
Las entrañas de
la bestia
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Jorge Majfud
1.
Es de noche, o anochece. G. se ha sentado, como cada día a las 19:00, en su
sillón de la biblioteca, con un vaso de whisky lleno hasta la mitad, sin hielo,
y mira el televisor nuevo que le entregó un viajero a cambio de una cuenta
incobrable. Lo mira sin entusiasmo; no le atrae la novedad. Una mujer sonríe,
sale del mar y sube a un auto descapotable. Bebe un sorbo largo y vuelve a
sentir ese calor que en pocos minutos más lo dejarán del todo relajado,
fugazmente feliz, como si su tristeza hubiese sido sólo un error, un estado
injustificado del ánimo. Un hombre saca un revólver y apunta al espectador, o a
la pantalla, o a una cámara que tal vez ahora está descompuesta y archivada en
algún sótano de Londres. James Bond, agente 007, con licencia para matar. A G.
le gusta esa música, porque no suena ahora; está sonando en algún tiempo
indescifrable. Túru-túrun-túru. La mujer es hermosa y no se preocupa en vano.
Todo termina bien. Ahora la música viene del Caribe o desde una isla griega. G.
no alcanza a descubrirlo; pero no importa. La imagen de esas olas es hermosa,
eterna. Tal vez el alcohol ya hizo efecto. Se sonríe, se relaja otra vez y luego
baja las cejas preocupado: alguien golpea con la mano de bronce que cuelga de la
puerta de entrada.
De inmediato recuerda la carta que le dejaron la otra noche por debajo de la
puerta:
«Desde el mismo momento que recibas este único aviso, empiezá a temblar. No a
rezar, porque sabemos que sos un ateo hijo de puta que no cree en nada.»
No son golpes amables, se da cuenta. Ha sido una orden.
«Ahora sabemos bien dónde vivís y dónde está la madriguera en
la que se esconden tus amigos, los intelectuales que pretenden arruinar este
país que no les pertenece. Sabemos muy bien donde trabajan para difundir
mentiras sobre la gente honrada que, aunque les pese, defenderá a la Patria de
los comunistas, de montoneros, de los judíos y de los homosexuales. Por haber
enfrentado a Dios y a la Patria, los exterminaremos como a ratas.»
Entonces G. se levanta, ya relajado pero todavía triste, atraviesa la sala con
esculturas, abre y los ve a los tres, uniformados de autoridad, de prepotencia.
—Señor J. G. —oye que dice el primero, el que ordena, el que no pide, el que
está por encima de los cuatro y entra sin esperar.
G. no responde. Tampoco fue una pregunta. El coronel entra con los dedos
cruzados detrás de la espalda, como gustan hacer los que admiran a Napoleón o a
algún otro genio militar cuando está pensando en la Historia. Gira sobre su
talón izquierdo y lo mira.
—Perdón, buenas noches —dice el coronel, casi amable, sonriendo—. ¿Podemos pasar?
Así es, está relajado, pero todavía triste.
—Qué se les ofrece —dice G., al tiempo que piensa que esa frase la debió
escuchar anoche en la televisión. Era un hombre alto y oscuro que había
asesinado a otro y lo perseguía la policía.
—Venimos a hacerle una visita. Rutina, en realidad. Nos gusta ir de casa en
casa, aunque le confieso que prefiero ir al cine —el coronel habla alto, como si
estuviese acostumbrado a hablar en un colegio de sordos, mientras camina de un
lado para el otro, por la misma senda—, pero cuando la patria llama no podemos
negarnos— termina y toma un bloc de hojas que G. tiene siempre al lado del
teléfono.
—Sargento —dice, entregándole el bloc— guárdelo, que nos puede servir.
—Sí, mi coronel.
Al lado, debajo de la guía telefónica, queda la carta de advertencia:
«Limpiaremos este país de las ratas, especialmente de aquellas ratas que, como
usted, bajaron de las bodegas de los barcos. Y seguiremos cumpliendo con nuestro
deber patriótico, mandando al infierno a los que pretenden acabar con la
Libertad de nuestra Nación, sin esperar a que leyes mariconas le dejen tiempo
para reproducirse.
Abra bien los ojos, no duerma, porque lo estaremos vigilando día y noche para
cumplir con nuestro irrenunciable mandato.
Libertad, Patria y Honor».
2.
El coronel le pide los lentes. G. duda, luego se los da. Con un ademán barroco,
el coronel se los prueba, mira a sus subordinados y pregunta qué tal se ve. Los
dos aprueban con una mueca exagerada. Luego trata de leer otro lomo de libro,
evitando tocarlo.
—Caramba —dice—, así se ve todo distinto.
Esta vez se anima y toma un libro, lo abre y hace que lee para una fotografía.
—A ver, soldado, ¿no parezco un intelectual?
—Sí mi coronel, parece un intelectual.
—Yo diría, un hombre inteligente.
—Eso es, mi coronel. Debería quedarse con los lentes de Cuatro Ojos.
—Soldado, ¿no le dije que tuviera respeto cuando se está en casa ajena? —le
reprocha el coronel. Y luego, fingiendo que intenta olvidarlo, vuelve a mirar el
libro que tiene en sus manos y pregunta:
—Dígame, doctor...
—No soy doctor, usted lo sabe.
—Bueno, digamos que no tuvo una educación formal, pero para mí es doctor. Con
tanto libro amontonado, ¿cómo podría llamarlo? Además, ¿no da usted clases en la
Universidad? ¿Qué es lo que enseña, doctor?
—Literatura anglosajona... —dice G., casi disculpándose.
—¡Qué bien suena eso! Pero, dígame, profesor, para qué sirve eso? —dice el
coronel y lo mira, victorioso. Siempre que hace preguntas de ese tipo sale bien
parado.
—¿Para qué sirve la literatura, profesor?
G. ha estado pensando la respuesta. Una pregunta obvia. Por eso, tal vez, nunca
se la planteó seriamente y ahora el señor coronel viene a poner el dedo en la
llaga. Sin mirarlo y sin salir de ese ligero ensimismamiento producido por la
tristeza o por el alcohol, G. murmura:
—¿Para qué sirve la literatura...? Bueno, para muchas cosas. Pero si usted está
preocupado por las utilidades y los beneficios, como lo sospecho en su pregunta,
le diré que difícilmente un espíritu estrecho albergue una gran inteligencia.
Una gran inteligencia en un espíritu estrecho tarde o temprano termina
ahogándose. O se vuelve rencorosa y perversa...
G. se detiene; probablemente ha cometido un error, en todo caso intrascendente:
ha querido responder con una idea en un momento en que cualquier idea o
cualquier razonamiento es apenas el marco escenográfico de una acción cuyo
desenlace ya está resuelto de antemano.
Baja las cejas hasta tapar casi totalmente los ojos, mientras se pregunta qué
tiene él de aquellos vikingos que cruzaron el Atlántico norte hace mil años.
Desde niño se los imaginaba como dioses que sólo conocían el miedo ajeno.
Recorría los caminos húmedos de Fyn, donde vivía el abuelo Sune, rodeado de los
campos de los Jørgensen, y no se imaginaba el dolor de la barbarie, el sudor
agitado de la guerra, la tristeza del abandono. Ahí estaba delante de él ese
hombre uniformado, de pelo negro y de hablar deliberadamente pausado, que en
esencia no era otra cosa que uno de aquellos bárbaros que hundían barcos en
Nydam mose. Ese hombre tenía más de vikingo que él, que sólo tenía la sangre y
que soñaba cada noche que un grupo de romanos invencibles habían decidido
matarlo. G. levantaba una espada con mango de oro, como si con ese gesto
estuviese formulando una acción mágica de sus antepasados que pondría en fuga a
sus enemigos. Pero la espada se volvía tan pesada que sus dos brazos no podían
sostenerla, y se caía con la punta contra el piso, momento en que los hombres de
pelo muy negro aprovechaban para acercarse a él y lo rodeaban con espadas más
livianas y más filosas. Y así lo mataban. Es decir, así despertaba con el
corazón golpeándole la garganta y los oídos, como si fuese a reventar por el
esfuerzo. Más de una vez G. pensó que moriría de esa forma, y que la gente
diría, al día siguiente: «pasó de un sueño al otro», porque la gente tiene la
idea que morir en la cama es una de las mejores formas de cumplir con lo
inevitable, cuando en realidad puede ser una de las formas más violentas de
morir, una forma irreal, víctima de una ficción que termina con un golpe en la
puerta o un estruendo accidental en la calle, poniendo fin a la madre de todas
las ficciones que es la vida.
En la televisión un hombre habla de frente a la cámara y con un micrófono que le
tapa toda la boca y parte de la nariz. Parece preocupado. Se da vuelta y
pregunta algo a otro que está al lado:
«¿Cómo te sentís en el equipo?
Bueno, la verdad que bien. Llegar hasta aquí es lo más grande que le puede pasar
a un jugador de fúbol, porque un equipo Grande como Peñarol es lo más grande que
hay, la verdad.»
G. se dirige a su botella de whisky. No está nervioso. Sólo está triste y
quisiera emborracharse, definitivamente.
«¿Cómo es la relación con los demás compañeros de equipo? ¿Te sentís cómodo, te llevás
bien con todos ellos?»
—¿Cómo, no nos sirve? —le reprocha el coronel, cambiando de tono.
—Sí, claro.
—Veo que usted no es muy amable con sus visitas. ¿Para qué me gasto yo en
enseñarles a mis muchachos buenos modales si estamos en casa de un mal educado?
Como siempre, mucha cultura y poca educación, como dice el General.
«La verdad que sí, el compañerismo es muy bueno y pienso que
todos nos estamos preparando muy bien para sacar al equipo adelante, como es que
la gente quiere.»
G. sirve whisky para tres más. Le acerca uno a cada uno, menos al que se
entretiene dando vueltas por la biblioteca. Tiene una mandíbula cuadrada que se
destaca del resto de la cara. Mira con atención y saca un libro de un estante
que está contra el piso y pregunta, mi Coronel, ¿qué idioma es éste con una o
atravesada por un palito? El Coronel lee: Søren Kierkegaard, Frygt og Baeven. Ha
leído con dificultad. No comprende y se fastidia. Tira el libro sobre el
escritorio y sentencia: es ruso, soldado, alguna mierda de esas que leen los
bolches.
—Es danés —dice G.
—Es ruso —ordena el Coronel—. Si yo te digo que es ruso, es ruso, ¿escuchaste,
mierda?
—Es ruso —repite G. Está pensando en el segundo cajón de su escritorio. Por un
momento lo mira. Cuando esté totalmente borracho podrá hacerlo. No debe ser tan
difícil: sólo hay que poner el caño en la sien y apretar el gatillo. Tal vez
duela menos que el dentista. Nadie va a lamentarlo, a excepción de Gutiérrez, al
que todavía le debe un cheque que no pudo cubrir el viernes pasado. Sólo tiene
que esperar el momento adecuado, porque ellos no permitirán que se mate así
nomás. Primero tiene que sufrir, mi coronel, hay que hacerlo comer la mierda de
su madre, qué tanto joder, al fin y al cabo usted bien sabe por qué estamos
aquí, ¿o no?
—No, exactamente.
Hay un rumor de que el técnico es muy exigente con el plantel y que el Pato Lima
sería dejado de lado a consecuencia del tiro penal marrado en el último
encuentro —una imagen en cámara lenta muestra a un jugador de Peñarol con las
manos en la cintura, acomodando el cuerpo a la espera de la orden del juez.
Mastica chicle, lo que no se corresponde con la imagen serena que intenta dejar—.
«¿Qué piensa un centrojad como vos que fue dirigido por tantos técnicos
anteriormente?»
«Bueno, yo creo que el Pato es un gran jugador y excelente persona y que algunas
cosas que se dicen en la cancha son producto de la calentura del momento. Pero
con la cabeza más fría pienso que se va a arreglar todo y el Pato volverá al
equipo —toma carrera, flotando en el aire de aquella noche, se aproxima a la
pelota y patea. La pelota demora en despegarse de su pie y, cuando lo hace, se
transforma en una especie deformada de pelota de rugby blanca, hasta que el
arquero la detiene, casi sin esfuerzo.
En momentos en que estamos viendo las imágenes de aquel
momento fatal para el Pato, quisiéramos saber, desde estudios, cuál es, para
Almeida, la posición del técnico respecto a todo lo que se ha dicho del caso
Pato Lima.- Pastoriza.»
«Comprendido, comprendido. Te traslado la pregunta:
¿Pastoriza López?»
«Con el técnico nos llevamos muy bien. Precisamente, el otro
día estábamos comentando con el Cabeza y decíamos que era increíble lo claro que
es el técnico en las charlas y lo bien que deja la idea en claro de lo que
quiere.»
El coronel se acerca a G., despacio y con las manos colgando detrás.
«¿Cuál es la idea del técnico para esta difícil prueba que se
les avecina?»
Lo mira un instante, entre irónico y a punto de estallar.
«Bueno, él nos pide siempre que juguemos al fútbol, que
metamos para adelante y que cuando la perdamos la pelota la tratemos de
recuperar.»
—¿A qué está jugando?
—No lo sé —dice G., casi borracho, totalmente triste—, pero estoy
acostumbrándome. Llegan tres señores, rompen el cielorraso de mi habitación
buscando armas o dinero, me insultan. A veces me escupen en la cara y luego se
van. Al final siempre vuelven.
—¡Uy!, el señorito está molesto porque la institución, Salvaguardia de la
Patria, le escupe en la cara. Y usted, ¿no nos escupe en la bandera?
G. no responde. Se sirve más whisky y procura acercarse al segundo cajón del
escritorio. Pero el coronel le ordena que se siente en el sillón que acaba de
quedar libre. La bandera. G. se recuesta y siente el calor que acaba de dejar el
soldado. Es un calor de cuerpo, como cualquier otro. G. sólo piensa en el
segundo cajón. No le importa lo que pueda estar diciendo el coronel acerca de
los derechos y los deberes a la patria.
—En cada Institución del Estado —reflexiona el coronel— deberían poner a la
entrada un cartel con la Ley Primera: Cuando la Patria está en peligro no hay
derechos para nadie. Sólo obligaciones. Eso tenía que haberlo dicho Sócrates,
que murió por su patria.
—Pero Sócrates ¿no era un filósofo? —pregunta uno de los soldados.
—Claro, pero murió por su patria. También hay filósofos que defienden la patria.
El Sócrates era un subversivo y se liquidó tomando el veneno. Así deberían hacer
todos los vendepatrias.
«Gracias Jaime. Mucha suerte a los muchachos de Peñarol y que
sean bienvenidos a la Argentina. Suerte también a nuestro Independiente, Pepe.»
«Por supuesto, esperamos que los Diablos Rojos sean
agraciados con mayor fortuna en el próximo partido y que nos sepan representar
como Nación.»
“Estoy seguro que sí, Pepe, dados los antecedentes de la institución roja...”
«Por supuesto. No debemos olvidar además que por algún
misterio del Destino le ha tocado ser a Independiente precisamente el club que
más veces ha ganado la copa Libertadores de América.»
«Para reflexionar, realmente. Te mandamos un saludo. Chau.»
G. intenta levantarse, pero el coronel le pone una mano en un hombro y lo vuelve
a hundir en el sillón.
«Del deporte ahora nos vamos a la escena internacional...»
—Vayamos al grano —dice—. Le voy a contar, ya que dice no saber, por qué estamos
de visita. Nos enteramos de que usted viajó a Montevideo, el día 14. No se puede
uno confiar de una limpiadora; debería despedirla... ¿Es así o no?
—Debería despedirla —dice G., mientras mira que en alguna parte del mundo un
edificio de diez pisos se derrumba y un río se desborda arrastrando en su
corriente una vaca muerta.
—Viajó a Montevideo, sí o no.
—Sí —dice G., y luego confirma, sin necesidad—: Me fui a Montevideo.
Detrás de la vaca flota un hombre que todavía está vivo, porque intenta
agarrarse a un cable de corriente eléctrica. La mano se desprende del cable y el
cuerpo desaparece.
—Ya, ya. Sabemos que se fue a Montevideo. Chocolate por la noticia. Pero lo que
queremos saber es otra cosa —dice el coronel, volviendo a caminar de un lado
para el otro con los dedos cruzados sobre las nalgas—. ¿Acaso usted no sabía que
no puede viajar a Montevideo sin un permiso especial?
—Sí.
—Pero usted no tenía ningún permiso especial y de todas formas se dio una vuelta
por la tacita del Plata.
—Sí. Solicité ante su Superioridad ese permiso especial y me lo negaron.
«En Mar del Plata soy feliz», dice la canción... «Estamos en contacto directo
con Mar del Plata. Atento Luisito, atento. ¿Me escucha?»
—Bien, el cómo ya lo sabemos: usted falsificó documentos. Queda por saber lo más
importante: el para qué. ¿Qué fue a hacer a Montevideo?
—Fui a buscar a una mujer.
—Carajo, qué romántico resultó el judío —dice el coronel, fingiendo sorpresa. G.
no corrige esa confusión de razas—. Por favor, señor G., recién tomé una
merienda, un capuchino con medialunas en el bar de la esquina, mientras
esperábamos que el señor llegara. Hágame el favor, no me corte la digestión.
Dentro de tres años me jubilo, pero ni piense que voy a esperar tres años para
pasar a mejor vida. Le voy a ser sincero: yo tengo por principio no hacerme mala
sangre. Pienso que hay que llevar las cosas con la mayor tranquilidad posible,
con calma, no hay que gritar para ordenar algo. En eso me parezco a usted; no me
gusta levantar la voz. Si yo cumplo bien o mal mi trabajo, igual recibo el mismo
sueldo. Así que no pienso complicarme mucho en el trabajo ni voy a hacer horas
extras con un judío de mierda que se las toma de avivado. Le sugiero que no nos
retenga hasta las nueve de la noche, que es cuando termina mi turno, porque
puedo comenzar a ponerme de mal humor.
G. no escucha, ha perdido el hilo del pensamiento militar. Logra ponerse de pié
y se acerca a la botella de whisky, que ahora pone encima del segundo cajón.
Sabe que si no lo agarra a tiempo ellos la descubrirán. Y será pronto, porque el
soldado de la mandíbula de pelícano continúa hurgando detrás de los libros.
Seguirá por el escritorio hasta abrir el segundo cajón. G. recuerda un hombre
que conoció en Zárate, con una mandíbula como esa. Lo habían operado y le habían
limado el hueso varias veces, pero la mandíbula le seguía creciendo. Era mozo en
un bar.
—Así es —dice, como para sí mismo—. Fui a buscar a una mujer, a Montevideo.
—Oíme, hijo de puta —lo interrumpe el coronel hundiéndole el índice en la
mejilla—, dejate de estupideces. Nadie se arriesga así por una mujer. Estamos en
el siglo XX, ¿me entendiste?
—Sí, lo entiendo, perfectamente —dice G., subrayando para sí la última palabra.
En el siglo XX no se mata ni se muere por esas cosas. En el siglo XX la gente es
juzgada por sus ideas políticas; no por sus sentimientos. Los delincuentes de mi
partido se protegen mientras que cualquier honesto hombre del partido de
enfrente puede ser objeto de la tortura, el incendio o la cárcel. ¿Cómo
semejantes abstracciones pueden desencadenar tantas pasiones?
—Entonces cantá. ¿Qué fuiste a hacer a Montevideo?
—Fui a buscar a una mujer.
3.
Las rejas se abren con estrépito y G. es conducido hasta una sala oscura, con
olor a humedad, a cenicero y con una lámpara sobre una mesa de acero inoxidable.
Lo está esperando el coronel, sonriente, recién afeitado y con un bigote
prolijo, fino y bien recortado. A G. ya no le parece tan delgado.
—Siéntese, tengo buenas noticias. Lo dejaremos en libertad, ya que pudimos
comprobar que no estaba mintiendo. Efectivamente, la mujer que usted estaba
buscando existe. Se llama Mabel Moreno... —dice el coronel, poniéndose los
lentes para leer un informe—. Mabel Moreno Zubizarreta. Aquí dice que se
conocieron en un barco. La señorita venía con su padre, desde España. Al llegar
a Montevideo, su padre murió de un paro cardíaco, probablemente por el disgusto
que le ocasionó su propia hija, enamorándose de un anarquista vagabundo, varios
años mayor que ella. Y usted la abandonó a su suerte, continuando su ruta a
Buenos Aires...
G. levanta por primera vez la vista y la dirige hacia el coronel que está
leyendo un papel. Casi no alcanza a verlo bien por la lámpara que se interpone.
—¿Contento? No se puede quejar, hicimos el trabajo por usted. Deberíamos
cobrarle.
—Mabel —dice G., con una voz muy débil y se da cuenta de que casi no puede
hablar. Pero insiste: —Mabel... ¿Dónde vive?
—En Montevideo, ¿no? A ver, déjeme ver... —el coronel vuelve a leer con
esfuerzo, acercándose a la luz de la lámpara— Calle Rincón y Piedras. Barrio:
Ciudad Vieja.
G. quiere saber más, pero se calla. Sabe que de todas formas se lo dirán.
—¿No pregunta más detalles? Pensé que estaba muy interesado en esa mujer. De
otra forma no se hubiera jugado el pellejo cruzando el charco. Y no nos hubieras
jodido a nosotros, teniendo que ir personalmente a verificar de que nos estabas
diciendo la verdad. Cosa que me calentó un poquito, porque yo sé que estás
metido con los bolches grandes y también sé que un día te voy a agarrar.
El coronel camina tratando de pensar y continúa:
—Como le decía, hicimos el trabajo por usted, porque la inteligencia militar es
superior a la inteligencia culta. Lo felicito, señor G., su mujer es hermosa, una
hermosísima prostituta.
Los otros cuatro que estaban en la sala esperaban este momento. Fijaron sus
miradas en el rostro abatido de G. Alguno dirá que ni se inmutó. Otros dirán que
se le notó que se le venía el mundo abajo. Nunca se pondrán de acuerdo.
—Una hermosa prostituta que trabaja cerca del puerto —insiste el coronel, por si
la frase anterior no hubiese llegado muy profundo—. ¿Sabía usted que su amada, la
mujer por la cual usted arriesgó su vida, se acuesta con otros hombres por
dinero?
El coronel lo mira más de cerca. G. casi no reacciona y el coronel se pone
furioso. Le grita:
—¡No le importa!
—No... —responde débilmente, G.
—Ah, no le importa —dice el coronel, volviendo a su posición vertical,
desilusionado— Tal vez le importe saber cuánto me cobró por media hora. ¿No
calcula? Trescientos pesos uruguayos, que en moneda nacional... no sé cuánto es.
Pero no importa, porque eso lo pagó el Estado, digamos los contribuyentes como
usted.
Definitivamente, ya no hay expresiones vivas en el rostro de G. Los demás
renuncian a observarlo. Uno se retira diciendo que no vale la pena. Los otros se
quedan porque saben que hay más.
—Trescientos pesos... —reflexiona el coronel—. Trescientos pesos por media hora
que estuvo gritando como loca, porque por algo me decían Cabo Largo, siendo que
nunca fui cabo. Tal vez al señor no le moleste que su amada sea una prostituta
porque no nos cree. Claro, pero por algo pertenecemos al ejército argentino: lo
prevemos todo —dice el coronel, tomando de la mesa un sobre de papel manila.
Adentro hay unas fotografías ampliadas, en blanco y negro. Las saca y las
estudia un momento.
—Hemos sacado algunas instantáneas, porque el gobierno nos paga pero debemos
rendirle cuentas de nuestras actividades y gastos. ¿Qué le parece? Yo le muestro
una foto de medio cuerpo y usted me dice si es ella o no.
Elige y finalmente pone una de frente a G. Es Mabel que aparece casi de perfil,
mirando a la cámara un poco asustada.
—¿Es ella, su Julieta, sí o no?
G. no responde.
—Bueno, tal vez esa fotografía no la represente bien —dice el coronel—. A veces
ocurre. Hay fotos que no se parecen al modelo. A ver, si le muestro otras tal
vez la termine por reconocer.
G. no responde; sólo mueve los ojos, de vez en cuando, para comprobar que es
Mabel que aparece en todas las fotos.
—Bueno, en fin, tal vez no sea su Mabel. Así que podré mostrarle todas sin que
se escandalice demasiado. Ésta es mi favorita —dice el coronel como si la
admirara un momento antes de exponerla a cincuenta centímetros de la cara de G.—.
El que aparece arriba, de espaldas, es el agente Fabiolo. Nadie diría que es el
agente Fabiolo, porque nadie lo conoce por las nalgas y el muy vergonzoso
escondió la cabeza. Qué muchacho. Bueno, en realidad, todos lo hombres somos
vergonzosos. ¿No se ha fijado usted que en las revistas pornográficas la mujer
es siempre la que da la cara, mientras que el macho que las está cogiendo la
esconde? La mujer siempre pierde la vergüenza más rápido. Y dicen que la
vergüenza es como el virgo: se lo pierde y después no hay vuelta atrás. Bueno,
aunque tal vez usted nunca haya visto una revista pornográfica. Aproveche ahora
y disfrute con nosotros de estas tomas de película.
G. no quiere que lo vean con los ojos húmedos; inclina la cabeza procurando
mirar para otro lado, pero atrás se encuentra con la cara sonriente de un
soldado. El coronel ha ganado otra vez, piensa el soldado.
—No vaya a pensar que obligamos a esta pobre mujer a hacer lo que parece que
está haciendo aquí —sigue diciendo el coronel—. No, no, señor. Eso no es de
hombres. Además no quisiéramos tener problemas con nuestros hermanos uruguayos.
En realidad le pagamos por el servicio, que es un trabajo como cualquier otro. Y
ningún trabajo es vergonzoso. El trabajo honra a la gente. Y mira que le dimos
unos pesos más por las fotografías, que fue lo único que no le gustó.
Jorge Majfud nació en
Tacuarembó, Uruguay, en 1969. Desde muy temprano lee y escribe ficciones, pero
opta por seguir la carrera de arquitecto y en 1996 se gradúa en la Universidad
de la República. Estudios universitarios y particulares lo han llevado a
recorrer más de cuarenta países, recogiendo, de forma obsesiva y continua,
páginas que luego formarán parte de sus novelas y ensayos. Ha sido profesor en
la Universidad Hispanoamericana de Costa Rica y en la Escuela Técnica del
Uruguay, donde ha enseñado Artes y Matemáticas. Actualmente, es asistente en The
University of Georgia, Estados Unidos.
Libros: «Hacia qué patrias del silencio (memorias de un desaparecido)», novela
publicada por primera vez en 1996, por Editorial Graffiti de Montevideo (última
edición: Baile del Sol, España 2001); «Crítica de la pasión pura», ensayos 1998,
Editorial Graffiti de Montevideo (2a. Edición -selección-: 1999, HCR, Virginia,
USA; 3a. edición: 2000, Editorial Argenta, Buenos Aires); «La reina de América»,
novela (Baile del Sol, Tenerife 2002) y ha integrado el volumen Entre
Siglos-Entre Séculos: Autores Latinoamericanos a Fin de siglo, editado por Pilar
Ediçoes (Brasilia) y Bianchi Editores (Montevideo), en 1999. «9 viajes» (Ed.
Trilce, Montevideo 2002). Cuentos y artículos suyos han sido publicados en
diarios, revistas y selecciones, como Rebelion, Hispanic Culture Review de
George Mason University, en varias ocasiones. Ha sido fundador y editor de la
revista SignoXXI/reflexiones sobre nuestro tiempo. Es colaborador habitual de
Bitácora, publicación semanal del diario La República de Montevideo. Es el autor
de la serie de artículos sobre la línea teórica de «La Sociedad Desobediente»,
la cual se encuentra en continuo desarrollo.
Fue distinguido en diferentes concursos internacionales, como por ejemplo:
Mención de Honor en el XII Certamen Literario Argenta, Buenos Aires 1999, por
los borradores de «Crítica de la pasión pura». Mención Premio Casa de las Américas 2001, por la novela
«La Reina de América», 'porque destaca una
escritura rabiosa respecto a los poderes constituidos mediante el uso de la
parodia y la ironía',» según el jurado, integrado por Belén Copegui (España),
Andrés Rivera (Argentina), Mayra Santos Febres (Puerto Rico), Beatriz Maggi
(Cuba) y José Luis Díaz Granados (Colombia). Mención en el concurso Caja
Profesional 2001, por el cuento «Mabel Espera, 'por su planteo de acotada
crudeza, realizado con valiosas estrategias literarias',» a juicio del jurado por Sylvia Lago, Alicia Torres y Mario Delgado Aparaín.
Recientemente, otros premios y menciones han distinguido cuentos y poesía aún
inédita.
Ha sido traducido al inglés y al portugués.
Página web del autor: http://www.geocities.com/jorge_majfud/
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