Unos están en primer plano,
son los protagonistas de las novelas, las películas y las obras
dramáticas, son los personajes que el autor ha elegido para desarrollar la
trama, para que carguen con el peso de la historia. Y alrededor de ellos,
presentes o incluso ausentes, pero sugeridos, flotan otros que tienen a
veces escasa significación, y en otras ocasiones, una importancia
decisiva, aunque sólo tengan una aparición fugaz: son los personajes
secundarios.
Siempre están ahí, aún en el texto más escueto nunca el
héroe está solo, pues en su devenir vital como persona se han cruzado
otros muchos seres humanos.
Proponemos a nuestros lectores que tomando como
referente —en entregas sucesivas— los tres relatos ganadores del III Certamen de Relato Breve de Almiar,
escriban las historias de los personajes secundarios que asoman en estos
apasionantes cuentos.
Para mi madre el tiempo dejó de existir cuando mi hermana murió. Yo tenía
entonces cinco años. Nuestra vida había comenzado a cambiar antes, cuando
mi padre dejó de venir a cenar a casa, y mi madre, siempre tan cansada,
pedía una pizza por teléfono que comíamos viendo un video que
indefectiblemente le hacía llorar, aunque fuese de Mr. Bean que tanto nos
divertía a mi hermana y a mí.
Aún así los días se sucedían unos a otros, y eran
alegres; y los sábados eran divertidos, cuando papá nos recogía y nos
llevaba en su coche a algún Parque Temático lleno de atracciones
emocionantes. Durante la semana peleábamos por vestirnos deprisa para ir
al colegio y que mamá no llegara tarde al trabajo, y la esperábamos
sabiendo que nos traería alguna chuchería rica para la merienda.
Después, cuando el tiempo dejó de existir, mi madre
seguía viéndome de cinco años y hablando de cuando mi hermana dejara de
vomitar para llevarnos de nuevo al colegio.
De nada sirvió que acabase la Secundaria, que los
profesores y la psicóloga escolar hablasen con ella, que se plantease mi
futuro ingreso en la Universidad.
Mi padre había tenido que intervenir y llevarme a vivir
con él, pero aún hoy, cuando visito a mi madre, tengo que ponerme unos
pantalones vaqueros de peto y tirantes y una camisa con estampados de
Disney.
Los habitantes de la tierra son de lo más peculiar:
todos los días, a horas similares, hago mi aparición por los mismos
sitios del planeta. Me divinizan ciertas culturas —aunque cada vez son
menos—. Algunas gentes o bien apenas me ven o bien se hartan de verme
durante meses y meses —refiérome a las zonas polares—. Cuando para
unos soy invernal, para otros soy veraniego. Una cosa es segura: Todo
gira en torno a mí, puedo decir pues que soy la vida para todos… para
todos excepto para gente como la madre de una niña recientemente
fallecida cuyo nombre es (¿era?) Irene.
Soy para su madre como una de esas piedras que cambian
de color y de las que se dicen que marcan el estado de ánimo, con la
salvedad de que yo siempre llevo el mismo color pero es ella quien se
empeña en tintarme con morados, negros, rojos de plaqueta enferma y
gris de aluminio para cañerías.
Esta última semana, a mi paso por su meridiano, me
desluzco un poco, y es que hace días que no la veo fuera de casa, que
permanece con las persianas echadas a cal y canto. Días hace de esto y
meses desde que no ve el sol.
«Yo también tengo una niña de once años», murmura la
donante mientras es subida al quirófano en una silla de ruedas. «Yo
también tengo... ¿O, tenía? ¿Qué sucedió con ella?» La donante se
impacienta, su voz sube de tono, le tiembla, y sus preguntas salen de
la boca a borbotones: «¿Qué sucedió con mi niña? ¿Por qué no le sirvió
mi médula? ¡Oh, no, aún está tendida sobre la cama —se dice algo más
tranquila a la vez que, con amor, mira a la paciente tendida sobre la
camilla— todavía estamos a tiempo!
Yo te salvaré, mi niña. Mamá está a tu lado no temas...» La anestesia
hace su efecto y la donante se adormece. Entonces sueña con días
radiantes y claros cuando su niña de once años aún estaba sana y,
hasta sus oídos, aún le llega su risa clara, su voz cantarina... Pero
los sueños se oscurecen, se convierten en pesadilla cuando se da
cuenta de que su médula no sirvió sino para darle un par de meses más
de vida, un par de meses de agonía. Y, cuando su niña decidió irse y
nunca más volver, ella se convirtió en donante, a veces adecuada, a
veces desafortunada... Su subconsciente grita: «Que a ella le sirva.
Que sea útil mi sacrificio. Ahora sé que no es mi niña, pero yo
también tuve una niña hermosísima de once años. Que a ella le sirva,
que gracias a mí no enloquezca de dolor otra madre».
Y las sombras del sueño profundo le invaden anulando
sus pensamientos. Su médula está siendo transplantada.
Convirtió mi vida en un infierno hasta
conseguir la custodia de los niños. Me denunció en falso, me desplumó,
perdí el trabajo y los amigos. Y no le bastó. Su último objetivo fue
predisponer a mi propia familia en mi contra. También lo
consiguió.
No puedo perdonarle tanta destrucción. Ha hecho creer a
mis hijos que soy un monstruo. ¡Qué pena que este cuerpo físico que
nos alberga no sea más que la armadura que esconde realidades tan
espantosas! ¡Qué error que no seamos transparentes como las medusas,
que no podamos ver con antelación los sentimientos y las intenciones
de los otros!
Ahora le toca probar de su propia medicina, sufrir
injustamente, sentirse sola frente a la adversidad, quedarse sin
puertas a las que tocar.
Tiene suerte, porque su angustia y su dolor no van a
durar ni la mitad del mío. Esta mañana me he inscrito en el hospital
como donante de médula para Irene. La única condición que he impuesto
ha sido conservar el anonimato. Me han dicho que existen muchas
posibilidades de que mi médula sea compatible con la de mi hija.
Hay días imposibles en que la esperanza logra encontrar
un resquicio por el que colarse.
Pobre Irene. Y pensar que la tuve en mis brazos cuando
apenas abría los ojos... Ha pasado un año de su muerte y aún la vemos
jugar en el parque con los demás niños, la vemos correr descalza por
el césped de su jardín... La veo de tantas maneras que me resulta
imposible poder olvidarla. Mi dolor no es como el de su madre, que
llora todas las noches que una estrella se apaga en el cielo, pero
resulta difícil olvidar a esa niña que todas las tardes, después de
salir del cole, se tumbaba en la hamaca junto a mí. Cuando su madre
llegaba, la tenía que coger en brazos para llevarla a casa, se había
dormido.
El día que la perdimos, su madre me preguntó: «¿Por qué
ha tenido que morir? ¡Era una niña!» No supe que responderle, de hecho
jamás olvidaré cómo se arrojó a mis brazos, sollozando y maldiciendo a
Dios por habérsela robado.
Ahora que el dolor va pasando, me queda un sentimiento.
No olvidarla, pues fue ella quien me sacó de la soledad que tantos
años había asomado mi corazón.
—Me pedís que te
cuente, Elena, qué es lo que más recuerdo de la infancia de mi niña.
«Mi infancia y su perfume / a pájaro acariciado» decía
Alejandra. Yo, en cambio, tengo para decir: la infancia y su recuerdo
de pájaro aterido. Porque esa tarde de invierno destemplada, cruzando
la plaza Constitución, con el frío de la llovizna azotando nuestras
caras no éramos otra cosa que pájaros tiritando; para colmo, el agua
acumulada debajo de una baldosa floja, pisada al descuido, le mojó no
sólo los zapatitos sino también los pies.
Con cinco años no lograba comprender por qué se tenía
que ir a casa de los abuelos; dejar a su papá, su hermano, el jardín
con el banco donde jugaba todas las tardes. Mientras se lo explicaba,
ella permanecía parada delante de mí; la recuerdo con la pollerita
escocesa y la blusa blanca y en la cabeza, los moños impecables. —En lo de los
abuelos vas a estar muy bien —le
dije— te van a cuidar mucho y te
vas a sanar de esa tos. Sabés que si el bebé se contagia se puede
morir. Vos no, porque sos grande.
Siempre que piso una baldosa floja después de la lluvia, me
acuerdo de mi travesía por la plaza Constitución, de la mano de mi
niña, rumbo a la estación de trenes.
Lo demás ya lo sabes, Elena. La enfermedad no
evolucionó como esperábamos y las ausencias nos remiten al pasado
constantemente; la vida es una cuenca vacía, el tiempo no existe. Por
más que hemos consultado psicólogos y psiquiatras no hemos podido
volver a la vida común. Lo que me tiene preocupada es que cada vez que
mi hijo me visita trae puestos unos pantalones vaqueros de peto y
tirantes y una camisa con estampados de Disney.
—Me trago todas las
lágrimas, Elena, por eso me da tanta rabia que la gente llore por
cualquier cosa. No caben todas las lágrimas del desamparo en el alma
de una criatura de cinco años .
Soy la otra madre de Irene, ¿o debería decir la otra
madre del hermano de Irene?
Bueno, soy yo, la que se quedó sin luz, a oscuras…
Mi sosias ha tenido que seguir sin mí. Nos separamos
cuando murió Irene, fue algo inquietante, terrible y doloroso para los
tres, —ahora cuatro—.
Nuestro hijo también nos necesitaba, era tan pequeño.
Irene estaba asustada y nos decía: ¡Mamá, mamita, aquí está muy
oscuro, no me dejes! Fue en ese momento cuando un rayo de luz
chocó en mi cabeza.
Quedamos, una Irene arropando a nuestro hijo pequeño, y
la otra entre estas sombras, donde Irene sonríe y nos dice: gracias,
Mami, sabía que no me dejarías. La otra Irene, ahora mismo, está en la
graduación de la escuela primaria de nuestro hijo…
Tuvo que ser así, tuvo que ser así…
A veces, cuando el sol brilla del otro lado, en donde
la otra Irene habita y ayuda a crecer a nuestro hijo, hemos podido
encontrarnos, porque puedo amalgamarme a nuestra sombra. Es entonces
cuando ambas podemos abrazar a nuestros dos hijos sin temor de dejar
fuera de nuestro amor de madre a ninguno.
Lamentablemente no existen ya demasiados días con un
sol brillante, desde que murió Irene, le faltan rayos al sol…
En general la familia ha sido siempre una
gran oscuridad, grande por número de miembros y oscura por ausente y
alejada. Siempre fueron a lo suyo… negocios, trabajo, viajes y demás
para no estar nunca cuando se les necesitaba. La familia ha
permanecido todo el tiempo distanciada por necesidad y también por
voluntad, la familia es una familia rara y fría. Esta vez no sería
distinto. Quedó confirmado, mi niña se me iba y ellos tan perdidos y
negados como de costumbre. Sentía verdadera rabia y mucha indignación,
pero debía seguir luchando y buscar más y más, ella me necesitaba. Ni
siquiera su prima Leonor, a la que tanto quería, con la que tantas
tardes pasó jugando en el jardín de mi casa, ni siquiera ella se
prestó. En cierto modo, les intentaba comprender porque era una
operación delicada, pero a la vez se trataba de mi hija, sangre como
la de ellos y como otras veces me volvieron a fallar. Así que debía
seguir buscando, como loca tal vez, pero llamaba y llamaba a más
familia, a los amigos, a los compañeros, a todo el mundo que pudiera
ayudar a mi hija Irene…
A veces la descubro
llorando...Y no me ve. Imagina, envuelta en la tristeza, que el tiempo
detenido por la ausencia, le devolverá aquél que perdió... Yo le
sacudo el brazo con fuerza, la zarandeo, pero ella no me ve, ni
siquiera ve sus ojos y los míos en el espejo, ni siquiera ve crecer a
su hijo, las canas que asoman a su sien o el cambio de estación que
anuncia frío... Pero yo estoy aquí, y no me ve, me mira fijamente, y
no me ve... —Estoy en ti, estoy en
él, nunca me fui... —pero no me
ve. Yo quiero su sonrisa, yo quiero su esperanza, ser parte del
futuro, del sol de cada día, un recuerdo vivo que camine al son de sus
tacones, llenando los huecos de ausencia que tiemblan en su alma...
Estoy aquí, y no me ve.
Siento que mueren por
mí. Siento que las estoy matando. Una no me dice nada y llora
desconsolada a solas, sin remedio, con una pena que sólo ella sabrá y
que la consume y hace desvanecer como un suspiro. La otra se empeña en
jugar sin padecer los arrebatos de tristeza de mi madre. Papi no está
para consolarla y ella no lo añora para tales fines. Ella despilfarra
caricias y atenciones especiales para mí como si tuviera toda una vida
sin verme, pero me ha visto todos los días, es, también, como si no me
fuera a ver jamás. Pienso que al igual que papi se irá de un momento a
otro. Su actitud me aleja del buen augurio y pienso que partirá, por
eso llora, se desvela y se seca como pastizal en verano, porque nos
abandonará, cual mi padre. No comparte sus dolores conmigo, que tengo
derecho, que soy la mayor. En cambio mi hermana, se obstina en estar
alegre y feliz. No tiene, con tan tierna edad, deseos sino de jugar.
Aunque a escondidas la he visto espiar a mi madre; la contempla como
llora, como sufre, como muere. Pobre de ellas. La una desfallece por
un no sé qué, y la otra no sabe que tal vez también lo hará si mi
madre nos deja. Quizá sólo yo sobreviva para salvar a mi hermanita
menor de no morir cuando mi madre se marche, pues, será así, no tengo
dudas, por eso sufre y se marchita y, tal vez muera, porque se irá y
nos dejará solitas. No sé si es oportuno decirle que no sufra más, que
yo puedo evitar que se marche para siempre si me ocupo de lo que la
mortifica y que no le deja vivir. Puedo evitar que nos deje, que se
muera. Creo que puedo cuidar a mi hermana de 5 años y no dejarla morir
si mi madre no me escucha. Siento que se me mueren, como el amor de mi
padre. Y nadie me ha dicho nada. No comprendo el ocaso de mi hogar. Se
apagan las luces de mi casa, se opacan las estrellas en el cielo, se
ausentaron las sonrisas y los paseos semanales. Ya no voy a la
escuela. Sólo descanso. Ella me atiende y creo que se conforta. Se
desvive por mí como nunca y creo que eso puede hacerla cambiar de
opinión, porque ahora estoy con ella y ella está siempre conmigo, en
mi cama. Siento miedo a dormir por las noches. Imagino una mañana en
el alba que al preguntar por ellas ya no estén, que me han dejado
sola, que se han ido, que no estarán más a mi lado y, entonces, me
echo a morir…
Todo era perfecto
pero algo falló. A posteriori. Algo así como un tiro con efecto.
Retardado.
Hemos hecho todo lo posible por su hija. No somos una
panda de incompetentes, el transplante rechazado no es uno más para la
lista de decesos. Tiene nombre y apellidos.
Somos humanos y no por ello menos nobles. El juramento
hipocrático no es un falso mito.
Pero hay azares azarosos, cosas que carecen de
explicación por más que la busquemos. A veces la luz se va por un
instante y luego vuelve. El rechazo fue un apagón e Irene no tenía más
fósforos.
Y ahora estoy aquí, flotando en este espacio
sin sombras y sin luces. En medio de una neblina gris y transparente.
Es extraño.
No conozco a nadie. Hay una mujer en una casa que me
parece cercana, pero ella no puede ser mi madre. Ya no alza la voz, ya
no sabe mirar a los niños, ya no canta, ya no sonríe.
Y hay un chico: no puede ser mi hermano. Él era
pequeño, como yo, bajito, pero en niño.
Ya no veo nuestras bicicletas, quizás no sea ni mi
casa. Tampoco hay un padre, eso sí es igual.
Veo el hospital, el mío, y reconozco los olores, a
anestesia, a medicina, a limpieza. Siguen las batas verdes moviéndose
presurosas de acá para allá, y los llantos, y las flores, y las
sábanas blancas y arrugadas por el sudor y la fiebre de los enfermos.
Y hay una cama vacía, como la mía cuando me fui.
Había una mujer, ni la recuerdo, sólo su vestido triste
y negro, su andar cansino y arrastrado, y su voz dulce, triste,
apretada, como un nudo de zapato que no se desliza, apagada,
contenida, pero dulce.
Y un roce de su mano tibia, acariciadora y temblorosa.
Y dos besos antes de dormirme para siempre, uno el de mi madre y otro
el de la mujer. ¡Y es curioso, las dos me llamaron hija!
Generalmente, todos se alegran cuando nace un hijo
varón. Pero mi nacimiento no arrancó demasiadas sonrisas. Antes que yo
había nacido una hermana, que, siendo los ojos de mamá, tuvo la suerte
de morirse. Sí. Dije bien. Para ella la muerte fue una bendición,
porque se compró la atención de mamá para siempre. Recuerdo cómo
enloqueció de dolor y sólo pensaba en ella. Todos se le fueron
alejando, porque su tristeza contagiaba hasta a las hiedras del patio,
que renegaron de su fototropismo positivo y comenzaron a deslizarse
hacia abajo. Papá decidió alejarla de nosotros. Era «por nuestra salud
mental», según nos explicaba mientras la trasladábamos al loquero.
Ella iba radiante, acariciando una muñeca, a la vez que le cantaba una
canción de cuna.
Y yo tuve que ser fuerte. Me obligaron a consolar a mi
hermana menor, y a ser el orgullo de mi papá cuando nos fuimos a vivir
con él y una de sus novias que me trató mejor de lo que yo esperaba.
Todos los domingos visitaba a mamá. Cuando empezaba a
hablarle de mis cosas, ella decía que debíamos callarnos porque mi
hermana estaba dormida y podíamos despertarla.
Después de muchos interminables años, me recibí de
médico. Fui corriendo al loquero... —«¡Mamá, Mamita!»
—le grité—,
«¡Te sacaré de aquí...!»
Ella ni siquiera me miró. Abrazaba y besaba una ropita,
ya sabemos de quién.
Salí llorando a pesar de ser un hombre. Afuera me
esperaba Beatriz con un sobre en la mano: —Dio positivo.
Serás papá. —Y vos... ¿me
seguirás amando? —Claro. Te amaré
siempre... pase lo que pase.
Sentí que me decía la verdad. Y que Dios también se
acordaba de mí.
Lentamente le acaricié la panza y me di permiso para
ser feliz.
Personajes secundarios, es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León
(http://mural.uv.es/carlole/)
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