Javier Puche
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Tiempo muerto

 

     Hace ya diez meses que me crucé con ella. Yo había salido a comprar algo de ropa. La calle estaba llena de gente. Recuerdo que sonaba el desgarrado acordeón de un músico ambulante cuando su rostro apareció tras la esquina. Nunca la había visto. Ella a mí tampoco. Pero ambos nos miramos como si llevásemos siglos conversando en silencio. El tiempo se detuvo. Desde entonces mi existencia carece de sentido.

     Ahora vivo en otra ciudad y ocupo las horas muertas
que son todas rememorando dolorosamente aquel instante irrepetible, visitando con mi memoria la transitada calle donde por primera y última vez se cruzó conmigo. Si cierro los ojos, aún puedo ver su pelo rubio alejándose entre la multitud y subiendo a aquel taxi. Por mi culpa, no hicimos juntos el trayecto. Fui incapaz de pronunciar una sola palabra ante ella. Fui incapaz de seguirla. Mi único consuelo consiste en rectificar la realidad imaginando una y mil veces que no pasó de largo, sino que se detuvo a preguntarme la hora, que yo me atreví a coger su mano, que subimos al taxi, y que iniciamos juntos el largo trayecto hacia la eternidad.
 

Humo
 

    Mientras limpiaba la chimenea, el hombre removió sin darse cuenta un montón de ceniza, levantando fatídicamente aquel espeso humo negro que le penetró en los ojos, en la nariz y en la boca hasta ahogarlo por completo. Durante un rato estuvo tosiendo humo, tragando humo, viendo humo e incluso pensando humo. Recordó entonces Dios sabe por qué el ataque epiléptico que había presenciado días atrás en plena calle. La chica era joven y guapa. Se retorcía en el suelo como si el demonio la estuviera devorando. Una perpleja multitud se había agrupado alrededor. Ella estaba fuera de sí, parecía un juguete desquiciado, una marioneta que alguien agitara frenéticamente con propósitos malignos. Al hombre se le puso un nudo en la garganta, le entraron ganas de llorar ante tan desvalida criatura, pero al mismo tiempo no dejaba de mirar con lascivia sus piernas. Pronto la tos le devolvió al presente. Si no hacía algo, podía morirse allí mismo, junto a la chimenea. Pensó por un instante en la posibilidad de que ocurriera. Seguramente, su mujer se desmayaría al descubrir el cadáver. Nadie lo había querido tanto. Por fortuna, él no estaba solo, ni se encontraba en mitad de la calle como aquella pobre chica. Sin dejar de masticar ceniza, consideró que era un hombre privilegiado, pues su mujer nunca permitiría que muriese. Justo antes de perder la conciencia, una sonrisa se dibujó en su rostro. La misma sonrisa que su mujer descubrió horas más tarde junto a la chimenea.

 

                 
Error burocrático


    La espada enemiga dividió al cristiano en dos mitades. Por un incomprensible error burocrático, la mitad culpable fue enviada al cielo y la mitad inocente al infierno. Lo paradójico del caso es que, tras cierta perplejidad inicial, ambas mitades fueron eternamente felices.

 

Cuento Gélido

    La tarde era azul en Groenlandia. El esquimal abandonó su iglú con el cadáver de una mujer entre los brazos. Mientras avanzaba lentamente, abrumado por el peso, la tenue lluvia se iba mezclando con sus lágrimas. Diez kilómetros de blanca inmensidad le separaban del hombre más cercano. Transcurrido un instante, el esquimal se derrumbó en el suelo y la tarde se fue volviendo gris. Ya de noche, el aullido de un lobo (lejano, pero a la vez afilado e íntimo como la hoja de un cuchillo que atravesara su cuerpo) le hizo recobrar la conciencia. Pronto descubrió que aquella intolerable rigidez ni siquiera le permitía alcanzar la mano del otro cadáver, tan cercana a la suya.


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