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FÁTIMA EL OBISPO
Muchos años después, frente al
público que abarrotaba el teatro, la cándida Eréndira había de recordar aquel
día remoto en que Ulises terminó con la vida de su abuela. Degollarla como a
una cerda el día de San Antón, trincharla, no otra cosa pretendía el mancebo.
Los machetazos silbaban cortando el aire dulzón. La mujerona tronaba
resistiéndose a morir. Cuando Eréndira vio la sangre cubrir el rostro de la
abuela, cuando brotó el último gemido de la cueva de su garganta, se convenció
de que estaba muerta y corrió. Corrió tan rauda que llegó a morderse la
espalda. Huyendo dio varias vueltas a la tierra y vivió varias vidas. Una
celestina por siete veces le cosió el virgo y otras siete vendió su virginidad
al mejor postor.
Cuando sintió el peso de los años, cansada, cincuentona
y despechada recaló en Madrid, ciudad estrambótica y castiza, de calles
tortuosas habitadas por personajes que en otro tiempo retrató Gutiérrez Solana
y que hoy viajan en metro, capital administrativa del reino y cuartel de
Monipodio, donde cada día amanece un milagro y el principal es seguir vivos.
En una de sus arterias, olvidada por el servicio municipal de limpiezas, se
alzaba un café concierto bautizado Nuevo Mundo, allí Eréndira exhibía cada
noche sus espléndidas carnes y entonaba boleros que hablaban de amores
imposibles.
El Nuevo Mundo era un ecosistema autosuficiente y
autónomo, un salón ruidoso donde habitaba la perdición y acampa el pecado.
Aquel era el reino de la belleza femenil, y entre todas las diosas brillaba
por propio merecimiento Eréndira, la mostrenca reina de la danza del vientre,
una hembra con Arabia en los ojos y un arte tan grande que cuando en un
quiebro del baile se le alzaba el velillo de la falda, dejando al aire el
promontorio de su talento, el patio de butacas bramaba como una bestia herida.
El espectáculo ha comenzado. Suenan los acordes de una
danza manchega con ínfulas de oriental y un bulto denso, cubierto por siete
velos, se contonea sicalíptico ante un bastidor pintarrajeado de azafrán. Cada
noche el público goza con la aparición de Eréndira, con su carita de ángel
modernista, emborronada de carmín, y sus mollas de venus rubeniana. Al compás
de la música los tres aros de grasa que circundan su vientre se agitan
temblones y de los rollizos muslos, friccionada la seda de las medias, brota
un suspiro sólo comparable al canto de los grillos en primavera. Su voz, de
profunda negrura, dice la picardía sensual, y al girar mostrando la torta
blanca y greñuda de las nalgas se recrea el rito primigenio del teatro, el
público alcanza la purificación de las pasiones, es el milagro de la catarsis
aristotélica. ¡La rehostia!
Eréndira terminó de arrancarse el séptimo velo y quedó
al descubierto el tabernáculo de su cuerpo. Apenas un pequeño calzón de licra
con lunares acertaba a tapar su naturaleza prolija. El público entraba en
coma. Eréndira con una garrafal reverencia se retiró hacia el fondo, donde la
esperaba Ulises, la piel pálida como la nata, en las manos de finos y largos
dedos una bata de seda ornada de san jorges y dragones. Se arrebujó la artista
en la placentera holgura de la tela, tenía los mofletes encendidos por el
ejercicio; una cascada de volantes sobre la pechera, desde la papada hasta el
ombligo, la asemejaban a una rosa reventona. Apoyada en su hombre se encaminó
a la clausura de los camerinos, a resguardo de las pasiones mundanas que
sacudían la sala. Ulises le ofreció un julepe de menta que ella se apresuró a
beber con avaricia.
Esquinas orinadas por los perros, callejas mancilladas
por los borrachos, portales donde las putas evacuan la vejiga, así es Madrid.
Un mundo fracasado donde la esperanza se ahoga en vino y el amor en un cuerpo
de alquiler. La ciudad es un organismo vivo, que sigue sus propias leyes
biológicas. Cada noche trataba de introducirme en su torrente sanguíneo, dejar
que el plasma me arrastrase por su cuerpo. Tratando de orientarme, me perdía a
mí mismo. Era consciente de que existía un Madrid real, con sus calles
animadas de un público bullicioso, y un Madrid inmaterial, de prodigiosas
formas arquitectónicas, intuido y siempre esquivo. Las ciudades son vaginas de
feroz voracidad o vientres maternos que se resisten a expulsar a sus hijos, no
sabía a cuál de ambas pertenecía Madrid. El Nuevo Mundo me atraía como piedra
imán, cuando mis compañeros del seminario se dormían clandestinamente
abandonaba el edificio y me dirigía hacia el café concierto. Mi sotana era una
rosa negra en aquel ambiente depravado.
Entre el auditorio socarrón y didáctico que cada noche
acudía al Nuevo Mundo se encontraba un joven de belleza tan pasmosa que le
había merecido el sobrenombre del Querubín. Por él se redimían las putas, las
mujeres decentes se entregaban a la perdición y se invertían los hombres. Su
oficio no era otro que hacer realidad los sueños improbables, era un artista
de lo imposible, un becado de las fantasías eróticas.
—¡Un toro! ¡Quién pillara un toro, para hacerle unos
quiebros de enamorado! —y
el Querubín, manivacío, agita una inexistente muleta. Como alguno de la sala,
huevón y malintencionado, pusiese en duda su conocimiento del arte de
Cuchares, un quiebro de la cintura y el apretado paquete de la bragueta
cerraban la discusión. Aunque hacía tiempo que dejó atrás la edad de la
inocencia, su cuerpo conservaba el nervio de un muelle mecánico dispuesto a
saltar sobre el incauto.
—Nunca me agradó el apodo del Querube, me lo pusieron
en el orfanato por mis mejillas arreboladas, de virginal pureza según los
curas pero en realidad producto de mis constantes masturbaciones. Me asemejaba
al arcángel Gabriel y fui Querube por decisión escolática. Sabiéndome angelus
novus hice de la moral un colador y me convertí en un hombre de mi tiempo.
Querubín se había aficionado a mi compañía y yo
esperaba encontrar en él un cómplice para reemplazar a Eréndira, pues no era
otra mi intención que llegar a ser la reina del Nuevo Mundo. Ya de madrugada,
antes de que Maitines me llamara a la oración y el recogimiento, ambos
practicábamos «pas de deux» y quiebros que nublan la razón de los mortales.
Ahora visto unas enaguas de percal que marcan mi
vientre abultado. Mis pechos, prominentes y fofos, tan grandes que bien
podrían ser de mujer, tienen los pezones atravesados por anillos dorados. Me
he encabritado las cejas con pasta de betún y blanqueado el rostro con harina,
de modo que parezco un huevo decorado por un artista chino. Calzo mis botines
de piel de cabritillo y sostengo en la mano un espejito con el que hago guiños
de luces a los espectadores. A mi lado el Querube es mi arcángel de escayola,
mi Ulises reparador. Nuevamente cortó el cuello de la gran mujer.
Fátima se quitó el pelucón de abundantes rizos,
mostrando su cabello ralo. Con la ayuda de una esponjita se limpió el
maquillaje. Tras su rostro de mujer fue apareciendo un rostro de varón, imagen
repudiada desde que descubrió en su alma el ribete rosado de una sensualidad
extraña, fue allá en el seminario donde inició la carrera religiosa. La
morfina del tiempo no pudo calmar el dolor, y un día, sin vestiduras obispales
y a escondidas, se encaminó al Nuevo Mundo. Desde entonces cada tarde se
entregaba a la danza del vientre, ejercicio onanista que embalsamaba su
sufrimiento.
—Cariño, dame unas fricciones en la espalda, esta
maldita danza me desmedra —pidió
Fátima.
—Que el señor obispo se masajee solito, que le dará más
gusto —respondió
Querubín y entre desmayado y chulo salió del camerino, sabedor del efecto que
causaba. Tres compases cojos se colaron por la puerta entreabierta. Fátima
exhaló un suspiro de resignación y dobló las enaguas. Era la hora de regresar
al palacio obispal. Madrid era un perro apedreado.
Eduardo de
Benito
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