TEXTOS PUBLICADOS: Carmen López León | Esteban Núñez | Cecilia Ortiz | Genma Castro Guzmán | Yahlia | Riforfo Rex | Consuelo | Pilar Bamba | María del Carmen Guzmán | María Antonia Moreno Mulas | José A. Romero P. Seguin | Antonia de J. Corrales | Mistery | Esther Zorrozua | Pedro M. Martínez | Nita Moreno Paz | Adriana Serlik | Conrado Arranz | Guillermo Ortiz | Mª Begoña Herrero | Tere Sempere | Issa M. Martínez | Aymer Zuluaga | Azucena Blanco
No recordaba
cuando había comenzado a alzarse el muro, ni quien lo había comenzado. Lo vio
levantarse delante de sus ojos desde niño. Primero como un juego, cuando se
ocultaba y su madre parecía no verlo durante horas, después como una defensa,
cuando de adolescente comenzó a percibir los secretos de familia, y aprendió a
callar. Más tarde, de adulto, cuando precisaba refugiarse en la soledad, para
que no le hirieran.
Después, el muro había vuelto totalmente oscuro su mundo y aprendió a moverse
por él con los ojos, los oídos y los labios cerrados.
De pronto, ha comenzado a percibir un resplandor, primero han
sido los fogonazos de unas palabras que han horadado la negrura, después una
rendija y una franja de luz le ha mostrado el vano de una puerta. Las voces del
exterior se deslizan, penetrando por ella. Pero dentro solo hay sombra, una
sombra en la que el sonido encuentra únicamente eco. Una sombra ciega, sorda y
muda.
- No hay nadie, dice alguien. -Y la puerta vuelve a cerrase.
Viajo por los recuerdos de mi mente y me encuentro,
me encuentro solo, solo gritando en la nada. Pero…, en un instante me levanto,
me coso la boca y salgo al exterior.
De la nada al todo, todo menos mi voz.
Entro, la casa a oscuras recibe mis pasos, lentos, indecisos. Aspiro un aire tibio que reconforta mi silencio; palabras que no puedo decir. Aún intento resistir. La tentación frente a mí tiene forma de puerta entreabierta. La luz que proyecta encandila, es intensa la oscuridad que me rodea. Insiste la luz, insiste la puerta en abrirse más y ya no puedo contenerme. Te percibo en la luz magnífica que me atrapa, succiona el cuerpo, embruja el sentido. Dije que no. Pero no puedo negar lo que siento. El truco da resultado, la casa a oscuras, la puerta entreabierta, la luz que atrae a la polilla ávida de esplendor y caigo en tus redes. Cada noche me espera una roja manzana, roja, fresca, perfumada. Me miras a los ojos. A la manzana le falta un mordisco. La ofreces simplemente y eso me vuelve loco, tan loco que olvido mi casa. Y las llaves caen como todas las noches, para perderse entre las sábanas junto a la promesa de que es la última vez.
Yo pequé por falta de amor. Falta de amor, el único pecado
censurable, el único que en realidad existe. La oscuridad rodea esta nueva
existencia. Las sombras no me dejan avanzar y los perros observan, desde lejos,
todos mis movimientos. Al final, la puerta entreabierta muestra la luz de la
reconciliación conmigo mismo. He pecado y lo sé, por eso mis pasos llegan
siempre al mismo punto de este absurdo círculo.
Una mano me alcanza y me susurra al oído: “No hay pecado; es
nuestra sola conciencia la mano que castiga. Adelante; las sombras no te harán
nada y los perros mirarán para otro lado. Adelante. No tengas miedo, que yo te
acompaño.”
Crucé la puerta, caí violentamente dentro de la luz, en su
centro mismo. Se estaba bien allí, era cálido y acogedor. Está vez juré no
volver a pecar por falta de amor.
Volví a nacer.
La oscuridad siempre me ha asustado, no entiendo bien por qué. Al caer la noche siempre necesito un poco de luz, y música, o algún tipo de compañía... no soporto el silencio nocturno que me hace revolver entre las sábanas. Por fin lo entiendo, temo a la soledad y a los pensamientos que la acompañan y me atormentan.
No sé por qué me encerró en el cuarto aquel día. Durante
toda la tarde había procurado no cruzarme delante suya, pero aún así él vino a
buscarme y me mandó al cuarto sin más explicaciones. No hubieron golpes, no
lloré. Algo en su voz me asustaba, pero no por mí, sino por él. Cuando cerró ni
siquiera dio un portazo, me miró, sonrió con una mueca muy triste y desapareció
echando la llave.
Esperé y esperé hasta que la rendija de luz apareciera y la voz cariñosa de mi
madre me llamara. Ya muy tarde oí ruidos, gritos, disparos. Un perfil de luces
se dibujo en la puerta y entonces la rendija de luz se arrastró por el suelo
hasta donde yo estaba sentado. Pero llegó sin voz de mi madre.
Es otra pesadilla más: acabo de escribir mi texto y al mandarlo se fue sin que yo diera mi nombre ni mi e-mail. Creo que es una puerta maldita y no quiero más recordar lo que hicieron los siete asesinos que abrieron las carnes de mi juventud inocente como al otro que pusieron en la cruz. Dejando la marca de sus botas en la puerta al irse... Maldita puerta, la siete.
En este momento oscuro, la desesperación se adueña de mi. He
caminado hasta aquí para conseguir mi espacio en el mundo, pero me pregunto:
¿Qué mundo? Ahora que la puerta ha comenzado a abrirse, que la luz me ofrece una
nueva vida, en la que desarrollar toda mi libertad, ahora que en mi interior ya
no hay dolor, hay esperanza: ¿qué ocurre en el exterior?
En el exterior hay muerte y desesperación, hay fanatismo y
crueldad, hay miedo, tengo miedo de que mi recién estrenada libertad interior me
la robe la incertidumbre y el dolor.
Quiero cruzar esa puerta hacia la libertad, hacia la luz,
pero acompañada por un mundo en el que sea fácil no MORIR sin razón.
TRAS LA PUERTA NEGRA
Después de los disparos que atravesaron la puerta sólo quedó
la oscuridad, una oscuridad casi total. Rayos de luz pasaban por los agujeros
como una invitación, como si quisieran sugerir que detrás había luz.
A su alrededor la oscuridad lo iba envolviendo como un negro
abrazo frío y pegajoso, pero de pronto la puerta se abrió con un chirriar
siniestro y la luz empezó a entrar en la habitación, una luz vivísima que
penetró en su alma y borró las heridas.
Sus pies flotaron hacia la luz y no hubo más negrura.
Tras la puerta ha de quedar todo: mi miedo, mi tristeza, mi
oscuridad. Las rendijas son heridas abiertas por las que se cuela la esperanza.
No sé cuánto tiempo he pasado sumida en esta negrura, acompañada de la botella
medio llena o vacía a medias, como yo, incompleta. Es hora de dejar pasar la
luz. Se merece más que los intersticios de la puerta rota.
Dejaré atrás la puerta, porque más allá, me aguarda todo:
alegría, claro y azul. Imagino que podré jugar sobre la nieve como antes, con mi
hijo. Cortar margaritas y soplar el diente de león. Respirar. Sonreír. Observar
a los pájaros multicolores y a los hombres de campo retornar a casa. Volar la
cometa y leer un cuento. Mirarme en los ojos de un niño y, así, de a poco,
comenzar a vivir.
He nacido en un tiempo en el que la fe no anima montañas
sino odios, un tiempo en el que morir matando es manjar de oración y salmo en la
boca del insaciable dios. Un dios que se llama como todos y cada uno de
nosotros, y por el que hemos de responder cuando se nos nombre bajo la bóveda
del templo.
Mi hermano aún no se llamaba, tenía sólo cinco años y jugaba
tras la puerta de metal del refugio, cuando alguien cuyo dios se nombra como él,
lo llamo a destiempo en el metálico silbido de un obús, la metralla dibujó la
macabra silueta de su inocente rostro sobre la fría chapa, y desdibujó en su
pecho la alegre estampa de su vida. Lo recogimos lleno de sombra y sangre y lo
enterramos en una mísera fosa común. Pronunciaron entonces mi nombre, me
buscaron incansables para entregarme el presente de la venganza, un cinturón de
explosivos y un plano mal dibujado de una calle de Jerusalén, pero no quise
oírles. Al atardecer, definitivamente menos terrible que cobarde, me descubrió
el manso sol de poniente, serenamente pegado a la pared del fondo del refugio,
esperando el silencioso haz de luz que a esa hora se cuela por los orificios que
abriera la metralla, y con los que he de inmolarme todos los dolorosos días de
mi vida.
José A. Romero P. Seguín
Por las vías ensangrentadas, con el aullido de las sirenas
taladrando su alma y su corazón corre y llora pidiendo una respuesta de su dios.
Con el móvil en la mano, con la esperanza puesta en volver a oír su voz, suplica
lloroso una respuesta del otro lado, preguntándole el porqué de todo aquello a
su dios. Con el fusil en las manos, con el desierto bajo sus pies, con la
adolescencia aún despertando en su mirada, camina, corre y grita bajo el fuego
de los cazas... dice morir por su tierra y por su dios. Con su vida derruida,
sin futuro ni esperanza, llora, reza, suplica sobre el cadáver de su mujer y sus
hijos, preguntándose por qué no les ha protegido su dios.
Con la dinamita galopando en su cintura grita, dice matar y
mata por su dios.
Con el misil entre las piernas, las urnas como corona, los
Cobras sobrevolando los poblados, con las armas nucleares esperando, con los
territorios ocupados, se siente y habla en nombre de Dios. Con las armas
biológicas, con los terroristas de su lado, con los niños, mujeres y hombres
gaseados, con los disidentes asesinados, con las mujeres empaladas tras un burka,
se siente y habla en nombre de Dios. Tras la oscuridad de la puerta, en la
luminosidad del portal lo blanco se convierte en negro y la luz en oscuridad, a
Dios le han condenado a perpetua y el diablo tiene la condicional.
Antonia de J. Corrales Fernández
Desenfocada, tu enigmática hoja rompió el negro del vacío
y alumbró una hoja de expectación y misterio.
Se detuvieron las partículas el instante justo en que los
rayos incidían sobre tu cuerpo y una linterna de moléculas de araña inventaban
sombras de cow-boy, sombreros del séptimo de caballería y desvaídos “Jonh’s
Waynes.”
La geometría, esa señora tan metódica coreografiaba un
equilátero allí donde unas piernas debieran lucir botas de cuero y caña alta, y
unas líneas de tiza casi cruda equilibraban sillas imposibles. Tal vez para mis
ojos una pajarita, imposible también, como los sueños.
El viento, aliado de Ágata Christie, emborronó de nuevo la
pantalla, y sólo fue negro, sobre negro. Llegó la oscuridad, y se hizo el
silencio.
Al abrir los ojos me siento desorientada. Todo está oscuro, salvo un pequeño hilo de luz que se filtra por la rendija de una puerta entrecerrada. Soy muy pequeña, no sé hablar, pero puedo gritar en cuanto me lo proponga. Apenas puedo articular unos pocos pensamientos torpes, pero puedo sentir. Tengo despiertos todos mis sentidos. Sentir me gratifica. Siento calor, confianza, protección, a través de ese haz de luz. Siento que alguien cuida de mí con amor. Y me siento segura, como antes, cuando también estaba en un lugar oscuro, cálido y húmedo, flotando en mi propio universo. Y no tengo miedo.
Recuerdo una noche que escuché el chirrido de una puerta y a
continuación un golpe seco. Corrí hacia el salón y vi a mi madre que se tapaba
la cara con las manos; mi padre se reía.
-Niña, márchate, que esto no lo puedes ver tú- dijo él, muy
serio, mirándome.
Recuerdo que me senté en una banqueta muy cerca de la puerta
que había cerrado mi padre tras de mí. Oí ruidos y voces tras el cristal
esmerilado de color amarillo oscuro. Vi luces que bailaban entre las arrugas
translúcidas del vidrio, mientras oía las carcajadas de mi padre. Pensé en mi
madre asustada, tuve miedo y me eché a llorar, con la boca apretada, siempre he
llorado muy quedo. Al cabo de un rato, me sequé la nariz con la manga del pijama
y me quedé dormida, apoyada en la pared.
Tiempo después, vi por primera vez “Historias para no dormir”
y esa noche mi padre volvió a reírse del miedo de mamá ante el televisor, cuando
apareció una rechinante puerta muy blanca en la negrura de la pantalla.
Recuerdo también que mi hermano mayor intentaba asustarme
apagando las luces de mi habitación, y abría la puerta muy despacio mientras
imitaba un chirrido oxidado. Pero él no sabía mi secreto: lo que en verdad me
aterra son los vidrios esmerilados.
Golpeo aquella puerta, buscando la confianza, la solidaridad,
la esperanza, la verdad, la honestidad.
Apenas se entreabre, y detrás de ella sólo encuentro un vacío de palabras, de
actitudes, de corazones.
Mis puños están sangrando de tanto golpear... y las huellas de la lucha y de la
indiferencia quedarán plasmadas en ella.
El resplandor de los amigos, es cubierto por la oscuridad.
Es la séptima, luego de incontables pruebas por la vida
abriendo y cerrando puertas, ésta ahora se entreabre en el momento justo.
Tendré que empujarla con menos fuerza, con más tranquilidad y
con gran experiencia.
Fuera sé que encontraré el tesoro más importante: el amor y
la amistad.
Múltiples arañazos rasgan la espesa nocturnidad. Me
encuentro desorientado en un mundo en el que todo carece de sentido. Al agachar
de nuevo la cabeza para sumergirme en la penumbra observo que mi cuerpo es
señalado fragmentariamente por numerosos rayos de luz; Cabeza, corazón, hombro,
rodilla y talón de Aquiles iluminados hacen de mí un natural cuadro de Juan
Gris. “Tienes vida”, me parece percibir que grita la escena. “¡Levántate!”,
prorrumpe mi sensación.
Me sentí azorado y no podía permitir lo que para mí era tan
grave escarnio. Decidí levantarme, tirar de ese pedazo de peninsular oscuridad y
empaparme de vida. Cayó el telón y la irradiación ocultó la multiplicidad del
alma mostrando que es la integridad corpórea la que nos une al mundo. Ahora
entiendo también porqué el día es de los que mandan pero la noche es nuestra.
A veces pienso que en realidad ya he muerto. Como si el
resto de mi vida a partir de determinado momento no fuera más que un sueño, una
alucinación. Pienso que es mi sangre y mi cuerpo lo que quedó ahí tirado junto a
la sangre y el cuerpo de esa chica. Hubiera sido lo mejor. Dejarme llevar por el
instinto y no por ellos.
Ahora la noche se hace día y mis amigos tienen seis patas.
Ahora mis piernas se arrastran por un suelo de barro.
Las paredes, intuyo, son del color de la madrugada.
Imagino, también, en los breves momentos de lucidez, que
aquella puerta se abre y que deja pasar unos rayos de luz, una salida... como
una señal de los cielos que viene a rescatarme. Pero son ellos, siempre ellos,
siempre...
...Y Él dijo: "hágase la luz", y la luz se hizo, justo al
abrir la puerta de la vida. Luces y sonidos poblaron el mundo, rostros y gestos
despertaron del sueño frío de la nada.
Nos pasamos la vida abriendo y cerrando puertas. El útero
desgarrado es la primera por la que pasamos, y después habrá cientos, que nos
conducirán a otros tantos caminos. La puerta negra puede ser una de tantas, y
nadie sabe si lo que se nos ofrece tras de ella es el paraíso o el infierno, o
tal vez un largo sendero blanco, desierto, virgen, como un folio por estrenar,
por escribir, por dibujar. Tal vez sólo un inmenso mundo de pura, cegadora y
ardiente luz que nos empuja a salir de esa oscuridad en que a veces solemos
caer, y sí, yo quiero abrir la puerta, ¡dejarla abierta a los que vengan detrás
y llenar su camino de luz!
Las almas se apretujaban a oscuras en el reducido espacio.
Trepaban unas sobre otras, y seguían llegando en la más absoluta negrura. Cien,
doscientas, a cada minuto el número aumentaba y el ambiente se hacía más y más
agobiante. Los recién llegados empujaban para entrar y los demás, presionados de
forma insoportable, se encaramaban sobre sus vecinos hasta tocar el techo. Pero
sorprendentemente, en medio de los pisotones y codazos, reinaba un absoluto
silencio. Sólo el murmullo ocasionado por el roce de las almas, si es que
producen algún ruido.
De pronto, la puerta se abrió:
- Lo siento, discúlpenme, ha sido una corriente...
Y por fin las almas pudieron caminar hacia la luz al final
del túnel.
Como
un instante perfumado de oscuridades,
entreabiertas las carnes, disolviendo las esencias
en resquicios de lunas que absorbieron los latidos.
Nuestras pupilas de gato habitándonos,
escalando nuestros vértices más cóncavos
en la sublimidad velada que se adueña de las sombras.
Manos que hablan el lenguaje de los ciegos,
pieles que destilan azogues diseminados.
Nada importa lo que existe fuera
cuando inventamos nuestra propia noche
y nuestros labios, tatúan palmo a palmo las estrellas.
LA OTRA MEJILLA
Aguardo por ti en este oscuro continente, desde el panóptico
de mi
ensimismamiento te veo llegar; te escucho subir de dos en dos los escalones y
percibo tus jadeos en el pórtico. Acá adentro todo es brumoso. No te atreves
a tocar, titubeas entre timbre o golpe y te decides por abrir cinco luces en
la puerta con las detonaciones de tu desprecio. Entra hermano, adelante,
hace tiempo te esperaba. Oculta estaba la quijada entre el tambor de ese
revólver, pero con el primer disparo confirmé tu nombre. Pasa Caín, estoy
dispuesto.
En el otro lado el suelo es de hielo y bajo éste la vida
del río sigue intacta, ajena a la inmóvil y blanca atmósfera. Maravillada, me
pongo en cuclillas y observo los peces de colores que vienen y van por la
corriente de vida. Las algas que se mecen al aire líquido parecen praderas que
yo contemplo desde la superficie.
Ahora quiero avanzar hacia otra sala de la galería a la que
se accede por otra puerta idéntica a la que me ha traído aquí, pero temo romper
con mis tacones el frágil sustento en el que estoy. Me descalzo y camino con
mucho cuidado, abandonando mis zapatos como dos barcas gemelas en la orilla de
un sueño.
Azucena Blanco
Pérez
______pon aquí el tuyo...