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Esperando en...
Una agencia artística

Presentación
La espera sugiere un antes y
un después. Es un hito en la línea del tiempo, en la trayectoria vital de
cualquiera. Algo que sucederá, o no, alguien que llegará o no, alguien que
partirá o no, pero de cualquier forma, si esperamos es que suponemos, deseamos,
tememos, que algo va a cambiar en nuestra vida.
Por eso una sala de espera es
un lugar perfecto para situar a un personaje, para contar su historia anterior a
ese momento en que le encontramos allí y lo que sucede después. La sala de
espera puede ser el nudo de muchas historias.
Por eso, la propuesta de
participación para nuestros lectores va a girar esta vez, en torno a este
privilegiado espacio. Nosotros iremos sugiriendo el tipo de sala de espera:
estaciones, hospitales, aeropuertos, despachos de oficinas de empleo, de
abogados, de agentes artísticos, de médicos, de directores de banco...; muchos
momentos en los que quien espera trae bajo el brazo una biografía que puede
cambiar cuando la abandone.
Queremos que nos habléis de
ese personaje en un relato breve. En esta nueva entrega lo situamos en la sala de espera de
una agencia artística.
Carmen López
2007

Relatos
________________________________________
EL
CASTING
Me había propuesto esta vez no
prestar atención a las otras participantes. No compararme con ellas, no tomar en
cuenta si su loock era mejor que el mío, si llevaban ropa de marca o de
imitación y si tenían estilista de altura o las había peinado, como a mí, una
peluquera de barrio.
Me había avisado de la prueba
uno al que llamaban El Óscar, un macarra amiguete mío que, no sé cómo diablos,
se enteraba de todo y alcahueteaba cualquier cosa que le supusiera un beneficio:
si conseguía que me seleccionaran se llevaba el veinte por ciento, y era inútil
tratar de engañarle, porque también sabría al céntimo cuánto me habían pagado.
Esta vez era para un anuncio
de agua mineral: supuse que buscaban una apariencia saludable y fresca, así que
procuré maquillarme poco, aclararme el cabello, y vestirme informal, con su
toque de ecologismo en las prendas, nada sintético, por supuesto, lino blanco
arrugado que me hacía tiritar de frío y adornos de madera.
Mi mayor logro hasta ahora
había sido un spot para la televisión autonómica, de cara a la integración
multicultural, en el que yo bailaba sucesivamente con un colombiano, un rumano,
un senegalés, un moldavo y un marroquí, vestida con el traje regional. Me
parecía que había quedado estupendamente, pero a la hora de los honorarios se me
pasaba con razones, porque no había llegado la subvención oficial del Organismo
Competente que había organizado la campaña.
Así que andaba como loca
buscando algún currito y El Óscar me hacía de agente artístico, ¡qué remedio!
No quería mirar, pero a mi
lado colgaban unos pies que no llegaban a tocar el suelo, los seguí hacia arriba
sin poderlo evitar, los pies correspondían a unas piernas bien moldeadas de un
dorado carente de marca o imperfección que pertenecían a una deliciosa niña de
unos ocho años.
Vestía también ropa de
primavera, a pesar de estar en febrero, florecillas que salpicaban una falda
verde en imitación casera de Ruiz de la Prada para niñas, y un top dejaba
ver su cintura que exhibía el mismo bronceado de sus piernas. Junto a ella, su
madre, sin duda, no cesaba de retocar su cabello recogido con dos pinzas también
verdes a ambos lados de su cabeza.
Sin embargo, la niña se
afanaba en su tarea escolar con una dedicación que la aislaba de todo lo demás,
apoyando sus cuadernos sobre las rodillas, trataba de completar los deberes que
su maestra había marcado. A su lado la mochila permanecía en el suelo mientras
la madre parecía preocupada en grado sumo por si la niña se manchaba con los
rotuladores su vestido.
Normalmente no había deseado
nunca con verdadera fuerza que alguna de mis contrincantes no fuera
seleccionada, quizás porque, en el fondo, no confiaba demasiado en mi futuro
como actriz y pensaba, invariablemente, que cualquiera de ellas lo lograría
antes que yo, pero esta vez sí deseé que la niña fuera rechazada, que pudiera
jugar en el patio sin temor a arañarse las piernas, que pudiera rellenar las
hojas del cuaderno con sus rotuladores en su cuarto y viera la tele con sus
amiguitas zampándose una bolsa de chuches sin controlar a diario su peso, que
siguiera siendo niña. Cerré los ojos y lo hice: puse toda mi energía mental en
visualizar su fracaso.
Cuando los abrí la niña salía
por el pasillo con la cabeza baja, su madre tiraba de ella con una expresión de
furia apenas disimulada. Se agachó a recoger su mochila que había quedado en el
asiento junto a mí y entonces le pude decir muy bajito:
—Has tenido suerte.
Ella me miró sorprendida. Luego, pareció
comprender y sonrió.
Carmen
López León

ESTRELLAS ESTRELLADAS
Fue mi amiga Valen quien me metió en
esto. Y, si lo hice, fue por pura necesidad. No me arrepiento, sino todo lo
contrario: me siento orgullosísima. Esteban, mi marido, se vio en el paro de la
noche a la mañana, con una esposa a su cargo, cinco hijos, ya cincuentón y una
salud no muy boyante, ¿quién lo va a contratar? Los chicos, dos de ellos, aún
estudian y, los tres restantes… Los tres restantes trabajan y perciben unos
sueldos de miseria que no les llega ni para emanciparse. Ante este panorama
Valen, en su afán por ayudar, me dijo:
—Debes tomar tú las riendas. Hay
una promoción, no sé bien de qué, pero buscan personas como tú. Toma esta
tarjeta, mañana por la mañana quedamos a la puerta de la agencia. Ponte guapa…
«¡Cómo que es tan fácil ponerme
guapa a estas alturas de la película!», le dije, o lo pensé, no recuerdo. Le
agradecí el detalle pero sin ninguna intención de pasarme por aquel lugar.
El resto de la tarde no hice más
que dar vueltas al asunto. Unas veces me decía que por qué no iba a tener
suerte, como Valen la tuvo…, con probar… Otras, me recriminaba el ser tan
estúpida y creer que podría llegar a ser alguien en ese mundillo de la imagen.
No dormí. Por la mañana mi cara acusaba no sólo el nerviosismo de la noche en
vela, también el del cambio de situación en nuestro hogar. Antes de que sonara
el despertador me tiré de la cama, me metí en el aseo y, después de una buena
ducha, decidí arreglarme con esmero.
Esteban aguardaba en la cocina,
él y el desayuno que, desde que quedó en el paro, hacía todas las mañanas. Ésta
se esmeró aún más: zumo, tostadas, café humeante y oloroso, y un geranio de olor
arrancado de una de las macetas para que alegrase el centro de la mesita. No me
quitaba ojo. Antes de marcharme sólo dijo después darme un ligero beso en los
labios para no quitarme el carmín:
—Si no vas convencida más vale
que te quedes en casa. Ya buscaré yo algo, aunque sea debajo de las piedras y,
si es preciso, no me importará ponerme en una esquina a mendigar… Por vosotros,
lo que sea, tú lo sabes: lo que sea.
Sonreí, le acaricié la barbilla.
Le dije que no se preocupase, por decir algo, ¡bastante preocupada estaba yo!, y
le mandé que entrara en casa no se fuera a enfriar.
Aguardé a Valen en el portal de
la agencia, pero mi amiga no llegó. Envió un mensaje al móvil disculpándose: «Me
ha salido un trabajo, en Zaragoza. Besos». Las piernas empezaron a temblarme más
de la cuenta, pero ya había llegado hasta allí, así que, dándome ánimos decidí
seguir adelante fuera como fuese.
La sala de espera de la agencia
artística era amplia, bien iluminada, con un estilo…, del que llaman
minimalista, con fotos de modelos guapísimas recubriendo todas las paredes,
magníficamente iluminadas, preciosas… Me sentí pequeña, insignificante, vieja,
fea y, sobre todo, fuera de lugar. Ganas me dieron de abrir la puerta y salir
pies en polvorosa, correr escaleras abajo, como cuando era niña, y algo me
aterraba. Pero las circunstancias hicieron que tomase asiento, que me aplacara
un poquitín y viera cómo discurría la mañana.
Frente a mí estaban sentadas dos
jóvenes, con una sola mirada noté que debían de tener silicona hasta en las
pestañas. Eran dos muñecas doradas por los rayos uva, con escotes de vértigo que
enseñaban más de lo permitido. Mi boca, de forma involuntaria, dibujó una
sonrisa. «Dios, como hagan un mal movimiento se les escapan las bombis, como
dice mi Juli. Lo malo es que acabaremos contra la pared. En enero y tan
destapadas, ¿qué hacen para no acatarrarse?». Mi mirada debió de atraer las
suyas. Por unos instantes dejaron su charla y se dedicaron a observarme. Sus
risas no se hicieron esperar. Oí algún fragmento de su conversación: «Oiss,
chica, esperará a alguien… ¿A lo mejor viene a ver si la admiten de modelo? ¿Te
imaginas? Estando nosotras aquí…». Pensé: «tienen razón, ¿qué hago aquí? No soy
muy alta… No, no, no y no… No es que no sea alta, es que soy un retaco de metro
y medio, ando más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Soy, como la Madre
Tierra, achatada por los Polos y ensanchada por el Ecuador, mis pechos son los
de alguien que crió a cinco hijos. No soy mal parecida pero… Indudablemente, no
sé qué hago aquí». Pero continué en la butaca, atornillada a ella. Decidí mirar
a otro lado. Una madre joven iba con un niño de unos siete años embutido en un
traje de terciopelo, con el cuello y los puños de la camisa repletos de volantes
bordados. «¿Será que buscan niños para una película de época?», me pregunté. En
un rincón, mirando al techo, un hombre de mi edad, poco más o menos, recitaba, o
una plegaria, o el papel que iba a representar. Y, a todo esto, ¿qué papel
representaba yo? Valen no me dijo nada…
Se abrió una puerta corredera,
enorme, y en el centro, sujeta aún a los tiradores dorados, apareció la figura
de una mujer. La señorita Rottenmeyer, me dije, y me entraron unas ganas locas
de reír. Tragué saliva y aplaqué, como pude, mis nervios. La mujer nos miró uno
por uno. Habló algo en voz baja con la secretaria que escribía tras el
ordenador, junto a la puerta de aquel despacho que imaginé como un gran salón de
baile. Sin ningún miramiento la Rottenmeyer cogió un bloc y leyó en voz alta,
bien templada y algo hombruna, los nombres de quienes estábamos en la sala de
espera:
—Jorge de Santis, no necesitamos
ningún caballero para esta promoción, ¿cuántas veces tendré que repetírselo?
El hombre dejó la sala cabizbajo
y sin decir nada, al menos en voz alta.
—¿Y este niño? Señora —dijo
encarándose con la madre—, que no vamos a rodar ningún remake de la
Familia Adams.
La mujer agarró al niño por el
brazo y se lo llevó a rastras no sin despotricar y poner verde a la que, supuse,
directora de la agencia. Miré a las jóvenes. Se reían y frotaban las manos, vi
cómo me miraban, sus ojos parecían decir: «No tienes nada que hacer, osea, que
te irás a casita con el rabo entre las patas». Me temblaba todo, porque también
yo pensaba algo por el estilo. Iba a levantarme para irme antes de tener que
pasar por aquella humillación cuando la Rottenmeyer se dirigió a mí:
—¡Menos mal, alguien auténtico!
Es lo que buscaba. Valen me habló muy bien de usted, pase a mi despacho —y, casi
sin respirar, dándose la vuelta, se dirigió a las jóvenes—: aquí no rodamos ni
spots ni películas porno. Dos portales más allá encontraréis una agencia
más adecuada a vuestro perfil. Por ahora con… —miró mi nombre en la lista— doña
Virtudes González estoy conforme. Pase y charlemos.
Sólo me queda decir que rodé
aquel anuncio para la tele, gustó. Me llamaron y rodé alguno que otro más. El
mes que viene debuto en el cine. Esteban ya no tendrá que mendigar, ahora es mi
manager.
Juana Castillo Escobar

SUEÑOS DE ARTISTAS
No, no he llegado tarde, creo que hasta me he adelantado, pero... Sí, sí en la
puerta dice de 16:00 á 21:00 h, es decir, que estoy en hora. Son y media... ¡Qué
nervios! No veo un alma, imagino que esperan a que esto esté lleno, claro que,
lo mismo para esto no se presenta nadie, la gente no está tan loca como yo.
¿Cómo que no? Y, ¿de dónde las sacan entonces?: Bueno, qué tonterías digo, para
eso están los maquilladores, hoy en día se hacen milagros con las pinturas. Un,
dos, tres, cuatro... Y luego hablan de los pasillos de las Salas de Audiencia,
¡el de los pasos perdidos! Esto se le parece y no creo que se tengan aquí menos
nervios. Pufff entran dos candidatas, son amigas, se les nota. Mayores sí que
son, cumplen los requisitos que pide la agencia. Las imagino anunciando
detergentes, o quizás sopas para la familia, o... ¡Entra otra! Esta tiene buena
pinta, espero que necesiten a muchas porque si no... Me encantaría que fuese
para figurar en una película... Rodajes en la madrugada... Jajajaja. ¿Qué le
cuento yo a mis hijos? ¡Niños, me voy a rodar, no llegaré en toda la noche! Me
veo de romana o de vieja mendiga. Me parto de risa si tengo que decir a los
amigos que al fin voy a ser artista. Mira que si me dan un papelito corto con
diálogo… ¡Me muero, fijo! ¡Con mis años y mi memoria! Oigo voces, viene más
gente... Sí, entran hombres y tras ellos, más mujeres, ya veo, somos los
desocupados ya en la vida. En el anuncio no dicen para qué se buscan, sólo:
«Agencia busca mayores para figurantes». Como dice mi amiga Pilar: «Será para
hacer bulto». Bueno, y qué más da, creo que pagan 50 euros cada vez que te
llaman, es una ayuda para la pensión. Así mi hija podrá dejar de trabajar, con
los estudios para la oposición…, la pobre ya hace bastante. Tendría gracia que,
al cabo de los años, se cumpliera mi sueño. Recuerdo cuando de niña nos
preguntaban lo que queríamos ser de mayores: «Yo, señorita de mi casa», decía mi
hermana siempre muy ufana, y yo, la loca de la familia, siempre tenía la misma
respuesta: «¿Yo? ¡Yo quiero ser artista!». Anda que no me llevé tortas por decir
aquello... Un momento, sale una señorita... Vaya, no tendría que haberme puesto
tacones...
Gloria Grau Baeza

EL SILENCIO
Las grandes puertas de cristal
lucían imponentes, mi figura se reflejaba en ellas como si de un gran espejo se
tratara, llené los pulmones de aire al notar que en el rostro reflejaba el
nerviosismo que me corroía. Exhalando ruidosamente al mismo tiempo que alisaba
los pliegues de la falda, cuadré los hombros y entré, no sin antes echar un
último vistazo al letrero que anunciaba que la agencia de artistas y modelos
estaba solicitando personal.
El recibidor, totalmente
alfombrado, apagaba los pasos de las personas que corrían de un lado a otro; no
así las voces de media docena de jovencitas que esperaban su turno para
presentar su currículo y demostrar sus aptitudes histriónicas. No había ningún
lugar donde sentarme así que me quedé de pie a un lado del escritorio esperando
que alguien tomara mis datos.
Se abrió una puerta frente a mí
y lo vi venir. Alto, moreno, el rostro hermoso perfectamente afeitado, el
recibidor se llenó con su presencia tanto como con el aroma de su loción. Las
seis aspirantes se pusieron de pie al mismo tiempo y tan rápido que parecía que
algún bicho las había mordido. La imagen resultó tan cómica que no pude evitar
reír.
No me di cuenta que la risa fue
lo suficiente espontánea y ruidosa hasta que lo vi fruncir el ceño y dirigirse a
mí con expresión demasiado seria, casi de enojo. Trague saliva y alcé la
barbilla, no podía dejar que viera que su presencia me asustaba. Me miró
largamente, caminó alrededor de mí mirándome de arriba abajo y ellas reían entre
dientes satisfechas de que me dieran mi merecido.
El silencio se hizo presente
cuando él habló, todos dejaron de hacer lo que hacían, y yo lo miraba como si no
entendiera el idioma en que me hablaba. Me repitió que caminara a lo largo del
pasillo con el mayor garbo del que fuera capaz, mientras las muchachas
intentaban decirle que ellas habían llegado antes que yo. Una mirada bastó para
callarlas, aunque parecía no escuchar concentrado en las órdenes que me daba.
Él, extendió su mano hacia mí,
la tomé como en un sueño y me hizo girar una y otra vez, soltó mi pelo, acarició
mi cara. El silencio era tan tenso que podía tocarse. Entonces, cuando nuestros
ojos se volvieron a encontrar percibí una clara chispa de humor en su mirada. En
ese instante, volví a respirar. El trabajo era mío.
Dora María Hernández Herrera

…QUE HABÍA LLEGADO TARDE
Las sillas eran verdes, de una tapicería verde hierba, cargada, sin duda, de
antiguos recuerdos, de malos y buenos momentos, sillas en las que, alguien, un
día, regaló o robó un beso perfecto, mientras esperaba.
Una gran ventana, al fondo, permanecía abierta y
la casi transparente cortina blanca, volaba hasta la mesa central, donde una
planta crecía y respiraba en su soledad. Libros, muchos libros, un teléfono
silencioso, un ordenador mudo y una pluma olvidada junto a un caramelo de menta…
de aquellos que tanto nos gustaban…
A esperar… El papel era extraordinario, me
parecía hecho a mi medida. Protagonizar aquella historia se había convertido en
mi sueño y mi obsesión, me apasionaba aquel personaje tan parecido a mí… Como si
el autor, al dibujarlo, estuviera pensando en mis ojos, en mis manos, en mi
forma de enfrentarme al mundo, en mis versos y en mi voz… Parecía conocerme tan
a fondo que estaba segura de ser elegida, de que, en cuanto me viera, sabría, a
ciencia cierta, que yo iba a ser la protagonista de su creación. Casi me veía en
el escenario, representándome a mí misma, vestida con mi propia ropa, desvelando
mis propios recuerdos, mi viejo secreto que aquel autor, desconocido, sin
saberlo, había descubierto…
Pasó más de una hora sin que nadie entrara en la
estancia. Había anochecido mientras yo me recreaba en la ilusión que me había
llevado hasta allí y volví al mundo. Me resultaba extraño que no hubiera nadie
más esperando, que no hubiera nadie a quien preguntar, que no hubiera nadie que
preguntara… Me resultó extraño hasta que vi el cartel en el pasillo… «Gran
estreno teatral… hoy… primera actriz…». No sé bien si reí, o lloré, seguramente
lloré… Había llegado tarde.
Mary Carmen Ruiz

HOY NO ES MI DÍA
Llego tarde, lo sé. Hoy, precisamente hoy, se me tenía que pinchar la rueda;
llevo un mes preparándome para hacer esta prueba, me duermo y despierto
recitando mi diálogo, contando los días… El papel está hecho a mi medida, estoy
convencida de ello, pero llego tarde. He llamado a mi amiga Elena para que me
espere en la agencia, y si llegado el momento de entrar aún no estoy allí,
quizás ella pueda intentar que esperen un poco más por mí.
He aparcado el coche como mejor he podido, mañana
solucionaré el problema. Ahora sólo me preocupa llegar a la prueba. Llamo a
Elena, pero el móvil está apagado, seguro que olvidó cargar la batería. Los
tacones me están matando… ¿No hay un sólo taxi libre en esta ciudad? ¿Qué
autobús me dejará más cerca de la agencia? Hace mucho tiempo que no utilizo
transporte público; claro, se acostumbra una al coche y ya ves, hoy,
precisamente hoy, me deja tirada.
El autobús viene lleno, vamos todos como en lata
de sardinas, me duelen los pies, estoy sudando, y mi maquillaje tiende a
convertirse en un autentico desastre. La próxima es mi parada ¡Por fin! Bajo del
autobús y salgo corriendo, entro en la agencia casi sin respiración… ¿No hay
nadie? La salita esta vacía, me parece oír a Elena pero no la veo; se abre una
de las puertas y aparece ella sonriendo y la escucho decir…
—Gracias a todos. No me lo puedo creer, yo
trabajando en una serie de televisión…
Me mira, la miro, intenta explicarme algo…que si
mi retraso, que si entró a pedir que me esperasen y al final…
Ya no la escucho, no quiero, salgo de allí. El
ruido de la calle me vuelve a la realidad. No me lo puedo creer, Elena, a quien
yo creía mi mejor amiga, me acaba de quitar el papel por el que llevo soñando
más de un mes. Definitivamente… hoy no es mi día.
Lourdes Macías Torrecillas

EL ANUNCIO
El
anuncio, motivo por el que estoy aquí, reza lo siguiente: «Si eres joven,
atractivo/a y con carisma. Seguro que eres la persona indicada para vivir una
experiencia en el mundo de la TV, no lo dudes. Estamos buscando gente como tu
para castings de anuncios de marcas conocidas, como protagonistas y como extras.
Desplazamientos y dietas a cargo de la agencia. Bien remunerado. Si estas
interesado/a acudir a la calle Limones 25 1º de Madrid. ¡¡Te esperamos!!».
Negar
que albergo la esperanza de que alguien descubra en mí el bis cómico que me
viene de familia, es ser bastante hipócrita conmigo misma. Durante mis 41 años,
conocidos, amigos y familiares me han animado a que me presentara a algún sitio,
que tengo madera de artista —me dicen hasta hoy en día—, «es que contigo me meo
de la risa» —un comentario muy habitual... En fin, que me he liado la manta a la
cabeza y aquí estoy. Rodeada de guapos y guapas, jóvenes y exultantes de
energía, ilusión... Sus miradas soñadoras, son mis miradas.
Acabo
de sentarme después de una larga cola que da la vuelta a la manzana; una chica
muy amable reparte un impreso para que lo vayamos rellenando con nuestros datos
personales, profesionales, experiencia en el sector... Cuando llega a mi altura,
noto como tragaba saliva, titubeando y mirando hacia los lados me dijo:
«Querida... toma este impreso para que lo rellene tu hijo o tu hija...». Abre
sus ojos al responder yo «no querida, es para mí...». A los cinco segundos sale
de su parálisis temporal y sigue repartiendo con sus mejores sonrisas el resto
de impresos por la sala. Mis ojos se humedecen tiernamente, un escozor invisible
aprieta mi estómago... Eso es que tengo hambre (vale, es mi orgullo herido), lo
bueno de tener la edad que tengo, es que llevo fruta en el bolso. Con la gran
parsimonia que me caracteriza, voy comiendo pequeños bocados al tiempo que
relleno mis datos...
Después de dos horas de espera, me llaman, entro a un despacho con casi diez
personas sentadas tras una mesa alargada, me miran en silencio, yo correspondo
con lo mismo, casi por educación. Al cabo de unos dos minutos una de ellos me
mira sin subir la cabeza, por encima de sus gafas (de aumento)...
—Me parece que hay un error, su perfil no es lo que
andamos buscando.
—Claro, no me extraña —dije—, siempre me dijeron que de
frente ganaba más.
—No me refería a eso... ¿no ha leído bien el anuncio?
—A ver, un momento... mmm, sí, lo he leído
perfectamente.
Un veinteañero impaciente increpó por lo bajini...
«¡Vaya pérdida de tiempo!».
—Pedíais una persona joven, me siento atractiva... soy
guapísima, al menos eso dice mi novia, con carisma.... a la vista está. Soy la
persona indicada para vivir no una, sino muchas experiencias, no lo dudo.
—Pero...
—Aquí pone que buscáis gente como yo para castings de
anuncios de marcas conocidas, como protagonistas y como extras. Desplazamientos
y dietas a cargo de la Agencia, bien remunerado.
—No... señora, aquí hay una confusión —el niño ahí me
tocó la moral.
—De confusión nada —contesté—. Aquí pone... Si estás
interesada acudir.... Está claro que estoy interesada, ¿en qué me he equivocado
entonces?
—Pues que buscamos una cara joven y atractiva, alguien
entre 18 y 25 años —dijo el niñato con bastante mala baba.
—Me gusta —dijo una voz de hombre.
Me giro y veo a un hombre de unos 60 años mirándome
pícaramente.
—Es lo que necesito —babeó.
Abrí la puerta y sentencié al salir.
—¡Anda ya abuelo, que te den!
Camino
enérgica e indignada hacia la parada de taxi, mientras espero, soy consciente de
todo lo que me ha pasado... Que la juventud que siento no es la que ven los
demás, así como yo no veo la juventud de alguien mayor que yo... Abro la puerta
del taxi esbozando una sonrisa al caer en la cuenta también de que, tal vez, por
prejuzgar, he perdido el papel de mi vida...
Saladina Cuenca Milán

METAMORFOSIS
Aún no eran las nueve, hora de la cita, y ya
éramos todos horas sonadas frente a la puerta. Hablamos alto, buscando desoír el
enojoso zumbido del desasosiego a que nos aboca sabernos todos en un papel que
sólo admite a uno.
A eso de las nueve y media cedió el blanco portón,
y en el reflejo de esa falsa inocencia caímos todos culpables y en natural
desorden en la amplía sala de espera. Fijos los ojos en el fondo del pasillo por
el que se perdía el agente acompañado del director y el productor, en esa sana
armonía que facilita el reconocerse, ellos sí, cada uno en su papel.
Nos sentamos todos los que pudimos, algunos ante
semejante trance no pueden nunca, aún cuando sobren las sillas.
Mi representante me había animado a acudir a la
prueba en el convencimiento que los estragos de la edad y los pésimos tragos a
que me empujaba el fracaso me conferían cierta legitimidad, cuando menos
anatómica, para conseguir el papel.
A media mañana, uno de ellos, no sé cuál, alzó las
posaderas de la silla y se inclinó sobre la mesa donde descansaban un puñado de
manoseadas revistas de teatro.
Fue en ese instante cuando lo oí caer, con el
sonido justo, ni grave ni agudo. Una vez panza arriba, se quedó inmóvil, como
muerto, sus extremidades encogidas y expectantes. Para a continuación comenzar a
moverlas lentamente, con sumo cuidado, en un gesto propio de quien indaga
tratando de comprender su situación, y busca para ello referencias ciertas que
refuten lo incierto de la misma.
A esa secuencia de sutil exploración siguió otra
en la que los movimientos de sus extremidades se tornaron bruscos y
descoordinados. Y a esa segunda, una tercera, más corta, marcada por el más
certero de los desequilibrios, el de la angustia: series de rápidos giros y
bruscos movimientos oscilantes del cuerpo, los propios de quien se sabe al revés
y busca hallarse, lejos ya de la razón, en la azarosa inercia de la fuerza.
La representación se desenvolvía magnífica,
muchos, lo sé, lo miraban con indiferencia, otros, sencillamente, lo ignoraban.
Sin embargo, un actor joven, el que se hallaba sentado a mi derecha, lo hacía
con atención. No había en su rostro admiración sino ira. Y en esa voluntad se
levantó y lo pisó con fuerza. El cuerpo de escarabajo, en respuesta, crujió leve
y húmedo, dejando en el suelo una mancha negruzca y confusa, incapaz de apagar
el sonoro zapatazo con que lo había despachado.
Desconocía que un escarabajo jamás va a
representar a un escarabajo, pues así lo dispuso Kafka, en el convencimiento de
que sólo representándolo un hombre adquiriría éste sentido.
No había, por tanto y a pesar de su talento,
peligro de que pudiera robarnos el papel. Pero quien esté libre de pecado que
tire la primera piedra, yo a su edad había aplastado con la misma fuerza y rabia
una mosca que, posada sobre la sucia cristalera del fondo, interpretaba
magistral, en el aburrido ritual de asearse la cabeza, la desesperanza del joven
príncipe Hamlet.
No obtuve el papel, mi sueño, pero aquel día
aprendí que no es tanto lo que hagas o cómo lo hagas, que el secreto está en
acertar a ser el insecto que ha soñado el director para representar al hombre
que hay en todo personaje.
José Romero P.Seguín

LA CLASE
Sentada en la pequeña y coqueta salita de espera del popular agente artístico de
la ciudad, no podía ocultar la emoción que me producía la cita concertada
mediante su aséptica secretaria.
Le había prometido que no le defraudaría, que con
toda seguridad seria la elegida para el puesto y que mi experiencia me avalaba.
En principio se mostraron reticentes para
recibirme, por un pequeño detalle que a pesar de mis auto recomendaciones, no
aclaré cuál era mi especialidad.
Me vestí, mal me está el decirlo, como para un
desfile. Mi traje chaqueta copia de Chanel, del mercadillo de los jueves, mis
zapatos de cuña (made in china) y el bolso símil piel, con anagramas de letras
cruzadas en los tonos dorados y marrones de la firma copiada. La colonia quizás
fuera exagerada, pero, por una vez que compraba perfume caro, bien tenía que
notarse el aroma, dulce, que entra más. Abrí la puerta y saludé muy formal. Me
miraban varios ojos expectantes, la curiosidad es propia de la gente de
despachos ¡si lo sabré yo!, que tantos he pisado.
Así, que sabiendo que el tiempo es oro, bueno,
para mí sólo euros, abrí mi bolso, extraje la bolsa transparente con información
de la talla y la composición y saqué los guantes de látex de interior satinado,
de color marfil, que dan más clase, y con toda la gracia que he ido adquiriendo
en mis «curros» por hora, me los fui poniendo, despacito, suavemente, dedo de
goma por dedo de goma, y, cuando los tuve puestos, dirigí las manos hacia la
lámpara del techo, así la luz les daba más directamente y levantando un dedo
hacia arriba, acabé mi número.
Por cierto, me olvidé de decirles que era la
limpiadora de la agencia artística y que acababa de acertar una primitiva.
Mistery

REGALO DE CUMPLEAÑOS
Un día como hoy, hace cincuenta años, el reloj de pared del pequeño salón de mi
departamento anunciaba las nueve de la mañana recordándome que estaba retrasada
y que, para variar, llegaría tarde a la modesta florería en la que me había
empleado apenas un mes antes. Me disponía a marcharme cuando sonó el timbre del
teléfono. Qué contrariedad. Levanté el auricular temiendo que se tratara de mi
madre que últimamente se encontraba mal de salud. Pero no. Por fortuna era la
voz de Rita rogándome exaltada que tomara su turno en una entrevista de trabajo.
—Pero qué tontería —le dije impaciente—. Sabes que me echarán de la florería si
falto un día más.
—Te ayudaré en lo que sea necesario para que no suceda —insistió llorosa—, pero
ahora te suplico, en nombre de nuestra amistad, que atiendas esta cita que es
muy importante para mí.
—Todo sea por la amistad. De acuerdo, dame la dirección y ahora mismo saldré
para allá.
—Gracias, querida. Ah, feliz cumpleaños
—dijo por último y colgó.
Tras una serie de contratiempos durante el trayecto, me presenté en la dirección
fijada. Como no había un espacio disponible para mí, permanecí de pie recargada
en la pared, junto a la ventanilla de recepción, esperando que de un momento a
otro apareciera Rita y me liberara de esa incómoda situación. Conforme avanzaban
los minutos mi preocupación crecía y aquella estancia rectangular parecía un
enjambre de chicas hermosas, algunas no tanto; otras como yo, sin gracia, sin
personalidad. Pero ahí estaban persiguiendo un fin común que hasta ese momento
ignoraba yo de qué demonios se trataba. Un joven rubio y flaco recibía las
solicitudes y después iba descartando las que no encajaban en el perfil deseado,
mientras yo me entregaba a mis negras conjeturas por la tardanza de Rita. En
esas circunstancias y con los ojos puestos en la nada, me encontré de pronto
escuchando un intercambio de opiniones entre dos personajes detrás de la
ventanilla.
—Mírala bien —dijo uno de ellos—, el parecido con la descripción de Nina es
asombroso.
—Realmente asombroso —repuso el otro—. Ojos color
violeta, enigmáticamente tristes. Labios carnosos, sensuales. El cabello
ensortijado enmarcando un rostro pálido, casi transparente… Sin duda, la hemos
hallado.
¿Ojos violeta, pelo ensortijado… No se estarán refiriendo a mí —supuse. En
efecto, se referían a mi humilde persona porque unos minutos más tarde el chico
de la ventanilla salió a despedir a todas aquellas aspirantes a estrellas de
cine (de eso se trataba la entrevista); enseguida me hizo pasar a la oficina de
uno de los personajes anteriores, nada menos que el director, mientras que su
asistente me indicaba tomar asiento. Así fui enterada, debido a mis «peculiares»
características, de que había obtenido el papel principal en un ambicioso
proyecto cinematográfico interpretando el papel de Nina, «la hija del
comerciante».
Ese fue el principio de un sueño pleno de satisfacciones que jamás imaginé que
podría acariciar gracias a Rita. Un regalo de cumpleaños que después de 50 años
aun continúa intrigándome pues nunca más volví a saber nada de ella.
Thiara Montesinos

Me
peiné hacia arriba, hacia abajo, hacia el costado.
Cogí el bolso y el abrigo y salí corriendo.
Esperaba poder subir al tren y tenía exactamente quince
minutos para llegar a la estación.
Durante el viaje, recorrí lentamente las diversas
ocasiones que me había presentado para un trabajo parecido.
Y también recordé que nunca me habían llamado luego.
Tenacidad no te falta, decía mi marido cuando me
acompañaba durante las largas esperas en vestíbulos llenos de gente tan parecida
a mí.
Solía dejarme un rato sola en la cola para recorrer y
charlar con los diferentes postulantes y luego me comentaba las experiencias que
le había escuchado y las últimas novedades en esa selección.
Llegué con la lengua fuera y cuando fui a tocar el
timbre, encontré la nota.
«No necesitamos más extras».
Adriana Serlik

TRES SEMANAS
Me parecía imposible que tan
solo me hubieran dado tres semanas para preparar una obra de tal envergadura y
ni siquiera había agrupado a todos los actores que intervendrían. Con la
preocupación que la ocasión merecía, me dirigí a la agencia para continuar con
la selección de los personajes.
Recorría mi despacho de un lado
a otro, como intentando acelerar el hallazgo de la protagonista principal, pero
todo era en vano. Al otro lado de la sala un grupo de personas, candidatas al
puesto, esperaban con el deseo de ser las elegidas. Casi podía escuchar sus
comentarios, sus incertidumbres, sus esperanzas. Me parecía curioso, todas
aquellas personas se creían capaces de conseguir el puesto en la obra y yo, al
otro lado de la sala, en mi despacho, me sentía incapaz de optar por cualquiera
de ellas.
La que no era demasiado alta,
era demasiado delgada, o tenía un tic, o no sabía expresarse. En fin que cada
una de aquellas chicas tenía algún defecto que me hacía imposible su elección.
Después de largas horas de entrevistas llegué a sentir que nunca daría con el
personaje adecuado y decidí darme un respiro. Me había hecho demasiadas
preguntas aquella mañana, quizá era demasiado exigente. La cuestión era que al
final de aquel día ya sólo me quedarían dos semanas y seis días para estrenar el
evento y yo seguía sin protagonista.
Debía estrenar en tres semanas
o perdería el contrato con la Warperti. No podía creer que en toda la ciudad no
hubiera una persona idónea para el puesto. Tomé un bocado en la cafetería más
cercana y regresé a mi despacho. De nuevo un grupo de personas me esperaban
impacientes y de nuevo se me echó la tarde encima sin que encontrara a mi
protagonista. Cuando terminé de hablar con todas aquellas candidatas, me preparé
para irme a casa, con el desaliento y la derrota dibujada en mi rostro.
Me disponía a salir del
ascensor cuando vi que entraba en el hall una muchacha de unos diecinueve años,
de complexión media, de pelo rubio claro ceniza, ojos azul grisáceos, de
ademanes graciosos y desenvueltos, hablando con desparpajo y seguridad. La miré
con el descaro de mi impaciencia, esperando que ocurriera un milagro. Se acercó
hacia mí, casi no había más personas en aquel hall, y me preguntó por la agencia
Warperti. ¡No me lo podía creer! Cuando salí de mi asombro y pude reaccionar
escuché que me decía que se dirigía a una selección para un papel en una obra.
Se había retrasado por su trabajo y creía que ya no llegaba a tiempo. No pude
menos que responderle que llegaba justo a tiempo. Me presenté y sin más
comentario le dije que el puesto era suyo, que tenía todo lo necesario para
desempeñar con éxito el papel de protagonista de mi obra. Aceptó y ya en ese
instante nos pusimos manos a la obra.
Había sido un día duro pero al
final podía regresar tranquilo a casa. Ya tenía mi protagonista, lo demás era
cuestión de trabajo. Sería duro pero estaba seguro de que la obra sería un
éxito. Y así fue. Estrenamos tres semanas después con un éxito apoteósico. La
chica lo valía. Por eso desde entonces cuando necesito personajes para mis obras
ya no me quedo encerrado en mi despacho, salgo a la calle, observo, miro,
escucho y elijo a mis personajes. Y me va muy bien.
Sofía Campo Diví

ESTA SECCIÓN DE ESPERANDO EN...
ESTUVO ABIERTA HASTA EL DÍA 28.08.07
* * * * *
Esperando en..., es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León
(http://mural.uv.es/carlole/)
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ANTERIORES SECCIONES PUBLICADAS DE ESCRITURA COLECTIVA:
PERSONAJES
SECUNDARIOS /
PINTURA VIVA /
PON COLOR A LAS PALABRAS /
CRUZA ESTA PUERTA Y ESCRIBE
/
CUÉNTANOS UN VIAJE EN... /
PÓQUER LITERARIO
/
PÍDELE AL MAR UNA HISTORIA /
LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES
/ ESPERANDO EN...

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