Isla Negra 2/50
Especial 39 páginas.1928-1967
   
Che
.

          Casa virtual de poesía y  literaturas.

          Suscripción gratuita. Lanusei, Italia.

                  Dirección: Gabriel Impaglione. Octubre 8. 2005

                  impaglioneg@yahoo.es / http://isla_negra.zoomblog.com

 


 


Una corriente libertaria de viento inexorable

desanda el mundo con sus tres campanas.

Cuánta metralla fusil misil a cuenta

de las mil y una muertes imposibles.

En vano cuánto tirano filo mordedura

sobre la esencia de sus tres letras infinitas.

 


De Letrario de Utópolis,

Gabriel Impaglione.

 


(viene de página anterior...)

 

 
 
 
Robert Gurney
Inglaterra
El mirlo 
Desde la ventana, 
a un metro de mí,
miraba un mirlo 
que picoteaba
una bola de musgo
que había caído
del techo
a la mesa del patio.
 
El timbre sonó:
un paquete de Cipolletti.
 
Contenía más sorpresas 
que la caja de Ilegible
de la película no realizada
de Buñuel y Larrea.
 
Un boleto
que llevaba estas palabras
de Lacordaire:
«La ciencia se detiene 
en la inteligencia;
la belleza llega
hasta el corazón».
 
Y otro 
con éstas 
de Goethe:
«En el mundo 
no existe alegría
más dignamente sincera
que la de ver
un gran alma
que se la abre a uno».
 
Había dos artículos:
uno sobre los dieciocho whiskies
que no mataron 
a Dylan Thomas
y otro sobre una carta 
de Neruda
en la que no atacaba a Juan Larrea. 
 
Bodas 
de Albert Camus
y El Hacedor
de Jorge Luis Borges.
 
Había una foto 
de un poeta
parecida 
al héroe
del Parque Jurásico
pegada a una tarjeta
de la Biblioteca Popular
Bernardino Rivadavia.
 
Había un horario
de los colectivos El Valle
con nombres deliciosos
como Pellegrini,
Cutral-Co
y Chivilcoy. 
 
Observaba al mirlo 
cuando vi 
en el teclado de mi compu 
que mi hijo
me había comprado un dvd
The Motorcyce Diaries
del Che Guevara. 
 
Normalmente,
no sé por qué,
los regalos me entristecen.
 
Tal vez
recibimos cosas 
que no queremos.
 
Pero hoy la tristeza
que amenazaba
fue disipada por la alegría.
 
Estoy más contento 
que el mirlo
que canta
al sol
en el plátano.
 

 
 
 
Robert Gurney
Inglaterra
 
Postmodernismo 2
 
Ayer fui a Watford 
con mi hijo James.
Homenajean al Che Guevara 
en una noche de música 
en el pub Trafik
de Londres 
este viernes. 
Fuimos a una tienda 
que vende uniformes militares 
ex-Fuerzas Armadas 
Británicas.
 
En el centro del escaparate 
había una camisa.
 
James la compró 
con la gorra y 
una chaqueta de guerrillero.
 
Me pregunté
que pensaría 
el Che.
 
 
* Postmodernism 1' fue publicado en mi libro Poemas a la Patagonia - (2004)
 

 
 
 
 
Pedro Rivera
Décimas al Che
 
El Che en su paso postrero
—para que América andes—
en el dolor de los Andes
sembró su amor guerrillero; 
sembró su grito sincero
y su fusil combativo
y si por duro motivo
el Che Guevara está muerto
tampoco es ya menos cierto
que entre la tierra está vivo.
 
América del mendigo
y de la mano extendida
calza su sandalia herida
y su dolor por abrigo.
Octubre que fue testigo
guarda su adiós prisionero
porque entre rejas de acero
para que nadie olvidara
El Comandante Guevara
sembró su amor guerrillero.
 
El llanto que derramara
y todo el llanto vertido
será en la tierra medido
con el fusil de Guevara.
Porque con la misma vara
conque mide el enemigo
se mide el tiempo y el trigo
en esta tierra que espera
y tiene cumbia por fuera 
y su dolor por abrigo.
 
Sólo por dar sin medida
y dar perdiéndolo todo
el Che Guevara a su modo
para dar perdió la vida.
Mi guitarra agradecida
toca en silencio y no para
Y no para porque para
cantar el llanto y la gesta
América va dispuesta 
con el fusil de Guevara.
 
1972


 

 
Vicente Feliú
Cuba


Una canción necesaria

al Che no in memoriam

 

Tu piel ligada al hueso se perdió en la tierra.

La lágrima, el poema y el recuerdo
están labrando sobre el fuego
el canto de la muerte
con ametralladoras doradas desde ti.

Y aquí a cada noche se busca en tus libros
el propósito justo de toda acción.

Y se abre tu memoria a todo aquel que renace,
pero nunca falta alguien que te alce en un altar

Y haga leyenda tu imagen formadora
y haga imposible el sueño de alcanzarte
y aprenda alguna de tus frases de memoria
para decir:
«seré como él», sin conocerte
Y lo pregone sin pudor,
sin sueño, sin amor, sin fe

Y pierdan tus palabras sentido de respeto
hacia el hombre que nace cubierto de tu flor
Algún poeta dijo, y sería lo más justo,
desde hoy nuestro deber es defenderte
de ser Dios.
 

 
 
 
 
Horacio Pettinicchi
Argentina
Cuento
 

    El ensordecedor chillido de los monos y el canto de las aves reciben la salida del sol.
   
En lo alto, la vida estalla en los grandes árboles. Debajo, la densa bruma, húmeda y fría, cubre la impenetrable vegetación.
    Un hato de espectros empujan sus almas por la escabrosa senda. Remedo de hombres que van dejando jirones de carne en las espinas del monte.
  
Sombras tras otra sombra, sombras que se arrastran tras esa otra sombra de jadeante respiración. Espectros tras el espectro impenitente de un hombre que camina en pos de su propia cruz.
   
Camina el Comandante azuzando con afilada lengua a los despojos que lo siguen; arrastra sus pies, sus pobres pies llagados, malamente envueltos en un trozo de cuero crudo. Camina el Comandante y con él caminan las ánimas de campesinos con el asombro atornillado en los rostros ante la incompresible muerte, con él caminan los fantasmas de sus camaradas ejecutados en aras de la revolución, y el silencioso, el callado reproche de Masetti, que aún le duele.
   
El miedo, el eterno miedo al fracaso camina con él.
   
Carga en su mochila el peso de tanta muerte inútil, en su alma pesa el amargo sabor de la soledad. Solo y abandonado, rodeado de sombras, camina en busca de su demorada muerte.
    Cada jadeo lo acerca a su derrota final, cada paso lo lleva a su mayor victoria. Pertinaz iconoclasta, el mismo se convertirá en eterno icono.
   
Hacedor de caminos, va dejando tras de sí amigos, mujeres, hijos, las obscenas maldiciones de los fusilados, y los olores, los entrañable olores de su América bolivariana, el aroma de la menta, el cebiche, del mate de su patria chica y la persistente colonia que usaba su madre.
   
Tiene sed el Comandante, sed de agua y de la otra, esa otra sed que ya nunca podrá calmar.
   
Y las voces, voces que lo aturden, eternas voces que no lo abandonan, gritos de súplica, de dolor, lamentos que lo despiertan bañado en sudor, y la risa, la mordaz risa de los dioses que hoy se toman venganza.
   
Respira mal el Comandante, lo ahoga el esfuerzo de la marcha, lo ahoga la inutilidad del esfuerzo. Él se sabe muerto y no le duele, «para el vencido el paredón», como tantas veces le gustaba decir. Le duele la incomprensión de ese pueblo sometido, la ignorancia de los hombres, pero más que nada le duele la traición, las infinitas traiciones del sacrosanto Partido y el mezquino interés de viejos camaradas.
   
Míseras sombras  siguiendo a otra sombra, espectros que avanzan en la selva en busca del esperado final, y tras de ellas, acosándolos, cercándoles, incansables pretorianos de verde uniforme.
   
Callado, velando su propia muerte camina el Comandante.
   
Se sabe lejos de todo, lejos del desavenido joven de pronta contestación, lejos del adolescente en eterna controversia, con los demás y consigo mismo. Lejos del que ganaba apuestas parando el calzoncillo, lejos de la crisálida de samaritano que parió un combatiente. Lejos, perdido en el polvo de los caminos quedo todo.
   
El Comandante está ausente, ausente de todo, extranjero hasta de sí mismo, camina en busca del último exilio.
   
Cansado, hastiado ya de huir, da la orden de alto.
   
Manada de lobos tras el león herido, la jauría verde los rodea, estallan disparos, insultos, agónicos gritos cubren el lugar. Su arma, por instinto, sigue disparando hasta que herida, a igual que su cuerpo, calla.
   
Se apoya contra un árbol y se deja estar.
   
La tierra, esa madre tierra que no fuera comprendida por él, observa indiferente su derrota.
   Luego, en el debido marco de una escuelita perdida, da su definitiva asignatura que lo convertirá en leyenda.
    Arrumbado  en el suelo, con la espalda apoyada en una pared cansada, jadea. Le falta el aire, siente muertas sus manos atadas a la espalda; las hilachitas de su descolorido uniforme dejan ver las heridas recibidas. Inclina su cabeza y sus ojos, mansos ahora, acarician con amor  a sus compañeros muertos desmoronados a sus pies.
   
En la penumbra del aula ve acercarse el cobrizo rostro del «ranger»
, el rostro  velado por la gangrena del miedo, sonríe el Comandante, lo ve titubear, vacilar con el arma en la mano,  y le grita...

    —¡Ahora van a ver como muere un hombre, qué carajo...!

    La ráfaga de disparos acaba con el hombre; el humo de la pólvora, al elevarse, acompaña el nacimiento del mito.

                                                     ******************

    En las largas y heladas noches de la altiplanicie andina, mientras mastican sus acullicos de coca alrededor de algún fueguito, los campesinos suelen escuchar la historia del hombre alto, de bruna barba, que viste impecable uniforme verde y luce en su negra boina, una estrella de oro puro que brilla como fanal, jinete dicen en briosa mula de negro pelaje. Les arde la sangre a los  campesinos cuando oyen del Comandante a el que acuden las victimas de abusos y tropelías. Renace en ellos la llama  libertaria al saber del ejército de campesinos y mineros que siguen la estrella de oro que brilla como un fanal. La misma historia  con pequeños cambios, es narrada en los socavones mineros, los salitrales chilenos, los arrozales orientales, y en los montes argentinos. Lo cierto es que la mítica estrella del comandante sigue encendida, tan encendida como el sueño eterno de la revolución.
 


 
Horacio Pettinicchi
Argentina
Tercer día
 
Caminaba el hombre acercando el cansancio a su muerte, 

muerte, digo, artesanal y propia,

ensayada cada día de su vida.

Dicen que  de él hoy nada queda,

solo la estrella dorada,

y las manos mutiladas,

Digo que queda el grito,

el visceral aullido que surge de cada boca acallada,

tapiada,

 amordazada,

una y otra vez, y otra también.

Un día lo murieron, y al otro día nomás, sin  esperar el tercer día,

ya estaba en las puertas de las fábricas, en las minas, en el monte,

en cada uno de nosotros,

                              en la puta vida.

Estaba, digo, en cada mano que empuñaba un grito.

Y su voz,

                              grande y clara, tan clara como Santa Clara,

volverá un día  en canto,

canto vivo, como el fuego vivo,

embriagador, como pesado vino,

que ira borrando  la ceniza gris de la derrota.

Y en su rostro, de barba enmarañada,

donde brillaban las gotas de una lluvia cálida y vertical,

estará ausente para siembre, la mosca azul.

 


 

Vicente Rodriguez Nietzsche
Puerto Rico

 

Tu rabia,

tu incomprensión

me son hermanas.

Aquí mi palabra

y mi mano

tendida hacia la tuya

para recoger tu cuerpo.

 

Tu nombre retumba

como tiro en batalla.

Quiebras la realidad

con propósito hacia el hombre

y su esperanza.

 

El árbol te protege.

La tierra te guarda.

 

Guerrillero de infancia.

América ilusionada

te da las gracias.

 

Comandante,

Ernesto Che Guevara,

con su ejemplo

¡LA VICTORIA QUEDA DECLARADA!
 

 

10 de octubre, 1967- 99 aniversario, Grito de Yara.

 


 

 

Vicente Rodriguez Nietzsche
Puerto Rico

Ernesto Guevara

 

Hoy cumple años El Che.
Su frente es un cometa.
Su rabo constantemente crece.
Es un infinito semillero...

 

8 de octubre de 1975

 

 

Vicente Rodriguez Nietzsche
Puerto Rico

Sigue quemando mentiras...

 

    Para ERNESTO -CHE- GUEVARA.

   A Wenceslao Serra Deliz
 

 

oigo pasar mariposas

con su vuelo de colores

mirando los ruiseñores

gusto el sabor de las rosas.

querido, Che, con tus cosas

de poeta y guerrillero

en este vivir prefiero

tu fe, tu ejemplo y tu selva

y que a todos nos envuelva

tu música de trovero.

 

sigues quemando mentiras

mientras nosotros crecemos.

de seguro, venceremos!

a la lucha nos inspiras.

de estrellas serán las liras

como tú la inspiración,

será tu muestra la acción

y tu enseñar nuestra guía.

Guevara, en esta porfía

te ganas el corazón. 

 

ni vivo ni muerto estás.

ni cantando ni callado.

ni parado ni sentado,

caminas por la ciudad.

comandante de verdad,

te dibujan las paredes,

te esperan peces, no redes,

nadando en su libertad

y toda esta actividad

con honores la precedes.

 

no eres fecha  no te cubre

nada de tiempo ni oscuro,

eres contención y muro

a la luz plena de octubre.

agua de mar salubre,

brazo de la luz suprema,

nuestro estandarte y emblema

para la paz conseguir.

no te pueden desunir,

Che Guevara, del poema.

 


a
 23 de septiembre de 1997. en Lares, Puerto Rico.


 

 

Víctor Jara

Chile
 

El aparecido
 

Abre sendas por los cerros,
deja su huella en el viento,
el águila le da el vuelo
y lo cobija el silencio.
Nunca se quejó del frío,
nunca se quejó del sueño,
el pobre siente su paso
y lo sigue como ciego.

Córrele, córrele, córrela
por aquí, por allí, por allá,
córrele, córrele, córrela,
córrele que te van a matar,
córrele, córrele, córrela.

Su cabeza es rematada
por cuervos con garra de oro
como lo ha crucificado
la furia del poderoso.
Hijo de la rebeldía
lo siguen veinte mas veinte,
porque regala su vida
ellos le quieren dar muerte.

Córrele, córrele, córrela
por aquí, por allí, por allá,
córrele, córrele, córrela,
córrele que te van a matar,
córrele, córrele, córrela.

 


 

 

 

Wenceslao Martínez
Chivilcoy, Argentina

Che

 

Como te odio, bastardo barbado. Me enardece ver tu imagen, idolatrada por el pueblo, por la chusma, por los miserables. El veneno de la ira corre por mis venas cuando observo a los que te admiran, a los que has conquistado solamente con tu actitud de pretender ser fiel a un ideal. Admirarte a ti que eres un perdedor, que luchaste por una causa imposible, que fuiste tan tonto de rechazar los honores y preferiste soportar el hambre, la fatiga y el dolor, a vivir una descansada vida en Cuba. Me agobia la impotencia al contemplar a la juventud corear tu nombre, tu maldito nombre. Has muerto pero te siento vivo y capaz aún de corromper a esas pobres mentes. Sé que las personas como tú no claudican, no abandonan la lucha con facilidad. Debo derrotarte para siempre. He de iniciar una nueva batalla contra ti y te destruiré, esta vez, definitivamente. Aprovecharé tu fama, tu rostro,  tu imagen, los haré míos y te convertiré en un producto de consumo. Pondré tu figura en afiches coloridos o vestimentas juveniles y así te transformarás, poco a poco, en  una imagen adocenada  que al cabo de un tiempo pasará de moda.


 

 

Manuel Vargas

Bolivia
 

El hermano mayor

 


   
Antes yo creía que eran las imaginaciones de mi mami dijo Laura
; tuvo que pasar mucho tiempo hasta que todos supimos la verdad.

    Cuando yo era niña, en la casa se trabajaba diez veces más que ahora. Pero mientras las manos se movían, mi mami tenía tiempo de suspirar, limpiarse los ojos secos y repetir las palabras que yo ya me sabía como agua.

    —Vos no lo has conocido a tu hermano mayor, hijita —me decía—. Se llamaba Pedro, como tu otro hermano. Un día se fue con unos comerciantes a la Cordillera y no supimos más de él. Nunca…

    Se callaba un rato, miraba el techo y de repente decía:

    —No está muerto; lo he soñado caminando por los cerros y bajando a las pampas ande la gente. No sé por qué no viene si aquí todo le dábamos... ¿Sabes? El parecía contento de irse. Yo le decía: pero hijo, cómo vas a ir solito, por allá hay pura gente ajena, que alguien te acompañe, que vaya tu hermana a cuidarte... Y él me contestó con una carcajada y me acarició los cabellos:  No, mami, yo me voy a rodar el mundo, me dijo y se fue.

    Cuando comenzaron a aparecer los collas, hubieras visto cómo mi mami se alegraba. No sé si te acordarás de eso, entonces todavía te cargaba en mis faldas; te llevaba ande las visitas y vos te asustabas al ver a esos hombres de poncho rojo, negros y con la boca verde de coca.

    Una vez estábamos almorzando y llamaron de la tranca. Mi mami se levantó, nosotros seguimos comiendo. Ya íbamos a terminar y mi mami no parecía. Mi papá fue a la puerta, divisó del patio, se volvió a la mesa y dijo:

    —¡Indios! ¡Indios!

    Cantaron los platos, cayeron las sillas y todos estábamos en la puerta. Tenían cimbas y llevaban monteras en la cabeza, sus abarcas eran de un jeme de altura y con sus p’uicas andaban hilando lanas de colores. Eran cuatro, no se diferenciaban los hombres de las mujeres, pero dizque eran dos parejas.

    ¿Sabes lo que hizo mi mami entonces? Vino a la cocina y les sirvió chicha y toda la comida que sobraba. Ni siquiera ella comió. Yo la vide entregar su plato enterito a uno de los indios. No quiso que nadie se les acercara. Mientras tanto mi papá nos hacía reír y nos contaba que él conoció a los indios cuando fue al cuartel y cuando viajaba de comerciante y de arriero, y como si nada nos hablaba de Sucre, de Chileflor o de San Petersburgo...

    —Esos indios vienen de lejos —me contó mi mami después—, quién sabe de ande. Yo sabía ver indios cuando iba con tu abuelo Seferino a la Loma del Veladero, pero ésos eran indios pobres; los que has visto ahora son indios ricos y conocen muchos lugares. Son vergonzosos, si ven a mucha gente ajena se hacen los opas. Yo les hablé a trechos en su idioma y me tomaron confianza.

    —¿Y de qué charlaron, mami?

    —Les pregunté por tu hermano, es así y asá, se llama Pedro y es alto como un pino; pero no lo han visto. Mi hijo debe andar por alguna parte, sabe Dios cómo andará, perdido, hambriento...

    —¿Y por qué les dio su comida, mami?

    —Siempre hay que atender así a las visitas, hija. Cuando le convido a la gente ajena, pienso que a mi hijo, ande esté, no le han de negar un platito.

    Cada vez que llegaba visita hacía lo mismo, y después me decía lo mismo, en las tardes, mientras yo pelaba papas y ella escarmenaba lana o tejía un poncho en la aguana.

    Pasó el tiempo. Los collas ya no eran novedad. Unos aparecían vendiendo calderas y agujas, otros ofreciendo remedios y brujerías, otros de a caballo y con ponchos elegantes. Los primeros camiones que llegaron a Montes Claros, eran de los collas.

    Mi mami les llenaba la panza y les compraba algo, o se hacía quedar alguna yerba y la guardaba hasta que se hacía polvo de puro vieja. A veces les regalaba una bolsa de papa y un pedazo de charque. Pobrecitos, decía. Sabe Dios si en otras partes les darán agua pa tomar, y daba un suspiro y comenzaba a contarme de nuestro hermano:

    —A ése lo tuve en Salsipuedes. Era una noche tranquila, y yo todo tranquila, aunque era la primera vez que iba a parir. De guagua le gustaba ayudarle a tu papá en el chaco; pero cuando creció se volvió flojo y pensativo. Soñaba siempre con irse a rodar el mundo. Vivimos como animales aquí, decía. Me voy a ir a buscar otros pueblos, otras naciones, y voy a volver pa llevarlos a todos ustedes... ¿Ande nomás se iría, no?

    Vinieron los camiones, los comerciantes y los militares, y mi mami ya no sabía qué hacer. ¿Cómo i