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La novia detrás del espejo
Freddy Bravo Espinoza
En una época ya lejana, el pueblo de Magdalena
Vieja, situado al suroeste de la ciudad de Lima, hoy distrito de Pueblo Libre,
era muy pequeño y tranquilo. Quizá demasiado tranquilo para que alguien
decidiese irse a vivir allí. Sin embargo, hubo alguien que sí lo hizo después de
casi veinte años. Se trataba de Fernando Albornoz, quien luego de una vida
personal amorosa fracasada transcurrida en el centro de Lima se vio casi
obligado a volver. Él era un hombre de letras, un escritor de 38 años de edad,
moreno, de estatura alta y contextura delgada. Tenía una manera de ser pasiva y
poética que fue lo que en definitiva hizo que Mariana, su pareja amorosa, se
decidiera a dejarlo por Luis Antonio, su rival, quien era un gran bebedor,
extrovertido y sociable y, además, machista. Fernando quería olvidar los
avatares que pasó en la ciudad de Lima adonde migró siendo muy pequeño y
Magdalena Vieja le parecía un buen lugar para vivir.
Su temperamento tranquilo y
reflexivo hizo que se acostumbrara al nuevo lugar. Después de poco tiempo ya
conocía prácticamente a todos los habitantes del pueblo. Vivía con sus abuelos
maternos, quienes tenían una antigua casa de dos plantas frente a la llamada
«Cruz del viajero» de la actual avenida Sucre que, desde la época del Libertador
Simón Bolívar, quien vivió en el lugar, era el camino obligado de Magdalena
hacia Lima. Las ventanas de la casa eran pequeñas y por ello las habitaciones
eran oscuras, aún de día, la madera del piso crujía cuando alguien caminaba
sobre ella y producía un sonido que parecía un gemido lastimero que rompía el
silencio que imperaba en el lugar. La habitación que le proporcionaron sus
abuelos, pues sus padres hacía años que habían fallecido en un accidente en
Arequipa, era chica, pero cómoda, tenía una cama de doble plaza con un antiguo
respaldar de bronce; le habilitaron, además, un gran escritorio de madera
situado frente a la ventana con vista a la iglesia del lugar, y un espejo con
bordes de madera tallada, del tamaño de un hombre, que estaba apoyado en la
pared. Desde que llegó a la casa de sus abuelos, que tenían algunas tierras de
cuya renta vivían, aquel espejo lo tenía intrigado pues tenía casi la firme
convicción de haberlo visto en otro lugar, pero por más esfuerzo de memoria que
realizó, no recordaba dónde.
Durante el día, el escritor
recorría los lugares cercanos al pueblo investigando las costumbres de los
lugareños. Por las noches, Fernando pasaba un buen tiempo sentado frente a su
escritorio escribiendo poemas y cuentos. Él subsistía con el salario que le
enviaban desde Lima por sus artículos periodísticos que eran reconocidos como
buenos y de calidad. Entregaba una parte de sus ganancias a sus abuelos por su
hospedaje. Al principio ellos rechazaron la oferta de él aduciendo que cómo le
iban a cobrar a su nieto, pero la situación económica difícil, que es una
enfermedad crónica en el Perú, hizo que aceptaran la dádiva de Fernando que, por
lo demás, era justo que así fuera pues el escritor tenía vivienda y alimento
asegurados.
Había luna llena aquella noche del
primer día del mes de noviembre, Día de los Muertos en el Perú, todo era
silencio y quietud en el pueblo. La tranquilidad de aquella noche fue rota
cuando de pronto comenzó a sentirse el estruendoso sonido del campanario de la
Iglesia de Santa María Magdalena, avisando que eran las doce de la noche, la
hora en que las almas de los muertos salen de sus tumbas a recorrer el mundo.
Fernando estaba despierto, tenía la vista fija sobre aquel espejo que lo seguía
teniendo intrigado. Algo extraño sucedió de improviso, él escritor vio que
dentro del espejo había una sombra misteriosa que, intuyó, era siniestra y que
con el sonido de cada campanada de la iglesia del pueblo parecía acercarse dando
un paso... hacia él. Fernando, como todo creador literario estaba acostumbrado a
los juegos que la imaginación hace con ellos, con los escritores. Pero como la
sombra era tan real y estaba tan cerca de él se quedó aterrorizado, por más que
se restregó los ojos no podía creer lo que veía, estaba paralizado por el miedo,
quiso gritar pero no pudo y tampoco podía pronunciar una sola palabra. Estaba a
punto de tener una crisis, cuando en eso el sonido de la última campanada hizo
desaparecer a la sombra, mientras él casi quedó desmayado sobre su cama.
Esa silueta de la sombra siniestra
quedó registrada en su memoria y esa noche casi no durmió. Al día siguiente, su
fértil imaginación no podía quitar de su memoria aquella aparición y, en un vano
intento de usar la reflexión, pensó que seguramente fue una simple alucinación
producto del estrés causado por su excesivo trabajo literario. Y para
convencerse de que aquella visión era producto de su amplia imaginación decidió
mirar otra vez, esa media noche, el espejo para cerciorarse. «Seguro que esta
noche ya no aparecerá esa maldita sombra», se dijo a sí mismo para
tranquilizarse. Aquella noche, después de la cena con sus abuelos estuvo
escribiendo unos poemas románticos. Cuando era cerca de la medianoche se sentó
frente al espejo y esperó. A medida que se acercaba el momento en que sonarían
en la iglesia cercana las doce campanadas, empezó a sudar y sintió como el
líquido le corría por la frente; también empezó a sentir que su ritmo cardiaco
era cada vez más fuerte e intenso. En eso empezaron a sonar las campanadas y
apareció nuevamente la misma sombra negra de la noche anterior, y cada vez que
daba una campanada la figura avanzaba... hacía él.
Como un mecanismo de defensa,
Fernando se tapó los ojos, esperando que pasasen las doce campanadas. Ya iban
once, y la última parecía que no llegaría nunca. El escritor, pensó que el
tiempo se había detenido pues la última campanada no llegó nunca, sus nervios
estaban a punto de estallar hasta que ¡talan, talan, talan!... sonó en la
iglesia la última campanada. El hombre abrió los ojos, miró al espejo y
enseguida se desmayó debido al fuerte stress que lo agobiaba en esos momentos.
Despertó muy tarde al día
siguiente. Todavía recordaba que la última imagen que vio la noche anterior fue
la de una mujer, cuyo rostro era pálido como el de un cadáver, y que en lugar de
ojos tenía dos serpientes que se movían como queriendo morderlo y de su boca
salía una especie de humo de color azul. Aquella mujer usaba un vestido largo de
color negro que parecía el de una... novia, debajo del cual se escondía un
cuerpo delgado. Ahora que ya sabía de quién era la sombra se sentía más seguro
de sí mismo. Con suma atención, se puso a revisar el espejo después del almuerzo
y encontró debajo de una flor de madera un nombre tallado: «Virginia Valdez
Rodríguez». Aquel hallazgo le hizo pensar que seguramente era el nombre de la
propietaria original del espejo. Intuyendo algo extraño se dirigió al cementerio
Presbítero Matías Maestro, de Lima, para ver si podía encontrar la tumba de
aquella misteriosa mujer. Se dedicó a esta tarea casi toda la tarde, y se dio
cuenta que su estancia en aquel campo santo le daba una grata sensación de
tranquilidad. El cementerio trajo a su memoria una serie de recuerdos de su
infancia que ya tenía olvidados. Recordó el entierro de unos tíos suyos muertos
por tuberculosis, también recordó el de sus padres muertos en aquel fatídico
accidente automovilístico en Arequipa, lo que lo hizo llorar. Era indudable que
el lugar estaba impregnado de sentimientos antiguos y recuerdos que sumieron a
Fernando en la nostalgia. Aquellas tumbas, hechas con mucho cariño, llenas de
poemas sencillos, albergaban a personas de otros tiempos mejores cuando no había
tanta hambre y miseria como hoy en el Perú. Recorrió pacientemente el
cementerio, recordando, emocionándose al ver el nombre de amigos suyos
compañeros de colegio, antiguas enamoradas, parientes y hasta el del panadero
que les dejaba pasteles a diario en su casa paterna. Hasta que por fin encontró
una tumba, llena de flores y recién limpiada, lo que llamó su atención. En la
lápida estaba escrito: «Virginia Valdez Rodríguez, 21 de octubre de 1863 - 3
mayo de 1883 - Emprendió viaje al paraíso en busca de su amor eterno». Así
terminaba la inscripción en la lápida.
Fernando el escritor, regresó a su
casa lleno de recuerdos y nostalgia, no dijo ni una sola palabra cuando estaba
cenando con sus abuelos. Ellos notaron una extraña sonrisa en su cara.
—¿Te pasa algo hijo? Veo que estás
contento, pero a la vez muy callado. ¿No quieres contarnos si pasó algo hoy día?
—No abuelito, no es eso. Sucede que
amanecí contento hoy, eso es todo —contestó levantándose lentamente de su silla.
—Parece que escondieras algo, pero
no te preocupes, nosotros sabemos qué es. ¿Es ella, verdad, la del espejo?
Seguro que ha venido a recogerte como lo hizo con nosotros. Aquello extrañó a
Fernando y les preguntó curioso:
—¿Pero cómo vino a recogerlos si yo
los estoy viendo junto a mí?
—Tú ves lo que tu razón quiere que
veas, pero si dejas a tu espíritu libre verás que nosotros estamos muertos hace
años —el escritor se quedó asombrado, se sobrepuso y se despidió de sus abuelos
como nunca lo había hecho y se dirigió a su pieza.
Muy intrigado esperó la noche.
Cuando dieron las doce campanadas, estuvo a la expectativa de la llegada de la
sombra pero no ocurrió nada extraño aquella noche. Al día siguiente fue a ver a
sus abuelos y no encontró a nadie. Los buscó por toda la casa y cuando abrió la
habitación de ellos vio que estaba sucia y abandonada, llena de telarañas y los
muebles cubiertos por telas que seguramente fueron de color blanco. Todo lucía
triste y desolado. Más intrigado aún, Fernando se dirigió al cementerio y empezó
a buscar, no sabía qué, sólo buscaba, hasta que... encontró la tumba de sus
abuelos que habían muerto hacía veinte años atrás. Regresó a la casa, se preparó
el almuerzo y después de él se puso a recordar hasta que llegó la noche y se
preparó su cena, luego de la cual se fue a su habitación. Esta vez no tenía
miedo. Sólo se sentó frente al espejo y esperó... hasta que llegó la medianoche.
Escuchó las doce campanadas y miró el espejo. Vio a una mujer joven que lo
llamaba, tenia la mirada dulce, y su rostro era casi infantil. Estaba vestida de
novia y lo seguía llamando. Él se acercó lentamente al espejo, temblando de
miedo, ya no estaba muy seguro de lo que estaba haciendo, pero ya no podía
retroceder. Fernando entró al espejo y un mundo maravilloso se abrió ante él,
esa mujer era su novia eterna, la que siempre había anhelado tener, se
encontraban en un gran salón lleno de flores y empezaron a bailar mientras la
tarde sonreía pues los enamorados por fin se habían reunido en la eternidad.
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FREDDY BRAVO
ESPINOZA
vive en el distrito de Barranco, Lima,
(Perú) desde 1951. Este distrito es Ciudad Heroica, cuna de poetas, novelistas,
cuentistas, músicos, periodistas, intelectuales y artistas de diversas
corrientes. Es Licenciado en Sociología y Bachiller en Ciencia Social por la
Univ. Nacional Mayor de San Marcos en Lima. Además, estudió Psicología en la
misma entidad. También es Analista Transaccional y Experto en Liderazgo,
Motivación, Comunicación y Relaciones Humanas. Es Fundador y actual Presidente
del INSTITUTO PERUANO DE RELACIONES HUMANAS-INPERH, institución privada.
Profesor universitario, ha recibido entrenamiento profesional con expertos de
Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Guatemala, México y Estados Unidos de
Norteamérica. Tiene relatos publicados en los siguientes sitios web:
www.vulcanusweb.de/dialogando (Berlín); www.aviondepapel.com (Madrid);
www.relatoscortos.com (Rosario-Argentina) y www.argentinaenletras.com/cuentoscortos
Ha publicado en México el libro de Poesía «Canto a los Humildes Cotidianos»
(1969).
Es autor de varios libros inéditos y de cuentos románticos, cuentos de mujeres
infieles, cuentos urbanos,
cuentos policiales y cuentos de aventuras.


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