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Cómo me gusta esta Eva de Fernando Botero, con escaso
vello en el pubis y las axilas, la pierna izquierda cruzada por detrás de la
pantorrilla de la pierna derecha, sobre cuyo pie empinado se asienta el peso
de esta mujer de proporciones redondas que, según el relato bíblico, es la
madre del género humano y quien introdujo el pecado por haber comido la
fruta prohibida que Dios, por alguna equivocación, puso en el jardín del
Edén. En efecto, ella posa debajo del manzano, una mano en la nuca y la otra
en la rama del árbol de la ciencia, del bien y del mal, mientras por un
costado le acecha una serpiente delgada como la lombriz, incitándola a
hincar los dientes en la fruta más sabrosa y peligrosa del Paraíso.
Las manzanas, atraídas por la ley de la gravedad, caen
como cerezas maduras, sin rozar el desnudo cuerpo de Eva, quien exhibe los
senos simétricamente perfectos, y en cuya cúspide, rodeada de una aureola
rosada, destaca la protuberancia de sus pezones; entretanto la curva de sus
caderas amplias, prolongándose a lo largo de las piernas, es el horizonte de
un paraíso carnal donde pueden caber todos los pecados del mundo.
Ya se sabe que Dios, en el sexto día del Génesis, creó
los animales terrestres —domésticos
y salvajes—, las
criaturas volátiles expandiéndose sobre la faz de la tierra, los monstruos
marinos y las almas vivientes poblando las aguas, y, en medio de esta
maravilla hecha de soplo divino y voluntad suprema, creó al hombre y a la
mujer a su imagen y semejanza, para que tuvieran en sujeción los peces del
mar y las criaturas volátiles de los cielos y los animales domésticos y toda
la tierra y todo animal moviéndose sobre ella. Así los creó, macho y hembra
los creó, sin pecados ni taparrabos. Por eso esta Eva, quien posee el don
femenino más perfecto que las modelos de pasarela reducidas a piel y huesos,
se nos presenta en su estado natural y tal cual fue creada de una de las
costillas de Adán. Pero ella, a pesar de ser carne de su carne y sangre de
su sangre, estaba destinada a convertirse en pecadora; cedió a la tentación
de la serpiente maligna y probó la fruta que no debía. La lisura le costó
muy caro, fue abandonada a su suerte y arrojada del Paraíso, donde se le
advirtió que, por haber desobedecido la palabra de su Creador, estaba
condenada a parir con dolor y a someterse a la voluntad de su marido, quien
la dominaría por el resto de sus días y a quien debía servirle en la mesa y
en la cama, como los siervos sirven a sus amos en el día y en la noche.
Desde entonces declinó la humanidad entera, por Adán y Eva entró la muerte
en la Tierra, y por sus hijos Abel y Caín entró la violencia en el cuerpo y
el alma de sus descendientes.
Cómo me gusta esta Eva de Fernando Botero, la mirada
perdida en el jardín de las delicias, los labios de granate y la cabellera
ensortijada cubriéndole los hombros y precipitándose como cascada por encima
de sus magníficas nalgas que, más que nalgas, parecen las ancas de una
yegua, y cuyas proporciones, hechas a mi medida y mi manera, son una
sinfonía a la belleza anatómica de la mujer capaz de mantener viva la llama
de la pasión erótica.
Con esta Eva, sin resquicios para la duda, cualquiera
se atrevería a repetir el pecado original, no sólo porque sus zonas
encantadas incitan al amor carnal, sino también porque hasta la criatura
maligna del Paraíso es más delgada que un dedo; mas no por eso menos
peligrosa y venenosa, o como habría dicho mi abuela: «A los animales que les
falta en grosor, les sobra en mañas».
¡Oh, Señor todopoderoso!, cómo se te ocurrió concebir a
una mujer que hizo pecar al hombre como si fuese un cordero domado y que, en
lugar de seguir tus consejos, se alió con la criatura del demonio para
destruir la obra de tu creación. No sé en qué pensaste el día en que Adán
cayó en un sopor profundo del cual despertó convertido en el esposo de una
hembra yaciente a su lado, desnuda y las manos cruzadas sobre el sexo. Tus
intenciones fueron buenas, aunque no se cumplió tu deseo, pues esta mujer de
cuerpo sensual y deseos ardientes, desde cuando creaste el mundo en el caos
de las tinieblas, se convirtió en el sexo bello y fuerte; primero, porque su
cuerpo tuvo la virtud de levantar los ánimos del apéndice que Adán tenía
entre las piernas y, segundo, porque su vientre fue la primera incubadora
del género humano.
Por suerte, esta Eva de Fernando Botero, que no está
hecha de la costilla de un hombre sino de la fantasía de un pintor inspirado
en el volumen, es una mujer que cautiva el corazón de los hombres
apasionados, quienes, sin pensar dos veces ni ponerse la mano al pecho,
experimentan una inmediatez erótica ante una hembra cuyos abultados
atributos son dignos de admiración y respeto. Más todavía, ésta es la Eva
que nos persigue en los sueños, la que nos susurra palabras amorosas, la que
nos devora a besos y nos acaricia el pelo, recordándonos que el amor, como
la suerte y la muerte, llega mientras menos se lo espera.
Si esta Eva fuese mía, en cuerpo y alma, de seguro que
su destino no estaría más en las manos de Dios sino en las mías. Pero como
es apenas una pintura esparcida a brochazos sobre un lienzo, no me hago
ilusiones de encontrarla alguna vez en la vida, así en el mundo abunden las
mujeres que, hechas a punto de caramelo, exhiben con orgullo los excesos de
su cuerpo, con el cual enloquecen de ansiedad y deseo a los hombres
obsesionados por el pecado carnal.
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Eva
(Fernando Botero - 1981)
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Víctor Montoya nació en La Paz
(Bolivia), en 1958. Su infancia y primera
juventud discurrieron en el pueblo minero de Siglo XX-Llallagua, al
norte de Potosí, donde se descubrió la veta de estaño más grande del
mundo. En 1976 fue perseguido, torturado y encarcelado. Permaneció en el
campo de concentración de Chonchocoro-Viacha hasta que, en 1977, fue
liberado tras una campaña de Amnistía Internacional. Desde entonces
reside en Suecia donde se dedica profesionalmente a la escritura.

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