Cruza esta
puerta y...
escribe
TEXTOS PUBLICADOS: Carmen López León / Consuelo / Nahum / Mistery / Susana Duro Rodríguez / Antonia de J. Corrales / Consuelo / Riforfo Rex / Básico / Guiomar / Pilar Romano / Guillermo Ortiz / Carme / Santiago Rebella / Issa M. Martínez Llongueras / Carmen Herrera Mora / José Manuel González / Alicia Martínez / Juan Carlos Márquez
Tengo seis años, acabo de llegar al pueblo con mi
familia como todos los veranos, de vacaciones.
Corro a casa de la tía Pepa. La tía Pepa fue niñera de mi
padre y ahora vive en una casita baja al final de la calle. Su puerta siempre
está abierta, cubierta por una cortina de dril grueso que la protege del calor y
del sol.
La tía Pepa teje capachos y sombreros de palma y me regalará
un cestito y una pamela adornados con cintas azules.
Pero hoy, la puerta está cerrada y la cortina recogida a un
lado. Empujo, aporreo y la llamo a gritos para que me abra. Nadie responde.
Regreso a casa cabizbaja, mi madre, que ya ha sabido la
noticia, trata de consolarme diciéndome que la tía Pepa se ha ido a tejer
sombreros para los angelitos en el cielo.
Yo me he dado cuenta, por primera vez, de que la muerte es el
silencio tras una puerta cerrada.
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Bastaba con empujar la puerta para encontrar
sentado detrás al abuelo. Él no podía andar se apoyaba en un bastón y en una
silla, arrastraba sus pies como si fueran de trapo, pero nunca estaba triste. La
abuela lo cuidaba y trabajaba y tampoco nunca la vi triste, no tenían nada y sin
embargo lo tenían todo, amor, comprensión,
paciencia; esa solidaridad de la que tanto se habla y que
no es fácil encontrar. Cruzar esa puerta era, entrar en un pequeño paraíso.
Ellos, mis abuelos, siempre me acompañan,
dejaron su huella en mi alma.
Consuelo
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Para presenciar una puerta es necesario correr una
cortina, ya de luz, ya de sombra, pero hay que completar un preámbulo. Las
antesalas brindan siempre la ocasión de releer nuestras intenciones, de
considerar más a fondo la pared en que irá a estamparse la decisión una vez que
la hayamos echado cuesta abajo. Ahora, antes de untar los dedos en la aldaba,
malabareo las consecuencias:
Si decido entrar, puedo colgar la piel
en el perchero, dejar que las babuchas reúnan estos pies desgajados, permitir
que el sofá me abrace y consuele por llegar con las manos vacías.
Si no entro, puedo ir otra vez a
buscarte, a pedirte que me dejes colgar la piel en tus dedos, que me empapes las
manos con la luna que guardas bajo el vientre y tomes mis brazos para bordar una
noche.
Entrar o no entrar, tus dedos o el
perchero, mis manos vacías o lunificadas... decisiones difíciles cuando el alma
es la cortina que hay que correr y dejar atrás.
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Apenas una pared !y cuantos sueños¡ Un lienzo de
madera protegido, encubierta su cara por un cortinón de lana,
!y cuantos secretos! Un cuadrado oscuro entre las cales, (una ventana),
!y cuanta vida!
No voy a traspasarla. !Ya no!, me da
respeto.
Contemplo sonriente esos cables, que
cruzan ondulantes e imperfectos encima de las hojas de mi puerta y me asombro.
Ya no es el tiempo que esperaba, ni el
recuerdo que esperaba, ni el sentimiento. Tenía miedo, tenía ansia, tenía
angustia.
Y de repente, nada ha cambiado en mi
cerebro. Soy yo, la misma, la niña, la dueña. La dueña de todo lo que soy tras
de esa puerta, la dueña de mis gentes, y sus brazos, la dueña feliz de mis
muñecos, mis gatos, mis flores y mis libros.
Y ya no quiero entrar, ya sigo
adentro.
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Me
quedé mirando silenciosamente la puerta sin atreverme a trasponerla. Hacía tanto
tiempo que esperaba este momento y ahora que podía ver lo que había detrás,
dudaba.
Escuché ruidos en el interior, murmullos y pasos apurados. Alguien se acercaba e
intentaba abrirla. Retrocedí unos pasos y me quedé clavada en el piso, sin poder
ni siquiera parpadear.
La puerta crujió, se movió un poco, finalmente se abrió...
Allí estaba la tía Sara, la que me estará esperando seguramente en un lugar de
Orense. La que dejaron mis abuelos para venir a la Argentina y nunca más
volvieron a ver. La tía Sara que me escribe con letra apretada y temblorosa y
que no entiende, nunca entendió por qué la separación. Por qué nunca pudo
abrazar a mi madre...
Alguna vez, Galicia, podré cruzar el umbral de esa puerta...
Susana Duro Rodríguez
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Su abuela quiso que fuese cura: «Los curas cuidan a los parientes», decía. Su padre que se licenciase en Medicina: «Un médico en la familia es un lujo» Su madre un buen hijo que le diese muchos nietos que la mimasen. Su esposa que fuese marido, amante, amigo, confesor y un padre perfecto. Sus hijos le exigieron la comprensión infinita que nadie tiene. Sus nietos un abuelo sin achaques al que no tuviesen que cuidar. Pero, él sólo era un ser humano, por ello, aquel día, tras abrir la puerta y verlos a todos esperándole en torno al fogón para celebrar la cena de navidad se emocionó y olvidó, una vez más, todos y cada uno de los reproches que había escuchado durante años.
Antonia de J. Corrales
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Detrás de la puerta estarán
esperándome mis amigos Pepe, Rafi, Nacho y Paco, el de Utrera. También estará el
Faraón, mi amor, el cantaor. E Inma, mi hermana.
En la mesita, nos esperan las copas de
manzanilla, y llevo un clavel rojo en el pelo . Dentro de unos minutos tendré
que bailar.
Pero me duelen los pies y el calor es
insostenible. No puedo más. Se me cae el abanico.
Me mareo, me mareo.
Y todo se acaba. Tinieblas, noche eterna. Aire, aire, por favor.
Hasta que a lo lejos una voz se echa a
cantar, y al oír la melodía vuelve a latir la sangre en mis venas:
"Faraón, amor mío, abre la puerta pa que podamos bailar al aire libre".
Y cantar, todos juntos, Pepe, Rafi,
Nacho y Paco el de Utrera, Inma mi hermana, y tú, Faraón. Mi vida.
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La vieja manta que hace de
cortina se recoge gentilmente a un lado invitando a entrar. Pero este gesto
amable es desmentido rotundamente por el austero, rígido y repintado portón.
Hay vida en esa puerta, pero es una
vida que ya pasó y que quedó olvidada del tiempo y del progreso de las cosas.
Tal vez la puerta misma, en último gesto heroico de supervivencia se volvió
fotografía, poniendo a salvo su enigma en el amplio infinito de lo posible.
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Crucé la puerta y vi la maleta. Él la
cogió y me dijo que no aguantaba más, que todo aquello era insoportable.
Salió y la puerta se cerró dejándome a mí dentro.
Donde antes estaba la puerta, ahora
hay un tabique: yo no quiero volver a salir; él no va a entrar más: sólo quiero
estar solo.
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Era un trabajo embrutecedor, infrahumano. De espalda rota y sabañones infectados. Salía de allí con el alma quebrada y corría hasta tu barrio. Bajaba tu calle, llamaba a tu puerta… Pero tú nunca estabas.
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Sabía que cuando la manta estuviera recogida,
dejando ver el picaporte en actitud casi reverente, significaba que había
llegado el momento de entrar. Y aunque el interior
estuviera algo oscuro, ella estaría allí. Ella, a quien nunca había permitido
salir, aún sabiendo que me sobreviviría, acopiando luceros y madrugadas.
Golpeé la puerta apenas con la sombra
del puño, la puerta se abrió y algo extraño transitó por mis venas. Tomé aire y
sentí que estaba preparada para responderle. Sabía porqué había hecho cada cosa
que había hecho; me arrepentía de muy pocas. Podía explicar mis actos y sus
preguntas no me harían sucumbir. Cuando la vi -me vi- (yo
sabía que sería yo, sentada en una pequeña curva adolescente), quedé, sin
embargo, casi muda, casi vacía. Su mirada todavía limpia me preguntó claramente,
inexcusablemente, por los sueños, a los que ella había abierto la puerta y yo
fui dejando de a poco en el camino.
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Como ayer. Como mañana. Los cuadros colgados de las
paredes tras una cortina de humo. Las manos que se abren, las pupilas que se
dilatan y se contraen, el silencio y esa mujer mirándome fijamente desde su
silla.
El primer día que entré pensé que era
el último. Ahora tengo miedo de no volver más con lo que eso significaría. No
quiero ser el de antes, lo tengo muy claro. Un revólver espera en la guantera
del coche.
El hombre que se acerca. El dinero que
cae sobre una mesa y se queda erguido como una montaña. El silencio. Las manos
que se abren. Las pupilas que se dilatan y se contraen como las velas de un
barco a la deriva.
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Cruzo esta
puerta y me veo a mi misma de aquí a unos años. Más
vieja, más serena y satisfecha de la vida que he llevado.
Retirada con mi amor a un lugar recóndito y tranquilo.
Sin prisas. Sin planes.
Simplemente viviendo y saboreando las cosas más sencillas.
Hijos y nietos vienen cada verano a zarandear agradablemente nuestra paz.
Cruzo la puerta y pienso...
¿me giro?
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Si cruzo la puerta, encuentro al silencio meciéndose en
una silla, tejiendo un sueño para mi garganta, mirando fijamente mi destierro,
como si de un ruego se tratara, si cruzo esa cortina, el silencio que me apaga
gritaría, ensordeciendo el crujir de la madera, encontraría a mi abuela en su
rutina, y yo seria un fantasma que se asombra, recorriendo la memoria que me
aplasta, paseando mis promesas por Comala, intentando comprender porque la
puerta no se cierra y la cortina no me veta la mirada. Si me atreviera a
encontrarla, a esa casa, yo respiraría un viento que me hiela, y mis alas, que
de todo desesperan, no permitirían un repliegue tan sincero, un descanso tan
añejo, sin luz potable que beber de la ventana, esa puerta no me habla, solo
insinúa una lenta y seca retirada, una siesta triste en el invierno.
Santiago Rebella
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Vengo desde
lejos, desde un futuro que te es ajeno, forastero.
Porque mientras corría por un mundo incierto, tú, imperturbable
con tu corazón de roble, custodiaste mis recuerdos.
De acuerdo, he venido por ellos. Ábrete, déjame entrar.
….
¿Por qué callas impasible refugio de mis remembranzas?
Óyela, me está llamando con su llanto de niña, con el abandono de esa
madre que se difuminó en un eterno adiós.
¿No te das cuenta de que me necesita?
Permíteme consolarla, decirle que el tiempo curará su herida.
….
Te asiste la razón al no querer acogerme.
Mientras tú resguardabas su inocencia, yo, me olvidé de ella.
Es tarde para querer abrazarla.
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Después de vivir intensamente, llegas a
conclusiones, que no esperabas en tu juventud, las vivencias mas sencillas son
las que mas te llenan la vida, cuando queremos hacer muchas cosas tan diferentes
es para no escuchar nuestro interior, para no darnos cuenta que no estamos
haciendo lo que nos gustaría hacer y con quien nos gustaría hacerlo, pero somos
tan cobardes muchas veces que no nos atrevemos a planteárnoslo y nos dedicamos a
salir, a desconectarnos de los pensamientos que nos cuestionan nuestras vidas, y
así empieza la huida de nosotros mismos, cuando te das cuenta ya ha pasado media
vida, y entonces quieres recuperar el tiempo perdido, y ¿como lo consigues? NO
HACIENDO NADA.
Pruébalo, y dime algo, estoy
estudiando este estado de ánimo.
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La llamó y no
respondió.
La volvió a llamar y no respondió.
La fue a buscar y no la halló, había desaparecido sin
saber cómo, no se lo explicaba, no sabia como había
podido esfumarse sin haberla visto, sin haberla sentido, sin notarlo.
Abrió la puerta y salió a la calle, por si podía encontrarla, anduvo
y anduvo de un lugar a otro del pueblo y no la encontraba, no la conseguía
encontrar, no sabia cómo pero la había perdido, había
perdido su alma, que jamás volvería a encontrar.
José Manuel González González
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La puerta estaba allí,
justo delante, esperando a ser abierta, llevaba horas mirándola. Pero ella no
tenía la llave. Estaba encerrada a la fuerza en un pequeño cubículo, habitación
o Chambre a Bonne o como se quiera llamar.
Sólo hacía unas
horas que había entrado y ahora no podía salir. Violada y amenazada de
permanecer encerrada de por vida, raptada por un desconocido. Ella lo observaba
como dormía, tuvo que esperar mucho antes de que el agresor se durmiese, pero el
peso de su cuerpo no la dejaba casi moverse. A su lado, una botella vacía de
licor que sirvió horas antes para dar fuerza y valentía al violador. Pensó en
agarrarla y estrellarla contra la cabeza de aquel ser detestable, pero el miedo
a que despertase y no salir nunca más de allí la obligó a no actuar. Con una
lentitud y parsimonia propia del instinto de supervivencia, consiguió levantarse
y sin hacer el más mínimo ruido, buscó y encontró las llaves de la puerta y
consiguió abrirla, tarea larga y difícil. Sigilosamente cerró la puerta tras
suyo y salió corriendo sin mirar atrás. Obviamente, hay puertas que nunca hay
que cruzar.
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El alpinista miró una vez más
la fotografía, se despidió de sus compañeros y dejó
atrás el campamento en plena tormenta. Un viento helado
silbaba y los copos caían tan deprisa que le impedían vislumbrar la cima, aunque
le parecía hermoso. Subía penosamente, apartando a manotazos la nieve que
intentaba colarse en su pasamontañas, la misma que al caer ayudaba a sepultar
sus huellas. Subía y notaba que los dedos, la nariz y las orejas no eran suyas,
que le abandonaban, que una parte de él se iba durmiendo,
que estaba soñándose. Pero no dejaba de subir. Sentía que le faltaba el aire y
que una prensa le apretaba el pecho.
Pero continuaba subiendo. Giró a la
izquierda, entre dos rocas, y, al fin, logró ver la cima. Estaba más cerca de lo
que pensaba, tan cerca que casi podía tocarla con las yemas de sus dedos
dormidos. Estaba tan cerca que ya estaba allí, en medio
de las nubes. Estaba tan cerca que ya casi no estaba cuando sacó de un bolsillo
la fotografía y se puso a mirarla.
Cuando, muchos años después, le encontraron entre las nubes aún la seguía
mirando.
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Esta puerta estuvo publicada
hasta el día 7 de diciembre de 2003