
Los desordenados amores del bibliotecario
No tienes, es verdad, las caderas de Ana, su cuerpo exuberante —y peligroso— como una jungla. Tampoco, corazón, los perfectos pezones —inaccesibles ochomiles— de Elena. Nunca podrás competir con Isabel, dulce y estilizada... aburridamente perfecta. Volvería a matar por el pubis —dulce salitre— de Olaia. Lo tenían todo, Úrsula vida mía, menos tu nombre, musical... definitivo.