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La
deriva del hombre
(Selección
de poemas de los cuatro libros)

Amanecer de pan y de simiente
A mi
nieta Judith,
que aún habita el vientre de su madre
UNO
En su propio final
inalcanzable, se enraíza el imposible principio del
tiempo; y los bordes del espacio se alejan a la
velocidad de la luz, siguiendo los treinta y dos rumbos
de la rosa de los vientos.
La eternidad es el tiempo que tarda la
luz en recorrer el espacio infinito; la infinitud es el
extremo espacio que la luz alcanza en su eterno
recorrido. Se explican juntas ambas, la una sin la otra
no son nada.
CUATRO
El día y la noche, las frías
nieves y el carbón ardiente, el bien y el mal estaban en
los inicios muy unidos; lo superfluo y lo esencial, lo
sólido y lo líquido.
Rojo y
negro eran un sólo color, izquierda y derecha un mismo
lado, espalda con espalda convivían, iguales y
contrarios. En los códigos genéticos de los peces y los
saurios, luchaban por la posterior evolución, simios y
humanos.
Catedrales góticas y conmovedoras puestas de sol,
bullían entre los audaces sentimientos solidarios, y los
disparos dirigidos a la insurgente multitud por miles de
tiranos.
CINCO
No
podía durar eternamente la concordia, la tensión crecía
como en resorte oprimido, como en caña arqueada; la
identidad de cada animal, de cada planta, de cada
pensamiento o acción se perfilaba.
La
explosión liberadora fue la consecuencia natural, y cada
elemento encontró su relativa posición: el cazador y la
liebre, el punto, la coma y los paréntesis.
Rescoldo de volcanes, gris y pardo amanecía; duras las
formas, desabridas.
Dio
comienzo el orden de las cosas, gobernado por rígidos
preceptos, cuando las pesadas rocas lograron
diferenciarse del légamo.
NUEVE
Me
inquietaba el misterio de la primera palabra, y adoré a
la Tierra fértil hasta saber que era infecunda sin agua.
Adoré al Agua, mientras descubría que es cosa del sol,
la inexplicable magia de la evaporación. Adoré al Sol
ignorando que su hoguera, precisa el soplo huracanado
del aire, para arder con llama viva, dar calor, luz y
energía.
Y
adorando al Viento fugitivo, el alma se me rompía.

DOCE
Sin
lluvia, en primavera sólo florecen las palabras: voces
de secano, mucha profundidad y poca altura; llanas,
agudas.
El
viento impregna de polen las palabras, y los inertes
signos, con ayuda de la voz surgida en la garganta, se
activan, se vuelven acantilado abrupto frente al mar,
orilla cercada de moribundas olas, pez que perfora las
aguas atraído por el anzuelo sin cebo, mano de amante
peinando inmensidades mórbidas, desnudando finísimos
cabellos.
Las
palabras identifican lo incógnito, lo fijan al espacio y
al tiempo, y se convierten en brebaje exaltador de
ánimos, en bálsamo que apacigua las violentas sacudidas
del seísmo interior de los humanos.
La palabra dicha es un son
efímero, la palabra escrita es un leve trazo. Sin
embargo, por la palabra se mata; por la palabra se
muere, sin embargo.
TRECE
Moldeó
el río sus meandros, lecho abierto, guijarros; cabalgó
la madrugada hacia formas más precisas, fuimos muchos
para las escasas liebres y levantó hermano contra
hermano la codicia.
«Que
inicien el ataque los arqueros, caigan después los de a
caballo, terminen los infantes la refriega»: con voz
profunda y con aplomo, exclamó vigoroso el estratega.
«Los muertos recogidos detrás de la línea de partida, no
alcanzarán el ansiado paraíso»: sentenció iracundo el
druida.
No
hubo victoria que admitiera tierna a los pacíficos,
heridos por las armas de uno y otro bando, ni lecho de
plumas que distinguiera a los inválidos. Fueron los
pícaros quienes reivindicaron el triunfo logrado por los
recios; y para premiar a los héroes innúmeros,
insuficientes resultaron los cielos.
DIECISIETE
Vinieron de visita, conquistadores, se quedaron un
tiempo, y conquistados se fueron. Balance equilibrado,
de todos aprendimos, a todos enseñamos.
DIECINUEVE
Emoción y lógica caminaban juntas —humanas
complementarias facultades— codo con codo por valles y
llanuras, y el hombre resultaba invulnerable.
A
veces el pensamiento parecía tomar la delantera, hasta
que el sentimiento avanzaba decidido, alcanzando una
ventaja manifiesta.
Beneficiarios de la emoción los poderosos, rompieron el
frágil equilibrio, y la obediente muchedumbre siguió los
rígidos carriles que conducen hacia bastardos objetivos.
VEINTICINCO
Empujadas por el viento se concentraban las candentes
nubes, yendo hacia la individualidad desde la nada; y
ya, anhelante, mi tierra se esponjaba.
Era el
Cosmos un gas desesperado, alejándose presuroso de la
explosión primera, y la tierra mía, cuajada de amor y
sementera, inexperta se abría.
Se
entibiaba el magma y los cuatro elementos forzaban su
separación, estaba aún enrollada la alfombra de los
días, la justicia dormía el sueño de los justos y mi
tierra en celo esperaba receptiva.
Peñas
gigantescas de un rojo muy vivo, vagaban por el espacio
sin fondo iniciando los planetas huidizos; el piar de
los gorriones ni siquiera era un proyecto, lo mismo que
la blasfemia, la retórica o al quebrantahuesos; y la
fecundidad de mi tierra, crecía en silencio.
Se fue abriendo en surcos
recipientes, la tierra inerte del principio, y con el
aliento humano y el sudor de la frente, nació en ellos
el austero trigo, amanecer de pan y de simiente.
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«Poeta mucho antes que novelista, para
Pedro
Sevylla de Juana la
poesía adopta a la realidad, la amamanta, la acuna, la
desnuda y la hace suya, recreándola. Poesía es belleza
y equilibrio, es síntesis y es ritmo. Poesía es
búsqueda. Poesía es progreso. Es donación, es aire, es
acero, es espuma, es raíz, es vértigo.
Hombre de su tiempo, Pedro Sevylla de Juana se
sabe partícula de un Universo inabarcable, y buceando en
sí mismo explora las diversas vertientes de la
existencia. Quizá el tiempo y el lugar de su infancia
—tierra y piedra, cereales: Valdepero (Palencia), 1946—
mitificados por la voluntad escrutadora, estén en el
origen de La deriva del hombre, término marinero
que expresa la distancia existente entre el punto de
destino y el punto de arribada, entre lo deseado y lo
conseguido.
Vigorosos versos batidos en el yunque de la
fragua, acero bien templado y reja aguzada, el autor
acopia en el presente libro el trabajo de los diez
últimos años y la filosofía destilada en el alambique de
la vida, sumándose a las vanguardias poéticas actuales».
(Texto recogido en la contraportada del citado libro).
http://www.sevylla.com/
ILUSTRACIÓN POEMAS: Fotografías por
Pedro M. Martínez ©
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