Unos están en primer plano,
son los protagonistas de las novelas, las películas y las obras
dramáticas, son los personajes que el autor ha elegido para desarrollar la
trama, para que carguen con el peso de la historia. Y alrededor de ellos,
presentes o incluso ausentes, pero sugeridos, flotan otros que tienen a
veces escasa significación, y en otras ocasiones, una importancia
decisiva, aunque sólo tengan una aparición fugaz: son los personajes
secundarios.
Siempre están ahí, aún en el texto más escueto nunca el
héroe está solo, pues en su devenir vital como persona se han cruzado
otros muchos seres humanos.
Proponemos a nuestros lectores que tomando como
referente —en entregas sucesivas— los tres relatos ganadores del III Certamen de Relato Breve de Almiar,
escriban las historias de los personajes secundarios que asoman en estos
apasionantes cuentos.
Cuando entraron en la Taberna de Anselmo supimos que venían por él. Eran
cuatro, con ese aspecto borroso en el que ningún rasgo llega a destacar
claramente. Cuatro hombres grises como de niebla, difíciles de
identificar, difíciles de recordar salvo por la sensación de frialdad y
distancia que trasmitían.
Ajenos, incluso entre sí, obraron como autómatas dirigidos por control
remoto, al acercase a la mesa en que jugábamos unas manos a los naipes.
Él se levantó al verles, era uno de los últimos compañeros que se habían
incorporado recientemente a la célula, y sabíamos bien poco de él. En
nuestro trabajo nadie conoce a nadie a ciencia cierta, forma parte de las
reglas para los que pertenecemos al último escalón de la estructura;
carecemos de información que pueda hacer peligrar a la Organización en el
caso de resultar comprometido alguno de nosotros.
Por eso teníamos claro que no hablaría, no podía hablar, estábamos
tranquilos porque no sabía realmente lo que la Policía esperaba que
confesara. Ninguno de nosotros dijo nada cuando se fue con ellos. Actuamos
como si aquello no hubiera sucedido y la partida de naipes continuó sin
él, seguimos prestando atención únicamente a las jugadas. Le olvidamos.
Pronto su espacio sería cubierto por otro hombre, tan desconocido como
éste, con el que arriesgaríamos nuestras vidas a favor de una causa
incierta, de un futuro apenas vislumbrado, de una ideología remota y
trasnochada.
Entonces yo comencé a recordar algunos retazos de charlas que había
mantenido con él mientras manipulábamos explosivos y detonadores, lo que
me pareció entender como un cuestionamiento de las consignas, como las
dudas que la razón, liberándose de las redes del fanatismo, habían ido
abriéndose camino en su mente.
Y tuve la certeza de que los hombres grises eran de los nuestros y de que
la verdadera batalla por la libertad comenzaría ahora para mí si no le
olvidaba y me atrevía a seguir sus pasos.
Resultó ser una misión imposible. Fuimos
varios los que intentamos que denunciase la situación, pero toda
palabra cayó en saco roto.
—Tienes que hablar, hombre. ¡Hazlo!... aunque no sea
por ti, por los otros. Esto no debería volver a suceder.
Siempre su boca moría cerrada. Si acaso se humedecía
los labios de un lengüetazo; era un tic suyo
—quizá adquirido tras las
palizas de la policía—. Un compañero contaba que en cierta ocasión,
exasperado por la falta de resultados, se sentó frente a él y agachó
la cabeza hasta quedar ésta colgando como si no fuera más que el
pescuezo de un pollo recién decapitado. Mientras miraba las motas de
polvo que rociaban el suelo creyó escuchar un murmullo, un ligero
suspiro que dejaba traslucir una frase: «Y mi águila...» Fuese una
ilusión sonora o un hecho verídico, la frase resultó insustancial.
Llegamos a una conclusión: Habíamos acudido tarde a
socorrerle. Su mente ya no se regía por nuestros mismos parámetros.
¿Significaba algo el águila? Es algo que nunca se
sabrá. Lo único seguro eran las heridas, los moratones, los indicios
de descargas eléctricas. Si hubiésemos conseguido que lo denunciara...
Eran cuatro, con ese
aspecto borroso en el que ningún rasgo llega a destacar claramente.
Cuatro hombres grises como de niebla, difíciles de
identificar, difíciles de recordar salvo por la sensación de frialdad
y distancia que trasmitían.
No nos sorprendió su presencia, hacía días que
esperábamos algo parecido.
Varias veces la profesora Vitale nos había aconsejado
que mantuviéramos más secretamente nuestras actividades pero éramos
jóvenes y cuando lográbamos, con nuestra pequeña imprenta, sacar un
boletín con la lista de desaparecidos y repartirla entre el
vecindario, nuestros ojos delataban nuestras acciones.
Cada noche era uno distinto el que lo dejaba en cada
puerta y de los cincuenta que habíamos sido en un principio, sólo
quedábamos quince. El resto había engrosado la lista que redactábamos.
Redactar una lista de amigos y desconocidos que
vivíamos como parientes, era la forma que habíamos escogido de lucha.
Sólo teníamos dieciséis años.
No puedo resistirlo por más tiempo. Mis
entrañas se revuelven porque, aún a pesar de haberlo parido hace
apenas veinte años, lo siento dentro de mí tan vívido como cuando no
era nada, como cuando pasó a ser feto, como cuando lo parí entre dolor
y sangre, como cuando se lo llevaron y sentí, de pronto, olor a
muerte, sabor a hiel...
Cuatro, vinieron cuatro hombres. Uno gordo, era el que
llevaba la voz cantante; tres flacos y mal encarados, todos envueltos
en abrigos grises de paño grueso, las solapas amplias, alzadas para no
dejar ver bien sus rostros en los que el odio estaba tallado como
sobre duro granito. Cuatro hombres grises, con botas militares,
echaron la puerta abajo, mientras dormíamos, sin avisar, y lo
agarraron por los hombros, a mi niño, y lo arrastraron delante de mis
ojos, lo secuestraron...
Él sabe que yo estoy con él. Yo le guardo. Yo sé lo que
él sabe. Yo conozco dónde está. Yo siento en mis carnes sus
padecimientos, me llegan como si fuese a mí a quien torturan con saña.
Porque yo sé, una madre sabe cuándo y cuánto están dañando a su hijo
que es carne de su carne.
No aguardaré mucho más. En cuanto caiga la noche,
envuelta en su negro manto, cubierta por mi rebozo, volaré hasta él.
Esos cuatro no me conocen, no saben nada de mí. En
cuanto tenga ocasión extenderé mis alas oscuras y, una vez águila,
llegaré a su celda y lo libertaré. Juntos remontaremos el vuelo,
escaparemos por el hueco tuerto de la vieja ventana.
Locos, se volverán locos cuando lo busquen en la celda.
Locos, todos ellos están locos y más que lo estarán. No podrán
explicar a sus superiores cómo han perdido a uno de sus reclusos. Yo
les daré motivos para patear. ¡Que pateen las paredes de la prisión
hasta que sus pies se conviertan en muñones! Yo, la madre águila, les
daré a probar hasta que se harten de la taza del dolor.
El gordo no quiere mancharse los botines ni
las manos, esos dedos mantecosos que agarran los pies del detenido con
movimiento cuidadoso de pinza, como si le fuera a contagiar la peste.
El gordo Benjamín fue el pequeño de seis hermanos, el
que llegó cuando nadie lo esperaba ya. Llegó tan tarde que no encontró
ninguna clase de competencia fraterna. Creció mimado y
sobrealimentado. Creyendo hacerle un favor, le destruyeron la vida.
En la época en que se alimentan los ideales y los
mitos, soñó con ser un oficial del ejército: uniforme recién
planchado, muchos galones, coche y chofer a su disposición, siempre,
paseo por la calle mayor los domingos antes de comer. El primer
hachazo se lo asestaron en la oficina de reclutamiento. Su obesidad
era un impedimento claro.
Para curarse de la afrenta, pasó un mes encerrado en
casa, a dieta estricta de bollos y merengue. Salió fortalecido y
dispuesto a reconducir su vida. Encontró un anuncio en que se
demandaba un torturador. Pasó el examen: su aspecto de apisonadora
humana impresionaría a los presos.
El primer día que acudió a su trabajo se calzó unos
botines de tafilete fino, único resabio de sus días soñados de gloria.
Desde entonces los ha cuidado como otros cuidan el peluco de oro. No
le gusta que se le manchen y, a veces, no resulta fácil en este
trabajo. Por lo demás, vive inmerso en un aburrimiento atroz. Los
detenidos son todos iguales, unos flojos, no aguantan ni el primer
embate.
Pero anoche entró uno nuevo que parece diferente. Han
probado de todo con él: la bañera, la bolsa, la picana... y el tío no
suelta prenda. Cuando acaba la sesión lo retiran a rastras a su celda.
El gordo Benjamín se queda observando tras los barrotes desde la parte
de fuera. Y ve con asombro cómo el preso es asistido por el águila,
cómo los dedos se le hacen alas, cómo atraviesa sin esfuerzo la
rejilla del ventanuco y coge vuelo hacia el ancho cielo. —¡Dios, cómo me apetece un paquete de magdalenas!
—exclama entre dientes. Todavía tiene tiempo de acercarse a su
taquilla, donde tiene almacenado un buen arsenal de dulces para
emergencias como esta y darse un atracón, antes de preparar la sala de
torturas para la siguiente sesión.
Ojalá lo hayan despachado al flaquito, ese no
va a hablar. Ya los conozco yo.
Lo peor es que no entienden y te dicen. «Vos dale luz
nomás». Se creen que es fácil, que uno no se cansa de recogerlos y
tirarlos en el rincón para empezar mañana otra vez.
No los miro, no veo sus caras, no oigo sus gritos, no
huelo su miedo.
El doctor dijo que tengo que parar.
Que si no bajo de peso la voy a pasar mal. Otro que no
entiende. —«Usted está gordo nada más, porque problemas de
trabajo no tiene, usted no lidia con la gente, lo suyo son los papeles
¿no es cierto?»
No puedo seguir, si al flaco no lo despacharon ya, hoy
cuando empiece a parpadear la bombita, me monto en el par de alas
negras y me mando lejos por fin.
Querría no ser el que maneja la picana.
Siento asco y lástima por ese loco.
Asco porque me rebaja a ser lo que no me avergüenza:
verdugo, y lástima porque se empeña en descubrir su valor inútil e
idealista cada noche.
¿Qué le costaría dejar de imaginarse fuerte?
¿Qué mecanismo idiota le impele a rebelarse noche tras
noche contra nosotros, los fuertes, sin querer darse cuenta de que
está perdido?
¡Perdido, che!, y yo daría parte de mi paga y hasta
parte de mi brazo por no tener que manejar la picana y poder ser
libre, y volar como su águila maldita, esa que tiene amaestrada y
vuela noche tras noche después de su dolor, ¡maldito sea el boludo¡, y
mi vergüenza.
Él es un pobre hombre. Dos o tres veces por
semana vienen a cogerlo y a mí me amenazan. «Como mires te abrimos en
canal, desgraciado», me dijo un tipo rechoncho la última vez. Así que
yo me doy la media vuelta, hundo mi frente en la almohada y espero a
que esos vándalos desaparezcan con mi compañero.
La última vez vino con el poco pelo que aún conserva
completamente encrespado. Los dientes le castañeaban y no era por el
frío. No sé cuándo entenderán que él nunca habla. Tampoco sabe
escribir. Sólo podemos comunicarnos con gestos y dibujos. Y, cuando
gesticula, se mueve con torpeza cual ave zancuda.
Las estadísticas siempre han avalado esta prisión.
Siempre me trataron bien, que no con respeto. Sólo amenazas, sólo
miedos infundados, pero nunca me pegaron. Aquí se respira soledad a
cualquier hora. Mi compañero es una sombra, ni siquiera sé cómo se
llama. Un día le rompieron la nariz y trataron de acusarme a mí por
ello, pero saben que mi cabeza funciona bien y que si estos abusos
llegan a oídos del alcaide perderán su empleo. Al final dijeron que se
cayó de la cama. Cualquier cosa. Jamás lograrían entender su mímica.
Falta poco para que venga Pascual con la cena de los
funcionarios. Tenemos un trato cordial, yo le doy tabaco negro y él me
trae buena comida. Y noticias frescas. Pero de mi compañero sólo
acierta a decirme que tiene un gran secreto y que perdió su voz cuando
contempló aquella tortura. Sólo balbucea sílabas y ellos tienen miedo
de que recuerde su nombre.
Todos dijeron después
que eran cuatro los hombres que lo vinieron a buscar, pero yo siempre
supe que estaban equivocados, porque ellos eran tres más uno. Y estoy
bien segura de por qué digo esto. Yo era la novia de Anselmo por
aquellos tiempos, y estaba escondida detrás del mostrador porque él
siempre me decía que a los hombres no les gustaba ver a las mujeres
decentes en un lugar como ése. Por eso casi me agaché al costado de
una lámpara vieja que colgaba desde el techo y casi tocaba la primera
mesa, y lo escuché todo. El hombre no era tan viejo como ellos le
contaron al juez cuando los llamó a tomar declaraciones, y aquellos
tres hombres eran muy diferentes del cuarto en cuestión. Ellos tenían
una mirada de fiera salvaje hambrienta de sangre emanada del
sufrimiento humano, pero el cuarto no. El era distinto porque sentía
de otra manera. En un momento en que todos se descuidaron para mirar a
otro lado, él le acarició un brazo casi con ternura, mientras el otro
que se levantaba despacio le susurraba al oído: —¿Era
necesario que vinieras vos... papá?
Al verles salir del
bar se me ocurrió —no se por qué—, tal vez por que eran cinco. Son los
jinetes del Apocalipsis… Mi Apocalipsis personal estaba recién
comenzando… El final de los tiempos, esos que transcurrían para él
solo anidado por su Águila, no son los mismos que transcurren para mí…
Sin sentido sin objeto, sin razón… Parece que respirar fuera la tarea,
la única tarea en medio de la podredumbre en la que nos hundimos
lentamente… como el Vasa en la bahía de Estocolmo… Apostaría —si
alguien quiere— a que en un año más nos llegará hasta la boca. Algunos
la comerán felices otros la tragaran a disgusto, yo me asfixiaré, la
cobardía —como el cianuro— …mata.
No me costó aprender electricidad, de pequeño me dio un golpe de
corriente por meter un clavo en el enchufe, la fuerza invisible me
dejó fascinado. Ahora manejaba la fuerza invisible del cuartel, pocos
son capaces de callar cuando la fuerza les acaricia las bolas… Esos
treinta pesos semanales no me alcanzan para comprar treinta monedas de
plata, a veces creo que es nada, sobre todo cuando les doy gratis la
fuerza invisible a más de treinta… ¿Cuántos dólares habrán sido las
treinta monedas que cobró Judas Iscariote…?
Con fecha 15 de agosto de 2005, finalizó la
presentación de relatos
para este capítulo de la serie Personajes secundarios.
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Personajes secundarios, es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León
(http://mural.uv.es/carlole/)
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