
Fragmentos de nada
Alberto Solanes
Laura dormía.
Su pecho subía y bajaba, lentamente.
Dormía. En silencio.
El sonido de su respiración recordaba al murmullo de las
olas. Su pecho subía, luego bajaba. Cuatro números verdes titilaban silenciosos
junto a la cabeza inmóvil de Laura. El resto —la habitación, el mundo—
permanecía estático, sumido en una quietud perfecta, en la extasiada
contemplación de su propio equilibrio. El tiempo no existía y si lo hacía era
irrelevante; el concepto mismo del tiempo resultaba absurdo.
La perfección es atemporal, por supuesto.
No soñaba nada bueno ni tampoco nada malo: Laura ya nunca
soñaba. Flotaba ausente en algún punto indeterminado situado unos pocos
centímetros por encima de sí misma. Así dormía Laura. Silencio absoluto, por
dentro y por fuera.
El milagro de cada día tenía forma de pastilla y era de color
azul: servía para dormir y no soñar. Una persona sin sueños no puede ser feliz.
Tampoco puede ser infeliz: la vida de Laura se fundamentaba en la omisión.
¿Qué es peor, el infierno o nada?
La Salvación en píldoras monodosis. Laura tenía miedo,
verdadero pánico de sus propios sueños. Tener pesadillas no es lo peor que puede
pasar; descubrir en un sueño que la felicidad existe y que es inalcanzable, eso
sí es una desgracia.
Píldoras azules para huir de los sueños. Píldoras azules para
escapar de su propia sombra. Para rozar la perfección de la verdadera quietud.
Para, por un rato, no existir.
Solamente el vacío y el silencio son perfectos.
Laura solía decirse a sí misma que ingería pequeños
fragmentos de Nada.
Un ruido despertó a Laura. Fue una sucesión de ruidos, en
realidad, lo que la despertó. Tintineo de llaves. El cerrojo se mueve con un
chasquido. La puerta chirría al abrirse y al cerrarse. Pasos: pasos tambaleantes
avanzando por el pasillo. Fue todo eso, una serie uniforme de ruidos
encadenados, uno seguido de otro, lo que la trajo a la realidad. Eso, y el
miedo.
Las píldoras azules libraban a Laura de los sueños. El miedo,
en cambio, tenía que combatirlo sola.
Laura abrió los ojos y escuchó. Oyó ruido de pasos cada vez
más cercanos. Oyó su propia respiración cortándose: ya no recordaba en absoluto
el murmullo de las olas. Oyó su propio corazón: bumbumbumbumbum. Luego,
hundiendo la cara en la almohada, Laura susurró:
—Hoy no.
Aferró la manta con las manos y se cubrió con ella hasta
justo debajo de la barbilla. Volvió a cerrar los ojos.
Hoy no.
Por favor, no.
Cuando Laura era una niña y tenía miedo de la oscuridad
aferraba la manta con las manos y se cubría con ella hasta justo debajo de la
barbilla. Laura era aquel día una niña asustada en el cuerpo de una mujer
adulta.
Jack llegó al umbral de la puerta y encendió la luz. Se quitó los zapatos, miró
a Laura. Una imagen confusa, borrosa, llenó los ojos bizqueantes y furiosos de
Jack. En la mesita de noche, junto a Laura, había un mensaje para él. El mensaje
no estaba escrito en papel: tenía forma de recipiente y contenía píldoras
azules. Un mensaje con forma de tarro de pastillas que hablaba sin palabras y
decía: Hoy no.
Hoy no, Jack, mi querido Jack, amor mío, por favor, hoy
no.
Frente a Jack el edredón sobre el pecho de Laura subía, luego
bajaba. Pero sólo era una ilusión de placidez. Mentirosa, maldita mentirosa. El
edredón mentía, Laura mentía, nada de lo que parecía haber estaba realmente.
Jack sabía que Laura no estaba dormida.
Él sonrió; ella no dijo nada, no se movió, no abrió los
ojos. Así fue como se hablaron el uno al otro: una sonrisa maliciosa y una
mentira que era un edredón que subía y bajaba lentamente.
El miedo al dolor puede ser peor que el dolor mismo.
Porfavorporfavorporfavor...
Todo ocurrió en poco tiempo, aunque no puede decirse que
ocurriera rápido. Lo que hizo abrir definitivamente los ojos a Laura —separa los
párpados, mira, ahí lo tienes, nadie te escucha, nadie te hace caso— fue otro
ruido: el del tarro de cristal estrellándose contra la pared.
Pequeños fragmentos de cristal quedaron esparcidos por el
suelo junto a pequeños fragmentos de Nada. Laura se encogió bajo el edredón al
tiempo que ahogaba un grito. El siguiente grito, que debió —que quiso— ser
exhalado cuando Jack hundió su puño en el vientre de Laura, no pudo salir de su
cuerpo porque Laura apenas tenía fuerzas para poder volver a respirar. Y fue ése
grito, ése, el grito no gritado, el peor de todos.
Laura apenas reparó en el siguiente golpe.
Ni en el siguiente.
Ni en el siguiente.
Ni en el siguiente.
Laura lloraba. Laura tenía miedo. Laura estaba encogida en su
cama bajo el edredón —maldito edredón mentiroso en los ojos furibundos de Jack—
tapándose la cara con las manos, el vientre con las piernas, enroscada sobre sí
misma, retorcida sobre el grito atrapado en su estómago, y solamente pensaba en
eso, en gritar, en liberar el aullido que la golpeaba por dentro más de lo que
Jack la golpeaba por fuera.
Grítalo.
Deja de llorar y grítalo.
Laura separó los párpados y miró a Jack a los ojos: vio
miedo, desesperación. Lo que Laura vio fue una agonía. Vio a un hombre buscando
desesperadamente fragmentos de Nada con los que llenar su vida. Una Nada
distinta en forma, exactamente igual en esencia a la que ingería Laura en
pequeñas píldoras azules. Se preguntó quién era aquel hombre que la golpeaba.
Cuándo nació. Cómo. Porqué.
¿Por qué?
Dilo. Di: basta.
Basta.
No me mires, gritó Jack. La voz con que hablan los ojos es
mucho más cruel que la de las palabras. ¡No me mires! Basta, basta, basta.
Laura seguía teniendo sus ojos fijos en los de Jack.
Basta.
Los puños de Jack caían sobre ella como relámpagos.
Relámpagos estriando el cielo de su carne —carne tersa suave blanda acogedora—
pero no importaba.
Basta.
Laura sintió que algo se escapaba de dentro de ella: la Nada
la invadía. Laura separó los labios —dientes rojos detrás de unos labios rojos
delante de una lengua roja— y habló:
—Basta.
Dijo.
Fragmentos de Nada esparcidos por el suelo. Cuatro números
verdes flotando junto a la cabeza desfallecida de Laura. Y Laura recordó
fugazmente que cuando era una niña y tenía miedo de la oscuridad aferraba el
edredón con las manos y se cubría con él hasta justo debajo de la barbilla.
El resto no fue más que silencio.
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