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Las raíces: Kazakhstan
Un hombre delgado, alto, de movimientos graciosos y gacelados, se presenta
como Borat, el segundo mejor periodista de su país: Kazakhstan. Con orgullo
comienza a distinguir la nueva geografía nacional, un país insipiente que
necesita imponer su localidad luego de la caída de la Unión Soviética. Es
así que describe la ubicación de su nación mediante la descripción un tanto
denigrante del escenario que lo rodea: «Kazakhstan está entre Tajikistan y
Kirghistan, y los idiotas de Uzbekistan».
Luego, acompañado por una procesión de lugareños,
se introduce en la cultura popular de su región, exhibibiendo la galería de
personajes patéticos que conviven en su pueblo, Kusek: están el violador del
pueblo, cerca de un jardín de infantes, el parasitario vecino, los
denigrados gitanos, la propia hermana de Borat, prostituta por cierto, su
madre avejentada; y su mujer, una obesa señora que no para de insultarlo.
Las costumbres de Kusek se circunscriben en la
intolerancia, tal es así que hay un evento similar a la corrida de toros
española pero que se denomina «la corrida del judío». La exaltación del
sectarismo e intransigencias raciales que alardea la sociedad de Kazakhstan,
bajo la palabra representativa de Borat —que de hecho serían juzgadas por
cualquier ciudadano medio de la aldea global— se tornan inmunes bajo la
égida de la inocencia de un país en aras de emerger de las ruinas
soviets.
Por eso, Borat agregará con solemnidad que en
Kazakhstan no todo es diversión, sino que germinan los problemas que
subyugan a toda su sociedad: «lo económico, lo social y los judíos». Por ese
motivo, el Ministro de Información enviará a Borat a Estados Unidos, el
mejor país del mundo, para incorporar su cultura a fin de rescatar a
Kazakhstan de su derrumbe.
La
tierra prometida
Borat aterriza en el país de las oportunidades. Se exalta ante una sociedad
super- organizada, con edificios de concreto que ocultan la luz del sol, con
una marea de gente abigarrada en las calles, y una peregrinación de autos
por doquier. El asombro y extravío de un extranjero que deambula sin brújula
lo inserta en un tópico de desquicio.
Pronto expondrá sus costumbres como un buen
método de presentación. Intentará saludar con un beso a todo desconocido que
se le cruce en su camino, cruzará las calles sin atender las señales de los
semáforos, se tocará frente a una vidriera plagada de maniquíes con lencería
erótica, ingresará a un Hotel Premium con el artilugio de regatear por una
habitación y creerá que el ascensor del hotel es su cuarto. Su propia
sorpresa se enfrentará a los sorprendidos ciudadanos extrañados por el
accionar del desequilibrado viajero.
Quien entra en contacto con Borat le demuestra
sus ilógicos signos de negociación. Pero él no se inmuta ante semejante
confrontación de culturas, sino que se excede a cada tramo de su estadía
pretendiendo que las diferencias sociales le sirven a su aprendizaje.
En la habitación del hotel descubrirá el sentido
oculto de su viaje. En la televisión aparecerá una mujer tan distinta a las
que frecuenta cotidianamente, que se obnubilará hasta modificar el rumbo de
su estadía: Pamela Anderson. «Ella tiene los cabellos de oro, dientes
blancos como perlas y el culo como el de una niña de siete años».
El transcurso de la bitácora de viaje, marcada
por una línea roja atravesando la ruta de un mapa, tiene un destino fijo:
California, donde aguarda su pasión. En medio del éxodo, Borat se topa con
la cultura americana más denigrante, acérrima y partidaria. De allí extraerá
el yugo de la sabiduría social, la pulpa que nutrirá sus entrevistas.
Las entrevistas intentarán extraer el secreto del
país más exitoso del mundo. Sus anotaciones incluirán los accidentados
encuentros con un humorista, un grupo de feministas, un concejal, unos
raperos, un cowboy, una iglesia bautista, un canal de televisión, una
tienda de baratas, una familia judía.
Lo que tendría que ser una entrevista formal,
pronto se tornará en un punto de incomodidad para el interlocutor. En cada
tramo de la conversación, Borat sostendrá sus prejuicios segregacionistas
con el candor de un púber inocente.
El fin de su itinerario lo enfrentará a Pamela
Anderson. Borat va a escudriñarse en una cola para la firma de autógrafos. Y
cuando le toque su turno, le pedirá que se case con él; no con el
sentimentalismo de un enamorado, no sin provocar el miedo a un secuestro.
El retorno del capital
Borat regresa a su tierra natal con un souvenir patchwork en sus
brazos. El pueblo lo recibe con la gratitud de quien aterriza desde un más
allá, portando el oráculo de una esfinge aplomada, con los vaticinios de un
devenir casi cósmico. Las dádivas que otorga a sus conciudadanos son
extrañas pero confortables; artefactos tecnológicos extravagantes, un
ipod, un brazo ortopédico para un vecino manco, la compañía de una
prostituta americana bastante desgraciada, y la palabra misionera de un
Borat desenvuelto y convertido al cristianismo.
La impronta de una autoconquista discurre en el
entorno.
La
inocencia perdida
¿Quién es Borat? ¿Qué representa? Desde su arribo a USA, este segundo mejor
periodista de un país emergente como Kazakhstan, es observado con
incoherencia, desde el temor hasta la ternura. Sus facciones arábigas lo
perfilan como potencial terrorista, lo cual conforma una contradicción
permanente teniendo en cuenta que su objetivo único es calcar la
idiosincrasia americana al dedillo.
La apariencia física recuerda a un Groucho Marx
activo, escurridizo, torpe y sarcástico, aunque la intolerancia y prejuicios
emitidos desde su coleto lo confrontan al peor de los fantasmas americanos.
Borat encierra un verdadero enigma, el de un
alumno indócil a la vera del conocimiento, el de portar una ignorancia docta
que descompone las armas del partener.
Su labor de periodista contemporáneo, basado en
la trasgresión para obtener una nota, se distribuye desde la invisibilidad,
a partir de un ojo oculto que se presta de cámara sorpresa. El método más
eficaz que logra un foráneo para insertarse en una cultura tan prominente y
paranoica está plenamente basado en la inocencia. Esto genera confianza,
cercanía, camaradería, hasta la confesión de los pecados más terribles de un
ciudadano medio.
El objetivo se desdobla en un metalenguaje. Ya
que Borat se manifiesta como un idólatra obsecuente, entusiasmado por
sonsacar las raíces que conforman a un verdadero-país-super-potencia. Sin
embargo, el discurso latente extraído de sus entrevistas, pone en evidencia
las gargantas de la segregación, el sectarismo, el rechazo por las minorías,
la homofobia, y las actitudes más denigrantes del espíritu del Tío Sam.
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