
El dilema
Óscar Sipán Sanz
“¿Qué destruye más a un hombre que
trabajar,
pensar y sentir sin necesidad interior, sin ningún
deseo personal profundo, sin placer, como un
mero autómata del deber? Ésa es la receta de la
decadencia, y no menos de la idiotez”.
FRIEDRICH NIETZSCHE “El Anticristo”
“Nadie más muerto que el olvidado”
GREGORIO MARAÑÓN (1887-1960)
EL CELADOR LO DEPOSITA sobre la
mesa de autopsias y el forense queda a solas con el cadáver. En la claridad
extraña de la luz artificial, en esa intimidad cercana que otorga la costumbre y
el trabajo, lo reconoce de inmediato. No suele compadecerse de los muertos que
le entregan, pero no puede evitar sentir lástima por la vida derramada: el
cuerpo que yace ante él, en pleno proceso de rigidez, atrapado en su propia
inmovilidad, desorientado, como fuera de lugar, es el de un joven vagabundo
aparecido recientemente en la prensa local. Todavía conservaba el recorte, a
modo de improvisado separapáginas del libro de viajes que estaba leyendo. Le
impactó profundamente que un muchacho de apenas veinte años –huérfano de padre y
madre, que provenía del norte y vivía en una casa ocupada de la zona vieja--
hubiera conseguido un importante galardón literario. La novela premiada versaba
sobre un mago atormentado y egocéntrico capaz de hacer desaparecer cualquier
cosa menos el recuerdo de una mujer. Definía su estilo como “literatura sin
artificios para locos y cuerdos”. Ahora, tras su inminente publicación, no
habría tiempo para la gloria y el champán: el talento de un hombre brillaría
como una constelación de estrellas muertas y luego se apagaría. En la fotografía
del periódico parecía íntegro y valiente, frágil y atrevido; una sonrisa
espontánea y sempiterna recorría su cara. La entrevista estaba plagada de frases
brillantes, sinceras y contundentes. “Enfrentarse a un folio en blanco es
ejercer con el despotismo ilustrado de un Dios, desafiar a tu mente, a tus
limitaciones, y a esos miedos que nos inculcan desde la cuna: el miedo al
fracaso y el miedo a soñar”. “Espero escribir miles de historias para cauterizar
tristezas o para desatarlas. Porque el que sufre está vivo y sólo los vivos
tienen una oportunidad”. “He elegido el calvario de la creación, morir una y
otra vez por los demás y resucitar en cada historia. Nada importa, cuando la
literatura fluye. Los artistas deben ser buscadores de belleza”. “Eso de que el
hambre incentiva la imaginación son estupideces románticas de crítico
sabelotodo. El hambre incentiva el hambre, nada más. Se escribe infinitamente
mejor con el estómago saciado y el frigorífico lleno en una mansión ajardinada
con mayordomo, piscina climatizada y pista de tenis”. “Quiero ser el azote de
todos los crápulas literarios que copan las listas de ventas repitiendo fórmulas
gastadas y reciben premios oficiales en sus torres de marfil por unos escritos
mediocres que rozan el plagio, combatir la mala literatura con la imaginación
desaforada, derribar cazas de combate con balas de honda”. “La mediocridad es la
plaga que azota el siglo en que vivimos. Pero nadie parece darse cuenta”. “Somos
súbditos del miedo a ser distintos, a desentonar de una sociedad iletrada,
cloroformizada y enferma, una sociedad donde se prima más la estética que la
valía personal”.”Es preferible descarrilar en una de las curvas de la vida que
llegar al final del trayecto ignorante, cansado y solo, como un mulo ciego
arrastrando un pesado fardo”. Una auténtica declaración de principios. Poseía el
atractivo de la calle, el descaro de la juventud, la agudeza del que ha pasado
hambre. Sin duda, era uno de esos afortunados a los que las hijas de la clase
alta entregaban su virginidad en los parques y en los soportales, desde tiempos
inmemoriales. Al leer el informe de la policía, se siente invadido por una
tristeza desgarradora: había muerto al alba, cuando densas bandadas de pájaros
se dirigen a tierras más cálidas formando perfectas figuras geométricas, entre
el crepitar del viento en los vagones y los postes de la luz deformados por la
velocidad, solo, en los pasillos de un tren imparable, camino de recoger su
primer premio literario. Un joven vagabundo, un desheredado del mundo, la
esperanza de los sin techo. Desoladoramente triste. Coronación y exilio en un
breve periodo de tiempo. Hay algo injusto en esta vida, reflexiona. Se aproxima
al cadáver. Debió poseer una mirada luminosa, insostenible, de arribista o de
maestro de esgrima. Los ojos de los muertos expelen reflejos metálicos. Pero en
éste hay algo más: una expresión en su rostro denota inquietud, desasosiego,
sorpresa; indicios incuestionables de resistencia al desastre. Si realmente
existe, su alma todavía flamea sobre su persona. La muerte lo encontró
desprevenido. Luchó, se defendió con todas sus fuerzas, en ese segundo final
cuando ya sabes que te vas, que te llevan a tu pesar, en ese último paseo en
calesa por las calles de tu pasado, la negación de la muerte del que tiene un
motivo para quedarse. O mil. Todo eso encontró en sus ojos antes de ponerse a
trabajar.
Se coloca unos guantes de goma, enciende la grabadora –que, como muchas otras
cosas en la era de la automatización y la economía de mercado, ha sustituido al
taquígrafo— y examina con detenimiento las prendas de vestir, a la vez que
describe lo que ve. “El joven viste un chaquetón holgado de paño grueso –unas
dos tallas más grande, aproximadamente–, jersey oscuro de cuello alto,
pantalones gastados de pana marrón y botas negras sin brillo. Tiene el cabello
castaño, ligeramente ondulado, y la nariz roma. Ha sufrido un golpe en la
barbilla, un simple rasguño con todos los caracteres de haberse producido
post-mortem, al derrumbarse contra el suelo del vagón. La coloración de la piel
es pálida. Piel del que ha pasado mucho tiempo encerrado entre cuatro paredes.
Es un sello de identidad de los presos, las monjas y los escritores.”. Detiene
la grabadora y toma una cámara digital. Realiza cuatro fotografías de cuerpo
entero desde distintos ángulos, alejándose varios metros de la mesa de acero,
además de dos del rostro –una por cada perfil– y otra de la barbilla dañada.
Luego enciende de nuevo la grabadora. “Procedo a desnudar al difunto”. Lo
desviste con solemnidad, ordenadamente, comenzando por la parte superior, sin
faltarle al respeto, como si no quisiera despertarlo de un sueño profundo y
reparador. Registra la temperatura corporal y la anota con su estilográfica en
un documento color sepia –un informe para el médico solicitante de la autopsia,
esencial para la instrucción del sumario–. Luego, obtiene muestras del cabello
y sangre de una vena periférica, en el brazo izquierdo. “No existen punturas de
venopunción en antebrazos ni en ningún otro sitio visible. Tampoco en lengua,
cuello ni genitales, por lo que se descarta, en principio, la intoxicación por
heroína u otra droga intravenosa”. Observa sus manos sin anillos, delicadas,
impolutas, manos de huesos frágiles acostumbradas a teclear con rapidez sobre
una máquina de escribir. “Coloración amarillenta intensa de los dedos pulgar,
índice y meñique de la mano derecha; la uña de este último, ligeramente
ennegrecida (fumador diestro que tenía la costumbre de desprender la ceniza con
la uña meñique)”. Registra la raza, la edad aparente, la talla y el peso
aproximado. “No existen cicatrices destacables, heridas quirúrgicas, tumores,
livideces, nódulos, equimosis, huellas de venopunción ni malformaciones
aparentes. Tampoco percibo nada anormal palpando el cuello, el abdomen, las
extremidades, las axilas y las ingles. Visualmente todo parece correcto, por lo
que procedo a la apertura de cavidades y a la extracción de órganos”. Acerca una
mesa con ruedas poblada de material quirúrgico y herramientas pesadas –sierras
de diversos tamaños y formas y taladros– y se coloca unas gafas de plástico
similares a las de los buzos, ajustándoselas hasta que se siente cómodo. Sitúa
el cadáver en decúbito dorsal e inicia el procedimiento, sin persignarse ni
atender a ninguna superstición, a la búsqueda de conclusiones que resuelvan el
caso, con una profunda incisión en forma de “Y” a partir de las articulaciones
acromioclaviculares hasta la línea del esternón y desde allí hasta el comienzo
del pubis, respetando el ombligo. Levanta la piel de un tirón seco, el tejido
celular subcutáneo y los músculos de la parte alta del tórax y del cuello hasta
el borde inferior de la mandíbula y secciona los músculos del piso de la boca,
extrayéndolos junto con las glándulas submaxilares. Después, levanta la piel y
el tejido celular subcutáneo del tórax, hasta visualizar los músculos
intercostales y las costillas; secciona éstas últimas con el bisturí en su unión
con el cartílago y alza el esternón para dejar al descubierto los órganos del
tórax. Los explora in situ para descartar anomalías congénitas. “Los pulmones
están normales (húmedos, de aspecto esponjoso) y sin la menor manifestación de
asfixia. El corazón, con sangre abundante de color habitual y ausencia de
coágulos. La bolsa del estómago contiene restos de pizza, un líquido oscuro
–tomo una muestra para analizarlo más tarde en el laboratorio– que juraría es
café y pepitas de sandía”. Murió en el pasillo de un tren, probablemente tras
ingerir un café azucarado apoyado en la barra; lo imagina mirando con disimulo a
las mujeres solas, inventando su pasado y anotando sinopsis de historias sobre
la superficie rugosa de una servilleta de papel. “Encuentro el estómago normal;
al igual que los dos intestinos. Se descarta el ataque cardíaco, la
insuficiencia respiratoria, renal o hepática, además de la oclusión intestinal.
Apostaría a que ha muerto de un tumor o una hemorragia cerebral. Pero eso es
sólo una hipótesis y una hipótesis no es más que una verdad inventada”.
Nunca termina de sorprenderle el interior de un cuerpo humano. Al principio,
cuando comenzó ejercer su profesión, pensó que con los años uno se acostumbra a
todo, al infierno si es necesario, que la rutina es una apisonadora que arrasa
todo lo que encuentra a su paso, convirtiendo la emoción de la novedad en pura
mecánica. Pero no dejan de fascinarle los mecanismos de perfección –complejos,
sincronizados, armónicos, de proporciones exactas– que conforman el cuerpo
humano. Él lo llama El Evangelio de las maravillas. El corazón es un guardia
caprichoso y desdentado que dirige el tráfico sanguíneo y emocional. Los
pulmones son las cajas de música del viento. Los riñones dos pretendientes de
espléndido traje rojo acompañando al cine a la columna vertebral. Los intestinos
son como arbustos trepadores hacia lo desconocido. El cuerpo es un criptograma
indescifrable. Tiene algo de místico contemplar nuestro interior: hasta el más
acérrimo ateo espera encontrar el sonido de un millón de coros celestiales y
legiones de ángeles imberbes tocando el arpa y revoloteando como libélulas de
verano. Pero en el santuario de las vísceras sólo habita el silencio. No somos
más que carne muerta en proceso de alimentar a otros microorganismos tan
extraños como nosotros.
Después, procede al levantamiento de la bóveda craneana. Para ello, coloca la
cabeza en un ángulo de noventa grados del cuerpo, poniendo bajo el cuello un
soporte de madera de veinte centímetros. Como el que baja por última vez la
persiana metálica de un restaurante que pronto será demolido, cierra sus
párpados respetuosamente y le atusa el cabello. En virtud de los resultados, su
trabajo habrá llegado a su fin. Realiza una incisión de la piel cabelluda de una
oreja a otra, el pulso firme y seguro del que lo ha hecho en infinidad de
ocasiones, hasta llegar al hueso. Corta la bóveda craneana con una sierra
eléctrica circular –el ruido del metal dentado enfrentándose y venciendo sin
remisión al hueso se hace insoportable– y la separa en dos, a la búsqueda de un
tumor o un derrame cerebral que le dé cierto sentido a la muerte (si puede
llegar a tenerlo) y confirme sus teorías.
En el interior, desordenadamente, como si alguien las hubiese abandonado
acuciado por las prisas, cientos de historias inacabadas se agolpan inundándolo
todo: historias que acarician e historias que golpean, historias que enternecen
e historias que horrorizan, que flirtean con la desesperación más absoluta y que
generan esperanza, que mitigan el deseo y desatan la pasión. Historias que a
nadie dejan indiferente, que rompen la dura capa de la conciencia individual. No
puede evitar sentirse como Max Brod, amigo y albacea de Franz Kafka, ante la
disyuntiva planteada en el lecho de muerte de quemar su obra inédita o no. Se
sienta en una silla, abrumado por la pesada losa de la responsabilidad, con la
cabeza entre las manos y el cerebro funcionando a gran velocidad: terminar la
autopsia implica enterrar un fabuloso tesoro en una fosa común olvidada, perder
los frutos de la imaginación de un escritor que no han visto la luz y que se
diluirán como lenguas de tierra fecunda en un océano agitado. “Comprendo tu
tristeza, tu frustración –le dice–. Te arrebataron antes de tiempo de tu lugar
en el mundo. Historias que estabas incubando, que comenzaste a forjar en tu
cabeza y no llegaste a terminar, que cincelaste con la paciencia de un orfebre y
la libertad de movimientos de una apátrida, están aquí, ante mí. Se quedaron en
la antesala de la gloria, atrapadas en tu cabeza por un capricho divino e
inexplicable, muertas en tu cuerpo muerto”. Las lágrimas brotaron de sus ojos en
cascada, silenciosas y disciplinadas, hasta desahogar la pena y aclarar la
mente. Tuvo que rendirse ante un sentimiento nuevo, poderoso, desconocido. Se
armó de valor y tomó una decisión: rehusó de su cargo vitalicio de forense y
abandonó para siempre el depósito de cadáveres y la ciudad con el firme
propósito de dedicar su vida a finalizar, portando con orgullo el pseudónimo de
su creador, aquel racimo de joyas inconclusas.
Fotografía: Fotografía: Daniel Torrelló ©2003
![]()
LITERATURA
l
PINTURA l
FOTOGRAFÍA l
REPORTAJES