo sangre.
Miré
como las gotas caían al suelo. Una sensación extraña me recorrió. La
pintura al caer iba formando un dibujo. Gota a gota el bosquejo se convirtió
en la imagen perfecta de una de las suertes del toreo; la de banderillas. El
banderillero era yo.
Le
miré, él se agachó y estampó su firma en el dibujo. El dolor, un dolor que
nunca había sentido, recorrió todos y cada uno de mis pensamientos, devolviéndome
aquella sensación de angustia que me produjo el alquitrán la noche de mi
muerte. Le había reconocido.
Después
todo se hizo oscuro. Un océano arropó mi alma, no había cielo, tampoco
estaba la Luna. La luz no era la misma que yo había conocido. Su brillo
estaba filtrado, atenuado por las paredes calientes y flexibles que contenían
aquel agua templada, aquel lago lleno de paz. Allí pasé un tiempo que se me
antojó infinito. Las nanas, las de Miguel Hernández, acompañaban mis
momentos de angustia, de soledad. Las caricias mecían el mar, aquel mar recóndito
e inexplorado donde nadie más que yo podía chapotear, donde alguien me dejó
sin una sola explicación.
No sé
con precisión cuando fue, ni por qué, sólo recuerdo que oí un grito
desgarrador y unas manos me sacaron de aquel lugar, de aquel mar donde únicamente
pudo dejarme Dios.
—¡Qué hermoso! Es un varón hermosísimo. ¡Qué extraño! Has
visto como se parece a... —dijo la mujer que me sujetaba.
—¡Qué
dices! ¡No digas eso! No lo digas. Es una autentica barbaridad. Es una
aberración. ¡Dámelo! Los bebés no se parecen a nadie. Ninguno se parece a
nadie. Que ella no te oiga. ¡Cuídate de que nunca oiga lo que has dicho!
—exclamó la otra mujer separándome de las manos de la comadrona.
—¡Jodido morbo! —concluyó
con un gesto de desprecio.
Tengo dieciocho años. Todo lo escrito pertenece a los diferentes sueños
que he tenido a lo largo de mi vida. Al fin, he conseguido darles sentido tras
comprender que todos ellos forman una historia. La historia de la muerte y
parte de la vida de un banderillero.
Me
llamo Manuel. Abuela dice que es nombre de torero. Cuando lo dice, madre la
mira con enfado y ella deja de hablar, baja los párpados y se oculta tras sus
pensamientos.
Madre
nunca habla de la muerte de padre. No quiere. Dice que el dolor es más dolor
cuando uno se regodea en él, que es un deber de vivos olvidar las desgracias,
enterrarlas.
Fui
concebido en la noche de un viernes del mes de julio, la noche antes de que mi
padre muriese sobre el alquitrán de una triste y hambrienta carretera
comarcal, esas que se tragan a la gente del mismo modo que el mar engulle a
los marineros.
Mi padre era pintor de carteles taurinos. El
destino quiso que la muerte se lo llevase junto al
banderillero por el que más admiración sentía, aquel que tantas
veces había pintado, un tal Julián. Un maestro de la arena que se durmió
mirando la Luna y se salió de la carretera.
Así
rezan las crónicas taurinas de aquel año, el año en que mi padre murió.
Abuela me las entregó ayer. Una anciana se las mandó por correo desde el
pueblo de Julián, el banderillero, dos meses después de que él y mi padre
muriesen. Su última voluntad fue que yo, cuando alcanzara la mayoría de edad
supiera cómo y por qué murió mi padre, un gran pintor. Quería que tuviese
conocimiento de que Julián, su nieto, el rehiletero, fue quien lo mató.
Pidió que aceptase su traje de plata y su capote de seda, suplicó que me lo
entregase junto a una foto de él. Insistió, dijo que yo necesitaría saber,
que aquello me haría comprender. Afirmó que la única manera de hacer que
mis pesadillas desaparecieran para siempre, sería dándome a conocer las
circunstancias de la muerte de mi padre.
Hoy,
con el capote sobre mis hombros, he conseguido hilar esta historia. Hoy sé
por qué no puedo, por qué no soy capaz de mirar la Luna.
Tras
acabar el relato he enfundado mi cuerpo en el traje de plata, y a pesar del
miedo a que mi certeza sea sólo parte de una alucinación, a pesar del pavor
que me produce pensar que todo esto, quizá, sólo sea consecuencia de la
locura, afirmo qué nada de lo relatado es parte de un sueño sino del
recuerdo.
Esta noche por fin he mirado la
Luna. Al hacerlo he comprendido que aquel banderillero llamado Julián, aquel
que se durmió sobre el volante llevándose la vida de mi padre, era yo.
Fotografía: Pedro M. Martínez