INGÉNITO
por
RHUAYNA
OSCURIDAD
CAPITULO
I
(Parte
primera)
La
oscuridad
lo
impregnaba
todo.
Impregnaba
la
noción
del
tiempo
y
la
noción
del
espacio;
como
si
la
vida
fuera
una
sombra
perenne
y
el
caos
un
invento
por
realizar.
La
oscuridad
lo
llenaba
todo.
Llenaba
al
frío
y
al
silencio.
Pero...
¿algo
se
movía
dentro
de
esa
inmensidad
como
un
difuso
sueño?
Sin
duda,
eso
como
un
sueño,
eran
unos
pensamientos
que
empezaban
a
indagar
entre
las
sombras
buscando
instintivamente
algo
físico,
para
ello
removían
la
oscuridad
con
sutiles
manos
sólo
explicables
por
la
música,
tentaban
al
frío
y
obligaban
a
callar
al
silencio.
Esos
pensamientos
eran
míos.
La
oscuridad
me
golpeaba
el
cerebro
hundiéndose
dentro
de
mis
neuronas,
estimulando,
activando
sus
óptimas
funciones
o
por
lo
menos
las
necesarias
para
ubicarme
en
la
realidad.
Abrí
los
ojos,
obedeciendo
a
un
reflejo
ya
normal,
para
ingresar
en
otra
oscuridad,
mayor,
sin
vida,
sin
movimiento;
¿estaba
ciego?
Y
se
hizo
urgente
averiguarlo
de
alguna
manera.
Me
palpé
los
ojos;
los
sentí
normales.
Volví
a
mirar,
esta
vez
en
torno
convencido
de
que
era
pasajero
lo
que
me
sucedía...
¡Más
oscuridad!
Mucha
más
oscuridad.
La
noción
temporal
y
espacial
volvían
a
mí,
se
acentuaban
y
tal
vez
excedían.
Ya
podía
sentirme
de
espaldas
contra
algo
duro,
sin
duda
contra
una
roca
viva
y
áspera;
había
un
misterio
en
ella,
un
efluvio
desconocido
y
la
tenía
escondida
en
el
frío
de
sí
misma.
Aventuré
una
mano,
palpando
alrededor,
luego
extendí
el
brazo
en
toda
su
extensión,
empujé
algunas
piedrecillas.
Ellas
al
rodar
caían
indicándome
segundos
después
que
allí
abajo
había
agua.
Advertí
que
me
encontraba
sobre
una
cornisa,
incrustada
en
una
pared
de
roca,
un
poco
más
ancha
que
mi
cuerpo.
Con
calculados
movimientos
traté
de
incorporarme,
sentí
dolor
en
el
cuello.
Dolor
que
palpé
suavemente
en
un
principio,
acentuando
la
presión
después.
¡Ay!
Dolor
que
consideré
poco
grave,
me
permitía
mover
mi
cabeza
sin
molestias
innecesarias.
Cuando
traté
de
incorporarme
sentí
más
dolores,
manifestados
con
resuellos
en
la
negrura.
Ya
de
pie,
revisaba,
palpaba,
tensaba,
cada
fragmento
de
músculo.
¡Nada!,
mis
músculos
y
huesos
estaban
indemnes
sin
contar
con
las
magulladuras
de
mínima
importancia.
Y
felicité
a
la
suerte
de
este
abismo...
Espera,
me
dije,
¿y
el
cuero
cabelludo?
Allí
tengo
heridas
pegajosas
que
dejaron
su
viscosidad
en
las
yemas
de
mis
dedos.
Son
insignificantes
detalles,
como
aquél
sabor
sanguíneo
guardado
en
el
paladar.
Hurgué
en
el
recuerdo...¡Amnesia!
Las
numerosas
neuronas
del
recuerdo
no
tenían
pasado.
Era
importante
encontrar
una
explicación,
de
los
sucesos
que
me
llevaron
a
esa
situación
desconocida,
allí
en
la
relatividad
de
las
sombras.
Era
importante
encontrar
un
indicio
de
vida
anterior,
una
reminiscencia,
por
ínfima
que
fuere,
para
encender
los
infinitos
detalles
olvidados.
Toda
pregunta
mía
se
hundía
en
el
anonimato;
toda
respuesta
engrosaba
la
negrura
del
abismo
dándole
detalles
de
inexistencia,
las
ubicaba
en
la
gelidez
de
la
nada.
Dejo
a
ese
oscuro
pasado
en
su
propio
olvido.
Ahora,
desde
este
momento
y
donde
me
encuentro,
es
importante
el
presente...
ahora
cuando
todas
las
distancias
están
sumidas
en
la
oscuridad,
cuando
todos
mis
sentidos
están
envueltos
y
reprimidos
con
misterios.
Me
viene
al
magín
una
primera
pregunta
mejor
elaborada:
¿Dónde
estoy?
Mientras
el
instinto
de
conservación
me
pide
mayor
cuidado
en
el
precario
borde
donde
me
encuentro,
busco
una
solución,
ya
no
de
manera
ordinaria
entre
las
sombras
que
me
rodean.
En
realidad,
los
sentidos
recogen
la
información
necesaria
del
entorno
y
las
trasladan
al
cerebro;
allí,
en
ese
ambiente
interior
de
millones
de
neuronas,
suceden
las
sensaciones,
en
espacios
virtuales,
en
espacios
ubicados
en
otra
dimensión.
El
cerebro
puede
buscar
sus
propias
respuestas
sin
la
necesidad
de
sentidos
ordinarios,
puede
hacerlo
directamente,
y
eso
es
lo
que
me
propongo
hacer.
¡Adelante!
En
el
reducido
espacio
que
tengo
bajo
los
pies,
me
acomodo
y
cruzo
las
piernas,
poniendo
las
manos
sobre
ellas.
Durante
un
corto
tiempo,
observo
mi
respiración;
la
siento
normal
y
pausada,
sé
que
el
fluido
que
airea
mis
pulmones
tiene
dentro
de
sí
un
aspecto
vital
llamado
prana:
una
sustancia
llena
de
vida
y
armonía.
Enseguida
hago
que
mi
respiración
se
haga
profunda;
me
gusta
esa
lentitud
y
la
paladeo
íntimamente;
inspiro...
inspiro.
Mientras
mis
ampollas
alveolares
intercambian
los
gases
respiratorios,
mi
masa
encefálica
o
mejor
dicho
mi
corazón
o
ambas
a
la
vez,
encausa
una
poderosa
corriente
biomagnética
y
síquica
que
nace
dentro
de
mis
gónadas
sexuales.
De
aquí,
por
dos
axones
luminosos
dentro
de
la
médula
espinal,
sube
hasta
el
cerebro,
donde
se
sucede
una
magnífica
sinapsis
general,
cuya
luz
ilumina
todo
mi
organismo
físico.
Sin
demora
otros
dos
filamentos
axonales
descienden
desde
el
cerebro
hasta
el
corazón,
y
me
llevan
a
un
estado
combinado
de
sueño
y
de
profunda
vigilia.
El
corazón
es
la
residencia
de
un
cerebro,
cuya
lógica
muy
propia,
diferente
al
encefálico,
tiene
el
raciocinio
provisto
de
un
escondido
abstractismo,
muy
evidente
para
quién
sepa
manejarlo:
Me
refiero
a
la
intuición.
Al
llegar
la
poderosa
corriente
biomagnética
y
síquica
al
corazón,
también
es
exhalado
el
fluido
respirable
junto
a
sus
desechos
gaseosos.
La
profunda
respiración
que
realizo,
todo
el
tiempo
necesario,
me
abre
un
universo
de
tranquilidad,
una
combinación
de
sueño
y
vigilia
se
va
convirtiendo
en
meditación.
Mi
objetivo
está
cerca
y
viene
con
un
hálito
suave
de
poesía
sideral.
Ya
antes,
una
poderosa
voluntad
mía
relajó
cada
músculo,
todo
órgano,
las
innumerables
células.
El
pensamiento
mismo
junto
al
raciocinio
deja
de
fluir.
Esta
relajación
incluye
a
la
vida
misma,
a
la
vida
atómica
en
el
que
me
hallo
inmerso.
Cuando
lo
físico
y
lo
fisiológico,
cesan
sus
funciones
hasta
casi
desaparecer,
lo
síquico
irrumpe
dentro
de
la
barrera
del
olvido
y
la
desintegración
dentro
de
la
meditación.
Ahora
que
mi
voluntad
ha
rebasado
a
todas
las
facultades
físicas
conocidas
puedo
observar
mi
encéfalo.
A
aquella
fantástica
sede
de
la
sensibilidad
e
inteligencia
y
el
sinfín
de
facultades
que
posee.
Absorbente
órgano
este
donde
cada
neurona,
en
forma
individual
como
un
diminuto
personaje
inteligente
y
lleno
de
vida,
labora
en
consuno
con
sus
hermanas,
conectadas
sabiamente
en
un
entorno
de
maravillas
arquetípicas.
Atravieso,
de
manera
virtual
o
como
un
diminuto
ente
etérico,
los
hemisferios
cerebrales
y
el
profundo
surco
que
los
divide;
no
ignoro
cada
una
de
sus
cisuras,
sus
lóbulos,
surcos
más
pequeños
y
circunvoluciones,
todos
provistos
de
una
atmósfera
luminosa.
Desciendo
rápidamente
por
el
cuerpo
calloso,
delante
del
cerebelo,
observando
con
medida
curiosidad
su
vermis.
Unos
destellos
de
diámetros
universales
no
dejan
de
sorprenderme
hondamente
en
las
inmediaciones
de
la
glándula
pineal;
esos
relámpagos
de
luz
infinita
poseen
el
aroma
del
amor,
son
refulgidos
de
oro.
Así,
sin
dejar
de
lado
mi
sorpresa
volteo
para
observar
el
lejano
horizonte,
allí
como
una
capa
nubosa
y
transparente,
la
duramadre
y
su
compañera
la
piamadre
son
parte
de
un
portentoso
espectáculo
crepuscular.
Urgida
por
mi
voluntad,
mi
ampolla
pineal
empieza
a
emitir
ciertas
ondas
de
luz
en
todas
las
direcciones
a
un
mismo
tiempo.
La
ampolla
pineal
está
conectada
íntimamente
con
el
corazón
y
con
el
plexo
sexual,
y
su
luz
de
manera
poco
usual
al
irrumpir
en
la
oscuridad
del
abismo
que
rodea
a
mi
cuerpo
físico,
la
limpia,
purifica
e
ilumina.
Es
un
Fiat
Lux.
Entonces
ya
puedo
ver
mi
entorno.
No
me
causa
sorpresa
mi
indumentaria:
un
mono
enterizo,
calzados
y
guantes
incluido;
están
hechos
de
metales
sintéticos
plasma,
cuyo
detalle
de
componentes
no
puede
identificar
mi
amnesia.
No
tengo
ninguna
duda
de
sus
propiedades
fantásticas,
pues
me
protegieron
de
una
caída
cuya
altura
no
puedo
precisar
y
de
otros
anteriores
albures
peligrosos
que
no
barrunto
claramente.
Mantienen
mi
temperatura
corporal,
en
la
óptima,
en
una
gruta
demasiado
fría.
Ciño
algo
parecido
a
un
cinturón
de
metal
plástico
y
elástico,
en
las
que
están
incluidas
tres
diminutas
máquinas:
unos
abultamientos
con
forma
de
pequeñas
cápsulas,
que
no
puedo
deducir
su
utilidad,
unas
estrías
en
forma
de
branquias
que
supongo
sirven
para
respirar
en
ambientes
sin
oxígeno,
y
diez
células
dactilares
en
los
antebrazos
que
con
sólo
colocar
los
dedos
activan
funciones
desconocidas
de
mi
traje.
La
total
utilidad
del
cinturón
no
la
recuerdo
y
mi
extraordinaria
visión
nada
me
dice
respecto
a
sus
otros
pequeños
aditamentos
que
me
sumen
en
la
curiosidad.
Es
más
sorprendente
el
ambiente
que
me
rodea.
La
gloria
de
lo
solemne
se
encuentra
en
las
estalactitas
de
cristal
translúcido,
sugiere
en
el
techo
abovedado
la
más
fantástica
decoración:
una
infinita
cordura
de
formas
siderales
desvaneciéndose
paulatinamente
en
la
iridiscencia.
Columnas
estilizadas
y
adornadas
con
infinito
pavor
divino,
enmarcan
un
Olimpo
de
estalagmitas
irradiando
fuegos
apocalípticos.
Toda
esa
pirotécnica,
destella
con
un
eco
de
música
de
cuarta
dimensión
en
las
aguas
del
río
que
corre
bajo
la
cornisa.
Arrulla
esa
sinfonía.
Tan
absorto
estoy,
que
allá
en
lo
lejos,
no
puedo
permitir
que
el
delirio
prismático
de
un
gigantesco
arco,
huya
sin
mostrarme
sus
cristales
cintillantes,
unos
magníficos
cristales
que
emulan
a
lejanos
astros
en
el
espacio.
Hay
mucho
más
de
abstracto,
intermitiendo.
La
gruta
se
agranda,
crece.
Con
mi
visión
puedo
ver
nítidamente
cómo
los
matices
del
espectro
radiante
de
las
rocas
se
alejan
hacía
los
costados
significando
que
la
gruta
crece.
Un
ruido,
venido
de
aguas
abajo
me
indica
que
un
río
pequeño
se
une
a
éste,
más
caudaloso;
las
aguas
de
esta
manera
perennizan
su
flujo,
como
la
sabiduría
que
se
vigoriza
fluyendo
siempre.
Ya
puedo
descolgarme
de
mi
incómodo
asiento
sin
dificultad.
Alcanzo
una
orilla
que
me
ofrece
un
camino
seguro
mientras
algunas
piedrecillas
caen
musicalmente
rompiendo
la
superficie
acuosa,
esto
me
da
la
secreta
impresión
de
que
tras
ellas
está
la
grata
voz
de
una
bella
musa.
Esa
música
también
me
dice
que
el
agua
está
muy
fría.
¿Acaso
viene
de
muy
lejos...,
del
hielo
que
originó
una
gota,
luego
muchas
otras
hasta
dar
forma
a
un
hilo
líquido?
El
río
parece
asentir,
añade
a
la
vez
filosóficamente
que
su
cristalina
gelidez
se
aventuró
en
lo
desconocido...
¿Desconocido?
No,
todo
tiene
peso
y
medida.
Voy,
en
la
dirección
de
la
corriente.
La
parte
de
la
gruta
donde
recobré
el
conocimiento,
queda
atrás
que
ya
no
lo
puedo
ver,
lo
imagino
como
un
pequeño
agujero
comparado
con
esta
inmensidad
de
gruta,
o
como
una
matriz
maravillosa
donde
nací...
o
en
otro
caso
como
un
punto
de
inicio,
sin
pasado
y
sin
futuro.
En
cada
fragmento
de
terreno
que
piso,
me
encuentro
con
aciertos
alegóricos
eternos,
siempre
presentes
en
cada
planeta
que
alberga
vida.
A
medida
que
avanzo
la
bóveda
continúa
ensanchándose
en
grandes
proporciones,
el
río
adquiere
más
caudal
y
también
el
rumor
guardado
de
sus
aguas
actualiza
versos
infinitos
que
dicen
que
la
vida
se
acerca...
Sí,
la
vida
se
anuncia,
aún
efímera
pero
trascendente.
A
esto
se
suma
el
preludio
de
las
rocas
en
espera
de
un
acontecimiento
sagrado,
esto
es
palpable;
también
la
atmósfera
se
muestra
distinta,
dejando
brotar
de
sí
efluvios
obvios.
Un
momento
más
tarde:
no
me
importa
decir
si
pasó
mucho
tiempo
o
poco
tiempo,
pero
es
después,
el
mismo
río
lleno
de
algarabía
mística
anuncia:
¡Vida!¡Aquí!
Incentivado
lo
busco
en
el
lugar
señalado,
dentro
del
agua,
en
un
recodo
tranquilo
o
en
un
remanso
cerca
al
torrente,
pero
nada
¡no
la
encuentro!
y
continúo
buscando
en
vano
en
los
alrededores.
Es
algo
indefinible,
de
inmensa
magnitud
pero
invisible,
¿me
esta
diciendo
con
esto
que
la
vida
se
inicia
en
lo
abstracto,
de
manera
tan
sutil
como
divina
y
anticipa
su
vitalidad,
de
la
forma
como
lo
estoy
sintiendo
para
más
tarde
corporizarse,
brotando
como
microscópica
yema...?
En
algún
momento
los
diámetros
de
la
gruta
menguan
sus
paredes
se
estrechan
y
el
techo
busca
reunirse
con
el
piso,
aparentemente
la
gruta
se
cerrará
pronto
y
no
habrá
por
donde
continuar.
No
es
un
albur
inexorable
que
tengo
que
enfrentar
introduciéndome
al
agua
del
río,
algo
me
dice
que
continuando
con
la
corriente,
ambos
iremos
por
un
paso
horadado
dentro
de
la
roca,
como
dentro
de
un
tubo.
Me
mantengo
a
flote,
dejándome
llevar
por
la
leve
corriente
y
en
su
momento,
me
preparo
para
una
zambullida
en
lo
desconocido;
aspiro
con
toda
la
capacidad
de
mis
pulmones
y
enseguida
el
agua
se
arremolina
contra
la
roca;
espiralando
violentamente
me
empuja
dentro
de
un
reducido
espacio
en
forma
de
delgada
grieta.
Difícilmente
sorteo
unas
peligrosas
salientes
de
roca
que
tenían
la
certera
esperanza
de
atinarme
en
la
cabeza.
La
zambullida
se
prolonga
demasiado;
pero
en
el
momento
de
exhalar
toda
la
reserva
de
aire
de
mis
pulmones
la
corriente
es
frenada
y
yo
con
ella.
Noto
que
he
sido
depositado
en
la
parte
honda
de
un
quieto
remanso
e
instintivamente
nado
hacia
lo
alto
donde
cierta
transparencia
me
indica
que
ahí
está
la
superficie.
Muy
pronto
me
encuentro
en
ella
gozando
de
la
delicia
respirable,
¡atávica
realidad
orgánica!
Cuando
la
normalidad
vuelve
a
mis
pulmones,
braceo
para
alcanzar
la
orilla.
Una
vez
allá,
comparo
las
diminutas
dimensiones
del
lago,
que
no
deja
de
ser
un
charco
en
medio
de
la
inmensidad
de
la
gruta;
pero
que
charco,
hay
tanta
agua.
No
hay
comparación
entre
la
gran
cueva
presente
y
aquella,
que
dejé
aguas
arriba,
los
bellos
detalles
que
la
naturaleza
ha
depositado
en
cada
una
de
ellas
son
únicas
y
no
se
repiten,
sólo
se
multiplican.
¡Amor
de
kratores!
Mi
atuendo
me
ha
protegido
con
su
excelente
impermeabilidad.
Solo
tengo
húmedos
el
rostro
y
el
cuero
cabelludo.
El
agua
es
tibia,
ya
no
fría
como
arriba.
Además
agradable
al
paladar.
La
presencia
de
vida
orgánica
es
muy
evidente;
la
siento
más
real,
más
próxima...
Y
me
dejo
llevar
por
unos
efluvios
que
manan
de
un
exclusivo
lugar
de
pereza
dinámica.
Voy
inquisitivo
y
casi
enseguida
presencio
¡lo
asombroso!:
¡Vida
celular!,
como
en
los
orígenes
de
cada
planeta.
Como
en
los
orígenes
de
lo
orgánico.
¿Sucede
acaso,
que
la
vida
orgánica
proviene
de
otros
cuerpos
celestes,
allende
en
el
espacio,
que
ya
albergan
vida
totalmente
desarrollada?...
¿y
envían,
acaso,
su
preciosa
simiente
ya
disuelta
en
la
energía
a
través
de
ondas
por
el
espacio
interestelar,
ondas
en
las
que
viaja
todo
el
archivo
genético
de
una
completa
y
futura
vida
planetaria?...
Y
aquí,
¿en
estos
lugares
de
penumbra
absoluta
y
abundante
agua,
se
han
anticipado
las
condiciones
para
acunarlo?
Otro
río
que
llega
hasta
aquí,
trae
en
su
caudal
más
tibieza
inspirada
por
las
rocas
candentes
de
algún
volcán.
Todas
la
condiciones
para
la
continuación
de
la
vida,
que
empezó
en
algún
remoto
paraje
de
la
eternidad,
en
algún
antiguo
lugar
de
lo
abstracto,
están
dadas
para
perennizarse.
Este
mundo
celular
como
elemento
básico
de
la
vida
ya
posee
notorias
diferencias
individuales,
es
inquietante
el
abundante
número
de
personalidades
diminutas
que
luchan
por
sobrevivir.
Para
ellos
el
bien
y
el
mal
son
un
cuestionario
por
resolver,
y
usan
una
inteligencia
que
razona
al
universo...
a
su
propio
universo
con
la
limitación
que
le
dan
sus
diminutos
genes,
muy
dentro
de
sí
mismos.
Su
inmortalidad
las
llevará
obligadamente
a
la
pluricelularidad,
las
llevará
al
desafío
que
le
ofrece
la
evolución
e
involución,
girando
siempre
en
una
rueda
de
vida
y
muerte;
supervivirá
el
más
fuerte,
aquél
más
apto,
el
provisto
de
más
inteligencia...
y
finalmente
el
más
intuitivo.
Me
pongo
en
marcha.
La
calidez
del
agua,
modera
la
temperatura
del
ambiente,
la
presenta
sumamente
agradable.
El
lago
desagua
sus
sobrantes,
que
son
abundantes,
por
una
pendiente
rápida,
y
por
una
caída
vertical.
Aguas
abajo,
ya
existen
agrupaciones
celulares
y
son
muy
frecuentes.
Cuanto
más
avanza
uno,
puede
notar
que
las
características
físicas
y
fisiológicas
de
las
células
van
cambiando,
se
van
haciendo
más
complejas,
es
como
si
la
evolución
de
manera
veloz,
metro
a
metro,
las
fuera
adentrando
en
el
futuro
con
atavismo
pitoniso.
¿Cuánto
tiempo
ha
transcurrido
desde
que
recobré
la
conciencia?
¿Acaso
estoy
cansado?
En
estos
momentos
para
mí
el
tiempo
no
significa
nada;
pero
algo
en
la
gruta,
o
sea,
me
explico,
la
constitución
molecular
de
las
rocas
me
sugiere
que
ha
transcurrido
mucho
tiempo,
el
necesario
como
para
agotar
a
una
criatura
como
yo
en
permanente
trajín
y
sin
alimento.
Debo
descansar.
También,
además
de
descansar,
debo
averiguar
y
me
doy
como
tarea
necesaria
y
urgente
ingresar
en
el
archivo
genético
de
alguna
de
las
células
para
enterarme
de
la
manifestación
vital
que
la
anima
sin
la
imprescindible
radiación
calórico-luminosa.
En
un
lugar
cómodo,
resguardado
por
unos
enormes
guijarros
solitarios,
me
tiendo
de
espaldas
al
suelo,
reviso
todos
mis
músculos,
mi
anatomía
ósea,
y
mis
órganos
vitales;
las
relajo
sugiriéndolas
sutilmente
con
una
luz
azul
para
que
descansen.
Me
preparo
para
dejar
mi
cuerpo
físico,
mientras
reposa
y
se
repone.
Veo
que
lo
estoy
abandonando;
sí,
soy
una
réplica
suya,
exacta
en
todos
sus
detalles,
etérea
y
sutil,
y
me
muevo
como
un
ente
gaseoso.
La
lucidez
de
mis
sentidos
ha
sido
aumentado,
su
percepción
es
fantástica:
no
hay
barrera
que
la
limite
y
puedo
observar
hasta
dentro
de
la
intimidad
de
las
cosas
nítidamente,
por
minúsculas
que
fueren.
He
superado
las
leyes
físicas
que
gobiernan
lo
tridimensional,
he
roto
la
increíble
barrera
de
lo
trascendental.
Floto
suavemente
en
el
aire.
Voy
a
alejarme...
¿qué
sucede?:
¡no
puedo
alejarme!
¡No
puedo
avanzar...!
Lo
intento
nuevamente
con
más
decisión:
es
inútil,
hay
una
barrera
poderosa,
infranqueable;
una
barrera
pensante
e
inteligente
que
limita
mis
movimientos,
que
también,
intuyo,
vigila
mis
actos
y
lo
asombroso
¡conoce
mis
pensamientos
en
detalle!
Deduzco
que
debe
conocer
mis
recuerdos.
Así
maniatado
etéreamente
no
puedo
acercarme
al
charco,
ahora
aureolado
por
una
preciosa
luz,
para
investigar
dentro
de
las
células.
Me
queda
la
única
alternativa
de
regresar
a
mi
cuerpo
yaciente;
me
acuesto
en
él
y
lo
saco
del
profundo
sueño
al
que
lo
sometí,
acelerando
voluntariamente
los
lentísimos
latidos
cardiacos
y
permito
que
los
pálpitos
se
extiendan
por
las
numerosas
ramas
arteriales
y
venosas.
Renuevo
la
marcha
provisto
de
nuevas
energías.
El
soterrado
incrementa
sus
dimensiones.
El
silencio
tiene
la
solemnidad
que
inspira
la
epopeya
de
la
vida,
la
gloria
de
la
existencia.
Un
nuevo
río
brota
a
través
de
las
entrañas
de
la
roca
por
la
orilla
opuesta
del
remanso
y
se
une
al
torrente,
este
que
me
brinda
transporte,
ebullendo
enigmáticamente
y
condensando
nuevos
vapores
cálidos.
Se
conjugan
nuevos
arquetipos
de
siempre.
Desde
una
prominencia
rocosa
puedo
ver
que
el
río
desaparece
para
sorpresa
mía.
De
lo
siseante
que
fue
hasta
el
momento
se
torna
sonoro
y
explosivo
para
hundirse
tragado
por
un
gigantesco
agujero
en
medio
de
la
gruta.
El
lugar
donde
desaparece
el
río
es
extrañamente
plano,
diría
artificialmente
plano,
y
está
circundado
por
unas
salientes
rocosas
con
aspecto
de
piezas
monumentales
diseñadas
por
el
viento
o
caídas
desde
el
techo
en
lo
antiguo.
Algunos
detalles
en
la
roca
y
en
el
ambiente,
me
permiten
deducir
que
en
el
camino
inmediato
encontraré
calores
extremos.
Esto
me
dice
que
debo
escoger
entre
ser
devorado
junto
con
el
río
o
continuar
por
parajes
candentes
y
sin
vida.
Prefiero
esta
última
disyuntiva
La temperatura ambiental aumenta como súbita fiebre de la misma manera que la gruta se estrecha alarmantemente hasta ¿desaparecer? Así parece ser cuando la temperatura ya alta, donde nada vivo podría soportarla, cede hasta decaer... y eso me calma (sigue)
¡Bájatela
!
RED SOCIAL DE ALMIAR | REGRESAR AL ÍNDICE DE NOVELA | PORTADA DE ALMIAR