
El
décimo
Andrés Entrecalles
Te levantas muy cansado. Hace
tiempo que no duermes bien y sólo cuando el cálido chorro de la ducha te golpea
largamente la nuca, comienzas a sentirte mejor.
Te vistes despacio, y no pones
demasiado esmero en escoger la ropa que se agolpa alrededor la cama. Los sábados
ya no tienen mucho que ofrecerte. Prefieres dejar lo del afeitado para otro día.
Cierras la puerta y bajas las escaleras
lentamente.
Acudes al quiosco de
la esquina, única y obligada visita semanal. El dependiente tiene ganas de
charla, pero no le sigues el juego, tu humor no da para
más.
Con el periódico plegado y
atrapado bajo la axila, entras en el bar de Fran. Te molesta que pregunte si
quieres tomar algo con el café. Sabe perfectamente que hace meses que te limitas
a pedir un café con leche. Irías a otro sitio, pero el de Fran es el más barato
y al tener poca clientela, se puede leer con tranquilidad. Abres directamente el
suplemento de empleo. Notas esa ansiedad que te asalta nada más afrontar las
páginas color salmón y sacas con cuidado el rotulador rojo que duerme en el
fondo de tu chaqueta gris. Conforme pasas las páginas y el rotulador permanece
inactivo en tu mano derecha, la desilusión empieza a apoderarse de ti. Por fin
uno. No es que sea exactamente tu perfil, pero quizás haya alguna oportunidad de
resultar elegido. En la última página encuentras otro. El sueldo es una miseria,
pero, después de ocho meses parado, firmarías incluso por la mitad de lo que
ofrecen.
Apuras el café. En casa
tienes varias copias de tu expediente, sobres y sellos, así que esta misma tarde
irás a una oficina de correos.
Te
palpas el bolsillo del pantalón y sacas la billetera. La abres con parsimonia y
dejas el décimo de lotería encima de la mesa. Sin prisa guardas la cartera y
coges el décimo entre tus dedos. Lo miras esperanzado. Es el único lujo semanal
y últimamente cada vez te resulta más difícil mantenerlo. Si no fuera por Ramón
hace bastante que lo habrías dejado, pero él insiste en que se trata de una
tradición de años que no podéis romper, que algún día recuperaréis todo lo
invertido y que en tu situación es cuando no puedes abandonar el juego.
Ramón es un buen tipo. Siempre ha
estado a tu lado, con esa forma de ser que parece que no le da importancia a las
cosas y que de todo se ríe, haciendo que en su compañía las penas sean más
llevaderas. Hace tiempo que se empeña en pagar íntegramente el décimo, aduciendo
que con lo que toque le saldarás la deuda, pero tu orgullo no te ha permitido
acceder.
Siempre te cuesta
encontrar la página del sorteo. Ojeas el periódico dos y tres veces hasta que lo
consigues. Vas deslizando tu dedo índice por las abigarradas columnas de números
y..., no puede ser. Miras el décimo y vuelves a mirar el número que tu dedo
aprisiona. No hay error posible, es el tuyo. Tienes un décimo con una
aproximación, un premio menor que parece caído del cielo. A pesar de haber
repasado mentalmente una y mil veces todos los posibles premios con los que
podrías resultar agraciado, te encuentras bloqueado. Tienes que levantarte,
haciendo un gran esfuerzo para que tus emociones no trasciendan, y pedir un
bolígrafo a Fran.
Haces la cuenta
en reiteradas ocasiones y al final tu café aparece rodeado de servilletas que
arrojan la misma cifra. Te da para pagar las cuatro mensualidades que adeudas a
tu casera, que amenaza seriamente con acudir al juzgado, y aún te quedaría algo
para unas copas. Estás eufórico. Ramón tenía razón, tu situación no podía
eternizarse... Ramón, ¡maldito Ramón! No habías reparado en que la mitad del
premio le corresponde. Ni siquiera podrás liquidarle a la hiena de la
casera.
Ya no te encuentras tan
bien. Piensas que no es justo y además Ramón tiene trabajo, al igual que su
mujer. No es que vayan sobrados, porque tienen dos niños, pero llegan a fin de
mes y en cualquier caso la parte que le corresponde no va a cambiar mucho su
situación y tú necesitas el dinero
imperiosamente.
Los goterones de
sudor comienzan a caer sobre las servilletas, desdibujando la cifra que por
momentos se te escapa. Notas un ligero temblor en tus manos y de un sorbo
liquidas el vaso del agua.
Lo
tienes decidido. Ramón nunca se enterará de lo del premio. Además el lo
comprendería, seguramente renunciaría a su parte, pero su mujer ya es otra
historia.
Guardas el boleto, pagas
en la barra y te diriges a casa.
Al llegar y para entretenerte comienzas a preparar los sobres con la
documentación en respuesta a los anuncios de trabajo, pero estás demasiado
nervioso. Acabas confundiendo las direcciones y cuando por fin rectificas, tu
letra parece la de un niño que se inicia en la escritura. Terminas por desistir
y te tumbas en el sofá. Cierras los ojos y esperas que el tiempo pase, al
mediodía Ramón te espera en el bar de
Emilio.
El bar está más lleno que
de costumbre y resulta complicado hacerse con un sitio en la barra. Al poco
tiempo llega Ramón. Te cuesta sostenerle la mirada y sientes que su presencia te
quema. Quisieras correr y no verle nunca más. La conversación transcurre
intrascendente y comienzas a relajarte. Ramón es muy despistado, es probable que
ni se acuerde. En el instante de la despedida, la pregunta fatídica te golpea
por sorpresa: ¿Nos ha tocado la lotería? Notas un calor que sube y se instala en
tus mejillas hasta abrasarlas. Mientes a duras penas y consigues decir que no lo
has mirado, ¿para qué?, no toca nunca. No, no llevas el boleto encima, lo
dejaste en la mesita de noche cuando lo compraste y de allí no ha salido. En una
impremeditada huída hacia delante, quedas en dárselo por la tarde para que él se
encargue, porque tú no tienes ganas de
nada.
Camino a casa reflexionas
sobre lo ocurrido. ¿Qué vas a hacer? Necesitas el dinero, pero crees que Ramón
se ha dado cuenta de que la conversación te incomodaba y no habría explicación
para que no le entregaras el billete. De repente la solución aparece nítida. Es
tan simple, se trata de ir a una administración de lotería y buscar por el suelo
o en la papelera un boleto del sorteo de hoy. Eres un genio, todo un
estratega.
En la administración
donde compras habitualmente, el lotero te saluda simpático y es tal la vergüenza
que sientes que te resulta imposible comenzar a husmear y terminas yéndote.
Recuerdas que hay otra, dos o tres calles más abajo.
La tarea no resulta
fácil. La mayoría de los billetes están rotos o pertenecen a sorteos anteriores.
Por otro lado, el dependiente hace ya un rato que te mira extrañado y temes que
acabe llamando a la policía. Por fin encuentras uno. Lo guardas con disimulo y
abandonas el lugar de inmediato.
Lo mejor será dormir una siesta y esperar a la tarde para darle a Ramón el nuevo
décimo, zanjando de una vez por todas esta
historia.
Ya por la tarde, Ramón
se empeña en tomar un café. Insiste en que él invita y de paso comprobáis el
número juntos. Te excusas diciendo que tienes una tremenda jaqueca, puede que
sea algo de gripe y necesitas meterte de inmediato en la
cama.
Oyes el teléfono sonar tras
la puerta. Abres con rapidez y tienes tiempo de cogerlo antes de que la
comunicación se corte. Es Ramón. Está exultante. Le oyes decir que tenéis que
celebrarlo. Os ha tocado el tercer premio.
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