UN DIFERENTE DÍA COMO TODOS
Al
levantarse esa mañana, a José Papaleo no le inquietó tanto descubrir que tenía
un dedo de más en cada pie como el hecho de que tal vez no le sirvieran los
zapatos. Era un hombre que, pese a su juventud, había construido fuertes hábitos
defendiendo su personalidad tímida, aunque él mismo no reconociera estos
hechos; vivía solo y, salvo pestañear y respirar profundamente, y volver a
mirarse los pies, hizo todo lo que hacía cada mañana antes de irse a trabajar,
como si sus pies contabilizaran diez dedos como seguramente enumeró con tierna
emoción su madre cuando lo vio nacer.
Cuando
llegó el momento de calzarse, suspiró tranquilo: los zapatos eran holgados y
admitieron el nuevo dedo sin inconvenientes. Son
zapatos de excelente calidad, se felicitó José Papaleo; pensó que quizá
por el tiempo de uso del calzado sus pies se acomodaron como cada día, todos
los días.
Después
de su jornada laboral, se fue, como era su costumbre, al café de don Emilio y
su mujer. Pasar dos horas allí era todo el esparcimiento que José Papaleo se
permitía. En silencio jugaba un poco a las cartas y completaba el tiempo
escuchando hablar a los demás. Prácticamente no decía nada, si acaso sonreía
ante algún cuento. Acostumbraba tomar tres vermuts, siempre tres y sólo vermut.
Cuando entró, estaban los mismos parroquianos de siempre, hablando lo mismo de
todas las tardes. José Papaleo se preguntaba qué pasaría si confesaba que tenía
más dedos; en tanto, la señora Teresa, que miraba, desde el mostrador, al
grupo de hombres, pensaba que era triste ver a aquel joven gastándose en
semejante rutina. ¿Qué fuegos se le marchitan por dentro a este cliente?, se dijo
Teresa mientras le preparaba el tercer vermut. Al servirle el vaso lo miró con
ternura y José Papaleo pestañeó nervioso. No estaba habituado a que los ojos
de una mujer lo miraran tan directamente. Unos minutos después, se marcharía.
Lo mismo cada tarde. Pero en el instante de despedirse y sin pensarlo dos veces,
comentó, como quien dice que está lloviendo, que desde ese día era un hombre
con doce dedos en los pies.
Al
desconcierto inicial, siguió una risita nerviosa restringida al rostro de don
Emilio, que en aquel momento llevaba una bandeja con copas y no pudo evitar que
las copas también se echaran a reír. Luego se sumó Benito, detrás Francisco,
al minuto siguiente todos reían por la ocurrencia de José Papaleo; hasta la señora
Teresa, siempre tan circunspecta con las charlas de los parroquianos, agregó
una sonrisa y pensó que quizá el vermut de aquel día fuese milagroso.
José
Papaleo permaneció serio. Había comenzado a sopesar seriamente el hecho de que
tenía otro dedo en sus pies. ¿Por qué en sus pies? ¿Por qué un dedo extra
en cada pie? Pensando que lo más aconsejable era no volver a mencionar ese
hecho en el café si quería que sus días siguieran su curso de siempre, se
despidió; salió del establecimiento con la mente un poco ofuscada y caminó
con apuro, quería que todos los dedos crujieran en cada paso: buscaba sentir
seis sensaciones en cada pie. Sin sospecharlo, estaba mareándose con su
secreto.
La
víspera, Leonela Fuentes había soñado que era amada dulcemente por un hombre
que parecía sacado del más extraordinario de los anonimatos. Habían tropezado
en una esquina y, de inmediato, sin que mediaran otras palabras que las
consabidas de disculpa, una increíble electricidad los había recorrido a
ambos. Fue suficiente mirarse entre sí para sentir que algo los marcaba para el
abrazo más íntimo. Sin más derroteros por adivinar ni interrogatorios
absurdos sobre el comportamiento, sólo intercambiando miradas y sonrisas, él
preguntó si podía acompañarla a su casa, ella aceptó. Después vivió,
vivieron, horas intensas. En su sueño, cuando disfrutaban el placer del reposo,
Leonela descubrió que el hombre tenía seis dedos en cada pie. Al notar la
mirada de ella, él se sintió acomplejado y corrió a vestirse rápidamente.
Antes de irse, pronunció una frase que ella no pudo entender, la besó en la
mejilla y se marchó con una sonrisa triste. Leonela quiso detenerlo pero estaba
tan sorprendida por todo lo ocurrido que se quedó congelada. Como no sabía cómo
se llamaba el inesperado amante, de tanta alegría pasó a la nostalgia. Cuando
despertó lo hizo con la nostalgia instalada en sus hombros.
Leonela
Fuentes vivía sola y todavía rezongaba por el desengaño con su último novio,
pero ansiaba enamorarse, por eso, acaso, aquel sueño la estuvo persiguiendo
mientras se preparaba para irse al trabajo, y, aún después, siguió detrás
suyo. El día, siendo un día como otro cualquiera para sus actividades, fue un
día muy pesado. La joven estuvo dudando si convendría o no hablar de su sueño.
Terminó decidiendo que a su madrina iba a contarle y de la oficina salió
derecho hacia el café propiedad de Teresa y el marido. Mientras caminaba iba
pensando que de haber sido realidad la experiencia amorosa era imposible
encontrar a ese hombre: el calzado impedía distinguirlo por sus pies. Leonela
confiaba en que su madrina podría ayudarla a entender aquel signo raro dentro
de su sueño.
Ensombrecida
por la efímera felicidad que había disfrutado soñando, tropezó, en la
esquina del café, con un hombre y se sintió, de súbito, viviendo su sueño.
O, mejor dicho, el inicio del sueño: la misma corriente de seducción, la misma
intensidad de ganas de abrazarse. Ella sonrío, él también, era como si se
conocieran de siempre; el hombre la acompañó hasta su casa, la joven vivía
relativamente cerca, no hubo palabras durante el recorrido, sólo caminaban
intercambiando miradas y sonrisas... El preámbulo casi mágico de besos no había
hecho olvidar a Leonela la necesidad de confirmar el signo: no estaban en el sueño
pero era el sueño, y tal vez fue muy apresurada al arrodillarse y descalzar al
hombre, que estaba deslumbrado por tanta felicidad insospechada. Ella acarició
apasionadamente los pies de su amante. Él se turbó y ella, besando su cintura,
mientras le desabrochaba el cinturón le comentó su sueño de la víspera.
Con
voz apenas audible, el hombre dijo: «Esta mañana me levanté con doce dedos».
Pero Leonela ya no lo escuchaba, el pantalón había rodado al suelo...; además,
había contado diez, había besado cada dedo, pero lo mismo daba si fuesen
treinta, los calores pasionales incendiaban cualquier distracción.
Un
día que comienza y acaba diferente, pensó un instante José Papaleo
mientras se deslizaba entre los brazos de Leonela Fuentes, olvidado del extraño
destino de sus fugaces dedos de más.
(De la serie "Cuentos y azares")
© Rosa Elvira Peláez, Buenos Aires, 2001
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