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Los niños
errantes
Jordi Via
En el valle no se vive
mal, pero no hay cines ni centros comerciales ni tan siquiera una pequeña
bodega donde poder comprar algún queso o alguna botella de vino. Por eso, a
casi todos los que vienen de la ciudad en junio y se despiden en septiembre,
les parece aburrido pasar aquí los veranos. Ignorar durante tres meses sus
comodidades diarias es para ellos una maldición y no les resulta nada fácil.
Pero en realidad, bajo mi punto de vista, es mucho peor quedarse en casa y
no enfrentarse —o, al menos no intentarlo— a sus problemas. Algunos lo
entienden y otros, que probablemente vienen por obligación, no.
Yo vivo todo el año en este bello paraje y no necesito lo que
ellos llaman las ventajas de la civilización; aunque es cierto que echo de
menos una cosa: ir a las tiendas de discos y pasarme horas rebuscando y
escuchando música. Por suerte en esta casa hay un equipo de alta fidelidad y
una buena colección de discos y, al menos una vez al día, escucho alguno de
ellos. Entre otras cosas también tenemos una guitarra española y aunque no
sé tocarla, la trato con sumo cuidado esperando a que llegue alguien que la
haga sonar y cante canciones al lado de la hoguera. Con frecuencia muchos de
los que vienen son músicos o aficionados a la música y hemos disfrutado
muchas noches de las melodías que les íbamos pidiendo. La música une y,
utilizando el tópico, amansa a las fieras.
¿Por qué decidí quedarme aquí? Sencillamente necesitaba una cura
de salud y ahora que ya tengo mis heridas aplacadas ayudo a los que, como yo
en su momento, llegan aquí en busca de sanar u olvidar. Hay más razones,
claro, pero ya las iré relatando.
Al mando está Julián, el mismo que me tendió la mano para salir
del infierno en el que me encontraba hace cuatro años. Él es el propietario
de «la casa tomada». La apodó así con motivo de la llegada de los primeros
residentes y por el título de un cuento de Cortázar. Se puede decir que
además de un buen amigo, Julián es casi un padre para mí. Si no me aburro
aquí durante el invierno es gracias a él y a todos los libros que me presta.
Me ha enseñado a escribir poemas, aunque él dice que los poemas se aprenden
a escribir sin maestro; que es algo que se lleva adentro, en el fondo del
corazón y que están construidos de antemano, sólo es necesario sumergirse y
buscar para después unir los pedazos que se van encontrando. También me ha
enseñado a liar bien los cigarrillos con sus condimentos, a cocinar e
incluso a cómo se debe tratar a las mujeres. Opina que soy algo misógino,
pero yo creo que lo dice en broma, sólo para incomodarme por mi extrema
timidez.
Julián llegó a este rincón huyendo de un matrimonio fracasado y de
un trabajo que lo absorbía por completo. Encontró una parcela a buen precio
y poco a poco levantó una casa rural con seis habitaciones y un baño en cada
una. Aunque en un principio Julián sólo buscaba un sitio donde vivir en paz,
alguien le aconsejó acondicionar la casa y convertirla en una especie de
refugio para gente que busca ayuda desesperadamente: los perdidos, hijos del
desamparo o como más tarde él empezó a llamarnos «los niños errantes».
Es un buen negocio para él y una posible solución para muchos de
nuestros problemas. Un lugar lejos de todo, donde se puede descansar y
desconectar. Un privilegio para aquellos que quieran dejar de lado sus penas
y abandonar vicios. El lugar indicado para pasar unas pequeñas vacaciones,
que además sirven para reponerse e incluso readaptarse en la sociedad.
Julián no es médico ni psicólogo y tampoco pretende serlo. Simplemente nos
ayuda con consejos, con su experiencia y sobre todo escuchándonos y
organizando pequeñas reuniones donde cada uno se desahoga explicando lo que
le pase por la cabeza.
Los niños errantes han ido llegando aquí a lo largo de los años
por diferentes motivos y desde diferentes lugares. Cada uno tiene sus
contrariedades, sus dificultades para adaptarse a una nueva situación, pero,
al final, todos han ido dejando atrás sus preocupaciones. También han
ocurrido cosas horribles, no todo el que llega aquí se cura, igual que no
todo tiene solución. Pero para alguien que está muy mal, que no encuentra
sentido a nada y que prefiere la muerte, lo mínimo que le puede ocurrir al
llegar aquí, es ver la vida de otro modo y tal vez, hacerle cambiar de idea.
Eso, al menos, me ocurrió a mí.
Trimestralmente le llegan las transferencias de los honorarios que
cobra Julián por nuestra estancia. Entonces él recorre unos cincuenta
kilómetros hasta llegar al pueblo más cercano, allí tramita todo tipo de
papeleos; cobros y pagos, y también se aprovisiona lo suficiente para tres
meses más. Normalmente yo le acompañaba en esos trayectos y le ayudaba
haciendo la compra mientras él iba al banco o a correos. Luego cargábamos
entre los dos la furgoneta, una vieja Volkswagen de las típicas «surferas»,
y volvíamos hacia el valle, contentos por haber pasado el día fuera y
habernos tomado un par de cervezas en una terracita. Eso hacíamos.
Hablábamos durante el viaje sobre música o libros o cine y escuchábamos en
el viejo radio —canciones viejas también— de Cat Stevens. Hasta que llegó
Martín y lo estropeó todo.
En cuanto cruzó la puerta supe quién era. No hizo falta que Julián
me lo presentara. Sin embargo, él no me reconoció y fue entonces cuando
empecé a planear la manera de hacérselas pagar.
Martín. Qué repugnante casualidad y cruel atrevimiento del
destino. Julián aún se lamenta de no haberme escuchado a tiempo, de no
percatarse de quién era en realidad aquel asqueroso personaje que vino a
rehabilitarse a nuestro hogar.
Cuando decidí abandonar a los míos para seguir una terapia en el
lugar más alejado de mi hogar, tenía veintiséis años y estaba en un estado
triste, lamentable. Lo estaba perdiendo todo; mi trabajo en la radio ya
empezaba a desmoronarse y en la revista donde escribía críticas de discos
—aunque sería mejor llamarlas recomendaciones— les enviaba con más retraso
los escritos y empezaban a ponerse nerviosos. Ya no tenía ningún control
sobre mí. Ya no podía más. Aborrecía cualquier contacto humano. No me
apetecía salir de casa ni recibir visitas. Cuando no estaba en la radio me
pasaba el día holgazaneando. Perdí las ganas de leer, escribir y escuchar
música; mis mejores aficiones se iban diluyendo en el fondo de un sofá
maloliente. Me fumaba un cigarro tras otro e incluso bebía más de la cuenta.
No aceptaba consejos ni críticas de nadie, ¿cómo se atrevían? ¿Quiénes eran
ellos para creer que podían mitigar mi dolor?, ellos eran mi familia y no
sabían nada de mí. Yo les odiaba e ignoraba intensamente en la misma medida.
Conducía por las noches por carreteras comarcales sin ningún
destino. El placer que me causaba conducir escuchando canciones tristes me
ayudaba a olvidar algunos de mis problemas y podían pasar horas antes de
regresar a mi habitación, el lugar más seguro que conozco.
Lo más triste es que yo siempre había desconfiado de la gente que
parecía vivir en profundas depresiones y pasan por lo que estaba atravesando
yo en aquel momento. Había sido muy cruel opinando sobre la actitud de
personas a las que conocía y que pasaban por una mala racha, sin pararme a
pensar que a cualquiera puede sucederle. Cuanto más pensaba en ellos peor me
sentía. Los remordimientos me carcomían y me prometí mil veces que saldría
del pozo en el que había caído y, si podía, ayudaría a levantar la cabeza a
los que caen en un mar de tristeza. Intentaría ser como el socorrista que
siempre observa el horizonte.
Así que en cuanto conocí la casa de los niños errantes, cogí unas
pocas cosas básicas y preparé una mochila para irme lo antes posible. No es
que creyera que marchándome podría solucionar nada. Era más bien una opción
de las muchas que podía escoger para alejarme de mis decepciones,
frustraciones y sobre todo, lo más importante, evitar a toda costa hacer más
daño a los que tanto quería. Me había vuelto violento. Sabía que no debía
reaccionar como lo hacía, pero no había nada que consiguiera frenarme.
Me despedí de mis amigos y de mi querido gato. A Neko lo acompañé
a casa de unos amigos. Él ya estaba acostumbrado a las mudanzas y los
cambios no le sientan tan mal como a la mayoría de los gatos y además, en
poco tiempo lo iría a buscar de nuevo, o eso pensaba entonces.
Era un día soleado, pero no hacía calor, cuando cerré la puerta de
mi casa con la mochila a cuestas. Un quince de abril precioso, el mejor mes
del año. No me crucé con vecinos ni con ningún conocido. Para el viaje, que
en total duraba más de cuatro horas, me preparé unos bocadillos de paté y
llené una cantimplora con agua. Cogería dos trenes y un autobús. También me
llevé conmigo unos cuantos libros y para leer durante el trayecto escogí uno
que me regaló mi mejor amigo pocos meses antes de morir; El beso de la
mujer araña, de Manuel Puig. Le había contado que de pequeño iba todos
los domingos a la sesión doble y que me tragaba cualquier película que
proyectaran. Daba igual qué actores protagonizasen la película o el nombre
del director, incluso el argumento me importaba bien poco. Para mí lo más
importante era desaparecer de la realidad durante una tarde entera. Le
expliqué que habría visto durante mi infancia centenares de películas, pero
la que me quedó más grabada en la mente fue la adaptación de la novela de
Manuel Puig con un joven y brillante, como siempre, William Hurt dando vida
a Molina, un homosexual que comparte celda con un activista político llamado
Valentín interpretado por Raúl Julia. Molina le cuenta a Valentín el
argumento de películas y van hablando sobre ellas. De esa manera se van
conociendo y pasan más cómodamente esa ingrata estancia.
Él buscó por varias librerías hasta dar con una de viejo donde le
vendieron una edición de 1987. Fue todo un detalle. No le gustaba ir de
tiendas y los libros que tenía en su casa básicamente eran para decorar y
llenar huecos detrás de las fotografías de familia, entre las que había una
suya que siempre me divertía mirar, cuando iba a su casa, de cuando hizo la
mili.
En cambio, amaba el cine y podía pasarse horas enteras recordando
escenas y pequeños detalles que él contaba con una alegría insólita en su
personalidad. No había visto El beso de la mujer araña y cuando yo le
expliqué el argumento en cierta forma él se vio reflejado en el papel de
Molina. Nos reímos mientras apurábamos el último cigarro antes de irnos a
dormir, como siempre, pasadas las tres de la mañana.
Él se suicidó. No dejó ninguna nota. Nunca me pareció un hombre
triste ni desolado ni depresivo. Nada me daba pistas del porqué. Escudriñé
su habitación días después del entierro con el permiso de su madre y no
hallé ni una sola pista. Me niego a creer que fuese un cobarde. Me niego a
creer que se sintiera solo o desprotegido. Me niego a que él ya no esté.
Qué te hizo volver atrás y recordar con extremo dolor, algo que
de antemano ya sabías te iba a abrir de nuevo la herida. Nadie te empujó,
nadie te pidió que te acercaras de nuevo al borde del precipicio. Siempre
buscando algo más, algo que perpetuar en la abisal memoria y no siempre
recordarlo como realmente sucedió. Te acercabas lo justo y sabías bien
cuando parar, pero no querías detenerte y poco a poco, como cuando se revela
una fotografía, te adentrabas en la peor de tus pesadillas. No eras más que
un niño con deseos e ilusiones frustradas. Nada te salía como al resto de
los niños de tu edad. Cuando te encerraron en aquel almacén del supermercado
no viste peligro alguno. Tu inocencia no te dejaba ver más allá del regalo
que te prometieron. Recuerdos. Te acuerdas de todos los petardos que
compraste con dinero robado del monedero de tu madre por San Juan. Uno de
ellos te dejó prácticamente sordo durante casi un día entero y además te
quemó la punta de dos dedos. Quitabas monedas del monedero de tu madre de
forma habitual para, de camino al colegio, entrar en la tienda de aquel
pobre viejo al que todos tomaban el pelo y al que también le robaban todo lo
que podían. Tú allí te comportabas educadamente y simplemente comprabas
golosinas para endulzar así el trayecto. Aquel viejecito te daba muchísima
pena y alguna vez regañaste a niños mayores que tú, llevándote algún golpe
en la cabeza. Una vez recibiste una buena
bofetada de Rosalía, la profesora de religión, por colgarle con celo en la
espalda un monigote en un día que obviamente no era el de los santos
inocentes. Aquello hacía reír a toda una clase entera de niños traviesos y
Toni no tardó en decirle a la profesora lo que les hacía tanta gracia y
enseñarle lo que pendía de su bata rosa y aún tardó menos en señalar al
culpable. A excepción de esa travesura en general eras un buen estudiante y
nada conflictivo. Siempre buenas notas, buena actitud. Sólo que en quinto de
EGB, durante una excursión, te vengaste de Toni. Llevabas una jaula en la
mano por si cazabas algún animal del que más tarde descubrirías sus rasgos
característicos al lado del mejor profesor que jamás tuviste, el señor
Rafael, al que admirabas profundamente por ser un buen educador y además
escritor. Llevabas esa jaula y Toni detrás de ti tocándote las narices. No
aguantaste más, llegó el momento de darle su merecido. Te giraste en redondo
y le diste tal golpe en la cara con aquel objeto, que en unos instantes toda
su cara quedó ensangrentada, llena de mocos y lágrimas. Nunca se habló de
aquel incidente. Toni nunca dijo a los profesores la verdad de cómo se hizo
aquella herida y disteis por zanjadas vuestras diferencias. A partir de
entonces Toni y tú, por raro que parezca, os llevasteis bastante bien. No
hubo nunca más ninguna pelea. Sencillamente fuisteis amigos durante unos
años y un día os dejasteis de ver. Así sucede siempre. Te relacionas durante
un tiempo con alguien y de pronto todo se acaba. Sin rencores. De vez en
cuando alguna llamada de teléfono, alguna postal. Nunca has mantenido una
larga amistad; no conservas amigos de la infancia ni de la adolescencia. Tus
compañeros de trabajo algún día han sido algo más, pero cuando has cambiado
de trabajo también has renovado tu círculo social. Tal vez todo tiene una
explicación. Naciste en un lugar donde nunca llegaste a vivir, a lo sumo
pasaste allí dos días. Te llevaron a otro pueblo donde tampoco estuviste
mucho tiempo, tal vez hasta los tres años. Más tarde tus padres se
trasladaron por motivos de trabajo, y eso supuso otra mudanza. Cuando tenías
cinco años entró a formar parte de tu vida un tercero en discordia y hasta
que no cumpliste nueve años no llegó el divorcio; otro cambio de aires, otra
escuela donde luchar para ser aceptado, otra vez rodearte de nuevos amigos y
olvidar a los antiguos. Cuando ya te habías amoldado a ésta nueva situación,
llega la reconciliación (con la que siempre estuviste totalmente en
desacuerdo, parecías más maduro tú que tus padres). Para entonces, hacer y
deshacer el equipaje ya es para ti algo normal y nada complicado. Tres años
después la razón del cambio de domicilio fueron las lamentables peleas con
tu madre; huída de un adolescente del hogar, es la liberación final. Nunca
antes pasaste tanto tiempo en ningún lugar hasta tu emancipación anticipada.
No podías conservar a tus amigos ni aunque te hubieses esforzado
enérgicamente. Cuando preguntan de dónde eres, casi siempre respondes, de
forma irónica, que tú eres nómada. Esta respuesta causa carcajadas a tus
interlocutores, pero en realidad no te falta razón. Inestabilidad.
Inestable en todo. Tu carácter es cambiante en cuestión de segundos. Pasas
de la normalidad a ser el peor de los ogros. Tus suavísimas sonrisas se
convierten entonces en babas disparadas al aire con un aterrador rechinar de
dientes; refunfuñando y humillando con un desprecio inusitado. Tus acciones
sorprenden a los que te rodean y poco a poco se apartan de ti. Te refugias
en vanas excusas. También hay que saber llevarte, no encajas muy bien las
críticas hacia tus actitudes. No toleras que te ignoren. No soportas no
saber explicarte. Todo debe tener una explicación. No has recibido demasiado
cariño. No hay una figura familiar estable. No sabes tratar a las personas
porque nunca te han sabido tratar a ti. Has presenciado demasiadas
discusiones e intentos de suicidio. Has vivido en tus carnes una
despreocupación total; notas, informes de actitud en la escuela, progresos,
depresión por la muerte en accidente de trafico de un amigo, éxito
laboral…fracasos, tanteo de algunas drogas; ignorado por completo. Sin
recibir nunca una charla de cómo enfrentarse a la vida. Tu educación no
escolar es completamente autodidacta. Todo lo has aprendido en los libros y
de la gente con quien te has relacionado. ¿Hubiese servido de algo explicar
aquel incidente de tu infancia en el supermercado? La respuesta es no. Sólo
habría empeorado las cosas. Si siguieras viviendo en aquel pueblo, te
encontrarías de vez en cuando a ese cabrón por la calle y ese ogro que hay
en ti despertaría y seguramente cometerías el peor error de tu vida. Lo
último que sabes de él es que organizó con unos compinches un atraco donde
trabajaba y le pillaron. No se sabe si aún está en la cárcel. Esperas que se
pudra en el infierno y que tú aparezcas en sus peores sueños.
Día de lluvia en el valle. Desde la ventana de mi habitación puedo
ver un arco iris trágico que cubre en el horizonte el espeso bosque, donde,
a veces, me escondo de Martín. No es que me persiga y ni mucho menos le
temo. Lo que ocurre es que quiero verle lo mínimo posible. Ni siquiera nos
hemos cruzado dos palabras. Parece distinto. Los años le han cambiado. Ya no
tiene aquella mirada dura, y su pelo es menos liso. Entonces él llevaba el
pelo largo y bien cuidado. Es curioso, ahora caigo que en catalán arco iris
se traduce como Arc de Sant Martí.
En mi escritorio hay montones de notas. Estoy recopilando cuentos
y historias que se me van ocurriendo con la esperanza de que Julián las lea
y me de su sincera opinión.
Si uno lee acaba queriendo escribir. Tengo muchas ideas, pero las
tengo mezcladas en mi cabeza y aunque todo tiene un sentido único, no sé
como encajar todas las piezas. He escrito cuentos de gatos, de accidentes de
tráfico en extrañas circunstancias, de un ludópata, de un pirómano, de
extraños sueños y de suicidios colectivos. A veces lo leo todo de un tirón y
adquiere un significado real. Casi se podría decir que los cuentos y las
notas escritas desordenadamente forman parte de un diario.
El diario de alguien que ya no está. Que pasó por mi vida y me
susurró al oído miles de experiencias para que yo las plasmara, en cualquier
orden.
De fondo escucho a The Allman Brothers Band; Melissa, una
canción que no olvidaré jamás. Alguien ha encendido el equipo. Debe haber
sido Julián. Yo le puse un día esta canción y le expliqué todos los
recuerdos que me traía. Él no la había escuchado nunca pese a tener el álbum
entre su colección de discos, y ahora la pone a menudo. Recuerdos de mi
adolescencia en la radio municipal. La pinché tantas veces que llegué a
conseguir incluirla en una lista de éxitos donde desentonaba por ser
considerablemente más antigua que las demás canciones.
Yo vivía mis días con una total despreocupación. La radio era lo
que más me llenaba. Me podía pasar horas allí encerrado y no sentía el más
mínimo deseo por acercarme a la piscina y pasar la tarde con mis amigos.
Arrastré a unos cuantos a descubrir el mundo de las ondas. Algunos
de ellos son ahora profesionales del medio, mientras que yo no he conseguido
aún tener una profesión. Ni siquiera una idea de a qué quiero dedicarme.
Siempre he sido indeciso y me ha gustado tocar demasiadas teclas. Hubo un
tiempo en que creí que podría conducir un trailer siguiendo los pasos de mi
padre. No tuve suerte como carpintero ni como pastelero. En cambio trabajé
casi diez años en una librería. Me gustan los libros. Me gustaba el contacto
con la gente; ahora ya no. Por eso, entre otras muchas razones, estoy aquí;
busco a mi antiguo «yo», el tipo que algún día fui —al que tengo un
especial afecto— y me gustaría reencontrar.
La primera vez que vimos Carretera perdida nos quedamos
petrificados en nuestra butaca mientras los créditos y la canción de David
Bowie daban por finalizada una de las películas más fascinantes que he visto
en mi vida. Una vez en la calle empezamos a darle vueltas al argumento. Qué
parte era real y qué parte imaginada. Si Fred Madison mata realmente a su
mujer o no, y si el hombre misterioso pertenece, en parte, a la personalidad
de Fred. Que si el chico joven es el hombre que anhela ser en realidad Fred
Madison o si todo es simplemente una paranoia del loco de David Lynch. Y así
estábamos los dos lanzando teorías sin parar. La vimos unas cuantas veces
más, muchas más, y cada vez salíamos con planteamientos que contradecían a
conclusiones anteriores, pero disfrutábamos como nunca y quedábamos en ir a
verla de nuevo.
Así era él y así era yo. No teníamos que convencer el uno al otro
para hacer cosas. Si a uno le apetecía ir a ver una película, por muy
absurdo que pudiera parecer verla por décima vez, el otro casi seguro que
había pensado en lo mismo, la íbamos a ver y no se hablaba más.
Lo mismo ocurría con el destino que elegíamos para ir de
vacaciones o cuando decidíamos salir de fiesta o cuando íbamos a cenar.
Siempre nos poníamos de acuerdo. Siempre, salvo en las interminables charlas
que manteníamos hasta altas horas de la noche. Nunca he sabido defender bien
mis opiniones y a él le encantaba liarme y provocar que me embrollara con
mis argumentos. Era muy irónico e inteligente y le gustaba soltar frases,
aforismos de cosecha propia, lo que siempre me sorprendía viniendo de
alguien a quien no le gustaba leer. Ésa estrategia con las charlas, no sólo
la utilizaba conmigo.
Tenía mucho éxito con las mujeres y ellas venían primero a mí y me
confundían con sus intenciones. Yo pensaba al principio que me las estaba
ligando cuando en realidad querían saber cosas sobre él. Si a él le gustaba
alguna, la ponía a prueba hasta el punto de extenuarla a base de preguntas
enrevesadas. Si superaba ese tipo de iniciación la encontraba interesante y
era sólo entonces cuando se planteaba tener algo en serio con ella. A mí, en
cambio, las chicas me gustaban o no me gustaban, y punto.
No solíamos tener diferencias, y sólo recuerdo una discusión.
Bueno, en realidad se enfadó conmigo y me soltó algún exabrupto. Consideré
que tenía razón y no le di pie a mantener disputa alguna. Fue en una de
nuestras vacaciones. Él estaba conduciendo, creo que era en Pamplona, y yo
iba de copiloto. Era la primera vez que visitábamos la ciudad. Yo no suelo
fijarme en los carteles que indican ciudades o números de autopista, y
además, soy un desastre con los mapas. Él, siempre seguro de sí mismo, en
aquella tarde todo le salía mal. No encontraba la manera de salir de allí y
se iba poniendo cada vez más nervioso. Me hacía preguntas, y yo, alelado
totalmente, no sabía qué responder. Pasamos tres veces por la misma rotonda
y acabó aparcando el coche de mala manera. Con una arrogancia desconocida en
él empezó a meterse conmigo, en mi incapacidad para guiarle y no pude evitar
avergonzarme y salir del coche. Di un par de vueltas. Me fumé un cigarro y,
una vez calmado, volví al coche. Fuimos a tomarnos una cerveza y allí
preguntamos por la ruta a seguir. Uno de los dos empezó a reírse y se nos
pasó el enfado. Siempre que uno empezaba con las risas se la contagiaba al
otro y ya no podíamos parar.
Esa noche cuando ya estábamos instalados en el camping, con la
tienda sujeta a medias y aguantándose en pie milagrosamente, me pidió
disculpas a su manera. Me dijo que, si bien yo era incapaz de leer un mapa,
tenía muchísimas más aptitudes que seguro que nos servirían en un futuro. No
sé si él era consciente de esas palabras cuando un año después en otra de
nuestras vacaciones yo fui su héroe y salvador por unos minutos,
descubriendo uno de mis, hasta entonces desconocidos, dones. Un don que nos
salvaba de echar a perder nuestras vacaciones y, también, evitaba molestar a
alguno de sus familiares haciéndole recorrer centenares de kilómetros hasta
llegar a nosotros y solucionarnos la papeleta. Ocurrió durante las fiestas
de San Lorenzo, en Huesca. Todo iba bastante bien, era nuestro primer día de
vacaciones. Acabábamos de llegar. Éramos jóvenes y no notábamos el cansancio
del viaje, así que fuimos a cenar y de ahí directamente a recorrer los bares
y las peñas. Enseguida conocimos a gente y bebimos y bailamos hasta altas
horas de la mañana. Recorrimos la ciudad a pie de un lugar a otro durante
toda la noche y fue entonces, cuando ya dimos por acabada la fiesta y fuimos
a buscar el coche para regresar al camping para dormir un poco, cuando él
echó en falta las llaves. Se le cambió la cara, pasó de estar alegre y
animado a convertirse en la persona más seria e infeliz que podía llegar a
ser. Se barajaban varias opciones; una grúa tirando del coche hasta
Barcelona era la más cara, otra opción era llamar a los municipales para
abrir el coche con uno de esos ganchos planos y, la tercera, la peor, era
llamar a su hermana y hacerla venir hasta Huesca con una copia de las
llaves, sin duda la posibilidad menos deseable de todas. Estábamos abatidos,
todas nuestras cosas estaban en el coche. El dinero que habíamos separado
para esa noche ya lo habíamos gastado casi todo, nos quedaban unas monedas,
lo justo para un café. Así que yo tomé las riendas y decidí lo que íbamos a
hacer. Primero, tomar ese café que nos repondría. Luego ya nos
preocuparíamos en andar por los lugares en los que habíamos pasado toda la
noche.
Tal como estaban las cosas, no dudó en seguir mis consejos y se
dejó arrastrar por mi extraño arranque de optimismo y despreocupación. Ni yo
sabía de dónde provenía aquella fuerza interior que me empujó a decidir lo
que debíamos hacer.
Mientras desandábamos el camino le hablé sobre la chica, que en
uno de los locales, yo me había atrevido a abordar. Sólo quería acercarme a
ella y con cualquier excusa establecer una conversación. Eran sobre las tres
de la noche. Ella estaba con una amiga bailando. Una enfrente de la otra al
ritmo de una canción de los Celtas Cortos y nosotros riéndonos todo el
tiempo, haciendo el tonto, nos fijamos en ellas. Eran guapas y parecía que
no dejaban de mirarnos, o eso creímos. A mí la mezcla ya hacía rato que me
había subido a la cabeza y mi timidez y mi sentido del ridículo llevaban más
de dos horas de paseo, así que me resultó fácil acercarme a ella y aceptar
sin ninguna vergüenza y con gran temple su rechazo. Sólo pude hacerle una
pregunta y alejarme de ahí con la misma sonrisa de memo con la que me había
aproximado.
«¿Puedo hacerte una pregunta?», ella me miró y contestó: «¿Qué si
puedes hacerme una pregunta? No, no puedes». Su mala leche era digna de
admirar. Yo no sería capaz de contestar así ni al más borde del mundo y he
ansiado tener ése valor, en más de una ocasión, años después.
La conversación le hizo reír y, ahora, ya estaba más
relajado. Los dos estábamos más relajados. Con las primeras horas de la
mañana parecía todo más fácil, como si hubiesen pasado varios días y todo
fuese un recuerdo lejano. Pero la realidad era distinta. Estábamos en una
ciudad desconocida, sin poder pedirle a nadie que nos echase una mano.
En momentos así la música te puede ayudar. Y hablamos de eso, lo
bueno que sería poder escuchar, de algún modo, canciones de fondo de la
misma manera que sucede en las películas. Así que mientras recorríamos todos
los sitios donde habíamos estado por la noche, estuvimos eligiendo canciones
para el momento: Pasando por un parque donde había varios jóvenes
desparramados durmiendo la mona, tuvimos que decidir entre muchas canciones
de Tom Waits y, al final, la más acertada era Clap Hands. Para un
señor que paseaba a un bóxer atigrado, aunque parecía lo contrario,
escogimos The House Is Rockin’, de Stevie Ray Vaughan. Y para
nosotros, en busca de las llaves perdidas, berreamos entre risas, la música
de Indiana Jones. El juego duró bastante rato y lo seguimos usando en el
futuro en más ocasiones. No teníamos que decidir cuando empezar, sólo
bastaba con ver, por ejemplo, a una chica guapa y uno de los dos empezaba a
tararear alguna canción. De noche, con los faros iluminando el asfalto, era
fácil canturrear I’m Deranged, el tema que da inicio y fin a
carretera perdida.
Teníamos que encontrar las llaves y continuar con el buen rollo
que habíamos logrado. Llevaríamos un par de horas caminando, cuando no sé
porqué, le dije que fuéramos al local donde habíamos visto a las chicas
bordes de los Celtas Cortos. No teníamos nada que perder y accedió enseguida
a perseguir mi corazonada.
De día, el lugar tenía un aspecto totalmente diferente. No era un
local, más bien era una especie de jardín con tierra en el que habían
montado una caseta con una barra para servir bebida. Hasta donde alcanzaba
la vista estaba repleto de basura; los vasos de plástico lo inundaban todo.
No tardaría en aparecer por allí alguien para limpiar y dejarlo todo listo
para continuar con la fiesta. Cabía otra posibilidad, que alguien de la
limpieza encontrara las llaves, pero no esperábamos tener esa suerte.
Estábamos ya empezando a darnos por vencidos. Nos separamos y paseamos
nuestra mirada por todo el recinto. Él se acercó al rincón que horas atrás
había ocupado. Me llamó. Yo sabía perfectamente que me quería decir. Se
rendía. Había llegado el momento de tomar una decisión. Antes de llegar
hasta donde se encontraba él, me paré unos instantes delante de un póster de
las fiestas donde se anunciaban todos los eventos. En otra situación
habríamos planeado qué haríamos en los días siguientes. En cierta forma
aquel cartel también se reía de nosotros: esto es lo que os perdéis
pardillos. Miré hacia el suelo y removí con la punta de mi bamba derecha los
vasos y después la tierra. Como por arte de magia primero vi un plástico
negro y después, brillando, la punta de lo que parecía una llave. El cartel
no se reía. Nos anunciaba que aquella sería una semana llena de fiestas,
conciertos y bebida, mucha bebida.
Me acerqué a él con las llaves en la mano. Todavía no se había
dado cuenta de la suerte que habíamos tenido cuando le enseñé su llavero e
hizo un amago de abrazarme. No sé porqué, en el último momento, se cortó y
reprimió un merecidísimo abrazo. Sin embargo le cambió la cara y se sentó
durante un buen rato en un banco repitiendo la palabra azar sin cesar, con
una sonrisa que le iluminaba el rostro convirtiendo a aquel chico tosco, en
un gran tipo.
Tiene la boca seca y es incapaz de mover su cuerpo. Abre los ojos
y sólo distingue sombras, pero entre ellas, puede reconocer a su madre y, a
su lado, al tercero en discordia. Más a la derecha está su padre, sus voces
las oye de fondo.
Una enfermera empujando un carrito metálico se abre paso entre
ellos. A su lado, un hombre con bata blanca, un doctor. Ella se acerca a la
cama y levanta las sábanas. El doctor ni siquiera le pregunta al paciente
por su nombre ni por cómo se encuentra. Observa el lugar exacto de su cuerpo
donde han estado trabajando y habla con la enfermera ignorando a todos los
que se encuentran en la habitación 43 del hospital Sant Jordi. Son las
cuatro de la tarde. El doctor y la enfermera se van pasando una serie de
botes con diferentes líquidos, que vacían alternativamente sobre la herida,
dejando la cama y al muchacho chorreando.
No siente dolor alguno, pero sin saber porqué, arranca a llorar.
El doctor impasible prosigue con su trabajo. Cuando han acabado, la
enfermera le cubre el cuerpecito, dan media vuelta mientras el niño sigue
llorando, y van a hablar con la madre. No llega a escuchar qué le puede
estar diciendo el doctor, sus propios gemidos le impiden escuchar algo, pero
le parece entender que todo ha ido bien.
Cuando el doctor sale, el tercero en discordia se acerca a la cama
y levanta la sábana. Mira de cerca la cicatriz y, olvidando la presencia del
niño, dice a viva voz que los cirujanos han hecho un estropicio. El niño
piensa que habla por hablar, como casi siempre ¿qué sabrá un payaso sobre
cirugía? Así que ni siquiera teme que tenga una pizca de razón. El niño
siempre le lleva, de forma acertada, la contraria. El hombre, mucho más
mayor que sus padres, se cree por experiencia, muy culto, y habla mucho de
política y de fútbol y de lo mal que educan en el colegio a todos los
estudiantes hoy en día. Parece que le encante escucharse a si mismo, dando
el tostón y casi siempre meando fuera de tiesto. Lo que está claro es que no
tiene ni idea de cómo se debe tratar a un enfermo y menos aún a un niño. Y,
además —piensa el niño— ¿quién le ha dado vela en este entierro?
Por otra parte, el padre y la madre tampoco son un modelo a seguir
y eso hace tiempo que el niño lo tiene asumido. La madre nunca está contenta
ni con nada ni con nadie y está obsesionada con la limpieza. Nunca ha
abierto un libro y apenas si sabe leer. El padre es un amante de los trenes
eléctricos y de los coches a escala pero sólo los disfruta él, impidiendo
que el muchacho se acerque al baúl donde los guarda con un candado. Así que
sus referentes son los libros que coge prestados de la biblioteca y los
consejos de Don Marcelino, su profesor de literatura, y el señor Rafael que
además de ser un amante de la naturaleza es escritor. Los dos consideran que
el chico es buen estudiante e inteligente.
Cuando su madre le pregunta por primera vez cómo se encuentra, el
niño no contesta. No sabe si, de intentarlo, podría hablar, pero no va a
hacer ni el más mínimo esfuerzo en articular las cuatro letras.
Se duerme. Es como mejor está. Durmiendo o haciéndolo ver.
Cuando recobra la conciencia, recuerda haber soñado que estaba en
una cueva. Llevaba puesta una camiseta naranja y debía tener unos treinta
años, barba de quince días y una calva incipiente.
Le ha despertado su abuela. Su colonia es inconfundible y siempre
acaba mareado. En el fondo desea perder el conocimiento para volver a la
cueva. Sus padres se han ido sin despedirse, seguramente no lo habrán
querido despertar (un consejo del sabio vejestorio), y su abuela los habrá
sustituido. Parece que está llorando. Aunque le cuente cualquier motivo
creíble, él sabe que miente. Conoce perfectamente la razón de su tristeza y
pese a ser un niño pequeño, entiende muy bien qué ocurre. Prefiere no hablar
con ella y hacerse el dormido. A su abuela la quiere mucho, pero no soporta
hacerse el tonto y menos aún herirla.
Ahora, con los ojos cerrados, él recuerda aquella vez que jugando
en un parque se quedó atrapado entre la escalera y el pasamanos de un
tobogán por la cintura. Sus amigos al principio se reían, pero al cabo de un
rato viendo que era imposible sacarlo de allí fueron a buscar ayuda. No
tardó en llegar un grupo de mujeres y su madre acompañadas de un señor con
un mono azul de mecánico. Tal vez, lo primero que les pasó por la cabeza a
todas las vecinas cotillas era que se tenía que cortar el acero,
secuestrando de un taller de coches a un pobre hombre que seguramente habría
dejado cosas mucho más importantes que hacer y que con las prisas, además,
había olvidado traer alguna herramienta. Su madre era consolada por dos
señoras y empezó a llorar. El muchacho la miraba y su mente divagaba
intentando descubrir qué estaría pensando; «Que desgracia. Se va a quedar
para siempre en el tobogán. Tendré que traer las lentejas, las sopas y
carnes hasta el parque cada día. Por las noches limpiarlo al aire libre con
el frío que hace. ¡¿Y sus necesidades?! Madre mía, que desgracia. Ya no irá
al colegio y tendremos que pagar a un profesor particular. ¡Ay!, y de mayor
quería ser escritor…».
En efecto, el niño no tiene mucho cariño a sus padres.
El mecánico obligó a salir del parque a todas las mujeres. Pegó un
par de gritos y sólo autorizó la presencia de su madre. Le dijo —si ha
entrado tiene que salir— puso cara de suspense y dedicó una sonrisa y un
guiño al niño.
—Subiré su cuerpo por ambos lados —lo dijo sujetando las piernas y
el torso—, tú, sólo aprieta el vientre y aguanta la respiración.
En menos de un minuto el niño volvía por su propio pie a casa,
donde le esperaban unos macarrones con queso rallado. Tenía una buena
historia para contar cuando a las tres entrara en clase.
Imaginó incluso cómo dibujaría el tobogán en la pizarra y cómo
describiría a la profesora y a los demás niños su odisea durante el
mediodía.
Dibujó el tobogán e intentó narrar su historia, pero nadie le hizo
caso. Todos estaban alterados. Era el último día de clase. El curso acabaría
en dos horas.
Abre de nuevo los ojos. Ha dormido. Ahora es su padre quien está
en el sillón. Es de noche. No sabe cuántas horas han pasado. Ha oído a
alguien tocando un piano. Pero en un hospital no es posible. Lo habrá
soñado. Intenta hacer memoria y ahora sí empieza a recordar; un valle y
desde la ventana de una casa un bosque, música de fondo y una hoja de papel
encima de un escritorio:
El cuento de la joven soñadora
«Dos enamorados deben separarse durante una temporada porque a
él lo han destinado a la otra punta del mundo en una acción humanitaria o
para cumplir con el servicio militar o para combatir por su país en una
guerra, ya no lo recuerdo bien. La cuestión es que se deben separar y él
promete llamar por teléfono una vez por semana. Pasan los días y él le va
contando cómo pasa las horas en un lugar extraño con gente aún más extraña.
Ella en cada llamada le explica, además de cómo se encuentra y cómo está la
familia, alguno de sus sueños. La chica tiene premoniciones, sabe
cosas: —Anoche soñé que venías a casa y te tumbabas encima de mi cama, sobre
mi colcha de color naranja. Tú llevabas una camiseta del mismo color y en
unos segundos te mimetizabas y acababas desapareciendo —su voz es lenta,
susurrante—. No tuve miedo, tu rostro denotaba mucha paz, pero me quedaba
sin ti. Hoy llevo la camiseta naranja, la que lleva el número cuarenta y
tres en la espalda. Es el número natural que sigue al 42 y precede al 44.
¿Tienes algún soplón por aquí? —él le quiere restar importancia. Se ríen—.
No debes preocuparte, no te quedarás sin mí.
Se despiden, cae alguna lágrima y quedan para la siguiente
llamada. El siguiente sueño que le explica es un tanto erótico y no puede
evitar ruborizarse mientras lo cuenta. Le ve entrando en una habitación
semicircular. Escucha música de fondo. Algo suave. Una pieza en la que
predomina sólo un instrumento: el piano. Cree reconocer el título de la
canción en una pantalla brillante y muy moderna de una especie de maquina de
discos: Railroad Man. Por la parte curva del local, que es toda de
cristal, puede ver una ciudad iluminada a sus pies. En mitad de la estancia
hay un billar. Entonces él la ve. Su amada está en la barra y ella también
le mira. Son los únicos presentes en el bar. Hacen el amor encima de la mesa
de billar como nunca antes lo habían hecho: —Eras más salvaje y me sentí un
poco utilizada —le dice ella. Él permanece callado durante todo el relato,
pero conoce bien aquel lugar. La noche anterior habían ido unos cuantos
compañeros y él a un club. Bebieron más de la cuenta y acabaron casi todos,
menos él, con una chica en el reservado. Para no preocuparla inútilmente no
le dice toda la verdad y le cuenta que días atrás habían estado unos amigos
y él jugando al billar y tomando unas copas en un bar muy parecido al de su
sueño. Se despiden hasta la semana siguiente. —Anoche soñé que entrabas en
mi habitación para despedirte de mí. Me decías que te arrepentías de no
haberme dicho lo bien que olía la última vez que estuvimos juntos y lo mucho
que deseabas dormir a mi lado. Escribías en un papel “últimamente no tengo
corazón”. Me hablabas de canciones de las que nunca había oído ni siquiera
el nombre del artista. Te noté raro pero sereno. Estabas algo difuminado,
como en sombras, pero pude ver que te habías dejado barba. Me hablabas de
una casa y de sus habitantes. Yo me quedaba dormida escuchando esa preciosa
historia: La leyenda de la cueva de los niños errantes. Entre sueños escuché
de nuevo aquella melodía; Railroad Man. Me susurraste “Ryuichi
Sakamoto”, y yo no entendí nada. Sólo sé que dormí como nunca antes había
dormido. —Qué bonito…—le dice él después de un buen rato sin hablar. No la
quería interrumpir—. No sé qué debe ser ése lugar y tampoco conozco al
pianista del que hablas —dice—, pero la historia de la cueva de los niños
errantes sí la conozco. Estoy leyendo un cuento en el que aparece esa cueva.
Al entrar en ella, uno puede reiniciar su vida desde el punto exacto que
elija. Si quieres regresar a cuando tenías diez o doce años o si quieres
reencontrarte con alguien que perdiste por el camino, debes visitarla. El
problema es el regreso al punto inicial, al momento en el que entraste en la
cueva, que obviamente se produce tarde o temprano, pero no se sabe cuándo.
Otro problema es que no todo el mundo que tiene acceso a la entrada de la
cueva obtiene los mismos resultados. Sólo lo disfrutan algunos afortunados y
no se sabe bien porqué —sin darse cuenta se ha dejado llevar contando el
relato y decide cambiar de tema—. Es cierto, me muero de ganas de dormir a
tu lado. Recuerdo tu olor; siempre hueles muy bien, como a bebé. Llevo tu
aroma impregnado en mi cuerpo adonde quiera que vaya. Otra vez, ella a
través de sus sueños, ha estado, de alguna manera, en contacto con él. Pero,
no sabe porqué razón, evita explicarle que está embarazada. Le da la
sensación de que él ya lo sabe, que sabe muchas cosas. Percibe que no ha
hablado directamente con su amado sino a través de él.
Durante los siguientes días no sueña. Es como si al
quedarse dormida muriese un poco. Por mucho que se esfuerce, no recuerda
nada al despertar cada mañana. Alguna vez antes de quedarse dormida le
parece escuchar la melodía del piano y eso la reconforta. Pero durante el
día pierde los nervios. No puede llamar a nadie. No sabe a quién recurrir.
No le llegan noticias por ningún lado y, se inclina a pensar, y así sucede
finalmente, que él no volverá a llamar jamás.
Martín se ha dado cuenta de que algo me sucede con él y no
malgasta esfuerzos en entablar conversación alguna conmigo. Estoy convencido
de que Julián no entiende mi postura. Me desconoce. Mi actitud hostil le
debe sorprender. De momento no me pregunta por las razones de mi
distanciamiento del grupo, pero puedo adivinar que no lo aprueba; lo observo
en sus ojos. Ha leído el relato que escribí, la parte del hospital. La dejé
en su habitación y la ha devuelto con un post-it pegado
felicitándome y dándome ánimos para seguir adelante. También ha escrito una
posdata: «El adulto ya hace tiempo lo perdonó todo, éstas son las
reflexiones de un niño. Me siento orgulloso de ti».
Escucho música todo el tiempo. Leo y escribo. Por el momento he
apartado todas las actividades programadas de mi agenda y me dedico
exclusivamente a mí. Vivo de noche, escribiendo hasta altas horas de la
madrugada y sólo me reúno con los demás durante el almuerzo, justo cuando
acabo de levantarme y aún tengo marcas de las sábanas en mi rostro.
Nadie pregunta. Da la impresión de que puedan entender mi conducta
o, como si ésta tuviera una razón lógica con la que todos estuviesen de
acuerdo o pudiesen comprender. No cuestionan ni uno sólo de mis movimientos.
Tengo total libertad y me muevo con una tranquilidad inusitada. Lo más
sorprendente es que normalmente yo me encargaba de la cocina y ahora se las
arreglan sin mí. Me extraña que ni siquiera Julián me haya llamado la
atención y haya encontrado sin problemas y rápidamente un sustituto.
Lo único que diferencia un día de otro son esos extraños sueños
que me asaltan en cuanto cierro los ojos. En ellos tengo el rostro arrugado,
las manos me tiemblan, me han salido manchas y sufro dolores musculares. Mi
manera de vestir ha cambiado, mi olor corporal es distinto. Puedo percibir
que soy una persona mayor recapitulando su vida e intentando enmendar sus
errores y comprender los que han cometido los demás. En estos sueños llevo
un bloc guardado en el bolsillo de la camisa y, en él, hay un cúmulo de
apuntes. Como son sueños recurrentes he conseguido memorizar algunas de esas
notas, aunque no era necesario; esas imágenes ya estaban grabadas en mi
mente desde hace años:
Visitas: 1981;
Supermercado.
Sólo hay una caja y, en ella, un chico cobra y embolsa los
productos. Tiene el pelo liso y claro. Es atento, educado y amable con todos
los clientes. La mayoría de la gente parece conocerle y, pasan varios
minutos conversando con él.
Entra un niño con una cesta en una mano y una lista de la
compra en la otra. En la radio suena un tema de Nacha Pop; La
chica de ayer. En ese momento de su vida el muchacho desconoce a este
grupo, pero en un futuro asistirá a un concierto de Antonio Vega y muchas de
sus canciones serán su única compañía en los primeros y difíciles días de
residencia en una ciudad nueva para él. Una marca de lácteos regala, con la
compra de sus productos, figuritas de plástico de los personajes de una
serie de dibujos animados. Las figuras forman parte de una colección en la
que también se puede conseguir, reuniendo tapas de yogures, un castillo de
cartón. «En ese momento no puedo evitar ruborizarme y a la vez
sulfurarme. Mi cuerpo experimenta calambres y sufro un ligero mareo. Ese
estado consigue que las imágenes se desvanezcan y me envuelva la oscuridad
de la gruta devolviéndome al presente. Salgo de la cueva y vuelvo al valle.
Mañana, si me veo con fuerzas, intentaré continuar desde el mismo punto».
«No lo consigo. Dejo el supermercado para otro día y evoco otro capítulo de
mi infancia; una de las muchas veces en las que me encerraba en el cuarto de
baño» 1982; El niño cierra con cerrojo la puerta del lavabo. Vierte un
montón de botes de diferentes productos en la pila. Son productos de
belleza; cremas hidratantes, pintauñas, colonia, jabón. Luego rocía alcohol
a la mezcla y enciende una cerilla. Disfruta viendo el fuego danzando por
unos instantes. Echa agua y diluye lo que queda en la pila dejándola limpia.
Más tarde abre la ventana que da a un patio de luces. Corta papel higiénico
cuidadosamente. Va encendiendo tiras de papel de unos veinte centímetros y
los deja caer desde el cuarto piso, observando como serpentean en llamas,
hasta llegar al patio. Se le escapa de las manos. No ha sido consciente en
ningún momento de lo peligroso del juego. En el patio hay plásticos que
sirven para proteger de la lluvia a algunos electrodomésticos de los vecinos
del primer piso. En un momento dado, cuando todo empieza a arder, lanza
inútilmente chorros de agua ayudándose con el teléfono de ducha. Sale del
baño y se reúne con su familia. Nadie lo ha echado de menos, a pesar de que
ha estado más de veinte minutos encerrado. No pasa mucho rato antes de que
alguien llame al timbre. El vecino del primer piso, bastante alterado,
pregunta si hemos tirado un cigarro encendido o algo ardiendo a su patio. El
niño empieza a temblar, el corazón le late con fuerza. Bastaría con que le
hiciesen una pregunta y lo confesaría todo sin ningún tipo de duda. No se
escondería ni daría la culpa a otro. No buscaría excusas para defenderse;
sólo admitiría que es culpable y aceptaría cualquier castigo que le
impusieran. Pero la pregunta no llega. Nunca le prestan atención. Ni cuando
se porta mal. Los ánimos se caldean cuando el vecino entra en el piso y se
asoma por la ventana del lavabo. Ve restos de cartón y papel en un saliente
de la pared y da por finalizada su investigación. Asegura que lleva meses
recogiendo restos que caen desde los pisos de arriba: papeles, trozos de
juguetes, etc. Su paciencia se ha acabado hoy. El incendio ha sido la gota
que ha colmado el vaso. El tercero en discordia le empieza a gritar. No
tolera que en su casa entre nadie a insultarle. Empiezan a empujarse hasta
llegar al rellano donde ya se han congregado la mayoría de los vecinos. Se
encaran. Por un momento parece que el tercero le va a dar un puñetazo, pero
en el último momento se arrepiente y da un golpe en la baranda. Pasan unas
horas. El niño se ha asustado con la discusión y después del golpe se ha
refugiado en su habitación; el lugar más seguro que conoce. «Otra vez la
culpabilidad impide que continúe con la visión. Estoy agotado. Volveré
mañana. Por hoy ya he tenido suficiente. Revivir esos días es más duro de lo
que creía. Necesito leer. Desconectar un poco. Pasar por tercera vez por las
mismas sensaciones es demasiado doloroso».
Conozco muy bien estos capítulos. Cometí errores terribles,
pero era un crío. Con el tiempo he aprendido a sentirme menos culpable.
Supongo que por muchos años que pasen, aunque llegue a ser anciano, nunca
aprenderé a perder el peso de la culpabilidad que, por otra parte, jamás
debí arrastrar. Quizás lo que me quieren decir estos sueños es eso
precisamente, que era un niño, un inocente, y que la culpa debe empezar a
recaer en quien realmente se la merece.
«El adulto ya hace tiempo lo perdonó todo». No, no es verdad. Hay
alguien a quien aún no he perdonado y no sé si algún día conseguiré llegar a
perdonar.
Mis antiguos compañeros de piso se mudaban. Me llamaron para
decírmelo y para que fuera a buscar mis vinilos, mi plato giradiscos y una
bicicleta que no pude llevarme en el último viaje. Así que le pedí que me
ayudara. Yo todavía no tenía coche. Ni coche ni permiso de conducir. Además
deseaba, después de cinco años de ausencia, regresar a mi antiguo pueblo.
Necesitaba ver de nuevo la escuela donde estudié, el antiguo lavadero donde
pasé tantas horas y quería que él viera en persona los lugares de los que
tanto le hablé. Nos venía de paso y desde el pueblo hasta la ciudad donde
había compartido el piso sólo distaban tres kilómetros.
Se ofreció encantado a acompañarme. Le gustaba conducir.
Preparamos música para el viaje y, aunque sabíamos que no estaríamos más de
dos horas en la carretera, nos aprovisionamos de canciones para un mes
entero. Daba la impresión de que en lugar de ir a pasar el día fuera nos
marchábamos de vacaciones.
El trayecto estuvo rodeado de nuestros acostumbrados silencios.
Estábamos a gusto disfrutando del paisaje y de la música. No necesitábamos
hablar. Tampoco tuve que indicarle el camino. Él había sido transportista y
conocía bien la zona. De hecho, hicimos un alto en el camino y me llevó a
comer a un restaurante del que yo ni siquiera había oído hablar y del que él
había sido cliente habitual.
Cuando terminamos de tomar el café reanudamos la ruta. El CD nos
regalaba canciones de forma aleatoria, como nos gustaba a nosotros; El
último de la fila daba paso a Albert Pla, Girasoules y éstos a Clapton,
Bowie, Radio Futura…
No tardamos mucho en llegar a la entrada del pueblo y lo primero
que hicimos fue acercarnos a la escuela donde el señor Rafael me despertó
las ganas de leer y escribir.
Antes, en vez de ese estrambótico anfiteatro, el patio poseía una
bonita piscina, si es que las piscinas se pueden considerar bonitas. En ese
teatro al aire libre actué una vez y creo que fuimos nosotros, los de cuarto
de EGB, quienes lo inauguramos con una obra de la que ya no recuerdo
absolutamente nada. Le mostré una casa justo enfrente del colegio. Un día,
unos amigos y yo, llamamos al timbre de esa casa. Nadie nos empujó a
hacerlo, fue por iniciativa propia y, entonces, sólo debíamos rondar los
diez años de edad. Abrió una señora muy simpática y nos invitó a entrar
sin preguntar por el motivo de la visita. En esa casa era donde vivía el
gran poeta; el poeta del pueblo. Le regalamos una rosa y charlamos un rato
con él. Le dijimos que habíamos pintado un mural en una pared del pueblo con
un poema suyo. La verdad es que hasta entonces ése era el único poema que yo
había leído en mi vida. No fue hasta que me fui de allí que empecé a
profundizar en su obra y deleitarme con sus versos. Nuestra visita le hizo
feliz y nos agradeció el detalle. En aquella época no éramos conscientes del
regalo que nos brindó la vida. Acabábamos de estrechar la mano a uno de los
mejores y más queridos poetas del país.
Más tarde atravesamos el puente y subimos la cuesta que lleva al
antiguo lavadero. Nos sentamos y nos fumamos un cigarro mientras mi cabeza
seguía rememorando momentos de mi infancia. Le conté una anécdota tras otra.
Parecía encantado escuchándolas y en ningún momento dejó de prestarme
atención. Yo estaba embalado, no podía dejar de contar mis experiencias, mis
recuerdos. Él seguía preguntándome sobre el poeta y creo que le decepcioné
un poco al no poder recordar mucho más de lo que ya le había contado. Ni
siquiera conseguí decir los nombres de los niños que me acompañaron aquel
día.
De nuevo el silencio se hizo presente y por mi mente empezaron a
florecer palabras que formaban pequeños relatos, y otras, que no tenían
ningún sentido. Siempre me ocurre, durante un viaje en tren o en coche o
andando por la calle, o cuando cocino, me afeito o antes de dejarme
arrastrar por el sueño en la cama. Mi imaginación empieza a construir
historias o simplemente se me repiten y acuden a mi cabeza frases sin que
pueda hacer nada por evitarlo:
«El silencio serpentea por nuestros cuerpos inmóviles. El
pequeño regresa a su hogar, ¿Tendrá el valor suficiente? ¿Entrará en el
supermercado? Hoy sí, por supuesto. Va bien acompañado y no hay nada a lo
que deba temer. “This is not America…ouh! Sha la la la la”. “Él es mi
mejor amigo ¿podré contárselo?”. “Entra un hombre de mediana edad y
gasta todo su dinero en la máquina tragaperras. Detrás de la barra hay una
mujer de unos cuarenta años…Trabaja durante horas en el almacén…Un golpe
seco, sirenas, gentío…”. “Nunca antes se
había mostrado tan afectuosa con ella, maullando intensamente e
interponiéndose entre sus pies, no le permitía salir de casa. Con el bolso y
el abrigo en una mano y la bolsa de la basura en la otra, estaba preparada
para salir, pero a cada paso que daba la gata se le iba cruzando hasta casi
hacerla tropezar. Era extraño, normalmente era el gato quien se acercaba
ronroneando y se acariciaba con la pernera del pantalón, nunca la gata, y
las veces en las que el gato se acercaba, casi siempre llevaba a cabo este
ritual para dar la bienvenida, pero no para despedirse”. “Están
sentados uno frente al otro. Ella se levanta y se sitúa justo detrás de él.
Le pone las manos en la nuca y luego
empieza a masajear su espalda. Le susurra una frase al oído que sólo puede
escuchar y entender él. Es una frase que le excita, una frase que sólo se
dicen entre ellos y que si la escuchara cualquier otra persona no produciría
efecto alguno. Él se siente muy bien y le dice que le pida lo que quiera.
Ella sonríe, sabe que ahora empezará el juego. Un juego que surgió la
primera vez que estuvieron juntos y que siempre acaba de la misma manera.
Ella le pide que le pase la lengua por los labios… y despierta. Es la joven
soñadora y, claro, él ya no está…”. “En algún lugar existe una roca o un
árbol o una cueva. Una cueva me convence más. Y cuando alguien entra se ve a
sí mismo con menos años. Tiene que ser como el cuento de Navidad de Dickens,
pero sin acompañante. Uno regresa a cuando era pequeño. Sólo observa. No
puede alterar nada. No influye en nada. Pero a quien entra le sirve para
conocerse mejor. Para perdonar sus propios errores. Perdonar a los demás. Le
puede servir para superar traumas. Darse cuenta, convencerse de que en
realidad todo debía suceder así y quien tiene la culpa…”.
Dejé de fantasear cuando me di cuenta de que él llevaba un rato
mirándome. No sé cuanto tiempo pasé ensimismado. Obviamente él quiso saber
dónde estaba, si había vuelto de dónde quisiera que hubiera ido y qué era lo
que me preocupaba. Le mentí diciéndole que volver al pueblo me traía
demasiados recuerdos, aunque al empezar a relatarle alguno, me embriagó una
tristeza infinita y el pequeño embuste fue tornándose en nostálgico relato.
En aquel mismo lugar donde estábamos sentados, es donde besé a una
chica por primera vez. Unos metros más arriba están los estudios de la radio
municipal. Fueron tantas las horas que pasé en aquel edificio que mi madre
me insinuó más de una vez que comiera allí y que si tan a gusto estaba, que
me llevara mis trastos y mi cama. Por otro lado, yo hubiese sido feliz entre
centenares de discos; The Beatles, The Allman Brothers, Jefferson Airplane,
Bob James. Ya me podía imaginar pasando las noches en blanco escuchando un
disco tras otro.
En la misma calle está la antigua biblioteca y el cine viejo y,
también, la librería de Don Manolito, un viejo cascarrabias y facha, pero
entrañable. Un día fui a su casa para buscar las llaves de la radio. Era
cuando yo empecé a trabajar y Don Manolito era el director. Era un locutor
algo excéntrico y sólo ponía zarzuelas. Su manera de presentarlas recordaba
a los reportajes del No-Do y hacía lo posible en emular la voz de Matías
Prats «padre».
Cuando traspasé el umbral de la puerta me quedé boquiabierto.
Había banderas españolas por todos los rincones de la estancia. También era
un amante de la tauromaquia y tenía carteles de la fiesta nacional colgados
por toda su oficina. En muchos lugares no debe sorprender que existan aún
personajes como éste, pero estamos hablando de un pueblo donde lo raro es
escuchar a alguien hablando en castellano.
Se rió un buen rato. Le hizo gracia la descripción de Don Manolito
y las estratagemas que yo utilizaba de niño para robar en su librería. Casi
siempre salía de allí con un par de cómics. Hubiese estado dos días enteros
contándole mis aventuras pero se estaba haciendo tarde. Nos levantamos y
subimos de nuevo a su coche. Habíamos quedado a las seis y faltaban unos
veinte minutos.
Reencontrarme con mis viejos amigos fue extraño. Habíamos perdido
la complicidad, habían pasado muchos años y muy pocas conversaciones.
Enseguida estuvo todo cargado y nos despedimos prometiéndonos lo que se
suele prometer y no se cumple.
El viaje de vuelta fue exactamente igual que el de ida pero con
menos luz. Me ayudó a subir todas las cosas a mi casa y luego le invité a
cenar.
Aquel día no nos acercamos al supermercado ni le conté lo que pasó
allí. Nunca pude contárselo.
Desearía empezar esta parte del relato al estilo de algún escritor
de renombre, dando a conocer mi nombre, su origen, qué incitó a mis padres a
ponérmelo y, luego seguir con lo que sigue; la correlación de los hechos.
Pero no soy escritor. Aún no. Me faltan tablas, leer mucho y escribir aún
más. Además, éstas páginas se quedarán aquí, en este valle y, en el fondo,
el estilo es totalmente secundario.
Lo importante viene ahora. El rompecabezas empieza a definirse.
Pero nada se cierra, porque todo sigue de la misma manera que en la vida. No
escribiré continuará pero aun menos fin.
Por otro lado mi nombre, aunque bonito —y de eso no tengo el
mérito yo ni mis padres— no importa. Puedes imaginarlo, inventarlo o puedes
designarme con el tuyo aunque seas chica, niño, niña, anciano, anciana o un
gato persa hecho un ovillo en el sofá de tu persona de compañía, (aunque
hasta ahora, todo hay que decirlo, ninguno de los gatos que he conocido
disfruta mucho de la lectura).
Nací desnudo y, ahí, no hay sorpresa alguna. Pero la desnudez es
la base de todo el relato. ¿Por qué algo tan natural cómo la desnudez crea
tantos problemas, tantos tabúes? Eso es una incógnita, al menos, para mí.
Esto me empieza a gustar. Ya hay un toque
de humor. Ya iba siendo hora de dejar a un lado la tristeza y el auto
flagelo. Te empezabas a repetir y todo lo escrito hasta ahora parecía una de
las muchas canciones de Morrissey.
Uno de los pocos regalos que me hicieron de pequeño y más me gustó
fue una radio a pilas. Era muy básica y de poca calidad, pero sintonizaba
bastantes emisoras. Mi tío, que fue quien me la regaló, me enseñó a
desmontarla y a manipular sus componentes electrónicos para conseguir
escuchar más emisoras. Yo fantaseaba con la idea de encontrar la manera de
contactar con alguien o ponerles música —algo imposible e inviable con aquel
aparato— y fue entonces, anhelando esos deseos, cuando despertó en mí la
pasión por las ondas. Lo cierto es que pasé más tiempo maniobrando en las
tripas del transistor que escuchando algún programa.
Las noticias no me interesaban, los programas de niños eran
demasiado infantiles para un chaval que ya había leído tantas revistas para
adultos como su padre, y al final, siempre acababa escuchando alguna emisora
donde sonara algo de música, por lo general disco y funky.
Con cajas de zapatos vacías y, altavoces de coche que mi padre ya
no utilizaba, construí monitores. Tenía un viejo equipo de música con
tocadiscos y doble pletina con el que hacía mis primeras mezclas y
scratch. Al final en el viejo escritorio de mi habitación había montado
un improvisado estudio de radio del que sólo disfrutaba yo y del que
presumía cuando traía a algún amigo a casa. Estaba más horas allí dentro que
en la plaza que estaba justo debajo de nuestra casa donde se reunían todos
los niños del barrio. Siempre fui, y lo sigo siendo, una persona solitaria.
Sin ir más lejos, ahora mismo todos mis compañeros están reunidos con Julián
tomando unas copas en la sala de estar, escuchando música y jugando a la
canasta, mientras yo estoy aporreando las teclas de un viejo ordenador
portátil. Me acompaña la música, como siempre, pero no es suficiente. Mi
decisión de alejarme del grupo me está afectando más de lo que creía.
También echo de menos la compañía de Neko. Me vendrían bien sus ronroneos y
sus maullidos, su peso en mis piernas cuando me despierto por la mañana y el
reconfortante calor que causa en mis pies cuando tengo frío.
Creo que iré a buscarlo en el próximo viaje que Julián haga al
pueblo. Cogeré unos días de vacaciones y visitaré a mis amigos. Seguro que
le parecerá bien. Nos vendrá bien a todos.
Me pregunto, ¿Por qué no hay diálogos? Julián, Martín y
todos los personajes no dicen absolutamente nada. Sólo se les conoce por
cómo los has descrito, y no lo has hecho demasiado bien. Perdona, es mi
humilde opinión. ¿Están muertos? ¿Están sólo en tu mente? ¿Existe el valle
y la casa tomada? Quiero sexo, ¿no dices que es
parte fundamental de la vida? También quiero reírme un poco. Las partes
donde haces travesuras están bien, pero en general es todo demasiado
deprimente. Tú has reído y has hecho reír. Has llorado y lo que sigue y no
te gusta oír. Escribes porque lees, pero también es una vía de escape.
Entiendo que necesitas plasmar en algún sitio todos tus temores y reciclar
rencores. Pero, por favor, haznos reír y excítanos o no leeremos una sola
línea más.
El mejor recuerdo que guardo es de cuando empecé en la radio.
Tenía doce años y se abrió un mundo nuevo para mí. Un mundo nuevo del que yo
creía conocerlo todo o al que me sentía profundamente unido. Parecía que
hubiese estado toda mi vida esperando ese momento. Dejarme llevar por la
improvisación en un programa que sólo duraba media hora me llenaba más que
todas las medias horas de recreo de una semana. Es lo que me ofrecieron
—seguramente ningún locutor o disc-jockey podía ocupar ese espacio de tiempo
o nadie quería un programa de sólo media hora— y yo acepté encantado. Sabía
que era imprescindible dar ese pequeño paso para entrar a formar parte de un
círculo algo reacio a dejar entrar a gente nueva. Empezaría con media hora y
acabaría siendo responsable de todo lo demás. Lo tenía claro y así fue.
En la radio tuve mis primeros escarceos sexuales. Una de las
chicas que cayó más veces en mis redes fue la hija de la mujer de la
limpieza. Mientras su madre limpiaba los pasillos del piso superior nosotros
intercambiábamos fluidos y me las veía negras para cambiar de canción y
pinchar las más largas. En alguna ocasión recibí broncas por haber dejado la
cara «A» entera del Doolittle, de los Pixies, o el Nothing’s
Shocking, de Jane’s Addiction. Por esa época yo tendría quince o
dieciséis años y, la verdad, no era muy responsable. No recuerdo su nombre
ni sus aficiones ni siquiera el color de sus ojos, pero su olor aún está muy
presente en mi memoria y algunas veces, paseando, me llega el aroma del
perfume que usaba y viajo irremediablemente a aquellos extraordinarios días
de radio.
Al tener las tardes libres opté por buscar un trabajo de media
jornada. Conseguí que me contrataran en una librería y desde entonces
compaginé las dos cosas que más me gustaban; los libros y la música.
Devoraba libros sin cesar y es una afición que a día de hoy me sigue
deleitando.
Me he ido vistiendo poco a poco con letras de canciones, poemas,
libros, imágenes.
Hoy decido asumir mis errores después de muchos años
ocultándomelos. Decido calmar mis ánimos. Decido culpar menos a los demás.
Decido aceptar todo lo malo que hay en mí y que no tolero en otras personas.
Decido perdonar y vivir más tranquilo. Decidido.
No sigas por ahí. Te doy una nueva
oportunidad. Ya estás auto compadeciéndote una vez más. Y, por favor, aclara
lo de la dichosa cueva. ¿Existe o no? ¿Es todo una metáfora? ¿Es metafísica?
No es necesario que escribas algo realmente bueno, quiero algo sincero. Algo
que me haga sentir vivo. Quiero existir. Hazme hablar.
Está bien, habla.
—¿Sabes? El nuevo chico cree que no te cae bien.
—Claro. Es que no me cae bien.
—¿Y, eso? Lo acabas de conocer. Tú siempre muestras empatía. ¿Qué
te sucede con él?
—No me apetece hablar de eso ahora.
—Bien. Pues de qué quieres hablar.
—De música. De literatura. Hace tanto que no voy al cine que me
tragaría cualquier bodrio. ¿Cuál es la última película que has visto?
—La última que vi era de Alan Parker. Una que trataba sobre un
grupo de música pero no recuerdo el título.
—Los Commitments ¿tanto hace que no vas al cine?
—La vi en la televisión. No hace mucho, en el bar del pueblo. Me
estaba tomando una caña y empezó la película. Era un canal de pago donde
echan películas de todos los tiempos. Me quedé mirándola hasta el final. Ya
sabes que el soul es una de mis debilidades.
—Yo la vi en el cine y me gustó mucho. En cuanto llegue lo primero
que haré será consultar la cartelera y ver el máximo de películas posible.
¿Ves? Es más fácil y divertido hablar de cosas que nos interesan a los dos.
—No podemos mirar hacia otro lado siempre. Hay que afrontar los
problemas. Mira, hasta ahora no te he dicho nada porque creía que
necesitabas estar solo para escribir. Pero ya no podemos seguir con esta
situación. Necesito que cumplas con tus obligaciones o deberás empezar a
pagar cómo lo hacen los demás o, en última instancia, irte. Pero no irte
como ahora, por unos días, sino para siempre. Y tú sabes que lo que menos
deseo es que te vayas de aquí.
—No hay problema. Volveré a cocinar. Continuaré con mis tareas. No
debes preocuparte. Cuando regrese seré el de siempre.
—No me preocupa sólo eso. Quiero que intentes llevarte bien con
Martín. No quiero que cambie el ambiente relajado y distendido que hemos
conseguido disfrutar aquí. Si tienes algún problema con él quiero saberlo.
Quiero ayudarte, pero debes poner de tu parte.
—Haré lo posible, pero no me obligues a que me lleve bien con él.
Deja que lo evite. Puedes darle tareas fuera de casa. No es necesario que lo
vea si se ajustan bien los horarios y puedo comer en mi habitación.
—Te llevas bien con todos los demás ¿quieres sacrificar eso para
evitar a una sola persona?
—Sí.
—No te entiendo. Hay algo en todo este asunto que me escama. Tú ya
conocías a Martín, ¿no es así? A él le he preguntado y dice que no te ha
visto en toda su vida. No habéis intercambiado ni una sola palabra desde que
está aquí. Por lo tanto desde que llegó no ha podido hacerte daño alguno.
Tuvo que ser algo que le hizo a alguien próximo a ti. O, no… espera. Tus
escritos hablan de él. Pero Martín no puede ser él. ¿Martín le
hizo algo malo a tu amigo?
—No, no es eso. Te aprecio mucho. Casi puedo decir que te quiero.
Pero hay cosas que nunca le he contado a nadie y que me resultan muy
difíciles de asimilar. No puedo decirte nada sobre Martín de momento. Y,
créeme, casi es mejor así, que ni él ni tú sepáis nada. Podría acabar todo
muy mal. Dame tiempo.
—Está bien. Te doy dos semanas para que puedas estar tranquilo,
pero ten en cuenta que tarde o temprano deberás darme algún tipo de
explicación.
—Gracias, no te decepcionaré. Por cierto, una de las razones por
las que tomo estos días de descanso es para traerme a Neko. Espero que no
sea un problema.
—No. En la casa pueden entrar gatos si tú te encargas de sus
cosas. Ya sabes; limpieza, comida.
—Por supuesto, no dejaría ese trabajo en manos de otro que no sea
yo. Julián, cuando regrese sacaré las fuerzas de dónde sea y te contaré lo
concerniente a Martín. Perdonar es divino. Ese es el camino. Si consigo
perdonar viviré mejor y por consiguiente vosotros también.
Tu voz en el mensaje me pide que te hable, pero puede que sea
tarde para cuando me escuches, así que voy a verte, cuelgo y voy a verte. A
mí me es fácil olvidar… [1]
Los recuerdos aparecen sin previo aviso. No hay hilo conductor,
tal vez una canción, un aroma, un paisaje… Pero escuchamos tantas canciones
y en un orden tan aleatorio… vemos lugares y olemos fragancias que
inevitablemente nos envían fragmentos de nuestro paso por este mundo. Los
recuerdos vienen, van…, y unos desentierran otros y al final cada uno
recuerda las cosas a su modo. Como dice Fred Madison en Carretera perdida:
«Me gusta recordar las cosas a mi manera, las recuerdo a mi modo,
no necesariamente como hayan pasado», aunque, todo hay que decirlo, el
personaje de Fred no sería un ejemplo a seguir.
Mientras esperan a que llegue el tren su abuela le pregunta por el
incendio en el patio de luces. Ella no sospecha que ha sido él, lo sabe.
Todos deben pensar que él es el responsable porque ahora está con sus
abuelos en la estación de camino al pueblo donde pasará una temporada,
aunque nadie le ha interrogado, ni siquiera se lo han insinuado. Le apartan
de su casa y eso no estaba previsto. A él no le importa. Más bien al
contrario. Piensa que va a disfrutar reencontrándose con sus tíos y sus
primos y, a decir verdad, prefiere alejarse de sus padres; hay demasiados
problemas e irresponsabilidades que no debería presenciar. Además es verano
y sus tíos le llevarán a la playa. Le gusta la playa y yendo con sus tíos
siempre recibe regalos y no le encargan tareas.
Su abuela es muy lista, ha desenmascarado un secreto horrible. Por
la mañana antes de que él se encerrara en el baño y provocase el incendio la
ha descubierto en el sillón del comedor con la mirada perdida más allá de la
ventana, oteando al horizonte mientras las lágrimas recorrían su cara. Sus
intensos ojos azules se le han clavado en el alma y le ha dado uno de los
abrazos más tiernos que él ha recibido en años. Le ha susurrado algo al oído
que él ha tomado por una profecía; algún día lo entenderás. Él hubiese
debido contestar que no es necesario, que ya lo sabe todo. Pero a pesar de
ser así no puede decirlo; es un niño. Además, no se trata de entender sino
de comprender, aceptar y, al final, perdonar. Pero para ella es todo
demasiado reciente, aún está en estado de shock y pasarán años antes de que
asimile el mal trago y disimule que perdona.
La respuesta del niño a la pregunta de la abuela sobre el incendio
se disipa con la voz que anuncia por megafonía la inminente entrada del tren
con destino Sant Vicenç de Calders por la vía 2. Nunca más se volverá a
hablar sobre ése incidente ni con ella ni con sus padres. Los recuerdos se
detienen ahí. El recuerdo del episodio en la estación es muy vívido pero el
de las dos semanas que pasa en casa de los abuelos lo ha olvidado por
completo o, quizá, algunos momentos le vienen pero no sabe donde ubicarlos,
si en esa temporada o más adelante cuando ya vive definitivamente con ellos.
El niño vuelve a materializarse en sus sueños. Aunque sea adulto y
esté en mitad de asuntos más importantes, no puede negarse momentos
deliciosos de su infancia. El sabor de aquellas pizzas no lo puede olvidar
y, sin embargo, desde entonces no lo ha vuelto a degustar. Cuando está
despierto regresa a cuando tenía once, doce o trece años recuperando fotos
que guarda en su caja metálica o escuchando discos de entonces, de cuando ya
vivía con los abuelos y, en teoría, bajo la tutela de su padre. Pero lo
mejor empieza en los sueños; cuando entra en la cueva.
Las partidas de dominó de los domingos se alargan hasta bien
entrada la medianoche y empiezan después de la cena. Al abuelo le cambia la
cara. Es feliz si juegan unas partidas aunque son conscientes de que si
pierde irá a dormir de mal humor y oirán su retahíla de palabrotas durante
un buen rato antes de que se escuche el ruidito de las monedas que cuenta
cada noche antes de acostarse y eso les hará reír.
Los gatos pasean de un lado a otro y en el equipo de música, que
le han regalado los abuelos, suenan las cintas que él ha grabado. A ellos no
les importa escuchar a Grand Master Flash, Run Dmc, Chaka Khan, George Kranz,
Paul Hardcastle o los megamixes que están de moda mientras las fichas
de dominó son golpeadas o arrastradas en la mesa.
También le han regalado una máquina de escribir y se pasa las
mañanas inventando cuentos mientras el abuelo está en un rincón del sofá
fumando con una de sus pipas escuchando la radio y la abuela cocina, lava
ropa y sube a la azotea a tenderla y limpia la casa. Luego, ella y el
muchacho van de compras. A él le gusta ir de compras con ella y no sólo
porque le consiente siempre algún capricho, sino porque a la gente le cae
realmente bien y disfruta de los paseos con ella, se siente orgulloso. Todo
el mundo la conoce y le preguntan por la familia y se ríen con sus salidas y
por lo alegre que se la ve siempre a pesar de lo trágica que ha resultado a
veces su vida. Ha pasado por más de media docena de operaciones y más de una
vez exhibe sus cicatrices mientras lo cuenta.
Por las tardes el niño va a casa de su amigo E y allí escuchan
discos de vinilo, su favorito es el bolero mix de Raúl Orellana.
Ahora aún lo escucha de vez en cuando y le da igual que suene algo
desfasado, las canciones de entonces le ayudan a recobrar la memoria.
E quiere que le llame Miki y él le llama Miki. Es bastante mayor
que él pero se llevan muy bien. E tiene un programa de radio y de vez en
cuando van los dos juntos y el niño le ayuda en la selección de los temas.
Miki es el técnico de sonido de diferentes programas y poco a poco le va
presentando a todo el personal que trabaja en la radio. Conoce a unos chicos
que tienen un programa que se llama Stardust en el que suenan temas de The
Cure, Prefab Sprout, The Smiths y sobre todo David Bowie. Él se enamora de
la portada del Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me y no deja de escuchar
durante semanas la canción Catch. Al final de tanto verle por allí y
dándoles a entender que tiene ganas de trabajar en la emisora consigue su
propio programa de radio.
Algunas tardes también da vueltas con la bicicleta y disfruta de
los paseos con una amiga, ¿Susana? No lo recuerda, no la ha visto más. En el
pueblo ya dicen que son novios y que hacen muy buena pareja. A él le gusta
mucho pero antes de que puedan darse un beso ya la ha dejado. Su edad
temprana e inmadurez consideran que eso es lo que debe hacer porque así lo
ha visto hacer a los demás.
Los sábados por la mañana son las mejores mañanas del mundo.
Cuando se levanta la iaia ya le tiene preparado el café con leche condensada
y su mini pizza favorita. La devora delante del televisor mirando la bola de
cristal; la bruja avería, los electroduendes, Kiko Veneno, Radio Futura y
por supuesto a Alaska.
Sin duda la mejor etapa de su infancia ha transcurrido en esa
casa, en ese pueblo y durante esos años; aquí se han mezclado años, veranos
e inviernos, la cueva no entiende de órdenes cronológicos, ofrece lo que se
necesita en cada momento.
La iaia está sentada junto a su yerna, la madre del muchacho, en
la cama donde él duerme. Están enfrente de un gran armario abierto de par en
par. Recogen toda su ropa. El chico no sigue la conversación, sólo las
observa. Mientras va sacando camisas y pantalones de los estantes la iaia
llora como aquella vez, en silencio. A ella nadie le ha preguntado su
opinión; nunca lo entenderá aunque esté disimulando que sí y que lo perdona
todo.
Después de unos cuatro años de absoluta felicidad ahora debe
volver a quemar el patio de luces, desordenar armarios ajenos, verter
productos que están en el cuarto de baño dentro de la pila y hacer que todo
arda. A él tampoco le han preguntado, todo está decidido. Debe abandonar la
radio, la escuela, a sus amigos… y todo ¿para qué?
Si lo del supermercado hubiese ocurrido aquí, la iaia se habría
enterado y no le daría tantas vueltas a su inexperta cabeza, ya estaría todo
olvidado. Ahora el niño ya no es tan niño y lo ve todo de forma distinta,
empieza a sentirse impotente cada vez que recuerda el incidente y pide a un
Dios inexistente que para cuando regrese a su antiguo hogar, Martín ya no
esté en el pueblo o no responderá de sus actos.
Gràcies. Per a Maria Raventós Schnauder i Joan Via Torres.
La caja que sostengo entre mis manos es metálica y de color azul.
Es del tamaño de una caja de zapatos y dibujada en la tapa hay una señora de
espaldas. Su ropa es muy elegante pero obviamente pertenece a una época
decimonónica. La señora en cuestión está situada entre dos cuadros en los
que se puede ver a varias mujeres trabajando en el campo durante la
vendimia. En una mano tiene una botella de cava ligeramente inclinada
derramando espuma. En la otra mano tiene una copa de cava que se acerca a
los labios mientras mira a un lado con, lo que parece, un ligero movimiento
de su cabeza pretendiendo seducir a alguien.
Ahora recuerdo algo; esa caja pertenecía a un lote de navidad y
contenía dos botellas de cava. Lo que no logro recordar es —«por qué esas
flores raras crecen en las aceras para ti…»— cuál era el trabajo en el
que me la dieron ni con quién brindé y celebré las navidades, aunque lo más
probable es que estuviera solo y que jamás me bebiera el cava.
El contenido de la caja es el siguiente: varias entradas de
conciertos, de obras de teatro y de cine. Cartas y postales. Tres esquelas.
Un catálogo de una marca Japonesa de instrumentos y finalmente algunas
fotos, un reloj, una caja de cerillas de un hotel de Kyoto y recortes de un
diario por la parte de los pasatiempos donde hay sudokus.
Recuerda, recuerda, recuerda, recuerda…
Los sudokus y otros pasatiempos son para ejercitar mi memoria. Es
curioso, recuerdo perfectamente para qué son los sudokus y en cambio todo lo
demás es tan borroso y difuminado como un paisaje a través de un parabrisa
en un día de lluvia o niebla. Todo son fragmentos. Retales de mi vida. La
frase «Retales de mi vida» pertenece a una canción, me viene la
melodía pero tampoco sé de quién es, aunque estoy seguro de que la podría
recitar entera si se me esforzara un poco más; «fotos a contraluz…».
Flashes de momentos; en blanco y negro, en color, mono, estéreo…
Como si se tratase de una película revivo una y otra vez la escena del
supermercado.
Supermercado, supermercado, supermercado, super-mercado…
A mis seis o siete años en el almacén de un supermercado con los
pantalones y los calzoncillos hasta las rodillas y todo el cuerpo temblando.
No estoy seguro si lo que hago está bien. Tengo claro que no debo contárselo
a nadie, aunque tampoco sé si al no explicar lo que está sucediendo hago
bien. ¡Soy un niño!, alguien debería haberme instruido de qué cosas hay que
protegerse, nunca se debería temer a quien te debe proteger. Un hombre me
está tocando y me ha prometido a cambio unas figuritas de plástico que se
regalan en una promoción que una marca de lácteos hace de unos dibujos
animados muy famosos en ese momento y que dan los sábados a las tres o tres
y media por televisión. El hombre es a quien yo llamo Martín. Lo llamo así
porque su verdadero nombre lo olvidé enseguida. Lo quise olvidar todo. Sólo
conseguí borrar su nombre. Es un recuerdo tan real…, pero asimismo quiero
pensar que ese niño no soy yo, que todo lo que sucedió lo leí en algún libro
o diario o, que es parte de una película y la he mezclado con mi propia vida
superponiendo mi cara con la del actor que da vida a un personaje frágil y
embaucado con tremenda facilidad.
Martín, Martín, Martín, Martín…
He intentado no hablar con él. He evitado sus miradas. Me he
aislado y, ahora según Julián, no progreso, pues al refugiarme en mi
habitación no avanzo en los ejercicios ni me implico en la terapia de grupo.
Examino los papeles de la caja azul y encuentro un informe médico
del año 2007.
Paciente hombre de 34 años con nevus congénito de 1 cm. de
diámetro en mano izquierda, y lesión papulosa a nivel foso nasal izquierda
sugestiva de pequeño angioma, que sangra con el rasurado. Ruego valoración,
gracias.
2007… ¿en qué año vivimos actualmente? No lo sé.
Alguien entra en la habitación. No recuerdo haberle visto nunca.
Y, ¿ése atuendo?; bata blanca y fonendoscopio cual corbata al cuello. Lleva
una carpeta en la mano. Ahora entra una mujer con pijama verde empujando un
carrito metálico que tampoco he visto jamás.
—Hoy recibirás visita. Ya sabes que son de cuatro a ocho. ¿No
estás contento? —la voz del hombre me suena pero juraría que nunca hemos
estado juntos en esta habitación. ¿Qué hace en mi habitación? ¿Cómo ha
entrado tan tranquilamente? Lo ha hecho como si estuviera en su casa. ¿Por
qué Julián no me ha hablado de las «visitas»?
El hombre y la mujer se miran. Parecen afligidos. Ahora lloro de
verdad, me siento incapaz de pronunciar ni una sola palabra de entre todas
las que construyen frases y preguntas que quisiera formular y pasan por mi
mente.
No puedo mover el cuerpo y llevo mi mirada al techo.
La siguiente imagen que veo es la cara de Julián. Se ha
interpuesto entre el techo y yo. Y después de darme un beso en la frente me
pasa un pañuelo húmedo por los labios. Sigo sin poder expresar lo que
siento. Noto que el cuerpo me tiembla como en el supermercado y en cambio no
puedo moverme de la cama. No puedo incorporarme. Es como si fuese el
espectador de una parte de mi vida proyectada en la pantalla de un cine
donde no puedo participar y eso me hace sentir totalmente impotente. Cuando
Julián se aparta le sigo con la mirada apuntando a sus ojos. Hay más gente
en la habitación. De cuatro a seis personas y no conozco a nadie.
—Papá, mira como te sigue con la mirada —le dice un niño a Julián.
¿Julián tiene hijos?, mi mente está bromeando.
—Sí, creo que me ha reconocido. Cuando ve una cara familiar se
pone contento y no deja de mirar a los ojos. Parece como si temiera
perdernos.
Julián está distinto. Habla de mí con más cariño.
—Pero mira… que labios más secos. Debe tener muchísima sed. Y
pobre, sin comer nada —ahora quien habla es una mujer de unos treinta y
cinco años—, creo que ya le queda poco.
—No digas eso aquí —dice Julián—, no sabemos si entiende o no lo
que decimos. Podríamos causarle aún más dolor.
—Perdona cariño —parece arrepentida de verdad—. Llevamos tanto
tiempo viniendo aquí y sin oírle decir nada que ya no sé cómo tratarle. Me
da mucha pena.
La
mujer sale de la habitación muy afligida acompañada de los niños y nos deja
solos.
—¿Me oyes?, me oyes ¿verdad? Yo sé que es así. No le tengas en
cuenta lo que ha dicho, está algo nerviosa. Te quiere mucho y echa de menos
tus anécdotas. Hace tiempo que no hablas. Ya no cuentas historias de jóvenes
soñadoras, gatos con nombres en japonés ni de tus poderes para encontrar
objetos perdidos. Antes de que vinieras aquí recopilaste episodios de tu
vida; tu huida a los veintiséis años a un lugar que llamaste la casa de los
niños errantes, tus días de radio y entre muchos otros la horrible
experiencia en un supermercado, una experiencia que jamás conoceré. ¿Por qué
nunca contaste qué sucedió en el supermercado cuando, sin embargo, lo
aludías en numerosas ocasiones? Lo único que llegué a saber con certeza es
que cuando entraste escuchaste de fondo una de tus canciones favoritas,
La chica de ayer. Tampoco cuentas ya nada de tus viajes en el tiempo
dentro de la cueva de los niños errantes. Lo echo tanto de menos… Desde hace
cinco años insistes en llamarme Julián. El último día que vine y aún
hablabas querías evocar aquellas vacaciones que pasasteis juntos en San
Sebastián, cuando conociste a Iera. Te preguntabas qué habría sido de ella.
Lo único que conservas es una postal de navidad que te envió en 1998. Me
describiste tu relación con ella pero al día siguiente ya no podías seguir
el hilo. Ya no recordaste ni su nombre. Te veía tan feliz regresando a tu
pasado que me sentí obligado a escenificar contigo momentos que jamás viví.
Fingí ser Julián cada vez que te visité. Tus aventuras con él las sabía de
memoria de tantas veces como me las llegaste a contar, pero ya no puedo más.
No puedo permitir que te vayas sin reconocerme. Cada día me pedías tu caja
azul, la que tienes ahora entre tus manos. Está llena de postales,
crucigramas y el viejo reloj de tu abuelo. ¿Te acuerdas de tu abuelo? Te
sentías muy mal porque no lo visitaste antes de su muerte, no pudiste
despedirte de él. Contabas que sin ninguna duda hablaste con él después de
muerto, se te aparecía en sueños. Nunca te mencionó por qué no os
despedisteis y sólo te aconsejó sobre que debías hacer en alguna situación
de tu vida. Seguiste sus consejos y la cosa empezó a andar bien. Fue tu
ángel de la guarda.
Te has
aferrado a esa caja como si fuese un disco duro donde almacenar tu memoria.
Ahí están una parte de tus recuerdos, pero no están todos y, aunque sea una
paradoja, te pido por favor que no lo olvides. Sé que estás siguiendo el
hilo de todo lo que digo aunque no puedas hablar. Mira, quiero que leas algo
—de la caja que tengo en las manos saca una esquela y me la acerca abierta
para que pueda leer lo que él quiere. Mis ojos se mueven con rapidez. Al
principio me da un vuelco el corazón. No es posible que el nombre de la
esquela sea real, pero poco a poco empiezo a comprender. Tengo delante a mi
hijo, mi único hijo y no se llama Julián. Julián murió. Ahora las lágrimas
serpentean por mis mejillas. Él las seca pasando cuidadosamente el pañuelo.
No puedo decirle con palabras que le he reconocido y que le quiero
muchísimo. No es necesario, lo ha comprendido. Él también llora, me besa, me
abraza…, me siento feliz y me constata que he sido un buen padre.
Pero mi nuera tiene razón. Estoy en el último tramo. No retengo
casi nada y lo que logro recordar lo recuerdo a mi modo, no necesariamente
como ha ocurrido. Recuerdos aleatorios. Vivencias, cuentos, películas,
canciones… todo se ha entrelazado.
Mi mirada vuelve al techo.
Ahora entra de nuevo el hombre de bata blanca, pero… es imposible
que sea el mismo que me atendió cuando era un niño y sin embargo, sí, es él.
Ah… ya veo. Estoy de nuevo en la cueva de los niños errantes. Veo por última
vez el valle, a Neko y a Julián… Me veo a mí mismo en una cama del hospital
Sant Jordi, soy un niño y mi olor corporal vuelve a ser suave, nada agrio
como hace un momento. Me acaban de operar. Mi abuela está sentada a mi lado
e intenta despertarme:
—Martín, Martín… ya pasó. Te he traído tus tebeos y dentro de poco
ya estarás en casa. No debes preocuparte por el incendio, no diré nada. De
todas formas ése hombre nunca me cayó bien —me besa en la frente y me duermo
y tengo el sueño más dulce de los dulces sueños.
De fondo suena No me acostumbro, después Melissa,
luego Insurrección, también Perdonar es divino y La chica
de ayer…
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Jordi Via mantiene el blog titulado Lilvia

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