
Breve historia de la mujer
coja
y el cura Anselmo
Jerónimo
Medina Valcarreras
Con una sola pierna su caminar era lento, aún no había aprendido
el uso controlado de las muletas, con dificultad afrontaba el paseo diario. Se
miraba cada mañana al espejo y se veía decrépita, marchita como una rosa vencida
por el fin de su estación. Luego tapaba su pierna mutilada y caminaba 4
kilómetros, tal y como le indicó su médico. En el transcurso de su andar se
encontraba con los niños que iban al colegio. Muchos de ellos eran acompañados
por sus madres, pero ellas no eran obstáculo alguno para lanzar la maldad por
sus bocas, diminutas y ardientes. Fabiola atenazada les reprendía e incluso una
vez tuvo que arrojar una piedra a uno de ellos que la correteaba riéndose de
ella, sólo así pudo ahuyentarle. Don Braulio, el profesor de los chavales
siempre le aconsejaba que intentara ir por otra senda, para no juntarse con
ellos o que cambiase su horario. —Ya ve usted que no son como antes, estos niños
de ahora no obedecen a nadie, y mucho menos a mí. Como además no se les pude ni
tocar, pues no hay nada que hacer con ellos, los responsables en buena parte son
los padres y ellos lo consienten todo. —Pues un día le daré un castañazo a
alguno y le romperé la crisma, estoy harta de que se mofen de mí, no tienen
vergüenza. ¿Qué se han creído, que por estar coja no soy persona? Son unos
pequeños canallas.
Así cada día se repetía la escena, Fabiola subía entristecida por la calle y al
llegar a la cuesta del «remendillo» se topaba con los niños, que como era
habitual le gritaban y se burlaban de la coja. El peor de todos era Pablo, un
niño de 11 años, un año mayor que los demás y que se creía el jefe del grupo, se
envalentonaba y no contento con insultar y hacer gestos desafiantes, sacaba de
su mochila un tirachinas casero, hecho con tiras de guante y la boca de una
botella de plástico y le lanzaba chinos que causaban mucho dolor a Fabiola. Un
día le hizo sangre y lloró pero nadie le dijo nada al niño, su madre se hacía la
distraída como si no sucediera nada.
Una noche, el párroco, enterado de lo que ocurría a diario, fue a visitarla a su
domicilio. Mantuvieron casi 3 horas de conversación, ella se desahogó y le contó
que perdió la mitad de su pierna en Ruanda. Allí estuvo de misionera colaborando
con la Cruz Roja y dando de beber a los ancianos y niños del lugar. Un día se
produjo una revuelta, como otras que sucedían continuamente, los Tutzi
perseguían a los Hutus, habían arrasado Burundi y ahora iban a perpetrar una
nueva masacre entre los refugiados. Armados con palos, rifles, cuchillos,
machetes y hachas, rompían todo cuanto podían y quemaban las chozas y cobertizos
del poblado. A los hombres tras tirotearlos los degollaban y pinchaban sus
cabezas en la pica de unas lanzas, los genitales arrancados se los daban a comer
a los perros hambrientos que siempre vagaban por alrededor en busca del
desperdicio y la inmundicia. Las mujeres eran violadas y les cortaban alguna o
las dos piernas para que no se atrevieran a decir nada ni abandonar nunca el
país, muchas morían desangradas entre espantosos alaridos. A los niños y
ancianos los mutilaban en las manos y a golpes quebrando sus frágiles huesos.
Fue una crueldad, impune y olvidad por todos. A Fabiola la encontraron escondida
tras un bidón de agua un grupo de cinco rebeldes, uno de ellos, el más grande,
ordenaba a los demás, fue él quien tras rajar su vestido y arrancar sus prendas
intimas la violó con gran fuerza, desgarrándola con gran violencia, al acabar le
escupió en la cara. Entre chillidos y estacazos la maniataron, el más joven de
ellos le dio un fuerte machetazo, su pierna ensangrentada a borbollones y con el
fémur astillado cayó al peso sobre el tronco del árbol al que la ataron. Ella se
desmayó de dolor y sufrimiento. Unos médicos franceses le atendieron al marchar
los salvajes. El poblado ardía destruido y entre las llamas yacían cientos de
cadáveres y agonizantes víctimas inocentes, el horror se veía en todos los
sitios. No pudieron salvar su pierna, al ser tan enorme la pérdida de sangre y
con la herida abierta tuvieron que aplicar un recio torniquete y ya en la
capital se hizo necesario una transfusión y la amputación del miembro por falta
de riego. Cuando al cabo de mucho tiempo se recuperó, ya nunca más volvió a
hablar de aquella tragedia y se apartó de la sociedad, sintiéndose culpable se
marginó. Los médicos que la atendían le dieron unas muletas para ayudarle a
caminar y nadie de su familia se hizo cargo de ella, tampoco disponía de dinero
para prótesis y éstas sólo las podía lograr de modo privado.
Llegó la misa del domingo de Pentecostés y Anselmo, y una vez repleta la iglesia
el cura de la localidad no empezó la liturgia. Subió al púlpito y comenzó a
mirar a los fieles que acudieron en familia por invitación y deseo expreso de la
parroquia. Y dijo:
«Todos vosotros que por voluntad y merced a un deseo propio que os manifesté,
habéis concurrido y hallaos hoy aquí. En ésta, la casa de nuestro padre Jesús y
la de todos nosotros, fieles hijos de la cristiandad. Reunidos estamos y en la
hora que nos marca una existencia común he de expresar mi vergüenza y mi pesar
(en ese momento se hizo un silencio sepulcral y todos, padres y niños, miraron
expectantes y sorprendidos al cura). Hace días que me comunicaron un hecho
infame que atenta contra la dignidad de las personas (hasta el final y con
detalle fue desgranando la historia de Fabiola y el drama de su vida), y si por
dejación o venganza, los hechos fueran reincidentes, la próxima vez que ante el
Santo Padre nos veamos, juro por su amor eterno hacia todos nosotros, que desde
el altar excomulgaré a esos pequeños verdugos y a sus cómplices y diré sus
nombres para que con la cabeza baja y el deshonor de sus acciones se arrepientan
y abandonen tal mezquindad que me ha sido confesada. La altura del daño es
grande, porque hermanos, a veces, las palabras, los gestos y las miradas duelen
e hieren tanto como un golpe y su daño es difícil de cicatrizar. Ahora oremos y
recemos por el alma de Fabiola...».
Desde esas palabras pronunciadas por el padre Anselmo, los niños, arrepentidos
por su mal hacer, fueron a visitar a la mujer y le llevaron una tarta de manzana
que era su preferida. Y cada domingo, al recuerdo de aquella solemne arenga
eclesiástica, el niño Pablo acude hasta el asa de Fabiola. Ya le pidió sinceras
disculpas, ahora lleva consigo un dibujo con corazones y pájaros volando, una
rosa y un beso para la mujer más dulce y cariñosa que había conocido.
Reconciliados ya, salen al patio y cantan una canción de alegría, es italiana y
se la enseñó la madre de Fabiola, Roberta Antoneli que vive en Roma.
Ahora ella sabe andar con una muleta o, en ocasiones, usa un pequeño bastón. Ha
encontrado un trabajo en una editorial para traducir libros infantiles y por las
noches pinta unos murales que luego expone en la Catedral, donde es Obispo el
hermano de Anselmo.
En la vida se es afortunado de corazón, la verdadera felicidad nace del alma y
no es imprescindible obtenerla en la materialidad del cuerpo. Pero es necesario
un requisito fundamental para su desarrollo, el respeto a la humanidad física de
las personas y una colaboración comprensiva con los más desfavorecidos, valga
como estímulo para ello nuestra fe y la legitimación mediante la práctica de una
sabia creencia religiosa, admitida desde muchos siglos atrás.
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