DULCE
PONTES
José Miguel Jiménez y Pedro M. Martínez
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Dulce Pontes, nacida en Montijo (Portugal) en 1969, ganó el Festival Nacional
de la Canción de su país en 1991. Ese mismo año representó a Portugal en el
Festival de Eurovisión, donde obtuvo un octavo puesto y el premio a la mejor
intérprete. Fue la primera vez que Europa oyó la voz de fado de Dulce Pontes.
Desde aquel momento su vida da un vuelco. Pontes, que quería ser bailarina, parte en busca de una identidad propia.
Se sumerge en las raíces de la música portuguesa, y consigue reanimar a un
«muerto»: el fado, que parecía acabado después de la muerte de Amália Rodriguez.
El fado, un género que «...como dice la palabra, es vida... expresa las
emociones, los sentimientos y por eso es universal. Siempre se asocia con la
tristeza, pero no es así, también refleja lo bueno de la vida, el amor, lo
bonito de las cosas»
—en palabras de la fadista Mafalda Arnouth— se adapta,
revive en la voz de timbre único y melancólico de esta mujer.
Dulce
hace algo más que repetir algo que ya estaba hecho. Lo reinventa, lo recupera y
lo eleva de nuevo a la categoría de arte del y para el pueblo. Si José «Zeca» Afonso
representó al nuevo Portugal de los años setenta con su canción Grandola Vila
Morena (y toda su obra, por supuesto), emitida por Radio Renazença como
consigna para poner en marcha la Revolución de los Claveles, Pontes se ha convertido junto a Madredeus y
Misia
en los exponentes de la generación de los noventa, que ha
propiciado la renovación de la música popular lusa y del fado. Su voz luminosa
no se puede encerrar en un sólo estilo y su manera de cantar, inconfundible, la
sitúa entre el elenco de los músicos singulares, de aquellos que cuando se
escuchan son conocidos de manera inmediata por todos.
Bailarina
frustrada, como decíamos, comenzó trabajando en el mundo de la publicidad hasta que alguien se
fijó en las posibilidades de su voz, a finales de los años
ochenta. A
los diciocho años, obtiene su primer éxito en un concurso de comedia musical.
Después, cantó en el Casino de Estoril,
en un espectáculo nocturno en donde recuperaba el repertorio de Shirley Bassey
(la diva de potente voz que interpretó, entre otras canciones, Diamantes para
la Eternidad), lo cuál demuestra la versatilidad de su voz.
Desde
aquel mundo elitista, Dulce Pontes gana,
en 1991, el Festival Nacional de la Canción y en el mismo año representa a
Portugal en Eurovisión, quedando en un octavo puesto con el tema Lusitana
Paixao.
En 1992 publica su álbum Lusitana y al año siguiente su segundo trabajo,
Lágrimas,
que la convierte en una cantante mundialmente conocida. Le siguen A Brisa do Coraçao (1995), un doble álbum grabado
en directo en Oporto. En 1996, publica
Caminhos
un álbum en el que pone música y voz a poemas de Fernando Pessoa y Castelao; más tarde, tras realizar colaboraciones
en discos de Andrea Boccelli (el populista tenor ciego italiano) o los brasileños Simone y Caetano Veloso
(recordemos aquí la extraordinaria intervención de éste último en Hable con
ella, la película de Almodóvar), publica
O Primeiro Canto, un álbum en el que regresa
a un viaje étnico por diversos lugares de Portugal tras la huella de
distintos cantantes populares. En este trabajo, destacan las colaboraciones del percusionista hindú Trilok Gurtu, el
saxofonista Wayne Shorter, las voces de Maria Joao y Waldemar Bastos y la
trikitixa de Kepa Junkera, el músico bilbaíno.
De la mano de Morricone, Dulce Pontes llega ahora, con Focus, a la magia, utilizando sus propias palabras. Un paso adelante más de esta cantante que, para su sorpresa incluso, ha sabido rescatar y remozar la canción popular portuguesa.
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