La mayor pérdida
Como aún era joven
y, en consecuencia, no le atormentaba el menudo saber que es la edad que uno
tiene, sufría algunos lapsus acerca de la suya, pero no de importancia. ¿Tenía
veintinueve o treinta años? ¿Tenía treinta y tres o treinta y cuatro? Pronto
solucionaba tal dilema restando el año de su nacimiento al año en el que
entonces se encontraba. Pero un día olvidó la fecha de su hermoso advenimiento y
ya no se dignó a preocuparse por el fugaz presente. Poco después oyó que lo
llamaban por un extraño nombre que no reconocía. Respondió con recelo en aquella
ocasión pues, pese a que sabía que el citado no lo identificaba, no lograba
encontrar en su memoria el que consideraba verdadero. Optó por ignorar toda
llamada y, puestos a ignorar, no respondió ni su correspondencia. Y en soledad
vivió el resto de sus días, ya que sus conocidos, resentidos, ya no le dirigían
la palabra y él, que todo olvidaba, se olvidó del lenguaje.