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____________ PRESENTACIÓN ____________
Proponemos a nuestros
lectores/colaboradores una nueva experiencia creativa.
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AUTORES PUBLICADOS
Carmen López León l Mª del Carmen Guzmán l Gerardo Hernández l Mary Carmen
l Mónica M. Volpini Camerlinckx l Marsares l Pedro Pleite l Vicente Vásquez -Chente- l Mario Santiago l
Silvio H. Coppola l Virginia Bintz l José Romero P.Seguín l Sofía Campo Diví l Aster Navas l Susana Ruvalcaba
l María A. Moreno Mulas l Ángeles Charlyne l María l Issa Martínez l Pilar Galindo Salmerón l
Janine Puig Poisson l José Manuel Godoy Macías l Omar Rojas l Rosa l Pilar Moreno Wallace l Laura H. Soler l
Laura Galindo Martín
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La piedra plana Calculé bien la distancia. Agachada, de medio lado, con los pies hundidos en la húmeda arena de la orilla esperando que pasase la última ola y agarrando la piedra más plana que encontré en la playa, la lancé rozando el espejo del mar buscando el ángulo perfecto… mas no acerté. Desapareció sin más al primer choque. Parecía fácil; ¿sería demasiado pesada? Seguí buscando un poco más arriba, allí donde la arena abraza más al sol. Mis pies seguían hoyando el suelo con ternura, empujando los minúsculos granos dorados en la confianza de encontrar una pequeña piedra plana mientras oía el mar como si esperándome sonase ansioso. Atardecía y me estaba quedando sola. Viendo como la gente recogía ya sus enseres, todavía rebuscaba; obsesionada por querer ver el efecto de las ondas esparcirse al choque de los elementos, como si ello fuera a relajar y expandir mi mente hasta el infinito y por fin, como si la oliese, giré mi cabeza en redondo y allí estaba, perfecta para el tiro plano con rebote y onda ancha. Decidida me encaminé a cogerla. Ya estaba en mis manos, ligera, negra y brillante, mirándome solícita y de súbito, como si el mundo se hubiese girado del revés, el suelo cedió bajo mis pies. ¡Me hundía entre arenas movedizas! …y mirando al sol crepuscular con el brazo alzado y la piedra entre mi puño dejé de estar. Supongo que me lo tragué todo… mas si estás leyéndome es porque acabas de encontrar esa piedra que grabé para ti en el pergamino de la memoria. ¿Qué quién soy yo?, soy el ECO, ECO, ECO… de la onda. ¿Que qué era antes?, sólo el paso del tiempo. ¿Y para qué la piedra? ¡Para que estampes tu firma en el mar!
Ciertamente calculé bien la distancia. Agachada,
de medio lado, con los pies hundidos en la húmeda arena de la orilla esperando
que pasase la última ola y agarrando la piedra más plana que encontré en la
playa, la lancé rozando el espejo del mar buscando el ángulo perfecto.
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Matrimonio
Descubro un objeto al
adentrarme en la orilla. Sí, parece un anillo. Precioso. Miro hacia el
piélago, después hacia el firmamento. Las estrellas alumbran mi camino y el
cielo se vuelve de plata ante el reflejo de la luz en el mar. Doy un paseo por
la orilla que descubre mi corazón al mundo y le muestra mis sentimientos. La
sangre se agolpa en mis mejillas al comprobar como soy correspondido. Mis
emociones son escondidas dentro de mis vellos erizados después de un ligero
estremecimiento, causado por la acción inmediata de una suave ráfaga de aire.
Yo le declaro mi amor con la mejor de las sonrisas y el Océano, tomándome de
la mano, me pide matrimonio.
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Ondas solitarias
No era un aire desligado, no se nadaba en el
aire
El frío se desprendía del
viento, más que de la intensa lluvia que atrapaba a los cuerpos entre su
obstinación por volver al mar. Luisa llegó de prisa, como si su sombra la
empujase por detrás, brindándole una cierta resistencia a las gotas gordas y
los vientos atravesados. La ciudad se veía a lo lejos; la torre del periódico,
junto a la de los bancos importantes, seguían iluminadas. Sabía que era tarde,
acaso demasiado tarde. Pero confiaba en el azar, en la concatenación de otros
hechos confabulando a su favor. La tormenta no disminuía. El cielo se tornó
gris, casi negro, a pesar de ser pasadas las cuatro de la tarde. Ya sobre la
arena, mirando hacia la borrosa línea que separa al azul del azul, en este
caso el casi morado del casi negro, intentó encender un cigarro. Nada. El
viento cargaba con sus aires chocarreros. Ante el fracaso del humo, optó por
la cutícula. El meñique izquierdo todavía ofrecía un poco. Miró al reloj.
¿Llegué demasiado tarde?, se preguntó mientras arrancaba el último pedazo de
uña restante. Miró al cielo, al mar, a la tormenta que parecía haber
enmudecido de tan estruendosa. El viento ya no la movía sino que la
balanceaba, inmóvil, en su mismo sitio. Sólo la arena se dispersaba. Entonces
apareció, allá a lo lejos. Luisa se aproximó a la orilla de la tierra, a la
línea móvil que va y viene, separando los confines del océano con los del
espacio apto para pies descalzos. Apresurada, comenzó a hurgar dentro de su
bolso. Demasiado tarde. Pero dime Luisa, ¿qué buscabas? Llegó la ola solitaria
y la naturaleza pidió de vuelta su parte. A lo lejos, las torres seguían
brillando.
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Dentro de una caracola
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Carácter
El mar no se deja imponer límites cuando siente
su vientre herido.
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«Mi corazón te pertenece, se une a estas aguas que un día nos dieron la vida… como la pequeña citerea que mecida por el viento llegó a una costa en el paraíso. Mi ángel, mi esperada diosa, abre tu corazón y llévame contigo hasta un lugar en donde nadie pueda reconocernos en donde no exista el dolor y las lágrimas se confundan con el mar». Iskander caminaba por la arena, sin rumbo, deseando sumergirse en el mar y desaparecer de aquella horrenda visión. Se habían enfrentado a un ejército demasiado numeroso y quizás él era el único superviviente. A su memoria llegaron los amargos recuerdos de infancia, cuando podía correr por las calles de la ciudad de Atenas, recorrer el ágora y escuchar a escondidas las sabias voces de aquellos cuya única preocupación consistía en contemplar el mundo y tratar de responder todas las cuestiones que de ésta práctica surgían. Recordaba las noches en las que su madre le relataba aquellas leyendas de grandes héroes y dioses y deseó poder volverla a ver una vez más. Pero quizás era demasiado tarde. El cielo estaba teñido de rojo y su color se unía al de una tierra manchada por la sangre de todos los que habían compartido con él largos años de guerra. Era quizás demasiado joven para morir pero ya nada le importaba. Volvió a mirar hacia el mar, gracias al cual se había formado el imperio más grande conocido hasta entonces. Y fue cuando le vio. Surgía de las aguas como si él mismo fuese el mar que al fin lo llamaba para reunirse con los grandes dioses. Su voz era suave, ambigua y etérea y le extendía la mano. «Ya es hora de regresar», le dijo con una sutil sonrisa. Al acariciarle la mano, en la mente de Iskander se formaron los más extraños pensamientos; la historia de la humanidad en poco más de quince segundos: escuchó una melodía que alguien compondría en piano, dedicada a la luna que irradiaba las noches en las que un músico que perdía su sentido más útil era capaz de seguir contemplando. Vio más muertes y guerra, pero también pudo contemplar toda la belleza que aún no había sido creada; tacto de una seda traída de oriente, de la hierba que crecía alta y sintió el perfume de las flores que desprendía el cuerpo de una joven que reía tímidamente. Cuando abrió los ojos no supo que decir, simplemente le devolvió la sonrisa. Cogió con más fuerza la mano de aquel extraño de blancos ropajes y dejó que lo condujese hacia el interior del mar.
Todo el dolor de la batalla había
desaparecido gracias a aquel encuentro y su alma, reposó para siempre en el
fondo de aquel océano, uniéndose a la tierra y dejando sin supervivientes
aquella terrible batalla.
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De vuelta al hogar Caminaba como ausente por la playa. La arena me acariciaba las plantas de los pies, y de vez en cuando el agua cristalina del mar, que llegaba más allá de la orilla, amenazaba con mojarme. El sol se escondía por el horizonte brindando al agua un reflejo anaranjado. Esa vista me relajaba y me hacía recordar los días que pasaba con mi abuelo sentados en la arena viendo cómo atardecía mientras él me contaba historias de su noviazgo con mi abuela, a la que nunca llegué a conocer. Estaba sumida en estos recuerdos cuando tropecé con algo. Dirigí mi vista hacia el suelo y me sorprendí al encontrar una bonita caja de color caoba. Me agaché y la cogí entre mis manos. La caja estaba erosionada por el agua, pero la cerradura dorada brillaba aún. Creí que no podría abrirla, pero al hacer un poco de fuerza, la tapa cedió prácticamente sin esfuerzo. Dentro había un colgante ovalado, lo abrí presa de la curiosidad y cuál fue mi sorpresa al ver dentro dos fotos, cada una en una tapa diferente del colgante. La chica de la foto, tendría más o menos mi edad, unos veintiocho años, era una joven hermosa con unos delicados rasgos que le daban un aspecto misterioso y el chico… el chico… ¡oh dios mío!, ¡no podía creerlo! Aquel chico era mi abuelo. Rebusqué en la caja y encontré también una carta, una carta de amor. Apenas podía leerse ya que el paso del tiempo había borrado prácticamente algunas palabras. Un día mi abuelo me contó que cuando mi abuela murió él metió lo que más apreciaba en una caja y lo escondió en la arena, justo donde él y su mujer solían sentarse para ver los hermosos atardeceres, pero un día después de mucho tiempo fue a buscarla para enseñármela y no la encontró. La dimos por perdida y aceptamos que nunca más volveríamos a verla.
Y ahora allí estaba yo, sin poderme creer
lo que acababa de encontrar, lo que el mar había traído de vuelta, el legado
de dos personas que se amaron.
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Pídele al mar una historia, es una sección FOTOGRAFÍAS DE PELÍCULA PRESENTACIÓN: Pedro M. Martínez © 2006 ESTA SECCIÓN ESTUVO ABIERTA HASTA EL DÍA 26.08.2006
________________________ PERSONAJES SECUNDARIOS / PINTURA VIVA / PON COLOR A LAS PALABRAS / CRUZA ESTA PUERTA Y ESCRIBE / CUÉNTANOS UN VIAJE EN... / PÓQUER LITERARIO
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