NOBLEZA DE LAS ACERAS
Quizá nadie se haya detenido a pensar en el filantrópico servicio que prestan
las aceras. Esas criaturas grises y duras que viven eternamente tendidas tienen
una gigantesca capacidad para el sacrificio. Tanto es así que nunca hemos
escuchado de sus quejas o insultos a pesar de que vivimos, tal vez con demasiada
frecuencia, pisoteándolas y derramando cuanta porquería existe sobre su plana
consistencia.
Sin explicación aparente nos protegen desde niños. Trazan los
límites entre el peatón común y el conductor neurótico de los nenes de Ford.
Estos últimos son los más inconmovibles y despiadados, pues en su amargura de
embotellamiento, y en el colmo de la desconsideración, pasan o aparcan sus
pesados nenes sobre las grises e indefensas criaturas.
Tampoco hemos entendido su tristeza, su soledad. Ellas viven
en completo aislamiento, abrazadas a una manzana que nada tiene que ver con su
naturaleza, porque la indiferencia del asfalto niega toda posible comunicación
con las compañeras de enfrente, de los lados.
Por eso viven así, tristes y solas. Terriblemente solas.