Unos están en primer plano,
son los protagonistas de las novelas, las películas y las obras
dramáticas, son los personajes que el autor ha elegido para desarrollar la
trama, para que carguen con el peso de la historia. Y alrededor de ellos,
presentes o incluso ausentes, pero sugeridos, flotan otros que tienen a
veces escasa significación, y en otras ocasiones, una importancia
decisiva, aunque sólo tengan una aparición fugaz: son los personajes
secundarios.
Siempre están ahí, aún en el texto más escueto nunca el
héroe está solo, pues en su devenir vital como persona se han cruzado
otros muchos seres humanos.
Proponemos a nuestros lectores que, tomando como
referente el relato ganador del III Certamen de Relato Breve de Almiar,
escriban las historias de los personajes secundarios que asoman en este
apasionante cuento.
—Eh, tú, ¿recuerdas esto?: «...y ya no te pondrá
más las manos encima.»
Martha tardó tres días en darse cuenta de que la flaca
la controlaba desde una cierta distancia. Demasiado pendiente de adaptarse
a las rutinas carcelarias, a los rituales de aquel submundo en el que
regían normas no escritas pero esenciales para la supervivencia, no se dio
cuenta de la presencia de la flaca, mirándola con insistencia y en
silencio, hasta que le soltó la frase, en un susurro grave y amenazador.
—Oye, ¿no leíste en tus jodidas cartas algo así?
La flaca, un apodo que era un sarcasmo, pesaba sus
buenos ciento cincuenta kilos, era una mujerona de ubres por pechos,
cintura inexistente y nalgas desbordadas, edad más próxima a los cuarenta
que a los treinta, altura superior a la media femenina de su generación y
unas manos en las que cifraba su orgullo al mostrarlas engarfiadas
mientras pronunciaba el remate final de su historia, aquel: «....y lo
maté» con el que parecía dejar sentado que con ella no se jugaba, que sus
dedos, simplemente sus dedos, eran tan mortíferos como una navaja o una
pistola y que la fuerza de sus brazos constituía la garantía para hacerse
respetar.
—Podrías acordarte, se la mandé hace más de un año, y
ella no contestó.
Desde la llegada de Martha, la flaca vagaba silenciosa
por la vereda reseca que circundaba el patio. Su enorme humanidad hollaba
lentamente una y otra vez el carril de forma muy distinta a cuando
caminaba haciendo temblar bajo sus plantas el suelo metálico de la
galería. Las demás presentían que estaba ocurriendo algo, lo intuían
porque en el universo cuadrangular de la penitenciaría un mínimo cambio
desestabiliza su frágil equilibrio...
—Pero que mierda de cartas leísteis, tan dulzonas, tan
blandas. Tuvisteis que leer la que yo le escribí cuando me enchiqueraron,
porque ella no respondió, ni ha venido a verme. No le llegaría, joder,
seguro que no le llegaría.
Incluso las celadoras parecían a la expectativa; la
flaca constituía de alguna manera una referencia para mantener el orden
inalterable de los días, las semanas, los meses y los años en la
Institución. Bastaba con tener contenta a la flaca y ella se encargaba de
que ninguna de las otras reclusas crearan problemas, y a flaca se le
contentaba con cigarrillos y algunos extras de comida y alcohol del que
consumía el personal.
—¿Tampoco recuerdas esto otro?: «... ya no has de tener
miedo, lucero, yo le maté.»
Martha, la nueva, permanecía en cierto modo ajena, no
sabía cómo se funcionaba antes de su llegada, las jerarquías y los clanes
le resultaban extraños, trataba de cumplir con las normas con su espíritu
de funcionaria pública y carecía de claves para interpretar la actitud de
la flaca para con ella.
—Y dices que las queman, los muy hijos de puta las
queman...
Fue al final de la primera quincena cuando la celadora
del último turno la llamó después de la cena, cuando las presas retiraban
sus platos y se establecía el orden del friegue en la cocina. Martha temió
haberse saltado algún control, haber olvidado alguna consigna y se asustó.
La celadora sólo le indicó que recogiera sus cosas para trasladarse a otra
celda.
—¡Te tienes que acordar, mosquita muerta, que a mí no
me la pegas, me tienes que jurar que esa carta no llegó a su destino!
Martha se encontraba a solas con la flaca aquella
noche, tenía mucho miedo y no podía dormir porque sabía que la estaba
mirando con fijeza, a través del humo de sus cigarrillos que empalmaba uno
tras otro a pesar de la prohibición de fumar después del toque de
silencio.
—«...serás sólo mía cuando salga de aquí, para lamerte
entera y borrar con mi lengua la baba asquerosa de aquel hombre», ¿qué,
esto sí que te dice algo, verdad?
Comenzaba a percibirse la claridad del alba, la
claraboya sobre la galería filtraba una neblina gris y sucia y el cuerpo
de la flaca era, bajo la manta, el remedo de un cetáceo varado en una
playa.
—«...te perderás entre mis pechos, tú, tan chica y tan
fina.»
La voz salía de aquella montaña informe que tenía
enfrente. No le podía ver la cara, quizás estuviese vuelta hacia la pared,
quizás estuviese cubierta por las ropas, pero la voz sonaba lúgubre y
seria, demasiado grave para alguien a quien Martha había oído chillar con
destemplanza el primer día, imponiendo su ley.
—«...y sabrás de una vez por todas lo que es llegar
hasta el final y volver y llegar de nuevo y encadenar el jadeo y el grito
hasta morir entre mis brazos para resucitar en la gloria.»
Martha callaba ante aquel monólogo que sonaba a oración
antigua, oración pagana repetida una y mil noches en la soledad de un
camastro carcelario, oración a una diosa lejana y ausente, tan muda a las
plegarias de la flaca como todos los dioses.
—«Espérame, mi amor, espérame.»
Martha creyó percibir algo parecido a un sollozo que de
golpe se convirtió en una carcajada esperpéntica, rebotando a través de
las rejas, a través de los pasillos, a través de los patios, hasta
perderse en la claridad del día que comenzaba. Era la risa herida de quien
quiere humillar a su propia debilidad.
—Dijeron que el tipo había querido violarme, ¡a mí!,
que no ha habido hombre que se haya acercado a mirarme a la cara. Que le
maté en defensa propia, y me vino bien, rediós, vaya si me vino bien, para
menguar la condena. Defensa propia... a lo mejor sí, que defendía lo único
que tuve mío y que el muy cabrito aún llevaba reflejado en el fondo de sus
ojos, aquellos ojos que se abrían más y más, mientras yo le apretaba el
cuello.
¡Bienvenida al Departamento de Correspondencia
Rezagada! —recuerdo que le dije con sarcasmo en cuanto llegamos al sótano.
Yo creía saber de antemano que la chica no era más que
otras. Pasaría a engrosar la larga lista de empleadas que en tres meses
logran buscar una excusa y un nuevo trabajo. Nunca me había caído bien. La
razón de que la cambiase al departamento de Correspondencia Rezagada
—siendo franca— no había sido tanto aquel incidente menor con el
matrimonio de jubilados sino su aire de preponderancia. Nunca me ha
gustado que me respondan. Esa es mi única condición para mantener a cada
cual en su puesto de trabajo.
Cuando supe lo ocurrido con la cartas, ciertamente, me
llevé una grata sorpresa. En el juicio intenté jugar todas mis bazas en su
defensa. Barajé la posibilidad de encubrirla... siempre fui demasiado
cobarde. Aquella chica respondona y bocazas tenía agallas, ¡quién lo
hubiera dicho!, ¡con esos cursis zapatos rosas y una valentía digna del
mismo Joaquín Murrieta!
Una ladrona, un delito federal. Qué mundo. Me siento
por un lado enrabietada, supongo que como todos aquellos literatos que
tanto confiaron en el triunfo de la libertad y el progreso durante la
guerra civil española y que vieron sentarse a un dictador durante décadas,
y por otro incomprendida ¡nadie entiende que me identifique con ella: una
ladrona, una curiosa! Qué mundo...
Siempre que puedo voy a verla. Le pido perdón con la
misma frecuencia que le doy mi más efusivo saludo. «¿Perdón de qué?»,
replica siempre Martha. El otro día conocí a su amiga Lena. Parece buena
persona, sin más.
Ayer me apropié de un par de cartas. Están sin abrir en
el cajón —el que tiene cerradura— de mi mesilla de noche. Quizá las abra.
Del rostro de Lena escurrían dos lágrimas que
atrapaban la luz de las velas sobre su rostro. La luz eléctrica había sido
suspendida por falta de pago. Desde que Martha había sido impedida de su
libertad, las facturas se acumulaban dentro de la pequeña cajita sin tapa,
en la que las compañeras de habitación colocaban las cuentas por pagar.
Sombras de extraños coloridos matizaban su piel,
mientras sus ojos se esforzaban en seguir la lectura de la novelita en
turno, en el nuevo número de Vanidades.
Con el dorso de su mano limpió el llanto.
«Será mejor que deje de leer. Cada día duermo menos
horas y apenas tengo fuerzas para cubrir mi horario de trabajo. Pero tengo
que apurarme a terminar la novela, prometí a Martha llevársela en el
próximo día de visita.»
Con un suspiro de resignación sopló sobre la flama de
la vela. La luna envió un rayo de plata, a través de la hendidura que la
cortina de la ventana no cubría. La luz natural se reflejó en la mitad del
rostro de Lena, dándole una expresión de dramatismo.
Cerró los ojos y se quedó quieta por algunos momentos,
parecía dormida.
Su mano derecha se metió entre las mantas hasta llegar
a sus bragas. Cuando sus dedos acariciaron su sexo, un ligero temblor
estremeció sus párpados que seguían cerrados. Quizás dentro de la mente de
Lena, el galán de tez apiñonada y mirada mora, estaba ahora mismo
arrancándole aquellos gemidos extasiados, quizás también, la tenía ceñida
entre sus brazos fuertes y musculosos, mientras ella se sentía una sílfide
de los misterios y profundidades de los océanos, quizás…
Un papel doblado a manera de carta y con su nombre
rotulado a mano, descansaba sobre la destartalada mesita de noche. Era la
última carta de Martha.
Desde que encerraron a Martha por violación de
correspondencia Lena había tenido que apechugar con todo el alquiler.
Seiscientos euros por aquel tugurio infecto de chinches era un abuso, pero
el casero era una de esas sanguijuelas que huelen la desgracia ajena y se
regodean en ella hasta que te chupan el último aliento.
Por si eso fuera poco, los demás acreedores no dejaban
de aporrear la puerta reclamando su porción de miseria: aquel peluquero
con facha de loca que siempre había parecido tan desinteresado; la
empleada de la charcutería, que nos había estado cobrando la mortadela a
precio de jabugo..., todos querían la guita. Pero quien más asustada me
tenía era aquel camello de poca monta, embutido en sus vaqueros rotos,
chupa de cuero y colmillo de plata que enseñaba no con gesto amistoso,
sino como declaración de guerra. Ya se había presentado tres veces y sus
mensajes eran cada vez menos tranquilizadores.
¿Por qué ese empeño en ajustarme las tuercas? No éramos
familia. Tampoco pareja de hecho. Sólo la casualidad y la pobreza nos
habían hecho coincidir en aquella covacha. Martha jamás iba a nombrarme
heredera universal. No tenía nada que legar. ¿Qué razón había para
obligarme a saldar sus cuentas?
Además, le habían pescado por pardilla. Es verdad que
fui yo quien le pidió que trajese algunas de aquellas cartas. Total, nadie
las iba a echar de menos. A veces no entiendo quién hace las leyes. Si a
lo mejor los destinatarios estaban ya muertos. ¿Cómo puede ser delito leer
una carta dirigida a un muerto y no serlo el alquiler que nos cobra esa
sabandija? El caso es que la enchironaron y yo me libré por los pelos.
Mientras duró, lo pasamos bien. Unas cartas eran
mejores que otras. Había auténticos dramas. Otras eran más bien sosas,
pero nos ahorrábamos una pasta en fotonovelas. Las dos sentadas alrededor
del brasero vivíamos aquellas historias con pasión, les poníamos color y
las aliñábamos al gusto. Pero la mema de ella tuvo que dejarse pillar y se
acabó lo bueno.
Ahora se hace la mártir. Me escribe unas cartas que
abren las carnes. Me cuenta los horrores de la trena. Me habla de una tipa
que se llama «la flaca» a la que todas las reclusas tienen pánico porque
actúa como si fuese la generala del pabellón. ¿Y qué quiere que yo haga?
¡Haber tenido más ojo! Y todavía tiene el morro de pedirme revistas y
cigarrillos. A mí, que llevo encerrada en esta madriguera tanto tiempo
como ella en la residencia del Gobierno porque me da miedo que me rajen el
cuello en cualquier momento. Dice que está presa. ¿Y yo? ¿Qué estoy
yo?
Querida Martha:
Escribo desde mi soledad acompañada de papel.
No estás tú, y volaron de nuestra jaula las cartas a
las que dimos luz, sacándolas de su cárcel. Hoy estás tú en ella, es
irónico, por las cartas.
Ahora sólo puedo leer tu historia, y tú la mía. Quizás
alguna se pierda en el camino, y vayan a vivir a otra cárcel peor, que es
la del abandono.
Allí, posiblemente nadie las rescatará del silencio, y
morirán prematuras, como abortadas en su sobre.
Querida Martha, espero que tus escritos y los míos no
puedan ser nunca un paquete atado. Quiero que las que recibas, al igual
que las que me lleguen se conviertan en mariposas de cenizas y fuego, y
nunca jamás amarilleen en un atadijo, tendidas en un cementerio de
palabras.
Más
que inexperiencia, lo suyo es torpeza. No volverá a trabajar con público
—dictaminó esa tarde la supervisora y, sirviéndose del ascensor de carga,
condujo a Martha hasta sótanos donde seres de tez amarilla (inmunizados
contra moho y penumbra), trajinaban en galerías abarrotadas de sobres
viejos—. ¡Bienvenida al Departamento de Correspondencia Rezagada! —dijo la
funcionaria, antes de girar sobre sus tacones y marcharse. Mientras caminaba hacia la
salida, la funcionaria no pudo reprimir la risa.
Sabía que sólo los empleados que daban problemas o los colocados por algún
jefazo eran designados para esa sección. Los problemáticos
rápidamente decidían dejar el trabajo, los necesitados aceptaban sin
pestañear y los recomendados creían que habían sido puestos por sus amigos
para que no les molestaran en otra oportunidad. Esa sección, antes sólo un
cuarto de cartas olvidadas, desde que había llegado Frida, la supervisora,
funcionaba a la perfección. Frida recordó los
comentarios de su padre cuando era pequeña, antes de salir de Alemania con
lo puesto en 1945 y se sintió contenta, cumplía con sus enseñanzas,
adquiridas por experiencia en el campo de exterminio.
Era la número 9. Así se
distinguían las reclusas, con una leyenda bordada en su costado izquierdo,
en caracteres romanos. Pero ella era la más discreta de todas.
La cena era a las siete y
media. Llamaba la atención encontrar un presidio con horarios tan
anglosajones a semejante latitud. Sus compañeras discutían por nimiedades
como el tamaño de las croquetas. Incluso por su rebozado. Y había
croquetas gigantescas casi crudas.
La jerarquía no estaba
escrita en ningún documento, aunque se respiraba en el ambiente. Tener un
rostro adusto, la silueta cetácea o una voz a lo Paca Gabaldón agilizaba
los trámites para mudar de casta.
La número 9 disputaba su
quinta temporada en aquel feudo grisáceo y morganático. No decía nada. No
era gorda ni delgada. Sus facciones eran de lo más simples. Era la típica
reclusa con un lustro de rodaje. Sólo su silencio hablaba por ella.
Observaba y observaba.
Impertérrita, neutral, catatónica. Sus compañeras de celda no interrumpían
su silencio. A veces asentía. Sólo a veces.
Las riñas eran habituales
en el comedor. Había tenedores de tres y cuatro puntas. Había cucharas y
cucharillas. Y las reclusas cambiaban a menudo de celda por los azares de
estas disputas. Cuando las luces se apagaban comenzaba el recital. Las
nuevas compañeras relataban sus desventuras. La número nueve emitía su
veredicto asintiendo con la testa.
La número nueve, muda
portavoz de un jurado de franjas bicolores. Observaba y observaba. Una
reclusa nueva trató de granjearse el favor de sus compañeras hablando de
unas cartas que robó. Pero la número nueve, con su palito y su equis
bordados en el costado izquierdo, quedó hierática. Sus labios eran un
vector de indiferencia.
«Al principio, señor juez, fue sólo una cada
viernes...» sí, claro, clemencia, piedad, compasión… yo soy juez y, como
indica la etimología de mi cargo, debo impartir justicia. Para eso me
pagan, es mi función en esta sociedad. La ley no me permite condescender,
aplicar excepciones. Se empieza haciendo la vista gorda en un caso
particular y se acaba… ya se sabe cómo se acaba.
Como yo he acabado, Martha. Como yo he acabado,
miserable de mí. Decías que al principio fue sólo una cada viernes. Claro,
yo también, después de oírte en el juicio, tuve un toque de curiosidad; al
principio sana curiosidad. Que también es propia de hombres de ley y orden
como yo. Le dije al bedel: «Deje ahí esos sacos de cartas». Sí, me pudo la
curiosidad y miré una carta. Luego le dije de archivarlas bajo llave a mi
cargo exclusivo. ¿Incinerarlas? ¡Qué va!; invoqué un articulo imaginario
de la Ley de Custodia de Datos para disponer en exclusiva de ellas. Y aquí
estoy, en la fase de relectura ya de algunas: «Mi papá me botó de la casa
cuando supo lo nuestro”; «Necesito cumplas la promesa de llevarme
contigo»; «En tu última carta, me dices que andas desmejorada de
salud...».
—También yo recibí una carta —dijo la flaca con la
colilla casi apagada entre sus labios finos y resecos. —A mí sí me llegó.
No tuve la suerte de que se quedara olvidada dentro del talego, ni perdida
en los laberintos de las oficinas del Correo.
Las reclusas la escuchaban con la adoración que produce
el miedo. A la flaca había que temerla. Su historial y sus arranques de
ira la convirtieron en la líder indiscutible del corredor.
—Sí, también yo recibí una carta —prosiguió la flaca.
—Lo peor del caso es que la leí...
—Pero, ¿no dices que no sabes leer? —gritó desde un
lateral del patio otra presa, con insolencia. Con la insolencia de una
juventud pujante encerrada entre rejas que busca convertirse en la nueva
líder. —Tú misma me lo confesaste no hace mucho: «Léeme esta nota —dijiste—, no la entiendo.»
—Tú, guarra, cierra el pico. Esto no va contigo —bramó
la flaca.
Su grito hizo temblar a Martha, la recién llegada, que
pensó: «¿Por qué habré abierto la boca? En este infierno es preferible el
silencio y la soledad a buscar un apoyo entre...»
Sus lucubraciones quedaron cortadas por la voz
aguardentosa de la flaca que prosiguió:
—Recibí una carta, sí. La leyó una de las niñas de mi
vecina, una de las que iba a la escuela... De todas formas, por muy torpe
que sea yo, si te llega un pedazo de papel con frases recortadas de un
periódico es que la noticia que te dan no es buena.
—¿Qué decía la nota? —preguntó Martha con prevención en
la voz.
Nada más formular la pregunta se arrepintió de ello. «Si lo mejor es estar
callada —se dijo—. En este lugar es mejor que me calle. La curiosidad
atrapó al ratón en el cebo. ¿Todavía no he aprendido que por eso me
encuentro aquí?»
La flaca tiró la colilla al suelo del patio. Se levantó
del poyo en el que estaba sentada junto con las otras reclusas y pisó con
saña la colilla. Luego, en pie, balanceándose rítmicamente continuó su
historia:
—Ponía: «Tu hombre está con otra. Un amigo». En aquel
momento se me cruzaron los cables. No es porque él fuera un tío
excepcional, sino porque era mío... Troté hasta la casa y, a pesar de
estar rabiosa como una perra en celo, me calmé a medida que subía las
escaleras. Los quince escalones que me separaban de la casa se me hicieron
eternos, pero los subí despacio, procurando no hacer ruido. Abrí la puerta
con cuidado. Me asomé al dormitorio. Allí estaba él, desnudo, follando
como una mala bestia. Nunca me creyó cuando, en nuestras noches de placer,
le confesaba entre orgasmo y orgasmo que hubo otros antes que él. «¿Tú,
flacucha —me decía—, has conocido a más de una docena de tíos? Vamos, no
me hagas reír con tus patrañas...» Y se reía a carcajadas. Aún las oigo.
Pero no se rió cuando escuchó el ruido del seguro de la pistola a su
espalda. Al contrario, su cara porcina, aún sudorosa por los esfuerzos,
era el reflejo de la estupidez. Los ojos se le desorbitaron y salió de la
mujer que tenía aún debajo totalmente irreconocible, empequeñecido.
Recuerdo que balbuceó: «¿Era cierto?» Sí, mi viejo, totalmente. Entonces
descargué mi rabia sobre ellos: quince balas. En esta ocasión tuve la mala
suerte de que en el mismo pasillo, dos puertas más allá del apartamento,
vivía, sin yo saberlo, un comisario de la secreta. Me trincó con las manos
en la masa. Por eso estoy aquí.
La flaca encendió otro cigarrillo al que dio una
larguísima calada. Después de echar el humo, con el que jugueteó formando
aros, añadió:
—Por eso estoy aquí y por los catorce anteriores. Me
pusieron los cuernos y tampoco creyeron mi historia. La historia de la
flaca y sus quince amantes...
Ya hacía unas semanas que estaba instalada, sus
compañeras de celda dormían, en el silencio de la cárcel, las luces
blancas de la calle entraban impertinentes por entre las rejas, Martha
fumaba uno de los cigarrillos que le había traído Lena. Se sentía bien,
estaba tranquila, repasó mentalmente una vez más su Juicio, la cara del
Juez, el abogado defensor que no se molestó mucho en defenderla —«Su caso
es lamentable»— le había dicho desde un principio, las caras de sus
compañeros de trabajo, Lena, los dos policías, la escribiente, el terrible
fiscal...
Veía todo como si fuera una película, ella misma era
una torpe y absurda actriz, nada parecida a las bellas heroínas de sus
novelitas rosas.
Todo era grotesco, las voces, las luces, la gente, los
cuchicheos, la agresión del fiscal, sus ganas de llorar y aquella mueca al
fondo de la Sala —«¡Sí, ahora la veo claramente! ¡Neca! la mujer del
portero de la Oficina de Correos,¡la mujer de Juan!»
Sonrió... ese Juan, al cual le bailaban los ojos
cuando Martha pasaba, había química entre los dos.
Para no darle celos a su querida Lena, nada le había
contado del desgarbado y desprolijo Juan, con quien se encontraba a
escondidas en cualquier rincón de la vieja oficina, llena de pasillos,
puertas, cuartitos oscuros, mullidos montones de paquetes de cartas, en
donde Juan se convertía en el soñado amante, digno de sus novelas, aún con
su aliento rancio, aún resoplando como búfalo, poseyéndola a medio
desvestir, acariciando, apretando, gozando...
Otra voluta blanca que se eleva, una bocanada de placer
recordando a Juan, su gran secreto.
Martha no había vuelto a saber de él, pero Neca, su
mujer, siguió todo el proceso, siempre con esa mueca de asco y maldad y la
venganza pintada en su rostro —¡Neca! ¡claro!— ella trabajaba en
recepción, cuántas veces habría visto las miradas de Martha y Juan, cuando
se cruzaban en la cafetería y desaparecían los dos... dos más dos son
cuatro y alguien tuvo que delatar a Martha.
La sonrisa de Neca fue imposible de disimular ante el
«culpable» que sonó como música a sus oídos.
Las volutas de humo seguían subiendo blancas
mezclándose con las luces blancas que entraban por entre las rejas.
Martha ya no sonreía, la sonrisa triunfal de Neca le
roía las entrañas.
El joven revisa por enésima vez el nudo de su
corbata y abandona la impecable imagen en el espejo. —Mamá, termina con eso que no quiero llegar tarde.
La madre toma el lápiz y lo desliza con firmeza por la
página en blanco
«...han pasado quince años desde la la última vez que te escribí, y al
igual que entonces es probable que esta carta acabe flotando en algún mar
desconocido. Sin embargo, creo que debes saber que tu hijo mayor se gradúa
hoy...».
Antonia levanta la vista y con un dejo de nostalgia
observa orgullosa a Adolfo que —en el uniforme de la Marina— es el vivo
retrato de su padre.
Con fecha 23 de mayo de 2005, finalizó la
presentación de relatos
para este capítulo de la serie Personajes secundarios.
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Personajes secundarios, es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León
(http://mural.uv.es/carlole/)
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