
Vértigo del
abismo
Martín
Peña
Algunos domingos acompaño a mi
padre a pescar. El tira la caña y yo paseo por la ribera. Me gusta cazar
insectos y oír el fragor del agua en la
orilla.
Luego, cuando se está
yendo el sol, volvemos a casa. Siempre da un rodeo para pasar por el barrio en
el que vive su jefe. Miramos su casa desde la valla, adivinamos su presencia y
la de su familia. Tiene dos hijos, su mujer grita mucho. Algunas tardes, cuando
está anocheciendo, aparcamos cerca de la fachada posterior. Mi padre apaga el
motor y nos quedamos mirando a través del cristal del parabrisas. Ladra el
perro, suena la depuradora de la piscina, arranca la cortadora de césped.
Cerramos los ojos y luego los abrimos. En la calle hay un árbol enorme, dando
sombra a la parada del autobús. Seguramente es un magnolio. Sus flores son
blancas y enormes. Luego mi padre arranca y nos
vamos.
Mi padre siempre está
triste. Las cosas no funcionan entre él y mi madre. Bebe mucho, y antes no lo
hacía; ella se pasa las horas muertas haciendo muecas frente al espejo, y luego
llora o canturrea una canción de su juventud que habla de amores perdidos. No
conozco nada que le guste más a mi padre que pescar y rondar la casa de su
jefe.
A mi madre le gusta
formar montañitas con las cajas de los medicamentos. Las apila todas y luego la
pirámide casi perfecta acaba derrumbada de un manotazo. Un huracán, dice, y
empieza de nuevo.
La otra tarde
volví del instituto y no pude hacer los deberes porque se pasó toda la tarde
contándome que su madre, mi abuela, todos los otoños hacía dulce de membrillo.
Los niños de la familia se encaramaban al membrillero y arrancaban de un tirón
aquellas pelotas casi amarillas, de olor aromático y tacto basto. Había que
limpiar con un trapo húmedo el polvillo que cubría el fruto y partir en trozos
su carne. Luego mi abuela echaba a la olla un tazón de agua, sólo uno y nada más
que uno, y aquello cocía durante una hora hasta convertirse en un mejunje
gelatinoso. Por último todos se turnaban dando vueltas con un cucharón de madera
en un perol en el que se mezclaba igual cantidad de azúcar que de la pulpa ya
cocida. No se podía parar de dar vueltas, dolían los brazos. Aquello espesaba
por fin, se dejaba reposar unos minutos y ya estaba terminado el dulce de
membrillo.
Por lo visto mi abuela
terminaba siempre agitando el cucharón en el aire, triunfante, como si fuera un
arma contra alguien o algo, contra el invierno con sus noches largas que estaba
por llegar o contra mi abuelo, que se amodorraba en el bar y acudía cada día más
tarde a casa.
Mi madre, cuando me
cuenta estas historias, siempre acaba ajustándose a la cintura la bata que lleva
siempre puesta en casa. Se arremanga después y se mete en el cuarto de baño
durante horas.
Por la noche
cenamos dulce de membrillo. Marca Don Quijote, leí en el envase. Mi padre
preguntó si también podría comerse un par de huevos fritos, además del puñetero
dulce, aclaró, pero no había huevos en la nevera. Mi hermana sólo comió dos
hojas de lechuga, con vinagre y sin aceite. A mí me gustó el dulce de membrillo.
Estaba dulce y pringoso, y me imaginé a mi abuela blandiendo el cucharón y
espantando las desgracias como si fueran moscas.
Mi padre cree que
acodarse en la barra de un bar tiene su arte. Dice que hay que ver entrar y
salir a la gente, así que para ello hay que situarse en el extremo opuesto a la
puerta de entrada, estar cerca del grifo de la cerveza y colocarse un taburete
cerca, no para sentarse sino para ocupar un espacio que no puedan invadir los
demás. El bebe y habla mucho en el bar con otros que también saben acodarse en
la barra. Cuentan cosas interesantes al principio, pero luego no hacen más que
repetirlas.
El sábado me encargó
que fuera a buscarle a las doce de la mañana. Golpeé la cristalera y salió. Me
gusta cuando me echa las manos al hombro y caminamos sin hablar. Me gusta mi
padre callado. De pequeño me enseñó a montar en bici sin darme un solo grito,
sin decir nada. Si me caía él volvía a sujetarme con paciencia, siempre en
silencio. Hasta que me sostuve mirando siempre al frente.
Fuimos a la oficina de correos
para enviar una carta. Iba dirigida a Samuel Lemos, que es como se llama su
jefe. Me dijo que en ella iban algunos presupuestos que faltaban para una carga.
Le pregunté que por qué no se los daba en mano el lunes y contestó que de
algunas cifras es mejor que quede constancia. Yo creo que en esas cartas mi
padre le escribe anónimos a su jefe porque nunca llevan remite. Además, se le
pone la mirada como cuando los domingos volvemos de pescar.
Quizá me coloque un
pendiente en la oreja. Es la moda y yo quiero ligar. Ligo poco. Poco o nada. A
mi edad ya debería tener novia, y lo del pendiente puede ayudar porque estoy
perdiendo el tiempo. Mi hermana tiene varios pendientes, uno de ellos en la
lengua. Por él estuvo un mes comiendo purés, porque no podía masticar, pero
ahora ya no le molesta y es como si no lo llevara. Además, si no quiere
enseñarlo no lo enseña. Para ello tiene que abrir la boca. Como una leona, se
ríe cuando se lo pido, y ruge. Ella liga y trasnocha
mucho.
Sale de casa los viernes y
no vuelve hasta el domingo por la mañana. Se acuesta cuando a mí me mandan bajar
a comprar el pan y duerme mucho, no hay nada que pueda despertarla. Ni siquiera
los gritos de mi padre. Se pasa los fines de semana bailando. Creo que se droga.
Le pregunté por qué lo hace y me dijo que es como cuando se rompe un plato.
Mientras está cayendo de tus manos deseas que no se rompa, pero sabes que se va
a romper. Por eso no resiste nunca la tentación, porque sabe que de todas formas
va a caer en ella.
Mi madre está
preocupada porque mi hermana come poco. De vez en cuando le da un pellizco en
los mofletes para asegurarse. Cena hojas de lechuga, o media manzana, o una
infusión sin azúcar. Dice mi hermana que es la única manera de que se equilibre
el presupuesto familiar: ahorrar en comida lo que mi padre gasta en bebida. Y
enseña el pendiente de la lengua con una
risotada.
Dice mi padre
que en el bar se le ocurren muchas ideas y proyectos pero que cuando llega a
casa se esfuman. Mi madre le llama borrachuzo y le dice que tiene poco espíritu.
Que dónde se ha visto que un hombre que lleva veinte años trabajando en una
empresa, en lugar de ascender, descienda. El contesta que en las empresas de
transporte se gana poco, que hay crisis por la competencia internacional y que
Don Samuel le hace la vida imposible.
Yo estoy harto de oír hablar de
dinero. Quiero que mi padre no beba, que mi madre no tome tantas pastillas y que
mi hermana venga a dormir a casa todas las noches. Quiero dejar de escribir
estas notas y ponerme a estudiar para no trabajar en una empresa de transporte
cuando sea mayor.
Fotografía: Pedro M. Martínez ©2004
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