
Mi oscuridad
José Manuel Moreno
Despierto
y la oscuridad me envuelve. Me sobresalto. Pasados unos segundos me tranquilizo.
Siempre me pasa lo mismo. Por la noche antes de acostarme digo que no bajaré la
persiana del todo, que dejaré aunque sea un pequeño resquicio por el que me
salude la luz del sol a la mañana siguiente, pero nada, nunca lo hago. Quizás
sea porque me despierta la más mínima presencia de luz. Quizás es porque soy
tremendamente celoso de mi intimidad y la cercanía de las ventanas del bloque
contiguo me molesta. Siempre pienso que hay alguien mirando, puede que sea un
poco paranoico. O quizás simplemente me olvido. Lo cierto es que cuando me
acuesto no veo la importancia de dejar la persiana levemente elevada. Es por la
mañana cuando, sobresaltado, aún dormido, me enfado conmigo mismo por esa fea
costumbre. Si anoche no hubiera bajado la dichosa persiana al máximo ahora sería
capaz de ver perfectamente donde están las zapatillas y el trayecto hasta la
ventana no se convertiría en su suplicio, me digo. Como no lo he hecho estaré
cinco minutos tanteando con las manos en dos metros alrededor de la cama para
poder localizarlas. En verano esta operación es simplemente molesta, pero en
invierno se torna un suplicio por culpa del frío. Resulta insoportable abandonar
la calidez de la cama, descalzo y en pijama, para ser golpeado por ese frío
amanecer que aún no ha vencido la calefacción. Maldigo todas las mañanas
mientras a tientas intento localizar las zapatillas. Y sigo maldiciendo, medio
dormido, cuando me golpeo con la mesilla, o con la puerta abierta del armario, o
con la silla donde dejé el traje perfectamente doblado. Mañana tras mañana,
maldigo e insulto a todas las divinidades que conozco por haberme creado tan
estúpido, mientras intento recolocar los pantalones y la chaqueta en la silla de
madera, y rezo para que no se hayan manchado o arrugado en exceso.
Tantear en la mesilla a la busca y captura del vaso de agua, que dejo todas las noches por si tengo sed, se convierte en una aventura de incierto final. Rara vez consigo beber más agua que la alfombra. Lo mismo me ocurre para localizar el maldito despertador que inteligentemente sitúo alejado de la cama, para forzar a levantarme y no apagarlo instintivamente. Alcanzarlo sobre la mesa del ordenador y rastrearlo sin dejar caer ratón, teclado o papeles varios se convierte en una misión imposible, y eso que en este caso el sonido revela su presencia, lo que supone una ventaja de la que doy gracias.
He de confesar, sin embargo, que el hecho de llevar años realizando esta mañanera exploración a tientas ha agudizado en extremo mis sentidos, y en especial el tacto. Así, con un leve roce, mis dedos son capaces de informarme si lo que toco es metal, plástico o madera, y en su caso, distinguir entre la madera de la silla, de la del armario, mesilla o cómoda. Y diría más, no sólo mi calidad táctil ha aumentado, sino que con que cualquier parte de mi cuerpo roce, aunque sea levemente, cualquier objeto, soy capaz de identificarlo antes de golpearme con él. Es cierto, que estas habilidades corporales de héroe de cómic sólo son efectivas después del desayuno. Supongo que el sueño actúa como la criptonita, puesto que resultan inútiles hasta que alcanzo el ventanal y elevo la persiana. Cuando lo hago, todas las mañanas, y la oscuridad me envuelve, me sobresalto. Siempre me pasa lo mismo. Pasados unos segundos me tranquilizo y recuerdo que soy ciego.
RELATO FINALISTA EN EL
II
CERTAMEN DE RELATO BREVE ALMIAR
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