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Resulta difícil
iniciar el análisis de una película tan extraña y fascinante como ésta sin
mencionar o, más bien, profundizar, en su naturaleza doble, tanto a nivel
narrativo como técnico y de producción. Esta circunstancia, que influye
profundamente en su argumento y características, convierte esta obra en la
flor frágil de una tendencia cinematográfica nueva que lentamente va
germinando en nuestro cine y que puede servir para enriquecerlo y
diversificarlo como nunca había ocurrido antes. La propuesta del director
mexicano va, por tanto, más allá: es una llamada de atención, una
película-reto que aspira a estimular el bolsillo de productores y la
imaginación de guionistas y realizadores para lograr una unión que explore
las posibilidades de un universo diferente, pero no por ello menor, que ha
sido escasamente visitado en nuestra cinematografía: el género fantástico.
Y es que, cuando califico esta película de «nueva» o «diferente»,
me refiero, funda-mentalmente, a la importancia del contexto donde ésta ha
visto la luz. Ignorando este hecho, estaríamos ante un filme exquisito, meti-culosamente
cuidado y realizado con innegable habilidad, pero carente de esa chispa que
lo convierte en esencial, en necesario. Nos encontraríamos ante una película
que enlaza con naturalidad una dualidad existencial que hace coexistir dos
mundos, dos planos dimensionales, sin provocar en ningún momento sensación
de extrañamiento en el espectador, logrando absorberle en una vorágine de
empatía, provocada no sólo por el hipnótico efecto de sus personajes sino
también por la inevitable fascinación de los sentidos, en una fusión casi
carnal con la belleza de los planos. Pero, volviendo a esa razón de ser que
coloca este filme en la historia de nuestro cine, hay que decir que estamos
también y por encima de todo, ante el retrato fiel y desgarrador de la
realidad de la posguerra en España, centrada en el enfrentamiento entre un
militar franquista y sus némesis, los maquis, refugiados en los mágicos
bosques de un indeterminado lugar del norte. Bosques que también acogen a un
sinnúmero de criaturas invisibles para el ojo humano simple, criaturas
salidas de los sueños y los cuentos, protagonistas de esa otra cara de la
película que, aunque parece darle sentido y caracterizarla, acaba por
resultar una circunstancia más, una cualidad que no resta ni desvía un ápice
de atención de la línea principal de su argumento. Es esa capacidad de
engarzar a la perfección dos películas en una, dos naturalezas complejas en
simbiosis única, lo que convierte esta obra en una película orgánica, una
criatura que destila rasgos autorales en cada plano, en cada línea de
diálogo. Porque, por encima de todo, identificamos siempre el ánima de su
responsable, el cariño que rebosa hacia sus protagonistas, la atención que
pone a esos detalles que sólo se descubren con un segundo visionado.
De hecho, gracias a esa cuidada fusión de tramas y a la
resurrección de una fantasía atemporal pero cotidiana (que vive en las
mentes de todos, porque todos hemos sido alguna vez niños) el director logra
lo que muchas otras películas han intentado sin éxito: conducir a la
audiencia a un viaje auténtico por los entresijos de una lucha que no acabó
con la guerra, un submundo de locura, torturas, sufrimientos que muchas
veces se intuye pero que no siempre se sabe retratar sin caer en el exceso.
Del Toro, como hábil narrador, utiliza la colisión de su laberinto
fantástico, extremo en su armonía, perfecto incluso en su crueldad, con la
nada edulcorada narración de lo que pasó después de la guerra oficial, sin
suavizar lo que normalmente no se muestra, sin mirar con compasión o
comprensión aquello que resulta innegable. Lo contrario de las dos
realidades, no siempre opuestas, pero por encima de todo paralelas, eleva a
la categoría de terrorífico lo que podría haber pasado por documental
aproximado, consiguiendo un efecto devastador en el ánimo del público
sensible. Perfección y orden, acción y reacción, lógica y belleza se dan de
bruces contra el fanatismo y la locura del capitán Vidal, contra el heroísmo
sin futuro de los hombres de la montaña, contra la sinrazón de la conducta
humana. Y en medio de todo, una niña. La unión de lo real y lo imaginario,
el catalizador de la inocencia en medio de un mundo sin salida. Una niña en
la que todo espectador se convierte gracias a la grandiosa Ivana Baquero
(descubrimiento irrepetible), cuya dulzura y dolor nos transportan a esa
infancia común, donde el cuento algunas veces produce pesadillas, donde
asomarse a la realidad no siempre gusta.
Y es que, para dar vida a su historia, del Toro ha sabido contar
con la ayuda de un elenco insuperable de actores nacionales, que demuestran
que pueden sustraerse del contenido fantástico del filme para deleitarnos
con interpretaciones que huyen del estereotipo pero beben lo mejor del
arquetipo: Sergi López, dando vida a ese villano que resulta casi tierno en
su ciega obcecación; Maribel Verdú, segura, firme en su transformación,
engañosa en su naturaleza; Alex Ángulo, componiendo un personaje inolvidable
en su dignidad…
No existen «peros» en el ámbito de lo interpretativo, como tampoco
pueden ponerse en el trabajo de los técnicos: impecables movimientos de
cámara, que consiguen trasladar la imagen de la realidad a la fantasía con
la suavidad de una nana; mientras la luz, vana, dura, etérea en ocasiones,
envuelve a la niña y la conduce a los caminos inexplorados del mundo del
fauno; en un entorno mágico, realista pero hermoso, lleno de matices y capaz
de no huir hacia lo típico. Y, sumergido en esa amalgama de técnica y arte,
no podemos olvidar a ese intérprete oculto, Doug Jones, dando aliento al
fauno, pues gracias a sus movimientos convulsos, a la ambigua ternura de sus
gestos, se convierte en el mejor embajador de lo imposible, inmortalizando
un personaje que será difícil igualar de ahora en adelante.
El cine español (y todo cine) no sería el mismo sin esta perla
difícil de fabricar, hija del ingenio y de la técnica, de la iniciativa
arriesgada y la imaginación descontrolada. Y ojalá este camino que se abre
ante nosotros, ensortijado como laberinto que es, no nos asuste, y nos
atrevamos a transitarlo con la seguridad y las ganas de soñar que se merece.
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