TEXTOS PUBLICADOS: Carmen López León | Consuelo | Ana Márquez | Esther Zorrozua | Tovarich | Pilar Bamba | María del Carmen Guzmán | Adriana Serlik | Issa M. Martínez | Esteban | Marco Delgado Canovas | Antonia de J. Corrales | Mª Antonia Moreno | José Romero P-Seguín | Cecilia Ortiz | Conrado Arranz| Humberto Botana | María Noel Prato | Nita Moreno Paz | Pedro Alcarria | Simoneta Reyes | José M. Godoy Macías | Rossanna Garrido | Graciela Pucci | Mistery | Arthurblues | Azucena Blanco | ALZ | Carmen Rosales
Le envolví entre mis brazos y tejí con
mis caricias una red para impedir que me abandonara.
Instilé en sus oídos palabras de amor bañadas en esencia de adormidera para
tenerle preso en mis ensueños.
Froté mis labios con curare para
paralizarle con mis besos.
Hasta que una mañana, percibí que mi
cuerpo estaba hueco y el lugar que yo ocupaba en el espacio se había quedado
vacío.
Entonces miré la puerta que yo creía
sólidamente cerrada y comprendí cómo le había perdido.
Carmen López León
Diablo
Cojuelo o Passe-Muraille.
Hace mucho tiempo.
Una tarde de otoño.
Me dice mi abuelita:
- Nena, lo estoy pasando muy mal: todo el día, solita, sentada en este sillón,
contando los clavos de mi puerta.....¡ Qué aburrido!
- Abuelita, cierra los ojos, así, muy fuerte y piensa que la puerta ya no
existe. No te imaginas todo lo que verás entonces...
Pasaron los años y murió la abuela. Al arreglar su casa, topamos con una foto,
la de esta puerta, su puerta, con la misma silueta recortada. La foto iba
envuelta en un papelito en el que pudimos descifrar con mucha dificultad su
letra media borrada:
"Por ahí pasó el abuelo tantas veces a visitarme cada noche que dejó su huella
inconfundible. Ninguna puerta queda cerrada para el ser querido".
Gracias, abuelita.
Tengo agujeros en todas partes, por donde se me escapan las ganas y los sueños. Tengo un agujero en el colchón por donde la noche se traslada a la planta baja y me voy tras ella sin pensar en las consecuencias. Tengo un agujero en la taza y se me va por ahí el té y el sosiego de ciertas tardes embestidas de pájaros. Tengo un agujero en el zapato por donde se me marcha el recuerdo de mil pisadas. Tengo un agujero en la mano por donde me abandona una caricia que hace tiempo decidí no ofrecerte. Y tengo un agujero en la puerta de entrada a mi cuarto donde se materializa la silueta absurda de este alma quebradiza que ya no es tuya ni mía, que es de otro.
La frontera entre el día y la noche era algo que no
conseguía controlar. Cuando abandoné mi vida mortal tuve que aprender a moverme
entre las sombras, a prescindir de mi naturaleza física, a formar parte de los
sueños de los demás. Todo esto sucedía en ausencia de luz.
Sin embargo, cuando despuntaba el alba, debía ser muy
cuidadosa, no fuese que mis soñadores me transformasen en realidad por error y
desbaratase los límites contingentes de su mundo.
Pero una madrugada me excedí en la contemplación de un ángel
dormido y el primer rayo de sol penetró incisivo por un resquicio de la
contraventana para posarse juguetón sobre los párpados de la pequeña. La niña
abrió inesperadamente dos ojos de color ámbar, como dos faros en la penumbra, y
tuve que salir precipitadamente a través de la puerta mientras ella, sin salir
del todo de su duermevela, dudaba si yo era real o me había escapado de su
sueño.
Él me sigue queriendo. La humedad se cuela en mis huesos
y los atrofia. Siento mucho frío, y estoy tenso, no puedo moverme.
Ayer tuvimos una discusión, él no soporta la presión del
vecindario ni de su familia. Yo creo que esos problemas se superarán con el
tiempo, la gente se acostumbra a todo, aunque no se porqué en determinados
momentos pueden llegar a ser tan crueles.
Así que se fue, dejando mi alma desamparada, y cerró la
puerta. Una puerta de madera de nogal, detrás de la cual quedan todos mis
mejores recuerdos, y todo porque la gente no nos acepta.
Pero mañana iré a verle, debo ser capaz, a mi no me importa
el qué dirán, y he de hacérselo ver a él también. Nuestro amor ha de estar por
encima de todo. No debemos temer a nada ni a nadie. Ha de aceptarlo. Tengo que
demostrarle que nuestro amor es capaz de atravesar esa puerta de madera de
nogal, que el amor no entiende de edades, ni de razas, ni en nuestro caso, de
sexos. Porque el amor homosexual es tan natural como el heterosexual.
Te quiere Jürgen, tu Adriàn.
Ha roto la puerta, porque era la única manera de salir de
aquí, estaba atrapado entre las paredes de esta casa en las que los recuerdos
estaban pintados.
Era tan difícil romperla, tan difícil porque esta casa era su
vida y traspasar la puerta era cambiar su vida, reconocer que todas las dudas
eran realidad, que era necesario salir, pero algo se lo impedía.
Yo le ayudé a romper la puerta con su imagen y ahora, fuera,
libre de sus propios temores no volverá a entrar.
TRAS LA PUERTA HERIDA
Todavía conserva esa puerta su silueta, la herida de su
cuerpo maltratado, la señal del impacto provocado por tanta violencia, tanto
dolor acumulado, tanta injusticia.
Doscientos metros no son nada para prohibir a un monstruo
acercarse a su víctima. Doscientos metros que se fueron acercando. Cien,
cincuenta, veinte, cinco metros.
Ella estaba allí, junto a la reluciente puerta, temblando
ante su vista, esperando el golpe fatal, el cuchillo que avanza…
Pero entonces, otra puerta se abrió, y un ángel de justicia
avanzó hacia ellos, y de un tremendo empujón empotró al verdugo contra la
puerta, la atravesó como un obús y su sangre podrida bañó el suelo de la casa.
Pero a pesar de todo… ella le lloró.
Todo comenzó cuando a tía Garcilasa se le ocurrió
mencionar a Nemesio que debía adelgazar.
Le explicó que la imagen resultaba grotesca y estaba obligado
a comenzar un régimen.
Nemesio metió sus delicadas manos en la nevera y devoró
sin límites lo que encontró en cuanto la tía salió.
No calculó su vuelta ni que había cerrado la puerta, cosa que
nunca solía hacer; la puerta permanecía siempre abierta.
Garcilasa gritó con desesperación, el gran devorador, con
gran amor, cogió su amada arpa mientras corría y atravesó la puerta con sus
ciento cuarenta kilos.
A
media luz cabalgan mis latidos,
en la concavidad sombría socavada
por tu ausencia.
La oscuridad desune nuestras carnes,
cuando antaño era socaire
de nuestros pulsos.
Me voy tornando transparente,
mientras mis sollozos extinguen
las quimeras de los pájaros.
Mirlo y oropéndola
vuelan a ciegas, estrellándose
en la nostalgia opaca de mis sienes.
Y sólo un hueco en penumbras
queda, como símbolo de su sepulcro,
donde antes nuestras pupilas, concebían su propia luz.
Issa Marcela Martínez Llongueras
La habitación era pequeña, escuálida de paredes y
cejijunta de techo. Una ventana y cortinas desarrapadas. Afuera el claxon
inclemente de la urbe; dentro, el térmico murmullo de las tuberías informando un
silencio atravesado de tiempo, cortado en lonchas de soledad curada de espanto.
Mi primera residencia. Un primer suelo bajo mis pies de
atleta de provincias. Una primera decepción... (ahora que lo pienso).
El Maestro contempló al alumno:
- Bien Arte, quieres ser un Dios, así que sígueme...
Traspasaron la puerta y se hallaron en un balcón que daba a
un espacio infinito y vacío:
- Aquí tienes Arte, todo cuanto necesitas para crear un nuevo
mundo, los materiales, los hallarás en el jardín de la Vida.
Visité una a una las casas donde había vivido. En la
primera, un fuerte olor a éter se sobrepone al recuerdo de la puerta que daba
entrada al apartamento londinense, donde no encontré dibujos ni rastro de su
trabajo, pero sí los guantes de látex, mascarillas y viales utilizados durante
su traslado forzoso. La casa donde nació estaba deshabitada, sólo pude retratar
la puerta de gruesa madera que parecía querer ocultarse tras la cortina
recogida. Estuve en la tercera, donde vivió sus mejores años de creación, en la
más absoluta pobreza, y conocí a su amante, un hombre de escueto físico y
vocabulario, que manifestó haber vendido a un masón todas su obras. En la
cuarta, un burdel, tan solo durmió una noche. En la quinta busqué a los padres,
pero me topé con un solar en el que lo único que permanecía en pie era la puerta
amarillenta cubierta por la herrumbre del olvido. La sexta permanece bajo las
aguas de un pantano, me mostraron un lienzo donde se ve la puerta tras una
columna incompleta y me facilitaron la dirección del hospital psiquiátrico donde
permaneció sus dos últimos meses de vida: «Decía ser la reencarnación de
Leonardo Da Vinci, El Maestro», me dijeron. En el registro de entrada me dieron
su última dirección y allí, en aquella habitación de hotel de segunda, supe que
antes de ser ingresado talló sobre la puerta de madera lo que yo andaba
buscando, pero alguien había llegado antes que yo.
A mi hija María de cuyo regalo se ha inspirado este texto.
Antonia de J. Corrales Fernández
Quise encontrar la llave que abre la puerta. Busqué en el fondo del cajón de los secretos, sobre el armario ropero, detrás del reloj. Nada. Luego intenté leerla en los cuentos y en la dulzura de unos versos. Más tarde, utilicé la brújula para orientarme en el camino y al fin hallarla. No sirvió. Pregunté a las estrellas, pero no me escucharon. Yo quería tener la llave de la puerta que anticipaba naranjas desiertos. Pero no caí en la cuenta de que para llegar al desierto rojo no necesitaba llave alguna. La puerta había ido desapareciendo en el cajón secreto, en el ropero, en la esfera luminosa, en el final de una historia y en la asonante rima de un poema. La brújula y las estrellas no sirvieron, porque no hacia falta llave alguna. Crucé la puerta... y escribí.
Antes de cruzar definitivamente la puerta, fueron una sombra sobre ella, una sombra que tiñó de irrealidad mi vida, para conjurarla entendí que debía dar inmediata satisfacción a la rabia. No en vano me sentía más que humillado, desposeído, y es que ambos eran míos, y yo era todo para ellos, ¡todo! Pero en el macabro juego de luces y sombras del abrir y cerrar la puerta, me encontré siendo nada, sin nadie a quien gritar, ni humillar, y sintiendo que todo cuanto me rodeaba parecía haberme perdido el respeto. Prueba de ello es que grité sin eco, debo matarla, pero cuántas veces no lo había hecho ya, cuántas no la había sacrificado en aras del estúpido orgullo, y cuántas más debería sacrificarla para demostrarme que ya no era mía, que nunca iba a serlo, que la había perdido en un tiempo en el que ensucie las caricias con el crimen de la agresión, en el que borré de los labios la ternura con la ignominia del insulto, y cometí la infamia de confundir amistad con sumisión. Podría pues asesinarla, pero eso no me la iba a devolver. Fue entonces cuando sierra en mano, dibujé sobre el frío tablero de la puerta la silueta de ambos, de camino a una vida sin mí, para así poder entrar cada noche en la habitación sin despertar la terrible soledad que me acecha, y poder olvidar en el hueco de mi lúcida cobardía, el tremendo y sombrío roto de su definitiva ausencia.
Siempre pensé que una puerta es para ir a alguna parte, al
vértigo de lo desconocido, a la intensa vida del hogar, al encuentro de la
fantasía. Hasta que encontré una que tiene lo suyo. Suspendida de la pared de mi
cuarto; olvidé decir que es una pintura moderna; la veía día a día al abrir los
ojos. Y comprendí que con esa puerta no se llegaba a ningún sitio. Detrás de
ella: una pared.
Mi fantasía no lograba atravesar el muro. Lo que me extrañaba
era que, estando fuera de la casa, esa puerta llevaba a donde quisieras, pero
dentro de mi cuarto era solo un cuadro.
Por eso decidí romper la pared, hacer un hueco y dejar que el
viento se cuele por él. Eso pensé. Pero encontré la fórmula. Ya sé, pensarás que
estoy loca; puede ser; qué importa, consigo el objetivo, salir por el cuadro
para ser una mujer liberada de ataduras, despertar abrazos, no sentir vergüenza,
gozar de besos y luego, olvidar.
Libero mis manos, busco apasionadamente en todos los
rincones. Todavía no encuentro el secreto. ¿Te imaginas si lo descubro? Se acaba
la magia. No importa. Se puede inventar otra y convencerse de que es la misma.
Me dices que no con la cabeza. El secreto debe ser secreto y punto.
No me conformo y seguiré buscando todas las noches,
absolutamente todas.
Debo saberlo, lo necesito. De lo contrario nunca recobraré la
libertad y seguiré atada a esa puerta que es mi obsesión.
Gastón se lo dijo seriamente: “¡sal de ahí!”. Desde la
muerte de su hijo mientras yacía mecido en sus brazos y envuelto en aquella
manta de minúsculos ojales, no ha levantado cabeza. Huyó de sí mismo, quedando
cerrada la puerta. La muerte de un hijo nos envejece. No entendemos la
naturaleza, pero la savia se seca y en estado de solidificación es imposible
penetrar en el corazón y nutrirlo con sentimientos de condescendencia.
Ahora llora en la oscuridad. El rastro de sus lágrimas
difumina los contornos de su huída. El paso de las tinieblas a la luz está tan
cerca que realmente es lo que le desorienta. Las pupilas se ensanchan y encogen
siguiendo el pálpito de su ingenuo corazón. El temor, no es más que el reflejo
que tiene de sí mismo al mirarse al espejo. Gastón intenta llamar una y otra vez
a su puerta pero su puño golpea el aire sin tocar madera. El espacio vacío será
recubierto de fino barniz y ella tendrá que decidir si extenderlo desde la luz o
la oscuridad.
Desde siempre jugué con las puertas de la vida, antes de
dormir las abría asomándome a la oscuridad y retrocedía presuroso, temía su
detrás.
¿Qué me podía deparar cruzar el umbral?
¿Qué había más allá de la delgada protección del marco?
Sin respuestas me quedé encerrado en mi pequeño mundo, crecí,
adolecí adolescencia, amé, me desamaron, volé hasta el cielorraso que era mi
cielo; hasta que un día llenando de coraje mis pulmones grite: ¡Basta!, abriendo
de par en par la puerta número ocho. Mi pie derecho arrastró al alma, los ojos
se hicieron lunas mirando a los miedos tantas veces dibujados y mi vida se hizo
infinitesimal, la sombra devolvió mi imagen.
Nada, no había nada.
Humberto Botana
LA DESPEDIDA
Sentados a la mesa de un bar, brindábamos con el vino sangrando en nuestras
copas repletas de fracasos.
-Por lo que pudo ser- dije, sintiendo el alcohol quemando mi
garganta, mezclándose con el salobre líquido que vertían mis ojos y yo me
tragaba en un vano intento de ocultar mis sentimientos.
-Por lo que fue- respondió, aunque sabía que no era consuelo
para mí.
Salimos del boliche, lanzándonos a la solitaria oscuridad de
una noche fría y sin estrellas.
“Ahora entiendo”, afirmé, “La puerta del dolor no tiene
llave. Para traspasarla es necesario que alguien nos empuje violentamente”.
“¿Estás loquita vos?”, preguntó, mientras abrazaba mi silueta
de madera.
Aquella noche, en un rincón de la sala contemplaba viejas
fotografías que estampaban nuestros años de amor y felicidad.
En la habitación contigua, yacía tu cuerpo agonizante con
respiración entrecortada y quejidos de dolor...
Un profundo silencio invadió el ambiente guiándome hacia tu
puerta, y al verla comprendí tu partida sin adioses ni hasta luegos.
Solamente un nunca más... habías muerto mamá.
El caso es que ninguna de nosotras desconocía la
tajante prohibición de traspasar aquella puerta, pero como si algo nos impeliera
más allá de aquél umbral que permanecía sellado no menos de 364 días al año, un
prurito, una desazón velada teñía todas nuestras conversaciones de un tono
conspirador y negaba lo casual de nuestros paseos cada vez más deliberados.
Yo fui la primera en arañar la
cerradura, tímidamente, con una uña, fingiendo eliminar una mota. Pronto, el
resto empezó a mostrarse igual de atrevidas. En pocos días hacíamos cola para
espiar tras la puerta. Nos acuclillábamos sin atención a nuestros modales y a
nuestros costosos vestidos y susurrábamos cada nuevo
descubrimiento, con la voz agarrotada por la emoción y el corazón saliéndonos
del pecho.
Era natural que llegara el día en que
tuvimos que abrir la puerta, no había vuelta atrás en nuestra curiosidad. Por
acuerdo unánime se me designó para abrirla, cosa que me dispuse a hacer no sin
cierto nerviosismo mezclado con un vago rumor en el espinazo que sólo
podría definir como predestinación. Puse mi mano sobre el pomo dispuesta a
girarlo, mi mano azul y descarnada que dedo a dedo queda convertida en polvo al
intentar asir el latón que ahora gira y gira y da paso a esta hermosura de
quince años que grita en el preciso instante en que me derrumbo y pienso que no
es la primera vez.
Y desde luego no es la última tras
tantos años que huelo el mar y la luz y unos pasos furiosos se apresuran por los
corredores.
Estamos en la celda ocho de nuestro nuevo Centro, y lo que
vemos no es una puerta sino un lienzo pintado en la pared. Yo mismo lo ejecuté
para adornarla.
No sé lo que pensarán nuestros visitantes, pero creemos que
un poco de arte valorará la Residencia. Y los médicos afirman que contemplar una
puerta "artística" estimula la imaginación y que mucha gente se pone en seguida
a escribir las reacciones que le sugiere.
Por eso hemos instalado un circuito de ocho celdas, con ocho
puertas diferentes y recogeremos atentamente los relatos de cada uno para
ilustrar nuestro estudio.
El libro se titulará: " Las puertas de nuestro cerebro",
porque pensamos que de esta primera experiencia podremos sacar informes
importantes sobre la patología y los traumas causados por la cárcel de nuestro
propio ser.
Doctor IIX.
Se ruega contestar a : www.margencero.com
EL ANHELO DEL
QUE QUISO SER
Es la
silueta del hombre deformado.
La sombra del que nadie quiere.
Del que se refugia dentro de sus venas y
navega por su sangre.
Del que huye del tiempo y
consagra su vida a las estrellas.
Es el del alma perdida,
el de la mirada furtiva.
Aquel que crece solo entre nubarrones,
desprendiendo su esencia en cada aleteo.
Es sólo un hombre deformado,
que no anhela sueños de miel.
Estudia los sueños y
escupe al picaporte de oro.
Simplemente es él,
porque no le dejan ser Dios.
Tan sólo siente necesidad de ser suyo,
es la muerte de la abundancia,
es la soledad del Bohem.
Extracto del Poema Puerta Cerrada
... -A veces
desmayo cuando te implora mi alma y extraño el manto tibio de tu compañía.
Durante muchas lunas te he buscado, más, mi alma se quiebra en mil pedazos
cuando tu mirada me esquiva. El desaliento nubla mis sentido si toco tu puerta
cerrada y no estás del otro lado para abrirla. Me he perdido en el bramido del
silencio de mi propio grito al recordar cómo en la Luna con tus intensos amores
suavemente ¡me he dormido!... Aprisióname en tus brazos y ensalza el fin de mis
grandes penas con la gloria de tu boca al sur de mi cuerpo, y baña con mis
sueños todos tus sueños. Estoy en la colina frente a la ciudad, desnuda y a la
vez cubierta de tus besos, anhelando como loca, la savia de tu boca y de tus
amores el rocío.
-Estuviste equivocada, la puerta aún permanece cerrada, solo que hoy no
coincidimos, mas ¡el cerrojo no está puesto!, ¡Ven a mi encuentro! He cubierto
el camino de mis huellas con alpiste, flores, sirenas, canciones que no olvido y
que siempre tarareas. Cubre con chal de seda tu frágil y hermoso cuerpo, por una
flor en tu pelo y pendientes en tus orejas. Ven y búscame, ¡aguardaré por ti con
impaciencia!...
Rossanna Garrido
Te conocí cuando en el reloj las horas se marchitaban. A
pesar de tu antes y del mío, decidimos transitar los sabrosos pasillos del
deseo. Construimos un secreto, nos adentramos en él.
El tiempo caminó a nuestro lado, adelantando pasado,
atrasando futuro.
El pasillo se transformó en laberinto, sus paredes en dudas.
Sorteamos cada obstáculo y vivimos extasiados momentos en un presente inventado.
Juntos pero separados.
Ayer me tomaste de la mano, me llevaste hacia la puerta aún
lejana. Lentamente nos acercamos, me miraste, te miré. Un beso selló nuestro
pacto: cruzar la puerta maciza sin poseer la llave.
De este otro lado están tu alma y la mía. Nuestros cuerpos
han quedado fundidos en el roble de la puerta, al final del laberinto.
Y ya no hay puerta. Queda un botón, como un ombligo
desplazado: el pomo.
Quizás la traspasó Casper, el fantasma alegre y blanquecino.
Tal vez un obús obeso e indiscreto. Quizás una carcoma gigante y desmedida de
apetito.
Tal vez sea un gran agujero para un gigante “voyeur”.
Tal vez, posiblemente sólo sea el vacío de ideas, o más
posiblemente, sí, (opto por eso), que la impresora se tragó el papel donde el
dibujo de la octava puerta se ofrecía terso y lustroso.
Ya se sabe, el tiempo, el eterno enemigo invisible, acaba con
todo, hasta con las puertas a la nada, perdón a la fantasía.
Y ya no hay puerta. El octavo pasajero era el vacío.
Dejó de ser una puerta y se transformó en una entrada sin salida. El cúmulo de su sueños apagados quedó regado en el umbral. Nadie se atrevió a cruzar, sólo él, el de medias blancas e inmaculadas y que hoy descalzo busca la ventana que funcione como puerta. No lo logrará, nadie podría lograrlo: en la oscuridad, la acción liberadora transcurre en los techos.
Se han marchado por ese hueco extraño que hay en esa
puerta, y aquí estamos Celia y yo sin atrevernos a pasar; dudando entre salir
corriendo de esta casa abandonada, donde entramos alegremente buscando misterio,
o atravesarla, pero...
Nuestros amigos nos contestan con el silencio, la oscuridad y
el vacío. ¿Y si nos ocurre a nosotras lo mismo?
No hay nada -nos dicen-, sólo un cuarto donde no hay nada de
nada. Regresamos a casa todos sanos y salvos. Sin embargo, con los días notamos
que en Ana estaba el carácter de Luis, en Luis la forma de ser de Antonia, en
ésta vivía Pepe, y así sucesivamente con todos los que entraron.
Han pasado los años, Celia y yo sabemos un secreto; ellos no
saben, no recuerdan que son otros.
Hicimos bien en no entrar, pues entonces ¿quién hubiera podido contar esta
historia?
Azucena Blanco
Hoy hablamos, pero ahora estoy aquí y sola. Lágrimas recorren
mi mejilla pero no se cómo ayudarte. Si pudieras ver esta puerta, si pudieras
entender que no siempre están cerradas. Y aunque no hayan rendijas tienes una
salida. Cómo decirte que te animes, que corras riesgos. Que es tu silueta. Cómo
explicarte que te quiero, que te quiero enormemente. Que no puedo verte así, que
me hace mal.
Es tu silueta no puedo cruzarla por ti.
Imperceptible halo en el sendero de la tarde
los caballos avanzan y descargan sus pisadas
sobre el terreno roído por el atardecer...
Artesano de los muertos,
dispersa las cenizas sobre las tumbas,
labra con greda el viejo tiempo,
empuña mis amargas lágrimas,
el sol es una mortaja de acero
el molino recuerda las estaciones
la gruta de los espejos
la ciudad envenenada...
Ángeles forasteros
entierran sus lanzas en el lodo
el silbido del instinto se extingue en la memoria
el templo sagrado dibujado por el vuelo de gaviotas
el epílogo de las horas muertas...
Las vestimentas a la entrada del portal
reconozco las marcas del esclavo
el recuerdo es un zarpazo en mi rostro
un acto de fe, los signos, los llamados
todos se envuelven en la fragancia del mito...
Carmen Rosales
Cruza esta
puerta ...y escribe,
estuvo
publicada hasta el día 21.05.2004