
El misterio del
ojo de vidrio
Natán Solans
14 de octubre de 2001.
Dedicado a mi amor, Liliana Fernández Fabiano,
que me instó a recrear este antiguo relato
de tradición oral.
Qué lindo era el parque Retiro, o
Parque Japonés como le decían los más viejos, había de todo: odaliscas, circo de
moscas, la ciudad de los enanos, el rompe platos… en fin, yo nunca podría
olvidar aquella tarde de primavera de 1955, porque faltaban pocos días para La
Revolución Libertadora, porque tenía ocho años y porque fue exactamente esa
tarde en que comenzó el misterio del ojo de vidrio.
Ahora que murió mi tía Leontina —Leo—, yo, heredero universal
de sus posesiones, sentado en su sillón habitual en su dúplex de Avda. Alvear,
desasiéndome de papeles y cosas viejas, acabo de encontrarlo en lo profundo de
su caja fuerte. Está en su cofrecito de oro, descansando en su almohadilla de
seda roja y con un cristal que permite ver su interior, como el sarcófago de un
obispo. ¿Así que este era el famoso ojo?
No se diferencia de otros, es que todos vimos tan pocos ojos
de vidrio en la vida... pero este parece más hermoso, más seductor... ja, ja...
digo cada cosa...
Esa tarde mi tía que era hermosa, fina y alta (se parecía a
Laura Hidalgo, ¿la tienen?), pero soltera, se había pegado un julepe bárbaro
junto con todos nosotros, no era para menos; la Negrada había pasado en
manifestación por nuestra calle cantando
—«¡Agarren las antorchas, la brea, el alquitrán, que a todo
el Barrio Norte lo vamo a incendiar!»
Una bravuconada, no pasó nada, como siempre en Buenos Aires,
pero igual Tía me llevó al Parque a relajarnos, y justo ese día, a través del
humo de los choripanes (en 1955 no se llamaban así) y la música del Carrusel vi
el cartelón que anunciaba en una carpa los pequeños shows que eran la norma del
Parque y gritando casi arrastro a Leo: ¡qué brutal, perritos amaestrados, un
fakir y un ventrílocuo!
En esa época uno no percibía los defectos, la suciedad, el
olor, ahora los evoco...
El mejor número era el último, el de fondo: una hermosa chica
a la que le faltaba un diente incisivo paseó el cartelito para luego ponerlo en
un atril en el extremo del escenario, decía en fileteadas letras de circo: «FIRULAIZ
Y SU MUÑECO PASTRANO».
Una inusual explosión sorda de magnesio, como la de las
antiguas cámaras de fotos nos cegó momentáneamente y entre el humo se abrieron
las cortinas remendadas de aquel teatrito e inmediatamente quedó iluminado un
singular dúo: Pastrano era un muñeco contrahecho como un Quasimodo de cartón y
madera, bizco con una gran boca, vestido de bufón medieval; estaba muy bien
hecho, muy realista, pero tan horrible que con su fealdad causaba risa...
Firulaiz, en cambio, era el más perfecto ejemplar de hombre que yo había visto
hasta entonces (y hasta ahora): alto y erguido, de tez pálida, con un cabello
engominado que recordaba a Gardel y un bigote como los galanes de la época,
enfundado en un impecable frac, miraba a todos distante con unos profundos ojos
azules mientras dialogaba con Pastrano. Llamaba la atención una persona así en
aquel entorno de gentes antiestéticas y vulgares, pero en esa época uno no
percibía nada...
El número debía ser bueno, pues la gente, por turnos, callaba
y reía y yo también aunque no entendía los chistes. En un momento del número la
profunda voz de bajo de Firulaiz se dirigió a Leo halagándola, giré rápido
riendo hacia mi tía y la sonrisa se me heló en la cara; Leo estaba toda colorada
y sonreía dichosa. Sentí unos celos terribles.
Al terminar el espectáculo, todos, especialmente Tía,
aplaudimos a rabiar. Al salir ella volvió a sacar entradas (había un show cada
media hora.) sin consultarme, y aunque tenía 28 años aquella tarde parecía mucho
menor...
Quiso luego felicitar al ventrílocuo pero, amablemente le
dijeron que al terminar la función Firulaiz se encerraba en su carromato y no
recibía a nadie.
La acompañé al siguiente fin de semana a ver otras dos veces
la misma función y luego me cansé y sé que siguió yendo sola... y ahora al
revisar los papeles y cartas que heredé, casi 48 años después, puedo saber por
fin cómo obtuvo el ojo de vidrio...
Leo, al no tener acceso al artista le envió, con mucho pudor
(por algo Tía era solterona), una hermosa carta a su carromato, en ella le
expresaba su admiración por el acto; de repente se había vuelto fanática de la
ventriloquia. Al otro día hubo alboroto en la casa de Avenida Alvear pues
Firulaiz le mandó a su remitente una hermosa y masculina carta de papel esparto
que todos leímos, olía a maderas y la letra, inglesa, no podía ser más perfecta,
culta y regular, en ella trataba a Leo de «hermosa señorita de la primera fila»
y se disculpaba fervientemente por preservar su intimidad. Se despedía con
cálidos saludos... ¡Ah…!, la carta venía acompañada de un gran ramo de rosas
amarillas de amistad.
La Tía Leo se derritió como un helado en un horno. Ya no se
habló más de modas, cine o de La Negrada, sólo de Firulaiz. Durante tres meses
la Tía fue religiosamente a ver todas las funciones del teatrito los fines de
semana, a veces acompañada por nosotros, la familia. Nadie pagaba; éramos
invitados del ventrílocuo y de Pastrano, así decía en las cartas, porque olvidé
decir que en esos tres meses de fines de primavera y comienzo del verano las
cartas arreciaron en un vendaval epistolar que pudo haber llenado un libro
chico.
Pero un día de lluvia sucedió.
La carta de esparto que temblando Tía sostenía en la mano era
de despedida, en ella Firulaiz expresaba que pronto partiría; un agente buscador
de talentos se había maravillado con su número y se lo llevaba a un lugar nuevo
llamado Las Vegas, en el medio de un desierto, vaya a saber dónde; aparte el
país estaba muy agitado... en fin, se despedía «hasta siempre».
Tan afectuosamente agresiva debió ser la carta que Tía le
mandó, donde se ve que le exigía verlo, y donde le decía que a ella no le
importaban los desengaños amorosos que lo alejaron de amigos y mujeres, que el
atractivo artista de variedades aceptó despedirse personalmente de ella, a la
noche, en su carromato.... Sólo le pidió algo extraño; que no se acercara
demasiado.
Ese día todos anduvimos a los saltos desde la mañana, salimos
todos juntos a comprar el vestido, perfume, medias de seda; todo fueron gritos y
risas, una mucama fue echada y no se atendió el teléfono, el auto fue lavado de
nuevo y por fin, a la tardecita, Tía Leo partió hacía el Parque Retiro (o
Japonés).
Parece que al trasponer la puerta del antiguo carromato, toda
antigüedad desapareció; el confort americano de los ‘50 tenía un exponente en
aquella vivienda.
Sentado al final de una larga mesa, Firulaiz estaba más buen
mozo que nunca con su camisa y cuello palomita del frac, tenía puesta una
hermosa rob-de-chambre, y una bata de seda bordó de gran calidad. A su lado
Pastrano miraba curioso, siempre unido, como un gemelo siamés a su amo. Con un
amable movimiento de cabeza, pero sin incorporarse, el ventrílocuo le indicó a
mi Tía que se sentara al otro extremo de la mesa. Así lo hizo temblando como una
colegiala; delante de ella había un individual (novísimo en aquella época) con
todo un servicio de té con una taza humeante, masitas secas y un florerito con
una rosa amarilla, de la amistad.
Cosa curiosa; la tía dice en sus escritos que fue justamente
en ese momento que se sintió en plenitud, perfectamente feliz, más que nunca
antes (ni después) en su vida... el sonido del carrusel, la risa de la gente...
sonidos lejanos que llegaban apagados a aquella intimidad, el perfume a maderas,
el buen gusto masculino, la voz suave y a la vez estertórea de aquel adonis
único conformaban una hermosa realidad que jamás había soñado. Estaba
perfectamente enamorada, con una química empática total. Cosa curiosa que fuera
justamente en esos momentos cuando estaba por saberse todo...
Pastrano, el muñeco, comenzó a interrumpir con chistes tontos
no bien pasó una hora de idílica charla, y fue también él quien sugirió que la
visita había terminado.
Leo no podía dejar ir así nomás al amor de su vida; contra su
costumbre se incorporó y comenzó a hablarle con fervor, a decirle que dejara un
poco de lado ese desagradable muñeco, que no importaban los malos recuerdos que
tuviera de otras mujeres, que ella sería muy comprensiva..., hasta llegó a
sugerirle que era rica y podría producirle un espectáculo de gran costo. Lo malo
fue que Tía rompió su promesa de no acercarse y mientras hablaba llevada por su
fervor juvenil (era una solterona de 28 años) fue acercándose a él. Firulaiz
elevó su potente voz alarmada intentando detenerla pero fue inútil, la atracción
era muy grande y Leontina, con lágrimas de comprensión en los ojos, con una
sonrisa de satisfacción, la cabeza ladeada y los brazos extendidos se acercó
(por última vez en su vida) al ventrílocuo de sus amores.
Fue entonces que estalló lo ignoto.
Al tomar contacto mi Tía con Firulaiz, este, aún gritando
cayó hacía atrás con silla y todo y delante de los ojos de ella la cabeza del
artista se rompió en cien pedazos, pero no brotó sangre sólo resortes y
palanquines que asomaban entre los trozos de papier-macché y cabellos de aquel
artilugio escénico. ¡Su amor... su gran amor era una ilusión de parque de
diversiones! Detrás de ella, Pastrano pataleaba arriba de la mesa gritando con
su voz aflautada de marica
—!Fuera..., fuera maldita... Has arruinado mi número... no
debí tenerte lástima... ¡fueeeraaaaa!
En un instante, Leo, la Tía Leontina, comprendió todo, maduró
de golpe, comprendió en ese instante terrible que nunca más se casaría y sólo
atinó entonces en agacharse rápidamente y tomar de entre los restos que habían
sido la cara de su amado Firulaiz un ojo de vidrio de un hermoso color azul
Francia, que mirándola la llamaba... Después corrió, abrió la puerta del
carromato y el sonido del carrusel y la gente y el olor a choripán la hirieron
en la cara. Vaciló un instante ante aquella profana realidad, tomó impulsó y
siguió corriendo: la noche, la gente... el Parque Retiro, se la tragaron.
Cuando la puerta del carromato se cerró sola (por un invento
italiano, hoy muy común) el muñeco Pastrano se quitó de la cabeza, la máscara
articulada que reproducía por medio de cables pegados con cinta adhesiva los
gestos del verdadero rostro y apareció entonces el verdadero ventrílocuo; un
enano afeminado y contrahecho que gracias al don de la Polifonía había creado un
número, un acto que pronto estrenaría en Las Vegas.
Pastrano suspiró al ver la ruina de su muñeco de
ventriloquia, se bajó con dificultad de la mesa, caminó renqueando grotescamente
hasta un armario y al abrirlo se vio en su interior tres cabezas idénticas de
Firulaiz con seis hermosos ojos azul Francia… Después de engarzar una de las
cabezas en el cuerpo del maniquí y barrer los fragmentos, se acercó al florerito
tomó la rosa amarilla de la amistad y oliéndola esbozó una lágrima, luego la
tiró al tacho de la basura, con todo el resto, sacudió femeninamente la enorme
cabeza y nunca... casi nunca volvió a pensar en aquello.
Por mi parte no sé que hacer con las dos cosas: con la
historia y con el ojo.
Me parece que el cofrecito con la reliquia amada por Leontina
irá a descansar a la bóveda familiar en el cementerio de La Recoleta, en el
mismo lugar donde siempre estará Tía que llegó a los 74 años, soltera y
nostálgica (hasta que La Negrada destruya el Barrio Norte, aunque en Buenos
Aires nunca pasa nada...), con la historia tengo menos dudas; desde aquel lejano
día de 1955 escuché La Historia, la historia de mi Tía, decenas de veces, en
forma de cuentos, películas y hasta en una publicidad, y sobre todo como
tradición oral. Estoy cansado... La Historia me pertenece; soy el último de la
familia, también solterón, así que pienso darle todos los datos documentales
(menos el ojo) a un buen amigo escritor aficionado, que sé, le hará justicia...
y entonces, ya tranquilo, yo que ya tengo 53 años me dedicaré a disfrutar la
fortuna de mi tía, la fortuna familiar, fumando buenos puros, bebiendo buen
whisky, durmiendo hasta tarde y recordando a Tía, a la Revolución Libertadora,
al Parque Japonés...
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NATÁN SOLANS,
es un autor argentino. Diseñador y constructor de
efectos especiales para obras de teatro y shows es también actor. Junto
con Liliana Fernández ofrece su trabajo desde la web
www.fxtrucos.8m.com
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