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Recuerdos para compartir
Antonio Abellán

 

Cuando yo conocí a Isabel ya era una anciana. Se ganaba la vida en un pequeño y destartalado kiosco de madera —pintado de verde— que había junto a la casa de mi amigo Enriquito. Todos los niños envidiábamos a Enriquito, desde su ventana se podían ver las últimas novedades que la señora Isabel ponía en el kiosco.

Isabel era viuda, no tenía hijos, su marido murió fusilado en la guerra civil. Ella sola se tuvo que buscar la vida o más bien la miseria. Mucho antes del kiosco había tenido una pequeña tienda que le quitaron pues su marido fue comunista y eso en 1942 era imperdonable.

Todas las mañanas, cuando mi madre me llevaba al colegio, yo la veía poniendo una cuerda por fuera del kiosco. Luego con pinzas de la ropa colgaba los tebeos, sobres sorpresa, recortables, caretas de cartón y todo lo que nos gustaba a los más pequeños. Mi madre no me dejaba parar y pasaba arrastrándome de la mano.

Cuando volvíamos del colegio los niños mirábamos con ilusión —a través de los toscos cristales del kiosco— aquellos juguetes. Todos eran de plástico: cochecitos, trompetas, relojes, pistolas, puñales, arcos, flechas, etc.

En 1965, nuestras madres no podían comprarnos juguetes o chucherías, así que continuábamos el camino llorando y soñando con el consuelo de pedir a los Reyes Magos esos pequeños juguetes tan deseados.

Cuando alguien nos daba 1 peseta todos corríamos al kiosco para ver qué cochecito se compraba el dueño de la moneda, aunque luego se nos presentaba el problema de no saber cuál elegir de entre todos los que había. La señora Isabel sacaba una gran bolsa que contenía muchos modelos para elegir. Recuerdo que en alguna ocasión decía:

—Antonio. ¿Qué, te decides?

También vendía cigarrillos sueltos. Mi hermano los compraba cuando iba a recogerme del colegio. Para que yo no le contara a mi padre que había fumado a mí me callaba regalándome un cochecito de una peseta. Así que para mí el tabaco siempre fue bueno.

Una fría mañana de invierno —de camino al colegio— cuando nos acercábamos al kiosco, nos dimos cuenta de que estaba ardiendo. La pobre señora Isabel estaba intentando apagarlo tirándole tierra pero las llamas devoraban la madera y los plásticos con rapidez, todos los niños y las madres comenzamos a tirar tierra, fue inútil, no quedo nada.

Entre mis peores recuerdos se encuentra el de aquella anciana sentada en el suelo con las manos quemadas y ensangrentadas, llorando y gritando con desesperación: «Dios mío, ahora qué haré, ahora qué haré…».

Ya no volví a ver a la señora Isabel. Nadie me ha sabido decir qué fue de ella.

Todos la olvidaron. Todos menos yo… Cuando paso por esa calle el kiosco y la señora Isabel siguen estando allí con sus tebeos, cochecitos, trompetas, relojes, pistolas. Pero me siento triste pues ahora sólo lo veo yo…
 



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