Cruza esta
puerta y...
escribe
TEXTOS PUBLICADOS:
Carmen López León l Antonia de J.
Corrales l Pedro M. Martínez l María
A. Moreno Mulas l Consuelo l Nita
Moreno Paz l Rubén García García l
Adriana Serlik l Misteri l Tere
Sempere l Carmen l Nahum l
Amelia l Susana Duro l
Javier Revolo l Azucena Blanco l
Francis de Borja l Ana Valcarce l
Esther Zorrozua l María del Carmen
Guzmán l
Issa Martínez Llongueras
l M. Begoña Herrero l Marisol l
Ana Márquez l Paul l
Óscar Martínez
Es el gabinete de tía Virtudes, nunca lográbamos entrar
en él.
A veces, nos invitaba a merendar en su casa. Entonces tía
Virtudes aparecía, enmarcada en esas cortinas estampadas que le daban una
apariencia de protagonista de una escena teatral, y nos conducía suavemente a la
sala.
Allí, charlaba animadamente con nosotros y nos ofrecía
chocolate y buñuelos, misteriosamente siempre recién hechos.
En el gabinete estaba su piano, y la puerta del fondo comunicaba con su alcoba.
Era un mundo privado que defendía con la misma tenacidad que su virginidad, pues
sabíamos que había rechazado a numerosos pretendientes.
El día que encontramos abierta la puerta, supimos que tía
Virtudes, al fin, había conocido el amor: en el umbral, se recortaba la figura
de una desconocida que nos sonreía invitándonos a entrar mientras tía Virtudes,
al piano, interpretaba un preludio de Mompou.
Carmen López
_______________
Nació quince minutos
antes que yo. Fue como si ella, al nacer, se llevara todo el oxígeno del
paritorio y con él mi futuro. Su agudo llanto de neonato anuló el mío que fue
tardío y mudo. Su rollizo cuerpecito de piel rosada recorrió el canal del parto
deslizándose por él como lo hace una cría de nutria por un riachuelo de cauce
pleno y transparente, llegando hasta la desembocadura de la vida sin un rasguño.
Tras su paso las aguas se retiraron y el cauce seco se convirtió en un orificio
oscuro, angosto y árido que amorató mi piel. He tenido, durante toda mi vida, la
convicción de que esto fue lo que hizo que sus rasgos tuviesen un toque
angelical, mientras que los míos carecen de ello y se jactan de su haz
mortecina, del tono violáceo con el que mi piel me hace día tras día rememorar.
Siguiendo el patrón del físico se nos juzgó, se nos trató y vivimos. Fuimos dos
almas que en realidad siempre debieron de ser una. «Luzbel y Lucifer», solía
decir nuestro padre.
Ella eligió la casa conyugal, y yo compré las cortinas que,
durante años, taparon la puerta que daba acceso a mi habitación de hermana
soltera, en donde su marido, noche tras noche, buscaba los placeres de la carne
que el ángel de mi hermana nunca le dio. Hoy he recogido las cortinas floreadas,
se ha ido para siempre, ya no hay nada que ocultar.
Antonia de J. Corrales Fernández
Esta tarde vi la fotografía que nos hicimos en el Village.
Brillaba en el fondo de una maleta vieja que encontré en el altillo. Entre
gorras ridículas, navajas roñosas y libros sin dedicar, hallé también las
pistolas. Recordé cómo las compraste, una pastosa tarde de verano. Hacía poco
que habíamos visto ¿Quién teme a Virginia Wolf?, en aquel cine de la 42,
y acariciaste la caja de las armas como si fuera el bebé extraviado de la
Taylor. Qué bonita mitomanía, corazón: ésta dispara, ésta no…
He escogido una de las pistolas. Monto el percutor. Te oigo
llegar por el pasillo. ¿De dónde vienes, cariño?: no me digas que “de por ahí”,
nadie anda “por ahí” a estas horas. Ya estás muy cerca de la puerta
entreabierta… Como en la película, que tanto te gustó, vas a encontrarte con un
cañón entre las cejas. Las pestañas te tartamudean, mi amor, pero contéstame sin
falta, la urgencia del cañón lo requiere. Mírame como lo hacías en la vieja
foto, tesoro, y di que me quieres.
¿Temes que haya cogido la pistola de verdad? No te preocupes
por nada, cielo, sé lo que vas a responder…
Detrás de la cortina de dulces matices, aguardaban las
chicas de nula reputación. Con camisones transparentes, enagüas bermellón y
flores en el pelo, las mujeres esperaban la señal de la madame. Todas llevaban
los labios heridos de rojo chillón y fumaban largos cigarros en interminables
boquillas. Siempre acudí con la esperanza de pintarlas, de conseguir esbozar sus
sonrisas amargas en mi bloc de dibujante. No fue posible. Cuando se abría la
puerta e iban pasando, una a una, debajo de la cortina de matices suaves, me
quedaba observándolas fascinado por su piel blanca decorada con huellas moradas.
Así que dibujé la cortina y, al fondo, la puerta. Y surgió este cuadro dulce y
frío. Suave y duro.
Anhelo que te guste, con amor, Paul.
En aquel tiempo, yo estudiaba Filosofía y Letras en
París. Pero me interesaban más las películas de arte en la Cinémathèque, los
cursos de teatro y ...los bares del bulevar Saint Michel donde unos guitarristas
imitaban perfectamente los sollozos de Django, entre las nubes azuladas de los
primeros cigarrillos.
Sin embargo, mi profesora de Letras me propuso un día que
viniera a su piso a tomar el té y elegir en su biblioteca lo que me gustaría
leer. ¡Qué ilusión!
El día de la cita llegué muy emocionada a la puerta de su
piso en el bulevar Saint Germain. En la puerta, con la misma cortina, los mismos
colores sin color había un letrero que rezaba: " Chère enfant, ne m'attendez pas
ce soir, je suis partie écouter Parsifal". Lloré. No sé si de rabia o de pena.
No te puedo decir cuántos años tardé antes de poder escuchar
Parsifal. Cincuenta años más tarde sigo viendo la puerta cerrada y su letrero
que me dicen que yo no soy nada, nada comparada con una música incomparable.
Consuelo
Detrás de aquellas cortinas coloridas y carnavalescas, se
encuentra una humilde puerta mancillada por el tiempo.
Tal vez tus sueños vuelen al cruzar ese portal.
Sutil respiro. Me arrastro sobre la alfombra azul. sé que
está ahí. son gemidos de ella -inconfundibles- realmente maúlla. Sí, aquí palpo
el colt. Debo sorprenderlos y repto. Casi llegó y los respiros de él son más
bien gruñidos. ¡Qué húmedo siento el saco! ¿estaré sudando odio? ¡Desgraciados,
vaciaron la caja fuerte! Un salto felino, abro la puerta y hasta el último
cartucho. ¡Zas! Allí voy. Tres disparos y una bala me quema la boca. Un profundo
silencio nos abraza y luego la voz:
"Pareja llama por radio a la central di que hay un triple homicidio,
probablemente pasional que estamos investigando".
Todo está en su sitio.
Madelaine ha vuelto a retocar las cortinas, Paul ha abandonado el sombrero y el
bastón cerca de la puerta. Después de un largo viaje volver a casa es como
volver al paraíso.
¿Por qué pensé que Vicent me escucharía?
Me da miedo contarles que no ha sido fructífero el viaje. No me ha devuelto el
cuadro ni la caja ni los guantes.
Oigo subir alguien por la escalera; hace frío, espero que traiga algo de comer y
beber. Me duele el pecho, otra vez las toses y los dolores.
La vida es demasiado difícil para una mujer sola, para una mujer que quiere ser
pintora, para una mujer que no quiere tener marido para sobrevivir.
Con su cortinita y su.....
Vestidita de volantes, como para la feria. Con su camisita y su canesú. Dulce
como una boda. ¿Será niña o será niño la puerta?
¿ Quién olvidó la caja de bombones? ¿Y qué arco iris la baña que está tan alegre
por fuera? A lo mejor es que toma el sol en el balneario de moda (de moda
antigua), o sea de la más moda.
Para mí que creo que es la de la madriguera de “El país de las maravillas”. ¡Sí,
mujer, el de Alicia!
Esta noche no la abrimos. Nos la vamos a llevar puesta y la vamos a subir en la
noria, y después de comprarle algodón de azúcar (rosa) nos vamos a tomar con
ella un chocolate con churros. ¡Es tan infantil esta puerta!
Ya falta menos. Llegarás en media hora. Se
me hace tan largo el día sin ti, sola en casa, esperando sólo que vengas. Tú no
te das cuenta, eres tan egoísta... Hoy estoy realmente mal. Me he mareado.
Si por lo menos tuviera ganas de leer... Estoy harta de mirar
la cortina; hoy he descubierto un dragón verde asomando entre los pliegues. A lo
mejor invento una historia con el dragón y el caballo que encontré el otro día.
Si me acuerdo te los enseño luego. Aunque tú nunca los ves. No miras despacio,
como yo.
Me duele la cabeza. Debería echar un sueñecito, eso siempre
me sienta bien.
Tardas mucho, hoy. Hace diez minutos que tenías que estar
aquí. Espero que no se te haya ocurrido ir a comprar. Sabes de sobra que no
soporto que vayas sin mí, no sabes comprar tu solo. Pero como de costumbre te
empeñas en hacer lo que te da la gana.
No me haces caso. Cuando llegas te pones a limpiar. ¿No te
das cuenta de que necesito compañía? Eres un egoísta. Cualquier excusa te sirve
para no estar conmigo. Hoy no deberías haber ido a trabajar. Estoy mal, me he
mareado. Pero para ti todo es más importante que yo. Deberías haberte quedado a
cuidarme. Pero no, en lugar de eso me sueltas “Ve al médico”, y arreglado. Un
día de estos me va a pasar algo y estaré sola. Ya lo sentirás...
¿Dónde te has metido? Hace dos horas que deberías haber
llegado...
Me sentía como Alicia delante del espejo.¿Qué pasaría si
de repente el cuadro que estaba admirando me permitiera atravesarlo? ¿Me
encontraría con una realidad distinta a la mía?
Sin pensarlo más me precipité contra él y todo se volvió
oscuro. Me desperté y no podía creerlo. Estaba en el suelo del museo rodeada de
gente y una señora diciéndome:
-No te muevas, que te has dado un señor golpe.
Se me ha ido la olla, pensé. Pero había algo extraño en aquel
escenario. No podía ser... ¡me veía a mí misma a través del cuadro!
Caminó tres pasos más,
esfuerzo nada deleznable si consideramos que le faltaban los dedos de ambos
pies. Lineal y largamente alcanzó la cortina, prendió su siniestra de ella, pero
al intentar un arrastre preciso, la mano cedió y, después de un temblor, el
brazo y todo su apéndice se soltaron de ella, mano independiente que al estar en
la cortina optó por hacerse color y contribuir a la imagen.
Se presume que en cada cuerpo hay un impulso para ahuyentar
al vacío, impulso que suele traducirse en ley de conservación, así la acción más
digna para el cuerpo maltrecho fue terminar de dividirse y mimetizarse con el
cortinaje, el piso, la puerta...
Después de saber esto, no puedo tocar una puerta sin sentir
un deseo insurrecto de agregar algo a la decoración.
¿Qué escribo? ¿Qué me indica esa puerta? ¿Qué quiero encontrar? ¿La paz? ¿El amor? ¿Las respuestas a éstas y a otras tantas preguntas? ¿Qué quiero encontrar? Quizás, al entrar encontraré las respuesta al sueño aquel tan real y a la vez tan irreal que alguna vez soñé transportándome de una edad a otra. O encontrarlo a él una vez cruzando para así estar segura que es él y no otro y que no forma parte sólo del transitar de mi existencia amorosa sino que final y ¿tardíamente?, es él que viene a resarcirme de todo ese tiempo que lo he esperado. Voy a entrar y entonces seguir creando mi propio destino.
El "fru-fru" de las enaguas precedía su llegada. La seda rozaba el marco de la puerta y el perfume de jazmines inundaba la habitación. El último rayo de sol se había quedado atrapado en la cortina de terciopelo y Miranda una vez más se sentó a un lado de la ventana a esperar el anochecer. Sus ojos se cerraron en un parpadeo nervioso y su mano estrujó el papel que guardaba debajo del almohadón de pluma. El no volvería, de eso estaba segura, pero si era así, por qué no podía dejar de esperarlo. Un soplo de aire enfrió su espalda y una mano leve como un ala pareció apoyarse sobre su frente. El aroma del tabaco y la tierra del camino llegó hasta ella... La mañana la encontró quieta, muy quieta, con la vista fija en el pasado y una sonrisa en los labios...
Abrí la puerta. Ahí estaba, el hombre de pelo negro y
espaldas anchas, vestido con una bata. Me daba la espalda. Aprovechando la
ocasión me acerqué lentamente, la alfombra contenía mis muelles pasos, me asomé
por encima de sus hombros para ver qué era lo que estaba haciendo. Una puerta de
Cezanne.
Alguien por detrás de nosotros hizo ruido al abrir,
nuevamente, la puerta. Antes de que diese vuelta me percaté, con horror, que mi
perfume me llegaba de sus hombros.
Acogen, invitan a entrar a quien cuando la puerta abre, entra en mi casa.!Son tan agradables mis cortinas!. Y cuando salgo al patio y la luz que pasa a través de ellas, reaviva sus colores parece que el jardín ha venido, como un amigo más, a instalarse un ratito en mi cuarto de estar.
Azucena Blanco Pérez
TU SABRÁS PORQUE YO NO SÉ
Por la mañana me vestía con tu piel,
veía con tus ojos y pensaba con tu mente. A media tarde, cantaba tus canciones y
decía tu nombre, alegre como mil niños jugando. Respiraba tus silencios. Me
callaba al pronunciar tus palabras. Y por la noche, me cubría de tu cansancio,
cerraba tus ojos, me acunaba con tus brazos, y te veía. Así que ya no podré
respirar, ni comer, ni salir a la calle, ni pronunciar palabras, ni mirar, ni
dormirme. Ahora he de desaparecer, arrancarme la vida a trozos, da igual si
duele más o menos. Ya qué importa. Qué importan las escaleras, los colibríes, el
mar, las guitarras, las películas. Qué importancia tienen las naranjas, los
autobuses, los viejecitos y los niños. O las nubes o los caramelos. Ya da lo
mismo una onza de chocolate que un vómito, caminar que quedarme tumbado entre
gusanos.
Ahora tendré que borrarte de mi vida, pero borrarte es
borrarme porque yo ya no soy yo. Definitivamente, aprendí a ser tú.
Su madre la obligó a abrir el armario; en él guardaba, así a
groso modo, unos quince pares de zapatos, pero ella quería aquellos del centro
comercial. Eran de "Gema Onix del Prado", la marca de moda para las principiante
de adolescente, y este sello de moda hacía que no estuvieran rebajados. Su madre
había nacido en el 53, estudiado Derecho mientras observaba desde el aula a la
caballería franquista en el Paraninfo de la Universidad dispuesta a cargar sobre
aquellos entonces principiantes de adolescentes, y había luchado por lo que
creyó iba a ser un mundo mejor y más igual. Ahora su hija pedía insistentemente
aquellos zapatos morados salpicados de estrellitas rosas y amarillas. ¡ De
ninguna manera! le gritó, ¡ no te los voy a comprar! intentando con este grito,
conquistar el aire que se llevaba sus palabras, porque en su propio armario
lucían también un alrededor de otros quince pares de zapatos, todos de marca.
El sábado por la noche la joven quedó con sus amigos. Iba
arregladita, tan mona, luciendo un precioso ombligo del que colgaba una
circonita y por debajo un pantalón ceñido a la cadera del que asomaban unas
puntitas moradas, rosas y amarillas. Su madre se quedó en casa a esperarla; la
televisión mostraba una calle iraquí y a un niño tendido en el suelo, descalzo,
mecido por un viento arenisco que envolvía unos zapatos rotos.
La puerta esconde la agonía de la abuela Sagrario desde
hace una eternidad. Lleva años ahogándose con un silbido seco y largo, como el
del tren de las cinco y cuarto cuando cruza por el puente de hierro, que los
gruesos cortinones de cretona floreada apenas logran amortiguar.
Cuando éramos pequeños, el silbido de aquellos bronquios
castigados por la falta de aire nos producía escalofríos que nos recorrían la
espalda. Luego, nos fuimos acostumbrando. Ahora sólo lo oímos cuando alguna
visita que viene a casa por primera vez nos lo hace notar. A todo se acostumbra
uno.
Pero esta mañana, inesperadamente, el silbido se ha detenido
en seco. Entonces, lo que nos ha sorprendido ha sido el silencio.
Esas cortinas recogidas con primor, esa puerta cerrada sólo
pueden pertenecer a una vieja dama venida a menos que se refugia en su pasado
teñido de rosa para no ver el presente gris, la soledad, el desamor y la
pobreza, para no ver las grietas de la pared que forman conjunto con los surcos
de su cara.
Sus manos agrietadas, aún son rosas y cortaron rosas del
jardín, ahora descuidado.
La dama cierra los ojos porque no quiere ver la sombra que
traspasó la puerta, porque no quiere escuchar la voz que la llama, porque no
quiere oler el perfume de nardos, tan familiar, pero su piel siente el roce de
unos dedos y abre los ojos.
Entonces lo ve. Es él, él, su amor que la esperaba desde
hacía años y le sonríe.
La dama se levanta del ajado sillón donde dormitaba y una
nube rosada los envuelve a los dos.
Espero que la puerta se abra para dar paso
a la esperanza, al fulgor de tu sonrisa
derramada en tus pupilas cuando buscan las mías.
Será el cansancio derrotado en la pugna cotidiana,
quien atraviese el umbral henchido de espera.
Puerta iluminada con el verbo de mis versos,
llave del recinto de mis latidos.
Inerte pedazo de madera que cobras vida
al eco de sus pasos, colmando con tu savia nueva,
el universo de dos almas que se aman.
(Poterna cómplice de labios y almizcle)
Issa Marcela Martínez Llongueras
No es otra cosa más que una ventana, la alegre y gruesa
cortina, una ventana que se abre en mi sueño y me adentra en la pesadilla que me
espera si cruzo el umbral de esa puerta descolorida, estática, callada...
No quiero abrirla pero algo me empuja, sin remedio. Sé que
ella esconde lo peor de mí misma, lo que pudo haber sido y no fue, las iras que
se desbordaron en un pasado no tan lejano, los gritos, los llantos, las alegrías
abortadas y que jamás surcaron de sonrisas mis labios temblorosos. No, ¡me niego
a rozar, siquiera, su piel de madera!, sólo deseo quedarme quieta, acariciando
suavemente el estampado de la cortina, que me separa, me cobija, me libra de una
tragedia segura.
A veces, no abrir una puerta puede ser la única manera de
afianzarnos a la vida.
Llegada la noche me gustaba atravesar la cortina. Durante
el día la veía bailar con el viento y disfrutar el vaivén de sus volados, sus
suaves colores invitaban al confort.
Pero por la noche la cortina era para mi símbolo de pasión.
Siempre la misma travesura, pero nunca la misma sensación. Yo la cruzaba como
distraída. Simulaba estar sorprendida cuando sus manos me tomaban y me perdían
entre la pesada cortina. Ya no había viento pero ella se movía y bailaba al
ritmo de nosotros dos.
Cada beso, cada abrazo se reflejaba en la cortina con un
cambio de color.
La cortina ante la puerta nos cubría en nuestro amor. Ahora
se por que lo hacia, se moría de dolor. Cuando en brazos él me tomaba y me
llevaba al otro lado la puerta muy egoísta se cerraba a nuestro paso dejando a
la cortina de lado sin disfrutar de nuestro amor.
La cortina ante la puerta nos cubría en nuestro amor y la
puerta no podía estar con nosotros dos. Así la cortina de la puerta se vengaba.
Quién pudiera, monsieur
Cézanne, adornar la vida con la alegría desmayada que pende de las entradas a
ciertos lugares... Quien pudiera... Recoger esa alegría y volverla maleable y
dócil como la tela imposible de una cortina de óleo. Atrapar para la eternidad
el estampado cursi de ciertas flores tristes y perennes. Porque la alegría de
las flores sería otra sin el contrapunto de su dolor efímero. Quizás por eso la
hermosura sin invierno, de esas guardianas de pasillos, no resulta acogedora, ni
la puerta a la que apuntan no nos impulsa al deseo...
Quien pudiera, monsieur Cézanne, adornar la vida y
desadornarla a golpe de pincel, de cortinas imposibles y de flores.
Estoy muy enfadado. Hace más de un mes que esta puerta no
quiere abrirse. La cortina huele a polvo, el suelo gime cuando uno quiere
adelantarse y la luz se apaga si tardas un poco. Una pena.
Y además, nadie le dijo al webmaster que hizo una falta al
transcribir mi apellido. Me llamo Cézanne, Paul Cézanne.
Y si no puede abrirse la puerta es que sólo yo sé lo que hubo detrás de la
cortina. Todo lo que se contó aquí hasta ahora eran tonterías. Y nadie supo
decirme el secreto tan bien escondido entre los pliegues de aquella felicidad:
pintar.
Prácticamente durante toda nuestra infancia, aquella
puerta en la habitación del abuelo fue nuestro objetivo principal, intentábamos
a costa de lo que fuera poder abrirla, ¡nada!, siempre aparecían en el momento
justo, el abuelo, o la abuela, o incluso la tía chata, con el único fin de
echarnos fuera. Inventábamos toda suerte de recursos, rodeábamos la casa para
ubicarla desde fuera, la confundíamos con una que otra ventana, o la situábamos
en algún recoveco de las paredes.
Tuvieron que pasar más de cincuenta años, ya con el abuelo y
la abuela muertos, y con la tía chata recluida en el olvido, dueño yo de aquella
casa -para absorber parte de ancestrales deudas-, en que sin ningún miramiento,
decidido y ansioso, entré a la vieja habitación del abuelo, ahora en abandono,
empuñé el picaporte de aquella puerta, gire la manija y suavemente empujé hacia
dentro.
Óscar Martínez
__________
Esta puerta estuvo abierta hasta el: 01.02.2004