|

Sacrilegio
__________________________
Eduardo Ferro
Había salido la luna,
su luz bañaba el horizonte. Los oscuros álamos se erguían reflejando en las copas
destellos de plata; y la niebla, como sábana flotante, se alzaba sobre la
llanura.
La pequeña cúpula
de la iglesia volvió a llamar. Su tañido débil de campana pobre ascendía
perdiéndose en el cielo, y en la inmensidad negra del campo, ahogando su
repique, grillos y sapos coreaban la armónica sinfonía en ostentoso duelo de
frases.
A la luz de esa
luna de plata, la sombra de los feligreses se alargaba por delante de su paso, y
el camino, de marcha solitaria, se llenó con un rítmico compás de cascabeles.
Cascos de brillosos caballos negros tiraban carruajes altos de ruedas finas,
rozando con sus huellas el claro pedregullo iluminado de la entrada a la
capilla.
Un rechinar de
elásticos y bufido de corceles dio por terminado el viaje, y como saludo de
bienvenida, se escucharon las vivas voces y risas de enguantadas damas
maquilladas. Los cocheros, formalmente serviciales, ayudaban al descenso de tan
distinguidas familias. Caballeros pulcros, moños negros en blancas camisas, a su
lado, las acompañaban.
Era la misa sagrada
del domingo, primera o última de la semana, como bien le viniera a la gente,
adaptada a liturgias obligadas. Aquella misa que hacía más pura las almas del
pasado y predecía, por gracia, felicidades futuras. Obligación de católico,
creyente; era, sin excusas, imposible su renuncia.
Allí, como en todo
pueblo, se reunía lo más distinguido de la sociedad, incluso era misa para
ellos, solamente para ellos: comerciantes, hacendados de apellidos con «de» y
señoras «de».
Dios, desocupado hasta el aburrimiento descendía, religiosa y puntualmente, al
pedido de los feligreses —por intermedio del cura, como mediador entre el Santo
Señor y el vulgar hombre— hasta ese atisbo de engalanada soberbia, a una hora
exacta, para ablandar los corazones duros, darle fuerza espiritual a las almas
tristes y —si se podía— ennoblecer la comarca con su luz y su esperanza.
En el alto marco de
la puerta de entrada al santo lugar, debajo del Cristo crucificado figuraba, en
letras doradas: «Yo soy la verdad, la razón y la vida», y un poco más abajo,
cincelado en madera: «Yo he muerto para salvaros». Mas todo aquél que pasaba
debajo, de tanto verlo, ya había olvidado las frases e incluso el sufrimiento de
tal crucifixión. Era —por así decir— un decorado.
La capilla, cuidada
y embellecida hasta en los más mínimos detalles por monaguillos obsecuentes y
desocupados transitorios —que pasaban a las órdenes del Señor como un simple
cambio de oficio— esperaba a la ritual concurrencia. Nada se dejaba librado al
azar —Dios no lo permitiera— y las cortinas lucían los domingos más blancas, el
piso más brilloso, las maderas más lustrosas, y hasta los santos, suspendidos en
las columnas, por esa suerte de simpatía de anfitrión, estaban… como decirlo,
menos santos, más humanos… casi humanos.
Ya sólo faltaba el
encendido de las últimas velas del altar. Por las ventanas laterales, la luz de
las arañas doradas arrastraba por los jardines del Edén su rectangular manto
amarillo de pureza.
El silencio
embargaba el interior, y al entrar la pléyade de creyentes se escuchó algún
lívido crujir de vestidos, uno que otro golpe de zapato en la madera de los
reclinatorios, gotas de agua bendita cayeron de las piras relucientes.
Sentados en los
largos bancos la platea meditaba concienzudamente a la espera del señor ministro
de Dios. Rostros pálidos y circunspectos, mantillas blancas caídas sobre los
hombros, rosarios de cuencas negras y Biblias con letras doradas, sostenidas por
manos pulcras de uñas brillosas, reforzaban, a fe de la concurrencia, su amor al
prójimo, la fidelidad del matrimonio y de todas las instituciones que la santa
Iglesia protegía.
La misa comenzó
prudentemente en horario, todo era silencio, concentración sagrada, hasta
incluso los sapos dejaron de croar, pero los grillos, de un febril ateísmo, se
mostraban incesantemente incrédulos a tan ferviente ceremonia.
El antiguo ritual siguió
su normal desenvolvimiento, los cirios dejaban caer su llanto grumoso,
palpitante, desde la base de la llama, soldando en ramilletes de cascada las
frágiles gotas de cera, a la vertical columna que con lenta parsimonia se
achicaba. Hasta que el cura, quitándose el escapulario amarillo de sus hombros,
besándolo, lo depositó suavemente en la mesa sagrada; luego, con lentitud
premeditada, se acercó al centro del escenario de blanco marfil y dio comienzo
al sermón:
—Queridos hermanos…
Un zumbido en ambos oídos
interrumpió el monólogo del cura… un mareo, como el frenesí de cosquilleos
interiores hizo temblar el cuerpo tieso de las damas atentas. Algunas miraron la
cúpula del techo revestido con pinturas de ángeles alados, otras, más
irreverentes, dieron vuelta la cabeza… una brisa, algo, imposibilitaba prestar
la atención debida. Las más, inclinadas hacia adelante, como mirándose las
medias, se consultaban sorprendidas, entre serios maridos de abultado vientre o
delgadas siluetas aburridas e inmóviles, preguntándose con muecas ¿qué pasa? Las
menos osadas se abanicaban con el misal, creyendo, que al aroma del incienso,
los efluvios de la menopausia se advertían por adelantado.
El cura hablaba con su
monocorde voz, pero ninguna lo oía. Luego, un gran silencio embargó el lugar,
mejor dicho, los cerebros no registraron sonido alguno, era un silencio muy
especial… No, no era silencio, era… como la caída en un pozo profundísimo y
negro; sí, una caída vertiginosa a algún lugar desconocido, pero que existía,
seguro que existía… ¿dónde…?, en el interior de esas almas perseguidas por los
formalismos. Lugar al que nadie se había animado a descender hasta ese día… ¿Por
qué…? ¿Miedo, inseguridad, temores burgueses, consejos puritanos, quién sabe?
Una voz
convincente, amable y sutil vino desde las venta-nas góticas cerradas con los
postigos de acero. Si en ese momento alguien, por casualidad, hubiese levantado
los ojos, habría visto con sorpresa que los ángeles reían.
«Señoras, no se
asusten ni piensen en nada raro, no es esto obra de ningún milagro, es… algo así
como una revelación de sus conciencias. Escúchense unos instantes, presten oídos
a la voz de sus bajos instintos.
Dejemos que los
moralistas prediquen el pudor y los mé-dicos la salud, los jueces las leyes y los
economistas las buenas finanzas… ¡hartura de aburrimiento…!
Les propongo algo, casi,
casi indecente: Escuchemos por unos momentos, con más detenimiento que lo usual,
a los engañadores poetas, a esos vándalos que destruyen con locuaz premeditación
todos estos ritos y ceremonias, embriagan la sensatez y —con su canto— promueven
bellamente la unión de las almas y la dicha inmaterial.
Pero antes, dejemos
al resto de las mujeres que sufran entregadas a sus deberes religiosos, y a
estos hombres razonables, serios y circunspectos, que sigan ocupándose en
profesiones inútiles. Abandonemos a los sacerdotes entregados a sus
mandamientos, y amemos nosotros por encima de todo la caricia que embriaga,
enloquece. Más suave que perfume alguno, más ingrávida que la brisa, más
penetrante que el más agudo alfiler, capaz de empujar a todos los crímenes y a
todos los heroísmos.
Amemos la caricia;
pero no tranquila, normal, legal, sino violenta, furiosa, desatada. Busquémosla
como se busca el oro y el diamante, porque vale más que ellos, puesto que es
inestimable y pasajera. Única y pura creación para la que el hombre normal,
amante del amor, no necesita instrumentos. Persigámosla sin cesar, y muramos por
ella.
Créanme, las únicas
mujeres felices que hay sobre la tierra son aquellas que no se han privado de
caricia alguna. Éstas, son las que viven sin ningún cuidado, sin pensamientos
torturadores, sin otro anhelo que el del beso próximo, húmedo, embriagador. La
mejor cura a los falsos prejuicios. Con toda seguridad ha de resultarles tan
delicioso y reparador como el éxtasis del orgasmo.
Las demás mujeres,
aquellas que reciben las caricias religiosamente legales, incompletas, con olor
a incienso, poco frecuentes, caricias formales y educadamente estudiadas,
incluso en lugar y a hora prudente, viven acosadas por mil inquietudes
miserables, por anhelos de dinero o vanidad… su tocado, su vestido, el que
dirán… el falso comportamiento de los hijos; y sufren por todas las falsas
apariencias que se truecan en pesares.
Olvídense por un
momento de su decente familia, su tradicional apellido, y de esa especie de
nobleza pasablemente beótica, orgullosa, aburrida, honorable, rica y gorda.
Porque las mujeres
acariciadas hasta la saciedad no sienten necesidad de nada, no desean nada, no
echan en falta nada. Sueñan, tranquilas y sonrientes; y lo que para las otras
serían catástrofes irreparables, apenas sí las rozan. Tengan la plena seguridad,
aunque todavía no hayan gustado de esta miel, la más dulce que la naturaleza ha
dado, que la caricia sustituye todo, cura todo, consuela y nos salva del dolor».
En un mismo momento
todas las damas escucharon un es-tallido, como una gran puerta de madera que se
cierra violentamente. Algunas desfallecieron, otras, más aviesas, saltando casi
de sus asientos, tomáronles —frenéticas— el brazo a sus maridos, que piadosos
oraban ensimismados. Y reincorporadas impensadamente a la misa —con falso rubor
de puritana— para oír del cura sus últimas palabras, que parecían venir desde
muy lejos, como la voz de un coro de ángeles al despertar de un profundo y
sensual sueño, oyeron, con sorpresa, un canto celestial que fluía desde el cielo
y se arremolinaba en las graves voces de sus cónyuges: «…y déjalas caer en la
tentación, más líbranos de este mal… ¡Amén!».
_____________________
CONTACTO CON EL AUTOR


OPINA SOBRE ESTE
RELATO
|