Y eras
tú en el bosque,
entre la fronda.
Y eras tú entre las hojas caídas.
Y eran tus pasos leves
un rezo de suaves crujidos.
Y eras tú moviéndolas,
acariciándolas, meciéndolas.
Y tu propio sonido no se parecía
a ninguno.
Y sin embargo, sin ti el sonido
del bosque no era tal.
Y eras tú asomándote siempre.
Y desde el propio verde
el agua caía, rompiendo,
sobre la propia agua.
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¿Por dónde entró la
muerte?
¿Por el costado?
Como el dardo invisible
de herida perfecta.
¿Por la espalda?
Como el hacha legalizada,
del verdugo.
¿De frente?
Como el viento,
con su huracán de luz...
Y mi amor se llenó de luz.
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Pagó entera su
cuota
sin regateos, María,
camino de sol,
generosa cosecha que había
sabido entender
desde siempre la vía
que su andar holló.
Muerte.- ¿Por qué hablan los
hombres tan mal de mí?
María.- Los hombre somos cosecha.
Muerte.- Cumplo mi parte, sin esconderme.
María.- Mas no te conocen. Todos
te saben, pero te temen. No te
conocen.
Muerte.- Tú me miraste y me
dejaste hacer.
María.- Sin ti no se entiende
la vida y a mí me gusta la
vida.
Muerte.- Soy puerta.
María.- Puerta eres.
Muerte.- No soy descanso.
María.- No, no lo eres.
Muerte.- Tengo que hacer. Ahora
te dejo, mi amiga.
María.- No volveré a verte. Yo
también te dejo, amiga mía.
Y los ojos de María
ya no llorarían más.
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En el hayedo
multicolor
el aire jugaba a girar
para poder tocarlo entero.
Y tú eras tocada también.
Tu piel de haya suave
notaba las caricias
y tú ya no sabías nada
de lo sabido.
Sólo hayedo, color, aire, giro,
caricia y mente dormida.
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Josu Alonso (Bilbao,
1959).
Escribe por mantenerse entero.
Ilustración: Fotografía de
Pedro M. Martínez