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Como no podía ser de otra manera,
el 2007 nos trae una nueva adaptación literaria de tintes exóticos,
pretensiones comerciales y dos grandes actores como principal reclamo. Y es
que, al igual que el año pasado fue la ya olvidada (y mediocre, por qué no
decirlo) Memorias de una Geisha, el proyecto que pretendía aprovechar
el tirón comercial del best seller de Arthur Golden para recaudar en
taquilla lo máximo posible, ahora los productores Edward Norton y Naomi
Watts (protagonistas del filme) han decidido probar suerte con el clásico de
W.Somerset Maugham. El resultado, completamente orientado a explotar la
fórmula propia de su género (drama romántico), no se aleja, en ningún
sentido, de lo convencional.
Y es una lástima porque, dado el panorama actual exento de
originalidad tanto en guiones como en propuestas formales, el ámbito de lo
literario no deja de ser una posible cantera para extraer pequeños aciertos
que brillen con luz propia en el panorama cinematográfico. Esta película,
nacida conociendo este hecho indudable, emplea con maestría sus
herramientas: no podemos decir que El velo pintado no sepa aprovechar
el valor de su trama y la fuerza de sus personajes. El guión, bien adaptado,
nos introduce en un universo donde la letra impresa es traducida hábilmente
al plano cinematográfico. Sin caer en la retórica ni en la excesiva
suntuosidad de diálogos (errores reiterados cuando la novela clásica
adaptada posee un renombre destacado), el filme es consciente de su
naturaleza y cuenta en imágenes la evolución interior de sus personajes.
Tomando lo mejor de la novela y contándolo con la precisión propia de una
narración fílmica bien contada, a simple vista podríamos hablar de una
película impecablemente hecha, donde la dirección artística, las
localizaciones y el eficaz trabajo de los dos actores principales acompañan
el poder de una historia que parece atemporal.
Pero, a veces y de manera inexplicable, el control impecable de
todas las variables que contribuyen a construir una película que funciona no
es suficiente para conseguir atraer al público a las salas. Este parece ser
el caso de El velo pintado. Todo en ella (planos, luz, diálogos,
giros del guión) está trazado exquisitamente, nada se le puede reprochar,
objetivamente, a su libreto y construcción formal. Sin embargo, el resultado
final carece de poder fílmico alguno. No hay pasión en las reacciones de sus
protagonistas (aunque las interpretaciones sean irreprochables) ni emoción
en el avance de la acción. El público, quizá demasiado acostumbrado a lo
clásico, no siente como suya ninguna de las sensaciones que se le sugieren
desde la gran pantalla. La empatía con ambos personajes es nula, a pesar de
estar ambos fuertemente ligados a una supuesta humanidad que es la esencia
del romance truncado que se nos cuenta. Peligrosamente cerca del tópico,
aunque sabiendo utilizarlo a su favor, el director pretende vincularnos a la
tragedia amorosa de dos seres perdidos en un país desconocido, asolado por
la enfermedad y el dolor, sin lograr, en ningún momento, que vibremos con su
miedo o nos conmovamos con la atracción que sienten el uno por el otro.
El motivo de esta desconexión con los personajes no proviene de
la falta de ritmo del filme ni tampoco del trabajo de Norton o Watts. Su
origen, inevitable, se encuentra en la naturaleza maniquea de los tipos
sociales que encarnan: él, un médico frío, pero noble y heroico en exceso;
profundamente enamorado (no sabemos por qué en ningún momento) de una joven
de la alta sociedad, ataraxica y hermosa, pretendidamente rebelde aunque,
paradójica-mente, manipulada. No hay vida en sus gestos y palabras
predecibles, en sus miradas desprovistas de emoción real.
Y es que, llegados a este punto de saturación y crisis, donde
los cambios son tan escasos que, cuando aparecen, se valoran como obras
maestras, ya no sirven las películas que antes nos hubieran entusiasmado. No
sabemos caminar en el terreno de la contención de un drama sugerido, nuevo,
construido también gracias a la vivencia del espectador. Todo lo que vemos
nos parece ya contado y mejor, en los tiempos dorados del cine. Así,
películas con potencial, caen, irremisiblemente, en el olvido donde subyacen
las superproducciones con expectativas. La falta de corazón condena a filmes
como este a la negritud del cajón desastre, como cadáveres de una taquilla
difícilmente resucitable. |
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