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SUEÑO
DE LA ARCADIA
Sales
de las aguas de los siglos de la poesía
Por los
bosques de Arcadia encuentras una ventana
Los
vientos más fuertes y veraces se consumen en el vidrio
Y un
caballo duerme en la ventana y dice:
«Este
papel no me corresponde
pero el
invierno ha sembrado un árbol en mi mano
y mi
habitación es un prado verde donde viven los ciervos»
El
animal es triste
La
cruel llamada de los vacíos
La
flaca mirada del tiempo no habrá de inmovilizarlo
Ante las costillas del buey
Lento
es el acecho del león sobre la carne de la noche
«Pero la sangre se borró en el invierno
y ahora
soy el que busca entre macilentas pajas
algo
equivalente a aquellos largos resplandores»:
Las palabras
Sólo
las voces que se pierden en el balido desolado
Sólo
las voces
De los
amantes que recogen los vestigios de la luna
Ahora
caminas en la tierra invernal
Noche
sobre página noche sobre ojo
Construyendo una ciudad un río un templo
Y
caminas como un pájaro sin alas sin anteojos
Tu
cuerpo de septiembre que florece ramas hojas flores
Pájaro
plomo bala máscara que ríe cae serpentea polvo
Cuerpo
ametrallado
Relinchando esquivando resbalando golpeando endilgando
vol-
Teando
entre las ramas vivas de un templado bosque
Comido
por termitas pardas
El
viento frota tus deseos
Escupes
bestialmente esa angustia y la niebla se lo traga:
«Hoy he visto la sombra del Paraíso
Una luz
de neón en el mar de la noche las pestañas
De Elanor y ebrio en las calles del Centro
Me
arrojé a las calmadas aguas de un sueño»:
Era un
grillo con un amor ingénito buscando a la luna
Era
todos los hombres queriendo encontrar el arcano
Lenguaje del tigre
Era un
caracol descansando entre los olmos bajo un sol muerto
Era
todos los hombres queriendo encontrar el camino
De los viajes nunca soñados

LA VIRGEN LOCA.
Con final de Edward Norton
Dolores Alanis O’Connor
velaba por el cuerpo de Dante que se extraviaba por
Florencia.
Los punks y los vampiros se atravesaban por el
corazón del poeta,
casi un mínimo verso lo mantenía en vilo.
Un sonido cómplice del mar lo rescataba, embarrado
ebrio,
hacia su sino desconocido.
Dante sabía que Dolores Alanis O’Connor velaba su
destino
como si no existiera otro mundo que el del internet.
Es el S. XXI, decía, no hay ficción, ni es la carta XXI
del tarot.
Los vampiros del mar corrían trayendo mensajes funestos
de su país,
Oh es el exilio, decía, un frío que recorre estos
versos.
Pero cuántas veces Dante perdió su inocencia en las
nubes,
en la eclosión del sol, tras la ventana de cualquier
cantina,
y la seguía perdiendo hasta con el bostezo de un cuculí.
Podría petrificar su corazón bajo la calamina de su
agrietada memoria, un rayo de sol.
Sin embargo, ya no había poesía en Florencia.
Dolores Alanis O’Connor se le presentó en el bar.
Los punks y los vampiros llenaban de sangre y
ácido los bosques de humo.
El naualth que se fundía en el humo se convertía
en la serpiente
que bailaba en el cuerpo de Dolores, desnuda.
La ciudad de Florencia apestaba,
todos los peces muertos en el mar, todas las aves
muertas en el aire.
Y la poesía, como ya se dijo, bajo la tierra agostada de
Eliot.
Podría ser que las estrellas aún girasen por ese Amor.
Pero ella se desnudó frente al poeta, porque la angustia
es del ser que ha abandonado su alma, y porque así era
su amor.
Tiempo atrás, un niño se había comido el corazón de
Dante;
entonces ese niño empezó a escribir tercetos en
italiano, lengua vulgata, profana,
y con su obra se hizo más niño, porque había alcanzado,
mediante el amor, ese estado anterior a todos los
idiomas.
Ah los vampiros y los punks se fueron con el
alba,
dejando las mesas manchadas por la verdad poética.
Florencia seguía estallando, pues los anárquicos querían
luchar hasta el final.
Dolores Alanis O’Connor yacía en la tina, con los vellos
de sus piernas por afeitar, los senos congelados como
icebergs.
En los periódicos sólo se hablaba de la guerra, se
hablaba tanto
que parecía tratarse de una guerra muy lejana.
Dante, en su locura, cayó en la esquina, asesinado por
la sociedad,
idolatrado por unos cuantos druidas.
Un niño se le acercó, y tras escribir el último terceto,
se miró en el espejo
y empezó a decir:
«Al diablo, Beatrice,
le di mi confianza
y ella me apuñaló por la espalda,
me vendió arriba del río Rímac.
Maldita, perra.
Fuck you!
Y al diablo tú, Dante,
lo tenías todo y lo tiras por la borda.
¡Maldito idiota!»

MISS EMILY
Miss Emily descansa bajo el alero de su casa,
tiene ciento & tantos años apenas es una criatura de
dios,
nunca ha dejado
de regañar a los niños que hacen escándalo
en la vereda /
raperitos que bailan sin parar. Ella lee tranquila.
El sol es como
un viejo amante, viejo amante de las ratas,
el único que la vio mil veces desnuda en el río Hudson
& en el río de todas las ciudades de su soledad.
Ella era
delgada & elegante —la habían soñado mil poetas—
como un lirio
arrancado de esos poemas de amor
tristes de
pueblos tristes; pero Emily no tiene tristeza
ni es como esas muchachas amargadas de la otra calle
que fingían ser sus amigas,
así como fingían orgasmos cuando llegaban los soldados
(cuando
vivían).
Buenos días, Miss Emily,
le saluda el cartero invisible entre los sauces,
el postman jamás se detuvo en la puerta de la
pelirroja
(entonces ser solterona en un pueblo así
era un melodrama),
hasta que esa mañana, emocionado, le entregaría una
carta
a la señorita
que él amaba —le habían dicho que no la dañara—,
la primera
carta, se dijo, en todos esos cuarenta años
trabajando de cartero.
Lo recuerda bien: tocó la puerta, pero nadie respondió;
volvió a tocar una & otra vez esa maldita puerta,
hasta que cansado de insistir, cansado de repetir su
nombre,
cansado de caminar, de rumiar su pan sin azúcar,
se marchó.
Los niños
raperitos ahora juegan un poco más allá
de la casa de
Miss Emily, hacen todo el ruido posible
& de rato en rato vuelven los ojos hacia el espíritu de
una ave
que se detiene en una rama del árbol mecido en el
viento.
Miss Emily está sentada bajo el alero de su vieja casa,
no espera a nadie, nunca esperó a nadie.
Dicen:
que ya no hay trabajo para los inmigrantes.
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Miguel Ildefonso.
Lima, 1970. Estudió Literatura en la Universidad
Católica del Perú e hizo una Maestría en Creative
Writing en la Universidad de El Paso, Texas. Ha
publicado los libros de poesía: Vestigios,
Canciones de un bar en la frontera y Las ciudades
fantasmas. Su poesía ha sido publicada en antologías
como: La Generación
del Noventa
y Poesía Peruana Siglo XX. Codirige la revista
literaria Pelícano. Ha sido finalista en diversos
concursos como: Segundo Premio Poesía Juegos Florales
Universidad Católica (1991), finalista Premio Poesía
Peruano-Japonés (1995), finalista Premio Poesía Copé
(1995), Cuarto puesto en el Premio Nacional de Poesía
del diario El Comercio «Centenario
César Vallejo» (1996),
Concurso de Poesía Revista Ajiaco-The Arkansas Tech
University (2002), Segundo Puesto Poesía Erótica Centro
Cultural Español (2003), Mención honrosa en el Concurso
de Cuento Las Dos mil Palabras de la Revista Caretas
(2004). Ha ganado los premios: Primer Premio Poesía
Juegos Florales Universidad Católica (1995), Primer
Premio Copé de Oro Poesía (2002) y Concurso de Cuento
«Alfredo Bryce Echenique»
(2003).
Contacto con el autor
IMÁGENES: Pinturas de J
Gabriel Vuljevas Tupciauskas (ver
muestra de sus obras)
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