|

El futuro ya
está aquí
________________________
Paco Ruiz
A un
hijoputa que tuvo que pegarle dos tiros a su hermano ya
nada le da miedo. Ese es Adoración Expósito, el Bicho. Mejicano,
tiznao, pequeño de hechuras, como concentrado en su maldad. En
sus ojos hay odio pero no miedo, y asume impasible que el Gordo
le ajuste las cinchas en las piernas para volver a empuñar los
alicates y tirarle otro viaje. Sólo le asustaremos, me dijo por
la tarde, y yo no tenía motivos para no creerle, claro. El Gordo
es un profesional. Un matarife de los de antes, capaz de
rebanarte el pescuezo por un simple gesto del Jefe. No te
preocupes, dijo, esa rata cantará al primer pellizco, después
dos tiros y a correr, ahá dije yo, lo ataremos en la corredera
de la radial, dijo, y sólo de oír el motor se va a cagar la pata
abajo. Me dio risa aquello de encender la radial, claro, a mí no
me iban a atar a diez centímetros de una cuchilla a mil
revoluciones por minuto. El Gordo tiene muchos tiros pegados y a
su lado se aprende. Es todo un profesional.
Tampoco es que yo sea nuevo en el negocio. Con catorce o quince
primaveras ya pegaba tirones a los japos en el Paseo del Prado,
con Quique. Mangábamos un coche en Delicias, creyéndonos los
amos de Madrid subíamos a la puerta del Prado, y después yo me
sentaba bajo la estatua de Velázquez. Cuando se reunía el
habitual mosquerío de japoneses en la cola yo localizaba algún
incauto, corría, tiraba fuerte y me montaba como un rayo en el
buga, que me esperaba a pocos metros con Quique al volante,
delante de los autobuses. Los chinos de Lavapiés pagaban muy
bien los pasaportes del primer mundo. Con ellos traían más
chinos por la puerta grande de Barajas, y de Barajas a algún
taller ilegal de confección en Usera en cuarenta minutos. Las
cámaras de fotos sin embargo, teníamos que colocarlas en el
Rastro los domingos. Cuando la caza era buena había que
aguantarse un tiempo sin gastar los talegos, porque la madera
nos tenía calados a todos los canis que vivíamos de los
turistas, así nos llamaban, y si de repente podías invitar a las
putas a cenar o derretías dinero privando de Gran Vía para
arriba te la cargabas. Un cani que no esnifaba pegamento era un
cani haciendo fechorías. Nos preferían en Mesón de Paredes hasta
las trancas de Supergen, infelices pero tranquilitos. Ese
hubiera sido el porvenir de Javi, el Liendre, de no haberme
cruzado yo en su camino.
Volvía de dejar a Marta la Francesa, una preciosidad rubia que
trabajaba en la casa de putas de Tirso de Molina. No sé porqué
os hablo de ella, una guarra más que se iba con el que tuviera
viruta en cada momento, supongo que los besos que dan las chicas
malas saben mejor, y además, yo nunca he sabido gastarme la
pasta solo. Total, que subí a su buhardilla, echamos un polvo y
me perdí de su lado en cuanto se descuidó, sin querer echar
cuentas de cuantos billetes me había pulido con ella. Las faldas
son un marrón. Bajando por la calle Rodas se me echó encima un
mocoso con una bandeja. Me puso perdido de agua, el muy capullo.
No le dio tiempo a levantarse, porque del almacén de marisco
donde había mangado la bandeja de langostas salió un bigotón con
mandil dispuesto a desorejarlo, Ven aquí cabrón, le dijo,
levantándolo del brazo como si fuera un muñeco, el Liendre se
retorcía intentando soltarse pero el otro lo había trincado
bien. No sé si fue su mirada implorante de chiquillo, o quizá
fue que no me gustó aquel bigotón peligroso, quién sabe, el caso
es que me hinché y endurecí la voz: Suéltale, ¿Y tú quién coño
eres? El que te va a pagar las langostas, suéltale de una puta
vez, y le tiré más de treinta talegos a la cara, mi último botín
menos lo que me había pulido con Marta, Suéltale hostias, y el
bigotón cedió la presión de su mano y se puso a recoger los
billetes del suelo con desconfianza, Y tú ven conmigo, ¿Tienes a
alguien? No, me contestó. Lo suponía.
Aquella noche Javi durmió en mi sofá. Al despertar temí haber
cometido un error, y por un momento pensé que iba a encontrarme
el piso desvalijado, pero no, me lo encontré tomándose un Cola
Cao en mi cocina, No soy un chapas ¿Sabes?, me dijo, Eres muy
feo para chapero, y además no me va ese rollo, le contesté, Javi
sonrió y siguió a lo suyo, comía pan con aceite como si fuera el
último día sobre la tierra, ¿Magdalenas no tienes?, No, tengo
que irme pero a las dos como abajo, en Casa Marcelo, si
quieres... Y así es como se quedó el Liendre en mi vida,
adoptado, y aún hoy soy incapaz de razonar porqué lo hice. En
cualquier caso no me arrepiento.
Al
principio de venir Javi hubo una racha muy mala, las calles se
llenaron de pasma y no estaba el horno para bollos. Cuando se
vive de dar palos no hay nada peor que la espera, te vas
comiendo la viruta hasta que llega un momento en que estás con
el culo al aire. Nosotros nos las apañábamos con pequeños
trabajos y con las hábiles manos del chico, que sabía levantar
una cartera haciéndose el niño despistado que choca con los
transeúntes a la carrera, de eso vivíamos nosotros dos y el
mismo Quique, que desde el principio hizo buenas migas con él.
Éramos una familia atípica, pero una familia, qué coño. A pesar
de todo el final de los noventa era duro para los de nuestro
oficio y la avaricia es mala consejera. Docenas de veces se lo
repetí a Quique pero así y todo acabó cagándola. Y el Liendre y
yo casi. Por eso me gusta el Gordo, porque sabe lo que hace y
juega siempre sobre seguro. Es un profesional, y si hubiéramos
estado con él cuando lo del casino ahora Quique seguiría con
nosotros y no enterrado. El caso es que unos de La Fortuna que
conocían a Quique le ofrecieron dar un golpe a medias. Se
trataba, nada menos, de asaltar un furgón blindado del Casino
Gran Madrid. Menudos incautos. Entonces aún no sabíamos que
robarle a un ladrón da cien años de perdón porque es
prácticamente imposible.
Y
allí estábamos como tantas otras noches, esperando entre las
adelfas de un parterre en la Casa de Campo, con un frío de mil
pares de cojones y a oscuras, a la espera de que los guardias
parasen y subieran en aquel cochino furgón un par de lumis de
una puta vez, como había dicho el Bizco que hacían a menudo
cuando volvían con la recaudación. Aquella noche éramos seis:
Los gemelos Martillo, que eran unos lunáticos del Diablo, el
Bizco y nosotros tres. El plan era encañonar con una pistola
falsa al que bajara a negociar con las chicas, hacerle que
llamara a ciegas al compañero de la cabina y amordazarlos a los
dos tras el seto, después haríamos que las chicas llamaran al
del interior de la caja, y una vez que abriera hacerle bajar y
atarlo también. Después nos llevaríamos la furgona entera, con
un par.
Aquella noche la furgona paró buscando a las dos negras que el
Bizco decía, y luego se bajó aquel tirillas, y recuerdo que
pensé que un tío así, que no aguanta dos guantadas seguidas no
debería ser vigilante jurado. Cuando el tipo se internó un poco
en el seto le echaron el guante Quique y los Martillo, aquellos
cabrones lunáticos. Hasta ahí el plan iba bien, después oímos el
disparo y supimos de inmediato que aquello se nos iba de las
manos. Tras el primer tiro se oyó un escopetazo a bocajarro, y
el Bizco, Javi y yo nos llenamos de aquella pringue, que aún sin
saber a oscuras lo que era lo intuíamos, después uno de los
gemelos Martillo, valiente hijoputa, salió de entre la espesura
y le disparó una segunda andanada al parabrisas del furgón, que
ya derrapaba sobre la grava enfilando la carretera. Cuando
miramos tras el seto el guardia enclenque y Quique estaban
tirados en el suelo, sangrando, Quién tenía que desarmarlo, le
pregunté a los Martillo, Mi hermano pero ese cabrón se ha
revuelto, Y la recortá qué, Qué de qué, Que qué coño hace aquí,
veníamos con una pipa de pega ¿no?, Era por si acaso, le agarré
del cuello pero su hermano me encañonó y tuve que soltarle, así
que tragándonos la rabia tuvimos que echar lo que quedaba de
Quique en nuestro coche y salir volando de allí a deshacernos de
él. Otro cani de Lavapiés que no llegaba a viejo. Pobre. Al poco
tiempo los de La Fortuna aparecieron muertos y a la vez nos
enteramos de que Juan Trinidad quería verme. Eso sólo podía
significar una cosa: Yo también estaba muerto.
Lo
supe cuando paró a mi altura aquel Audi de lunas tintadas, por
Ronda de Valencia, Sube, el Jefe te está esperando, eran el
Gordo y otros dos, y no se les podía decir que no, me llevaron a
una nave en Vallecas y por el camino pensé en respirar fuerte
las últimas bocanadas, disfrutándolas, en ver el último pedazo
de cielo de mi Madrid o en recordar los detalles del último
polvo, convencido como estaba de que no saldría de aquella,
también pensé en el Liendre, puta suerte criarte en la calle de
cualquier manera y cuando por fin tienes algo parecido a una
familia lo pierdes todo en pocos días. Quién me lo iba a decir a
mí, que nunca me importó una mierda morirme mañana si hoy tenía
talegos para gastar en el bolsillo. Pero ahora estaba el Javi, y
era importante para mí. Ese día me di cuenta que a mí también me
interesaba el futuro.
Resultó que me estaban estudiando desde hacía tiempo y querían
que trabajara para ellos, el chaval no les interesaba, dijeron,
demasiado joven para ciertas cosas, y así fue como empecé a
currar para Juan Trinidad, de chófer del Gordo en un principio,
y con el paso del tiempo de mano derecha, por eso cuando tenía
que hacer un trabajito como el del Bicho contaba conmigo, el
Gordo, porque todo el mundo no tiene agallas para ver como le
pegan diez pellizcos con un alicate a alguien sin echar la pota.
El Gordo le pasa los dedos con suavidad al Bicho por el río
recién nacido de su pierna, un verdugón construido a pellizcos
que morirá en los genitales si no canta, el Gordo es todo un
profesional, con su pañuelito escondido en la manga y sus
ademanes finos mientras se limpia el sudor de la frente. Ya lo
creo que cantará. Es un tío muy duro este Adoración, chilla,
maldice, se le mudan los colores de la cara y se caga en las
jueputasmadresdustedes, pero al final se irá de la boca, porque
el Gordo es mucho Gordo. Una vez un fulano chocó con su coche
contra el nuestro, o chocamos nosotros contra él, qué más da, en
estos casos lo que hacemos es citar al incauto a rellenar el
parte otro día y darle un número de teléfono falso, porque no
tenemos seguro, claro, pero aquel tipo no tragó y se puso hecho
una fiera en medio de la rotonda, a gesticular, a decirnos que
no teníamos ni zorra idea de con quién estábamos tratando, que
era abogado y que nos iban a emplumar de por vida, hice mutis y
ya iba a ponerme en marcha pasando de él, pero el Gordo me pidió
que esperase, después se bajó del coche con parsimonia y cerró
la puerta, se acercó a él y antes de que el tío pudiera
reaccionar estaba con la cabeza puesta en el hueco de su propia
puerta recibiendo portazos en la sien, te juro que los últimos
golpes ya sonaban de algo duro contra algo blando, de tantos
como le dio, después y con la misma cachaza se subió al coche y
me dijo, Vamos chico, llegamos tarde.
Ha
pasado tiempo desde entonces, tanto que nadie me recuerda como
un cani, los que lo eran cuando yo ahora están muertos, y los
más jóvenes no tienen memoria ni falta que les hace. El Javi es
un tío ya, un chaval callado y prudente que no se mete en líos,
nadie puede decir que esté en algo que no debe, trajinando en
sus cosas, sin pavoneos, sin molestarme a mí siquiera. Pronto
podré cogerle y llevármelo a ver a Juan Trinidad, Este es mi
compadre Don Juan, le diré, déle trabajo y estaremos los dos en
deuda con usted, y podré llevármelo a comer a La Vaca Argentina
o a un sitio así para celebrarlo, como un padre festejando la
mayoría de edad del hijo, el futuro recién conquistado, sí
señor, Agarra de ahí que le sobra una oreja, el Gordo me ha
sacado de mis pensamientos, le sujeto fuerte de los brazos al
Bicho mientras Parrilla hace lo propio con las piernas. Pobre
diablo. Lo van a enterrar con una oreja de menos, no sé porque
se resiste tanto y nos hace pasar este rato, el muy gilipollas,
si va a cantar igual, el Gordo chilla teatralmente a la oreja
recién arrancada en su mano, ¡Dínoslo ya cabrón!, eso ha tenido
gracia. El Bicho se ha desmayado. Resulta que alguien está
moviendo farlopa en Malasaña sin el consentimiento del Jefe, y
claro, se la han cargado, porque éste que está acostado en la
radial no va a tardar en irse de la lengua. Pasaba yo la tarde
en el Coruña tomándome un vino y ojeando el periódico, Sígueme,
dijo el Gordo a mis espaldas, Dónde, No preguntes y ven conmigo,
subimos a su coche y me contó. Cuando vi al chaval en la puerta
de la nave, de la edad del Javi más o menos, pensé: La que te
espera tronco, y es que las vueltas que da la vida son extrañas.
Quién aprobaría que le maten un hermano o un hijo de esa edad:
Nadie, y si lo hubiera pensado un segundo más le digo al Gordo
que no, pero es difícil estar en tu sitio a veces. Yo, que esta
tarde hubiera matado por defender a ese chaval he tenido que
cargármelo mientras el Parri lo entretenía. La vida a veces es
una mierda. Eso lo sé bien.
Entramos en la nave en silencio, dejando a Parrilla y a otro
sentados en el coche por si hay que salir de najas, No hay
nadie, cómo sabes que es aquí, Lo sé, el Gordo esta tarde está
especialmente serio, Sube por aquella escalera, hay una oficina
arriba, mientras yo subo él levanta una lona y deja al
descubierto una mesa larga con pesos y chismes de laboratorio.
Bingo. En la oficina el Bicho duerme casi desnudo en una camita
auxiliar. Este cabrón también trabajaba para nosotros. Hasta
hoy. Llamo al Gordo, que sube con discreción la escalera
metálica, muy profesional como siempre, Átalo, me dijo, el Bicho
despierta con una treinta y ocho en la boca, así que se deja
amarrar sin mayores problemas. El plan era sencillo. Nos lo
llevamos al taller, lo atamos en la radial hasta que se cague, y
si se niega a decirnos quién coño está pasando blanca le
apretamos un poco hasta que hable. Nadie da la vida por otro.
Nadie. Sólo le asustaremos un poco, me había dicho el Gordo por
la tarde, y yo le creí, claro, porque el Gordo es un
profesional, un matarife de los de antes, capaz de rebanarte el
pescuezo por un mire usted dónde pisa, No te preocupes, dijo,
esa rata cantará al primer pellizco, después, dos tiros y a
correr, ahá dije yo, pero no está resultando tan fácil, Voy a
mear, despertádmelo, El Gordo se arremanga y se va para el
tigre, con un cubo de agua sucia sobre la cara lo despierta
Parrilla, otro hijoputa este Parri, mira por donde estamos todos
en la misma empresa, qué coincidencia, después se aleja unos
pasos hacia el perchero de la entrada en busca de su chaqueta,
para encenderse un pitillo supongo, y yo me quedo sentado junto
a Adoración. Qué duro el medio indio este. Por fin abre los
ojos. Me mira, Adoración canta ya, le digo por lo bajini, sabes
que no tienes salida, Eres tú el que no tiene salida, se atreve
a farfullar entre dientes arrancados y toses, ¿Yo, por qué?, El
Liendre, tu chaval, él es el Jefe, Mientes, digo, sabiendo que
no, que es cierto lo que sus ojos proclaman, Es cierto pinche
hijo de puta, mátame de una vez, Cojo un cuchillo grande de la
mesa de herramientas y me apiado del mejicano, después miro
hacia Parrilla y le veo fumando de espaldas, estirándose como un
galgo, le abordo por atrás, porque los valientes son sólo para
las películas, y cuando termino con él saco la pipa. El Gordo
aún no ha salido del baño, así que me embosco tras una pila de
palés y espero: Si consigo cogerle de rehén los dos tíos de la
puerta tienen que dejarme ir, Espero, no sale pero espero, el
futuro, Javi, nuestro futuro es lo que está en juego, cómo se te
ha ocurrido hacerme esto a mí, cacho cabrón, pero aún podemos
librarnos, sólo hay que salir de aquí, localizarte y a correr,
el futuro Javi, el futuro es nuestro, espero, pero el Gordo no
sale, me incorporo y me acerco al baño con cuidado, unos pasos
antes de llegar a la puerta sale el Gordo con cara de sorpresa
ante mi pistola, apuntándole y antes de decir que se calle la
boca y se ponga de rodillas se me echa encima sin dejarme más
cojones que pegarle dos tiros. El Gordo cae a mis pies, con la
mirada perdida implorando un Por qué que ya no puedo darle,
siempre se portó bien conmigo, antes de que me dé tiempo a
pensar en lo que ha pasado los dos de la puerta entran pistola
en mano, alertados por el ruido, y empieza la ensalada, camino
del Renault Laguna que hay al fondo, a la carrera, noto como si
un lobo me mordiera la pantorrilla, me han dado, qué hijoputas,
claro, el Gordo sólo trabajaba con profesionales, por debajo del
Laguna localizo un pie entre dos bidones de aceite, apunto y al
tercer tiro el tío cae cojo de por vida, que se joda, una vez en
el suelo y aún herido intenta apuntarme, lo remato de varios
tiros, qué remedio. He gastado todas las balas menos una. El
otro también lo sabe, porque ha ido contando mis tiros como yo
los de ellos. Todos somos profesionales. A él le quedan tres
tiros aún, Ríndete, dice, no tienes nada que hacer, y sé que es
verdad. Tan sólo yo conozco la verdad, y ellos no han de saberla
nunca, joder, Javi, el cañón está caliente entre mis labios y
esta noche no voy a volver. Me hubiera gustado despedirme, pero
el futuro ya está aquí. |