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Pretérito futuro:
tiempo para escribir
(II)
Presentación
¿Quién
no ha fantaseado, al ver a un niño, cómo será su futuro? Jugando, charlando de
sus cosas, con su familia, al observar su comportamiento, podemos imaginarlo
adulto, con sus logros o con sus fracasos, en su mismo medio o en otro
completamente distinto.
De cualquier modo, su historia
está por escribir, y eso es lo que proponemos a nuestros colaboradores. A partir
de una foto antigua, inventar cómo habrá sido el devenir de esa niña que se
encuentra en primer plano y contarnos su biografía, sus avatares, su peripecia
vital.
Se pueden introducir o no
otros personajes, pueden tener cualquier relación con
el niño, la
que queráis, su pretérito futuro está en vuestras manos. ¡Adelante!, esperamos
vuestra participación.
Carmen López León
diciembre 2007
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Relatos

Esperando a papá
Carmen López León
Mi padre llegaba siempre al
anochecer, en un enorme coche negro que conducía un hombre vestido de azul, y
que se deslizaba suavemente, sin hacer ruido, a lo largo de nuestra calle,
cuando ya los pequeños comercios habían echado el cierre, las farolas habían
vencido al crepúsculo y en las ventanas de las casas la luz tenía olor a sopa de
verduras.
Yo avisaba a mi madre
gritando:
—Papá viene, papá viene.
Mi madre entraba en su
habitación y al instante reaparecía con el cabello suelto, los labios de un rojo
encendido, sus enormes ojos negros sombreados de gris y aquel vestido del color
de sus labios que la hacían parecer una de esas actrices de los carteles de las
películas que no nos dejaban ver por ser menores. Y la casa se llenaba del
perfume de las noches en que papá estaba con nosotros.
Mi padre me traía un nuevo
vagón para el tren eléctrico que me habían dejado los Reyes, o un nuevo elemento
para la grúa del enorme Mecano del año anterior, juguetes que sólo podían ver
mis compañeros de escuela en los escaparates de los almacenes del centro, pero
que, por desconocidos motivos, nunca venían a compartir conmigo.
Luego, venía un botones del
Hotel Victoria, y aparecían sobre la mesa que mi madre había preparado con la
vajilla y la cristalería del aparador grande y los candelabros de plata, una
serie de alimentos de sorprendentes colores y texturas que yo casi no probaba,
añorando mi lomo con patatas de todas las noches, hasta que me quedaba dormido
en el sofá escuchando las risas veladas de mi padres en su habitación.
A la mañana siguiente, tan
sólo sabía que no había sido todo un sueño porque, al despertar en mi cama,
todavía apretaba entre mis manos el nuevo vagón del tren.
Después volvían los días
monótonos y grises, la escuela, la soledad y el silencio de mi casa sin visitas
de familiares o amigas de mi madre. Ya sabía entonces que no debía preguntar
cuándo volvería mi padre, tan sólo esperar tras de los cristales de la ventana
la aparición del coche negro.
Ahora no debo asomarme al
balcón de mi apartamento, ella llegará en el coche que conduce el chófer de la
empresa que, si me reconociera, daría al traste con mi modesto empleo de
visitador médico de la multinacional que dirige su marido. Son dos llamadas
perdidas al móvil lo que anuncia su visita.
Tampoco sé a ciencia cierta
cuándo va a venir pero aprendí de mi padre a pedir por teléfono el catering para
la cena en uno de los nuevos restaurantes de delicatessen, y de mi madre a
cambiar rápidamente mis pantalones de pana y mi suéter desgastado por el
pantalón gris, el blazer azul y la corbata de Armani, para recibirla.
Ella, a veces, deja sobre el
velador una reserva para el AVE, según las convenciones a las que ya sé que mi
jefe debe acudir y a las que ella le acompaña; pero, cosa curiosa, yo diría que
cuando está ella el apartamento huele al mismo perfume de cuando llegaba mi
padre.

La ventana
Patricia E. Manzanares Núñez
Es curioso cómo hay cosas que
con los años no cambian. Recuerdo el patio comunal del edificio donde vivíamos.
Creo que mi madre cuando más hablaba con las vecinas era cuando tendía, y se
podía pasar un buen rato. Pero yo adoraba mi ventana…
Desde ella veía otra ventana,
una decorada con cortinas rosa, y detrás de ellas se paseaba María, mi vecina,
mi eterno amor platónico, mi amor secreto. Ella era unos años mayor que yo,
supongo que por eso me embobaba, verla contonearse con ese cuerpo, sus andares,
su forma de mirar… me tenía loco. Yo nunca me atreví a hablarle, a lo más que
llegué fue a dejarle una carta en su buzón declarándole mi amor. Lo malo fue que
a los pocos días se mudaron y nunca más volví a saber de ella.
Han pasado muchos años desde
entonces, ahora soy un soltero que ha tenido mala suerte con las mujeres.
Asomado al patio de mi piso, veo a las vecinas hablando mientras tienden, y no
he podido evitar acordarme de ella, ¿cómo habrá sido su vida?... Vaya, están
tocando al timbre, ¿quién será?
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?
—Disculpe el
atrevimiento, me llamo María y soy su vecina del piso de enfrente.
—¿Ma- María?
—Me has reconocido,
¿verdad?
—No puedes ser tú…
—Te llamas Alberto,
cuando eras niño vivías en el edificio Don Juan, en la Plaza de la Virgen. Tu
cuarto daba al mío, siempre me mirabas, vivía pensando en ti, pero nunca me
atreví a decirte nada, y cuando por fin me mandaste aquella carta ya teníamos
preparada la mudanza. Pensé que nunca te volvería a ver, pero hoy te vi asomado
y te reconocí enseguida. Perdóname, sé que es una locura, pero sigo enamorada de
ti. Sólo quería que lo supieras. Discúlpame ante tu familia. Adiós
Alberto no dejó que se
fuera, la tomó de la mano y la besó. Un beso suave, dulce, pero que lo volvió a
trasladar a aquella ventana y a aquellos sueños que un día creyó inalcanzables…

La ventana y el piano
Pepi Núñez Pérez
Entré en el portal y fui a pulsar el botón del ascensor, pero recordé las
palabras de mi madre cuando era pequeño: —Al ascensor no se sube solo, además
vivimos en un segundo y casi no hace falta. Sonreí y empecé a subir las
escaleras arrastrando la maleta, que afortunadamente no pesa mucho, siempre
viajo ligero de equipaje. En mi mano llevo un hermoso ramo de tulipanes, los
cuales he comprado sólo hace un par de horas en el Aeropuerto de Ámsterdam. Abrí
la puerta y me quedé contemplando el saloncito, está igual que cuando me fui, mi
madre siempre hace lo mismo, lo deja todo de la misma forma. Las partituras que
había dejado abandonadas en una silla del comedor, seguían allí. El piano
abierto tenia sobre él, el mismo libro que dejé. Me acerqué a mi querido
instrumento y le acaricié las teclas, las cuales brillaban de limpias.
Me llevé la maleta a mi
dormitorio y volví por una jarra para poner en ella las bellas flores, mi madre
las vería al entrar. Eran mi tarjeta de presentación cuando llegaba.
Volví a mi habitación a
esperar que ella regresara de su paseo, calculé por la hora que no tardaría
mucho. Me acerqué a la ventana, corrí un poco la cortina y me quedé mirando al
patio, justo a la ventana de enfrente, en donde yo de pequeño me pasaba horas y
horas escuchando el piano de nuestra vecina Doña Remedios. A veces su cortina
estaba recogida y yo podía no sólo escuchar, también ver a los niños que daban
sus clases de piano y solfeo.
Desde que llegaba del
colegio sólo pensaba en escuchar el piano desde mi habitación, así día tras día.
Una tarde, mi madre me dijo que si no me cansaba de estar tanto tiempo de pie
junto a la ventana. Entonces le pregunté, —¿Por qué no me pones en clases de
piano mamá? —ella me acarició el pelo y me dijo: —No podemos cariño, tenemos
poco dinero y un piano cuesta mucho —yo recuerdo que tendría siete años, pero
ese día me juré que algún día yo tendría el piano de cola más hermoso del mundo.
A los pocos años nos regalaron un pequeño órgano eléctrico, desde luego no se
parecía en nada a un piano, pero yo me volví loco, al poco tiempo ya tocaba
piezas de oído. Mi madre no daba crédito a lo que escuchaba y buscó en un viejo
arcón un antiguo método de piano. Me dijo que lo guardó como una reliquia de la
familia, ya que desgraciadamente ella tampoco pudo estudiar ningún instrumento.
Me entendí muy bien con aquella reliquia. No se cómo lo hice, pero cada día
aprendía algo nuevo. Al ver mis avances, mi madre me apuntó en el Conservatorio.
Para entonces ya tenia doce años y para mí fue mucho mejor que sacarme una
lotería.
Yo seguía mirando detrás
de la ventana el piano de la vecina. Y entonces ocurrió el milagro, mis primos y
mis tíos se pusieron de acuerdo para comprarme uno. El día que entró en mi casa,
pensé que me moría de la enorme alegría.
Suspiré. Siempre que
regresaba a casa me volvían los mismos recuerdos junto a la ventana.
Afortunadamente, terminé la carrera y apenas gané un poco de dinero empecé a
guardar para el piano de cola, lo tuve antes de tiempo, gracias a una amiga de
la familia que me avaló para poder comprarlo. Ahora, después de veinte años, soy
un pianista, dicen, con bastante fama, pero siempre vuelvo a casa de mi madre,
apenas tengo un par de días libres. Poseo varios pianos en distintas ciudades,
pero el mejor está aquí, en la casa donde tantas veces lo soñé. De pronto
escucho la voz de mi madre en la calle saludando a una vecina y corro al salón.
Esta vez, no van a ser las flores, las que le avisen de mi llegada. Empezaré a
tocar su melodía preferida y ella sabrá que de nuevo estoy en casa.

Periodos de adaptación,
pequeñas memorias
Florencia Segovia
Y hoy que tampoco puedo
conciliar el sueño, espero despierto algo.
El patio del fondo era grande,
muy grande. El ladrillo se resquebrajaba al sol. Al final del extenso terreno
estaba el gallinero y todo el maíz. Los costales estaban bien apilados detrás
del Gomero. Una parra cubría el lado izquierdo, donde el aljibe había perdido su
uso anterior hacia ya varios años. La quintita todavía daba algunos tomates, y
las plantas de jazmines daban su flor invadiéndolo todo a finales de noviembre.
El aroma de las palanganas con
jabón blanco y ropa de cama al sol invaden mis recuerdos esta tarde. Así
encuentro al niño de pantalones grises hasta la rodilla, zapatos gastados y
cordones demasiado cortos para poder unirlos, en ese patio del fondo. Los
bolsillos con algunas canicas, la mayoría de ellas intercambiadas por algunas
figuras de tela que mi nona cosía con trapos viejos. Jugaba para no pensar. Goyo
me cuidaba de lejos. Y aseguraba que tres años serían perfectos. Yo no lo creía
así, pero nadie me escuchaba. La nona lavaba las sabanas atrás, Felicitas
trabajaba, mis hermanas intentaban jugar para no pensar, y yo, yo también.
En su cuarto de Caballito, con
olor a tango y humedad, Goyo cumplía con olvidar las deudas, y tomar un sorbo
más. Parte del camino de mi vida estaba siendo decidido allí. Me adelantarían
tres años. Tenía miedo, mucho miedo. Tres años era mucho tiempo. Habíamos vivido
en el campo por largos meses, y esa casa en Martínez, nuestra casa fue mi primer
colegio. Saltear tantas cosas, y sortear tantas otras. Con mis diez años en
curso todavía usaba pantalones cortos. Y aquellos muchachotes con pelos en sus
piernas los ocultarían bien, en sus pantalones grises largos. Recuerdo mirar por
la ventana del zaguán, al patio del fondo y querer desvanecer como el jabón
blanco en las palanganas azules de un domingo de sol. Había rogado por un par de
pantalones largos, pero ¿¡Qué diferencia hace!? El tiempo correría y los estaría
usando en un parpadear. Pero mi tiempo se estancó, como el agua del aljibe.
Mi mueca de angustia
disfrazada de incertidumbre se devela en mi imagen. Recuerdo aquellas cortinas
ya amarillas envolviéndome para no dejarme ir. Pero la realidad estaba más allá
de aquel zaguán, de ese patio del fondo y de viejas telas. Tomé mi libro, lo
apreté tan fuerte… La reja quedo abierta, para cuando yo volviera...
Hoy siento ese escalofrío en
los pies. Las manos dormidas del miedo, y los ojos escondidos de la vergüenza… y
los zapatos de cordones demasiado cortos para poder unirlos. «Azul un ala, del
color del cielo»… Recuerdo mirar mi calzado con concertación, descubriendo así
en cada parpadeo lo gastado que estaba. La mirada se me perdía entre baldosones
rojos y un par de zapatos de cuero marrón. Las risas y burlas parecían
suspenderse en el aire y rebotar en cada rincón del patio techado. «Mira. ¡Tiene
pantalones cortos!». Las carcajadas eran crueles, y enfriaban mis huesos aún en
Marzo. Las miradas cómplices y gratuitas luchaban para llegar primeras y
clavarse en las mías. Y más risas, tan chillonas, tan odiosas. Tenía tanta
vergüenza. Tenía tanto miedo. Tanta angustia. Y parado ahí, esperaba algo.
Y hoy que tampoco puedo
conciliar el sueño, espero despierto algo.

Bajo una luz oscura miro por la ventana
Yolimar Delgado
Allí estaba perplejo, frente a
esa luz que destilaba un leve brillo sobre mi rostro. La casa estaba oscura y me
daba miedo volver la cara. La ligereza de la cortina me permitía sostener mis
dedos húmedos durante largo rato mientras viajaba con mis ojos perfumados por
los parajes de ese día gris.
Justo cuando iba cerca del
árbol me inclino para amarrar mis trenzas, un fuerte viento me arrastra y me
lleva como hoja seca bamboleándose en los aires; caigo en el pantano, allí
comienzo a expandirme circularmente como gota de lluvia… todo está oscuro, sólo
ligeros reflejos de luz atraviesan el agua… me hundo… llego al fondo…
Es parte de lo que construía
desde la ventana, donde aguardaba horas esperando a mi hermano, así pasé muchas
tardes durante cinco años, pues mi madre decía que él regresaría con el viento…
me convertía en hoja para cruzar los espacios y buscarlo, nunca lo encontré…
nunca llegó…
Desde el día que caí al
pantano acostumbraba bajar a él durante todos mis viajes, pues ahí descubría
algo de mí en cada visita.... quizá podía encontrar a mi hermano.
Decidí alejarme de la ventana
un día que regrese del profundo pantanal con mis manos bañadas de sangre, desde
ese día hasta hoy… no volví a la ventana pues supe que dentro de mí había una…
ya no tengo miedo de volver la cara… ahora tengo miedo de levantarla…
En el pantano supe que maté a
mi hermano, que mi espera era en vano, que en medio de la crisis lo apuñalé…
ahora desde este cuarto oscuro donde todos se visten de blanco… sé que
miro desde la ventana.

Tras la ventana
Juana Castillo Escobar
Encontré la cartera en el suelo, a la entrada del callejón que daba al patio. Me
agaché para cogerla. Mi curiosidad hizo que la abriera. Aparte del DNI, algunas
tarjetas de crédito, el permiso de conducir y unas pocas monedas, no había nada
más. Acaricié la piel, se notaba que era de buena calidad. La abrí de nuevo para
olerla, fue entonces cuando de uno de los laterales cayó al suelo una foto
antigua, en blanco y negro. En ella, un niño de unos ocho años, asido al
visillo, miraba a través del cristal. Su vista me llamó poderosamente la
atención: aquel niño se parecía mucho a mí… Pensé en llevarme la foto pero un
sonido ronco hizo que continuara agachado. Agucé el oído. De nuevo escuché una
especie de estertor, de jadeo que venía desde algún lado del patio. Me levanté
para salir corriendo de allí, pero alguien necesitaba ser auxiliado: unas manos
artríticas se aferraban con fuerza a mi tobillo, y unos ojos desorbitados me
suplicaban una ayuda que no era capaz de dar. Supongo que el miedo me paralizó
por completo al ver a aquel anciano reptando sobre el empedrado, que buscaba en
mí el remedio para sus males, fueran cuales fuesen. La foto se me cayó de la
mano, entonces el hombre empezó a hablar no sin dificultad:
—Soy yo de niño. Mi hermano mayor fue
quien me retrató.
—También a mí me gusta mirar por la
ventana, y también tengo un hermano —dije, pero el viejo no pareció escucharme.
Siguió con su historia:
—Lo hizo para que me diera cuenta de
la cara de bobo que se me ponía cada vez que me asomaba a la ventana. Porque mi
vida la pasé, ahora puedo decirlo, tras la ventana. ¿Entiendes lo que te digo?
No, supongo que no, o tal vez sí. La ventana de mi dormitorio poseía un
atractivo especial: daba al patio de luces de la casa, desde ella un pedazo de
cielo era mío. También era mía la ventana del piso de enfrente y alguien que
lleva conmigo toda la vida. Siempre deseé subir a verla, dar la vuelta a la
manzana, llamar a su puerta…
—También yo…
—Eres un majadero —decía mi hermano
cada vez que me pescaba mirando tras ella—, en esa casa hace años que no vive
nadie. Eduvigis, la portera, me contó la historia de la casa. ¿Quieres saber lo
que pasó? Vivía en ella un matrimonio. Eran ya mayores cuando nació su hija, su
única hija. La niña se cayó, o se tiró por el hueco, fue a parar al patio.
Murió. Ellos dejaron la casa vacía… ¿Entiendes, majadero? ¡Ahí no hay nadie!
Javi, ahí no hay nadie… Y tú eres un bobo mirando la pared de enfrente, a una
ventana cerrada…
—También yo me llamo…
—Yo le respondí: de eso nada. Ahí
vive mi amiga, mi única y mejor amiga. Es una niña hermosa, muy hermosa, tanto
que casi es transparente, alada…
—No se llamará Noelia —pregunté, pero
él continuó con su parloteo:
—Me pide que vaya a verla, pero no me
atrevo. Cualquier día de éstos… Al final fui cobarde y no di la vuelta a la
manzana. Juanma, mi hermano…
—También mi hermano…
—… hizo que desistiera de mi empeño.
Han pasado más de sesenta años. Abandoné mi ventana. Me fui de casa para formar
mi propio hogar, tuve hijos, enviudé y hoy decidí que era un buen momento para
regresar a mis orígenes. Como comprenderás no he podido entrar en la casa de mis
padres, ya no me pertenece… Pero subí a la casa de enfrente, a la de ella, aún
me aguardaba como siempre: toda de blanco, con su eterna sonrisa. Ha alargado
las manos y juntos hemos ido hasta la ventana. He abierto los postigos de
hierro, luego las hojas de cristal y me he asomado. En la casa de enfrente, la
que fuera mi casa, al otro lado del patio, dos niños miraban a través del
cristal. Nos han visto y sonreído, luego han echado la cortina y, supongo,
habrán vuelto a sus juegos. Noelia…
—Noelia es mi amiga…
—Noelia me ha pedido sin hablar que
me acercara a la ventana y, después de una leve caricia, sentí que me decía:
«Llevo mucho tiempo esperándote. ¡Has tardado demasiado! Tú eres mi relevo. Ya
puedo descansar». Y salió como se escapa un suspiro, yo fui tras de ella y
ahora…, ahora me encuentro aquí tirado.
—Déjeme, señor. Déjeme en paz. No
quiero escuchar más historias. Debo regresar a casa, se hace tarde. No debo
hablar con desconocidos —le dije con angustia y a punto de llorar.
—¿Desconocidos? ¿Desconocidos? No
seas bobo, Javi, mírate en la luna de ese escaparate. ¿Aún no te has dado
cuenta? Eres un majadero, Javi. Sí, un majadero de marca mayor. A ti ya no te
espera nadie en el tercero izquierda. Ahora tienes otra ventana desde la que
mirar, y otros niños a los que ver. Desde este momento sólo tienes que elegir a
uno de ellos para que se haga tu amigo… Ya has dado la vuelta a la manzana. Ella
te atrajo hasta sí. Eres el relevo. No, no trates de huir… Quien abandona este
cuerpo viejo y achacoso soy yo. Tú te haces luz y, a través de la ventana,
volverás a vivir hasta que alguien te venga a buscar, y espero que sea más
rápido de lo que fuimos nosotros.

Sombra de mayor
Roberto Cano Seijo
Desde la ventana
de mi casa muchas veces les solía ver. Marchaban solos o en parejas por las
aceras del parque, con los uniformes bien puestos, aunque carecían de cualquier
tipo de galardón, el traje les realzaba su figura. Eran tardes otoñales, de hoja
caída que al pisarlas se sentía el agotamiento de su verdor, o de primaveras, en
que el tiempo daba mayor oportunidad de disfrutar la luz y oler la frondosidad
de toda la vegetación tan cercana al recorrido. Muchos de ellos cortejaban a las
chicas de servicio, bien cuando iban con bebes o niños a los que cuidaban, o los
jueves que disponían de las tarde libres y se mostraban accesibles a ser
conquistadas. Pasaban por el paseo de enfrente de mi casa, punto que desde mi
observación del mirador acristalado contemplaba melancólico y perezoso después
de la salida del colegio mientras merendaba, antes de empezar a hacer los
deberes pendientes.
¡Qué mayores me
parecían! Siempre había oído, que más que un servicio, la patria era el
principio a la hombría; la total madurez de la persona. A ser hombre
independiente y buscarse la vida por uno mismo. A mi me quedaba mucho tiempo
todavía, pero me tenia preocupado. Me lo recordaba mi madre, con cierta
frecuencia, diciéndome: —Mira, a esos ya les queda poco tiempo de juventud. Ya
se tienen que buscar la vida por si mismos. Así que estudia y aprende para que
cuando te llegue tu hora seas un hombre de provecho—. Era una encomienda muy
fuerte. Me sonaba a miedo, a una responsabilidad que no me encontraba dispuesto
a asumir.
Me tocó ir al
Servicio Militar. Tiempo que no entendía lo que hacia. Era mandado a hacer una
instrucción que no sabia para qué servia. En un par de ocasiones me pusieron un
fusil en las manos para que comprobase lo que es; por si en caso de necesidad lo
tuviese que utilizar, al mismo tiempo que me decían que ese modelo ya no se
usaba, si no que, ahora eran más modernos. Yo allí no pintaba nada porque no
aprendía nada. Tampoco tenía opción de enseñar algo de lo poco que sabia y mucho
menos, estaba dispuesto a disparar para defender una patria. Como si las cosas
no se pudiesen defender con la palabra y la razón.
Pasaba el tiempo
y seguía sin ver la utilidad de aquello. Pululando y quemando el tiempo por los
patios grises y aulas frías del cuartel. Sin embargo, sentía un pánico especial
a que terminase y me dijeran que ya era un hombre y me las tenía que arreglar
por mi mismo. Yo me valía por mi solo, libre, responsable, pero no estaba
dispuesto a aceptar la responsabilidad de ser ya un hombre. Me comportaba como
un ser sensible. Capaz de escuchar y ayudar a cualquier persona que en algún
momento necesitase de mi colaboración, al margen de su edad, su nivel social,
ideología, sexo, etc. Era lo que podía abarcar. Me mostraba como persona y nada
más. No quería ser mayor. Habían pasado doce meses en el cuartel y seguía siendo
el mismo. No había aprendido nada nuevo para ser un hombre. El tiempo pasaba y
sentía que me iban a empujar a salir del recinto, a darme una patada o en el
mejor de los casos una palmadita: —Fuera, ya eres un hombre.
Vuelvo por el
mirador de mis padres. Ya no pasean soldados, ni chicas de servicio. Veo gente
joven, como mis hijos, aunque mayores que en mi edad adolescente y no me parecen
tan mayores, ni tan hechos como entonces. Afortunadamente les veo personas
sensibles y soñadoras, si bien con miradas de futuro incierto por el presente
precario en que vivimos. Y yo. No me siento mayor.

Mi amigo
Pablo
Lourdes Macías Torrecillas
Mirando las fotos del internado,
apareció la que le hice a Pablo aquella tarde de diciembre antes de irme de
vacaciones. Aquel día estábamos algo revolucionados y, en los dormitorios, todo
eran maletas a medio hacer. El habitual silencio se veía roto por las risas y la
euforia que regresar a casa nos producía. Pero Pablo, como tantas otras veces a
lo largo de los años, miraba por la ventana ajeno a cuanto sucedía a su
alrededor. Era mi mejor amigo y le había invitado repetidas veces a venir a mi
casa a pasar las vacaciones de Navidad, pero él declinaba mi invitación
diciendo: «Mis padres no tardarán en venir a recogerme, mi madre se disgustaría
mucho si no paso la Navidad en casa…».
Y mientras poco
a poco el internado se iba quedando vacío de nuestras voces, mi amigo seguía
esperando en aquella ventana. Y aunque al regreso él me contaba lo bien que lo
había pasado con su familia, yo sabía que las había pasado en el colegio con el
padre Manuel y el padre Tomás, tan viejos y entrañables como el propio edificio.
Con los
años nuestra niñez se quedó dormida en algún rincón de aquel colegio. Cada uno
tomó un camino y durante mucho tiempo no supe nada de mi amigo, ni él supo de
mí. No hace demasiado tiempo decidí enseñarle a mi hijo aquel internado en donde
tantas horas y años había pasado. Cuando llegamos me pareció distinguir una
silueta en la ventana del que fuera mi antiguo dormitorio. Una vez dentro casi
podía oír nuestras voces de otro tiempo. Cerré los ojos y a mi espalda alguien
dijo: «Veo que el mejor amigo de mi niñez no ha olvidado el camino». Allí estaba
Pablo con los brazos abiertos esperando el abrazo. Había estudiado magisterio y
una vez licenciado regresó y ahora formaba parte del profesorado.
Estuvimos mucho
tiempo hablando y por fin me contó su secreto. Pablo no conoció a sus padres,
fue un niño abandonado y el padre Manuel y el padre Tomás lo recogieron y
cuidaron de él hasta el final de sus días. Nunca quiso contar nada por temor a
que los demás niños le marginasen o le considerasen distinto.
Qué poco sabemos
muchas veces de la gente que nos rodea…
Sigo mirando
aquella vieja foto… creo que mi amigo Pablo, en lo más profundo de su corazón,
guardaba la efímera esperanza, mientras miraba por aquella ventana, de que algún
día, como a cada uno de nosotros, sus padres vendrían a buscarle.

Desde
mi pantalla
Esperanza de Castro Marrodán
Todas las tardes, acompañaba el bocadillo de la merienda con una ración de
acontecimientos, que se sucedían ante la ventana de mi habitación.
La vecina del tercero sacaba
puntualmente a pasear a su perro; la veía desaparecer al final de la calle. Mi
pequeña pantalla no daba para más. Varios niños, algunos de mi casa, jugaban al
balón, mandándolo, de vez en cuando, a la acera de enfrente. Cruzaban a toda
prisa sin mirar, para recuperarlo. Yo, que vivía en un tercero y veía venir,
desde mi posición, un coche que ellos no podían apreciar hasta que no estaba
encima, a veces me tapaba los ojos para no ser testigo del atropello del que se
libraban siempre, por suerte. Me habían hablado, cuando era más pequeño, del
ángel de la guarda y, al ver estas cosas, me decía que debía existir realmente;
si no, no se explicaba que ninguno de aquellos chavales que cruzaban
alocadamente, hubiera sufrido jamás daño alguno.
En fin, pasaba horas enteras delante
de aquel televisor, mucho más rico en sueños que el que conocí años más tarde.
Después de haber paseado a través de
la imaginación, con la vecina del perro, y sobrepasado el límite de la calle,
tras haber hecho unos pases de balón con mucha más maestría que la que observaba
en los otros niños; luego de haberme forjado mil historias y juegos con cada uno
de los habitantes del otro lado de la ventana, mi madre abría la puerta de la
habitación y me decía un ¡a cenar!, con la misma cadencia, día tras día.
Entonces, yo cogía las muletas,
apoyadas en el borde de la cama, y, con mucha dificultad, llegaba hasta el
comedor tomándome mi tiempo, aunque la casa era pequeña.
A los cinco años había contraído la
«polio» y una de mis piernas se había empeñado en hacerme la vida difícil y
cansina, así que mi niñez se vio relegada a los interminables tratamientos, en
los que ni siquiera confiaban mis padres, a los juguetes y a las visitas
obligadas de mi vecino de enfrente, más o menos de mi edad, al que mi madre
invitaba a comer de vez en cuando, para ver si, de paso, me animaba a imitarle,
pues el chico comía como una lima. Encima, yo era hijo único, para mayor
aburrimiento.
Hoy tengo pocos recuerdos de mi
niñez, pues la aplacé hasta los 20 años, cuando, recuperado totalmente de mi
enfermedad, y devuelta mi movilidad primitiva, comencé a disfrutar de los
paseos, libres las manos de muletas y la pierna de extraños aparatos. Visité los
parques que no conocía, pues, aunque mi madre me llevaba alguna vez al más
cercano, siempre temía que me cayese y me hiciera daño. Jugué un tiempo en un
equipo de fútbol y terminé mis estudios de monitor de tiempo libre, para
trabajar en campamentos juveniles.
Tuve grupos de niños de diferentes
edades. Me preferirían a los otros monitores, pues decían que aguantaba jugando
lo mismo que ellos, que no me cansaba… Y los padres decían sonrientes, que, a
pesar de mi edad, parecía un niño más.
Ahora soy un hombre casado, con tres
hijos y cuatro nietos. Nunca respondí a la pregunta que se empeñaban en hacerme
los mayores de mi entorno: ¿qué me gustaría ser de mayor? A mí lo único que me
surgía ante tal pregunta era que quería hacer lo mismo que los demás, poder
atravesar la ventana de mi habitación y vivir las aventuras que tenían lugar
fuera de mi mundo limitado.

Tras el
cristal
Paula Martínez Ruiz
Ni siquiera sabía pronunciar el nombre de mi enfermedad, pero intuía el poder de
esa palabra, mucho más intenso que el pálido de mi piel y que el rojo de la
sangre que escupía al toser. La primera vez que la escuché nombrar fue de los
labios del médico, a los pies de mi cama. Recuerdo el gesto de mi padre al
escucharlo, las lágrimas de mi madre, a mi tía Eugenia sacando a mi hermana
pequeña del dormitorio… A partir de entonces mi vida se iba a ver reducida a
aquellas cuatro paredes.
Al menos tenía mi ventana. Aquella
ventana con sus visillos lánguidos que retrataba el único ángulo soleado de un
parque más bien pequeño. Ése fue durante meses mi único contacto con el mundo
exterior. Desde allí veía a los niños jugando a la salida del colegio. Reían,
gritaban, corrían, saltaban… alargaban las breves tardes revolviendo la
hojarasca o escondiéndose entre los árboles desnudos. No hacía tanto tiempo que
yo mismo había compartido juegos con ellos, y sin embargo me parecían
extremadamente lejanos desde detrás del cristal. Como si perteneciesen a un
universo diferente.
Eran contadas las visitas que recibía
al cabo del día. El primero, puntualmente cada mañana era el médico. Entraba
siempre acompañado de mi madre, a la que veía cada vez más pequeña y más
arrugada conforme pasaban los días. Era una visita silenciosa en la que se
limitaba a auscultarme, tomarme la temperatura y preguntarle a mi madre cómo
había pasado el día anterior. Nunca se dirigía directamente a mí, y sin embargo
yo tenía la sensación de que de alguna manera me protegía. Cuando sea mayor,
seré médico, pensaba en cuanto salía por la puerta de mi cuarto.
Al caer la tarde, justo cuando los
chavales ya comenzaban a dirigirse a sus casas y la escasez de luz me
dificultaba disfrutar del parque desde la ventana, era cuando llegaba el
maestro. Entraba siempre con una sonrisa en los labios, a pesar de que se le
notaba el cansancio en el rostro y en el pelo canoso. Él nunca supo cuánto me
alegraba su presencia, aunque el polvo de la tiza en su traje oscuro y entre sus
dedos me hacía recordar el aula, el verde de las pizarras y el griterío de los
compañeros. Sin ellos las matemáticas eran mucho más áridas si cabía. Cuando sea
mayor seré maestro, pensaba entonces, y llevaré siempre las manos manchadas de
tiza.
Un día el médico ya no vino más y yo
pensé que me había curado del todo. Anduve toda la mañana asomado a la ventana.
La primavera estaba comenzando a hacerse presente en los árboles del parque,
salpicándolos de tímidos tonos verdes. Alguien trajo flores y las colocó sobre
mi cama. La primavera en mi dormitorio. Me pareció un bonito detalle.
Aún así, me resultó muy extraño ver
entrar a mi madre, aún más pequeña y arrugada, vestida de negro riguroso y
llorando desconsolada mientras mi padre y la tía Eugenia la sujetaban por las
axilas. Entonces me vi a mí mismo tumbado sobre la cama y comprendí que nunca
sería médico, ni maestro, ni volvería a jugar con mis compañeros del colegio.
Aún así, nunca he renunciado a mi
ventana. Soy yo quien mueve los visillos y mancha los cristales con mis pequeños
dedos helados.

Del libre
andar
Raquel Zaragoza
Mi sed navega
las marismas del sueño.
Vuelo feliz.
Miro por la ventana los días de lluvia, esos días en que te dejas llevar por los
mares sonámbulos de la imaginación y mi pequeño dedo en el cristal dibuja rutas,
navega vertiginoso por las arterias del tiempo, cruza fronteras, escucha hablar
al agua de las fuentes y al de los océanos, al que burbujeante crepita en el
borrascoso oleaje que se desata en los charcos al ser invadido por esos
inocentes barquitos de papel que siempre acaban hundiéndose…
Pero el bálsamo del juego atempera lo cruel de la existencia.
Embriagada por el afán del viaje, disfruto el manjar de la aventura, de esta
loca empresa de entregarse sin pensar, de no percibir los límites.
No hay disculpas para perderse la vida, para no salir y chapotear y empaparse y
reír sorbiendo los mocos o limpiándolos con el puño de la chaqueta.
Sin miedo a las reprimendas, con el goce de beberse el aguamiel que cae de las
nubes, de volcarse con ellas, vaciándose, sin dejar que se seque nuestra voz, la
íntima, la que de dentro nace.
Y como doncella que se ofrece gustosa, el imaginario de la infancia se llena de
palabras, de signos musgosos, de letras-caracolas que se enredan al silencioso
vacío y lo iluminan.
Ser barro amaestrado sólo conduce a la angostura, al recorrido por ese pasillo
estrecho por el que sólo sentimos miedo, gran temor, ese nudo que al corazón
aprieta.
No, no seguiré ese camino.
Sobre el vidrio empañado continúo los trazos.
El calor de mi aliento sustantiva ahora la travesía.
Sin intermitencias, entro en la noche y las primeras luces alumbran el recinto.

_____________________
Mistery
¿Qué
serás cuando seas grande?, me preguntaban las voces tras de mí mientras yo
continuaba absorto, traspasando un horizonte infinito más allá de las paredes y
la oscuridad en la calle, ya sin sol.
¿Qué
harás cuando crezcas?
Y
yo, eterno Peter Pan, sumergido en sueños de Campanillas y de Garfios, parando
todos los relojes para no crecer, inventando mundos de colores, me asomaba
hechizado a mi ventana, valorando si el espacio profundo del vacío sería lo
bastante para emprender desde ella mi vuelo.

Caníbal
Jorge Andrés Diab
Mi hora predilecta era bien
entrada la noche, cuando hombres viejos ocultos bajo grandes paraguas,
encorvados por los años, llegaban a sus casas mientras jóvenes flacos y efusivos
formaban grandes grupos riendo y fumando. Siempre estaban acompañados por
hermosas señoritas, apenas repasado el maquillaje y con la pálida luz de la luna
golpeando en sus ojos, dándoles ese brillo tan especial.
Pegaba la frente contra el
gélido cristal y resoplaba vigorosamente para que el vaho empañara la ventana,
entonces comenzaba a dibujar corazones y rosas porque era lo único que me
quedaba bien. Podía durar así horas enteras hasta que el dolor en la frente me
obligaba a retirarme. Era el mismo dolor que sentía al verme encerrado,
iluminado sólo por una lámpara de aceite, donde mi única compañía era una sombra
borrosa y esquiva que no reía, que no jugaba. No sabía por qué estaba allí o por
qué no podía salir.
Entonces, hacia la medianoche,
llegaba el momento tan esperado donde millones de luces comenzaban a aparecer
tímidamente en el negro cielo. Las constelaciones se podían ver claramente y a
veces hasta las delineaba con mi dedo, otras simplemente las inventaba. De
repente una estrella fugaz. Y luego otra. Y a cada una le pedía siempre lo
mismo. No tenía nada más qué pedir. Una noche entre la niebla, entre los chicos
y chicas, donde pudiera ver todo el cielo y sentir la cara estremecerse por la
brisa nocturna. Donde mi voz rasgara el silencio y mi sonrisa hiciera a las
niñas enamorarse de mí.
Cuando cambiaron mi ventana
por barrotes y mi lámpara de aceite por el cerillo que enciende ahora mi último
cigarrillo, supe que esa noche, la misma que a hurtadillas dejé mi habitación,
sería la última. El frío no enrojecería más mi rostro ni agitaría más mi
cabello, la misteriosa luna no volvería a hacer brillar mis ojos y mis manos no
volverían a cortar la delgada neblina de diciembre; mucho menos a sentir de
nuevo la tibieza de la sangre correr por mis labios y el sabor de la carne aún
palpitante en mi boca. Sin embargo, no pierdo la esperanza en que las estrellas
me concederán otra noche libre.

La ventana
Mónica M. Volpini Camerlinckx
Se llamaba Marco Antonio y tenía trece años que aparentaban apenas diez. Todos
lo trataban como a un niño sin imaginarse jamás que por dentro de su cuerpo ya
habían comenzado a aguijonearle los apuros de una adolescencia demasiado precoz.
Vivía en un barrio adonde las casas
estaban tan cercanas unas de otras que todos podían verse a través de las
ventanas del vecindario.
Y fue por esa razón que él adquirió
la costumbre de pasarse horas enteras inmóvil frente a aquellas cortinas
marrones con dibujos ecuestres. Fue porque desde allí podía observar todos los
movimientos de Eleuteria, su vecina de quince años que vivía en la casa de al
lado.
Ella era morocha, con un cabello
ensortijado que le llegaba hasta los hombros, coronando la perfección de un
alocado cuerpo juvenil que se estaba despertando salvajemente a los desenfrenos
del primer amor.
Todas las noches, exactamente a la
misma hora, se encendía la luz de su cuarto y comenzaba a quitarse la ropa
enfrente del espejo, a la vez que se acariciaba con pasión de manera ilimitada.
Marco Antonio la acompañaba en
aquella locura distante, y poco a poco tuvo la sensación de que gozaban juntos
de aquel primer pecado de inocencia juvenil.
Un día se corrió la voz de que los
padres de aquella niña estaban pasando un duro trance económico, y que la única
salida sería casarla con un señor tan mayor como adinerado, que les había
propuesto un trueque de deseo por pago total de deudas.
Marco Antonio escuchó esa noticia en
una reunión de gente grande y corrió a su cuarto, esperando desesperadamente la
hora de todas las noches, que llegó con la puntualidad de todos los días. Pero
aquella vez, después de ella, entró su padre. Eleuteria lloraba tanto que
parecía a punto de estallar de dolor. Su padre, en cambio, se mostraba casi
tranquilo, pero en su mirada destellaban la furia y la maldad, en ese orden.
De repente, ella trató de abrir la
ventana como si fuese a arrojarse, pero entonces el hombre la tomó de un brazo y
la azotó salvajemente, hasta dejarla tirada en el piso.
El niño esperó en vano que se
levantara durante toda la noche. Cuando el sueño lo rindió arrimó un sillón
hasta ese lugar y se durmió.
Al otro día lo despertó un auto
blanco que tenía una sirena tan chillona que le taladró el cerebro, y vio gente
que corría y gritaba.
Por la tarde lo vistieron como para
ir a la iglesia, le pusieron una tira negra en el brazo y lo llevaron al
entierro de la hija de los vecinos de al lado.
Como siempre, obedeció a sus padres.
Pero antes de salir caminó lentamente hasta la ventana y cerró las cortinas
marrones con dibujos ecuestres.

3 de marzo
Mercedes Pajarón
El día era claro, muy claro. Los densos nubarrones daban al ambiente una nitidez
irreal. Los árboles de la avenida empezaban a mostrar con tímido orgullo unos
brotes recién nacidos en sus ramas que, en contraste con el cielo, adquirían un
relieve casi luminoso. Las yemas habían empezado su carrera imparable hacia una
frondosa plenitud estival.
Desde la ventana del comedor de casa, mi pequeño Daniel parecía contemplar con
mirada silenciosa y soñadora la melancólica despedida del invierno. Me gustaba
observar el gesto ausente que mostraba durante unos minutos, que a él le
parecían horas, y a mí, segundos. Mi intuición maternal me decía que su
pensamiento viajaba mucho más allá de los árboles, de los tejados de los demás
edificios, y de las estaciones del año. Yo miraba a mi retoño, intentando
averiguar qué pasaba por la cabeza de ese adorable y adorado ser, brote de
primavera.
—¿En qué piensas, hijo mío? —le pregunté con cariñosa curiosidad.
Daniel se giró muy lentamente, clavó sus ojos de lago profundo en los míos, y me
dijo con la determinación del niño que se cree mayor:
—Mamá, yo seré escritor.
Algunos años han pasado ya desde aquella mañana en que Daniel me confesó su
sueño profesional. Hoy, en estos días en los que se confunden todas las
primaveras en mi memoria, esta escena permanece sin embargo viva e imborrable, y
regresa del pasado cada vez que Daniel, conocido autor de tres novelas y de
innumerables cuentos infantiles, viene a visitarme, y se asoma por la misma
ventana, para seguir viajando con su mirada silenciosa y soñadora, más allá de
los árboles, de los tejados de los demás edificios, y de las estaciones del año.

_____________________
Mario Santiago
Sólo soy un niño que mira por la ventana, buscando en el vacío puntos
imaginarios mientras a mi espalda mi padre grita y mi madre llora hasta armarse
de valor y gritar también ella aún mas alto. El cristal de la ventana se nubla,
pero yo insisto en seguir mirando, buscando, aunque mis mejillas ya estén
húmedas y mi garganta hecha nudo. Más gritos. Pronto comenzarán los golpes
(¿quién golpeará primero?) y sé que más de uno está reservado para mí, pero
cuando eso pase ya estaré muy muy lejos, en un punto imaginario desde mi
ventana.
Tan sólo soy un niño que mira por la
ventana, pero ahora soy padre y soy esposo, y cuando esta noche comiencen los
gritos tal vez sea yo el que pegue primero.

La psicología del retrato
Andrés López Matesanz
Cuando observo la fotografía experimento todo un proceso de psicoanálisis en mi
interior. A través de la mirada perdida de ese adolescente, canalizo todas las
horas que pasé pegado al cristal del ventanuco del destartalado zaguán que nos
sirvió, hasta bien entrada mi juventud, como piso familiar a mis padres, tres
hermanos y las dos abuelas.
En el horizonte de aquella mirada
siempre estaba presente el amanecer de una nueva vida. Los personajes que se
debatían en ese ir y venir, perdiéndose unos tras la esquina de la primera
calle; así como otros que, como muñecos de guiñol, aparecían por la siguiente,
siempre daban paso al luminoso personaje que desde mi interior proyectaba y se
mezclaba con naturalidad con toda esa realidad observada desde mi privilegiada
atalaya.
El personaje era de mediana estatura,
fuerte de constitución y con un semblante de comprensión y agrado que invitaba a
la confidencia.
A pesar de la distancia que nos
separaba, sentía su mirada instalada en mi interior, quedando hueco de palabras.
Era una sensación de extrañeza que
paralizaba todo a mi alrededor y me dejaba rígido como un tablero. Toda la
atención, preñada de misterio, iba dirigida hacia la distancia que nos separaba
y que con anhelo, casi inconfesable, forzaba a fin de reducirla. Era tal la
intensidad que ponía en el acto que no cejaba hasta que sus pasos ponían rumbo
hacia mi presencia.
Siempre lograba traerlo hasta la
puerta de mi casa, pero jamás conseguí que la traspasara. Al llegar a este
punto, invariablemente el que entraba en la estancia era la persona de mi padre:
descuidado, bebido y sin modales, la antítesis del que yo esperaba.
Hoy me separan cuarenta años de esas
experiencias, y mirando a través de la ventana del hospital donde éste se halla,
he vuelto a ver a mi querido personaje, pero esta vez sí ha entrado hasta la
habitación, y he notado la calidez de su abrazo que, como antaño, me ha dejado
hueco de palabras pero con una sensación de alegría y bienestar totalmente
desconocida.
Hay un silencio que penetra toda la
estancia y que se hace extensible hasta en el mudo respirar de mi padre, cuyo
rostro, inmóvil, se ha convertido en el amable semblante de mi querido
personaje.

A mí la muerte me da
Iván Restoy
Entonces aún faltaba mucho tiempo para que un día añorara Carabé desde la barra
del bar La Galería, en Portugalete; la misma mañana en que su mujer había
enloquecido y había tirado al contenedor sus libros de poesía: Blake,
Wordsworth, Rimbaud…, que él buscara horas después revolviendo los armarios,
trajinando detrás de las sillas, levantando las ropas caídas sobre las butacas
y, de rodillas, ante los armarios llenos de revistas de punto de cruz y
recetarios voluminosos con grandes fotografías de platos que olían a moho y
humedad. «Toda la casa está llena de basura», le gritaba su mujer. Cierto,
pensaba él, la basura de Trakl, la basura de Cernuda, la inmensa basura burlesca
de los románticos ingleses en maridaje espeso, pero perfumado, con los clásicos
españoles, y luego Lorca, Alberti, Aleixandre, y los poetas vascos. Palabras y
piedras. Su mujer era como un pequeño salvaje resoplando tras la puerta,
observándole mientras movía unas bolsas, volteaba las carteras de cuero e
incluso escudriñaba las cosas más pequeñas e insignificantes detrás de las
cuales, era obvio por otra parte, no podían hallarse sus libros. La delación del
crimen llegó poco después; cuando ya él era un ovillo en el suelo que mascaba
chicle e intentaba facturar globos como cuando niño. Las frases llegaron a sus
oídos, pero ya estaba muy lejos de allí, quizá por el efecto narcotizador y
sápido del chicle de fresa amarga, lo que enseguida le trajo memoria de nuevo de
Carabé, su pueblo, en el interior de Cantabria, la mañana en que tío Tiquio le
dio un chicle comprado al panadero y, vestido para la misa de doce, le dijo que
esperara junto a la ventana. Y él, mentón endurecido, los papos llenos, embutido
en su jersey de pico y su camisa blanca, se quedó allí muy quieto mirando a la
hija de los Pérez mientras trataba de recordar el romance del Conde Olinos que
su tío le enseñara hacía dos noches: «Madrugaba el conde Olinos, mañanita de san
Juan…», así hasta llegar a la brusca muerte de la infantina y el conde a los
gallos cantar. Estrofa que lo turbaba y le hacía dar un traspiés, y entonces se
alejaba de la ventana con un puntito de nostalgia, como si nunca pudiera volver
allí y lo supiera, y bajaba las escaleras recubiertas de hule marrón e iba en
busca de Ata Pérez para echar canicas o subir al campanario donde años después
fumaría su primer cigarrillo, asustado como una liebre, y besaría, y le
recitaría a Ata el romance de Olinos (pero eso fue mucho antes, quizá sólo una
semana después) ante su atenta mirada, la misma que recordaría casi cuarenta
años más tarde en un bar de Portugalete, bebiendo cosecha, cuando añoró Carabé y
su tiempo sin saber que entonces sus libros desaparecían como por ensalmo de
encantadores y bajaban en una bolsa oscura junto a los restos de la cena de
anoche (espinas de pescado, tapas de yogur, todo mezclado), incluido un breve
ex libris donde ya de adulto, en la universidad, había copiado de un libro
infantil el romance del Conde Olinos: «No le mande matar, madre,/ no le mande
usted matar;/ que si mata al conde Olinos/ a mí la muerte me da».

Esperanza
Delia Patrone
Papá tosía. No podía conciliar el sueño. Mi escape era la ventana.
Quería huir, no podía. Esta era la única manera de alejarme del dolor y la
enfermedad....
Afuera, la noche intransigente, lo hacía todo más recortado y temible...
Negro, sólo negro, el verde y los rojos u amarillos del otoño que ya moría no
existían, Todo negro, con la luz de día, agrisado por el polvo de las chimeneas.
Esta es la casa, el mundo que me dejaron. Lastimado, agonizante, sin colores ni
aromas. Con fétidos olores de destrucción
Este es el mundo que debo reconstruir. ¡Porque yo quiero vivir! Quiero que mis
hijos rueden por el verde de los pastos y se enreden en las matas silvestres, y
escuchen el agua cristalina correr....
Papá tose. Todo el polvo de la Naturaleza maltratada está en su cuerpo...
Pero mis hijos, no tendrán que huir para no escuchar mi sufrimiento.
Mi tarea comienza ahora... ¿encontraré quién me secunde? Sí, creo. Por eso sé
que puedo cambiar el negro por el color, el humo por la brisa limpia, el arroyo
maloliente, por el agua cantarina...
Sí, creo.

Oscuridad
Alex Pineda Angulo
Mamá cree que aún no lo sé, que no me aflijo cuando pienso en ello, que aún soy
muy crío para darme cuenta o no me importa. Buen rato hace que salió de aquí,
luego de asegurarse, con un beso firme y tierno sobre mi frente, que yazgo
definitivamente instalado, como todas las noches, en la sosegada profundidad de
los sueños.
Hoy, sin embargo, no puedo dormir. Hoy, más que otras veces, una creciente y
afilada sospecha se aviva en mi interior, sin que pueda dejar de pensar en todo
esto que soy y que me angustia, en todo esto que descubro ser y que no entiendo,
que no me resigno a entender.
De nada sirvió aquella tenue y refinada voz de antigua ex novicia, esa dulce y
triste canción de iglesia que tanto me gusta, que tanto nos gusta, y que mamá
entona, una vez más, desde su fe remota e inquebrantable, esperando confiada a
que me duerma:
«Señor, tú has venido a la orilla, no has buscado ni a sabios ni a ricos...».
No la desengaño y —agazapado, inmóvil, bajo la colcha— aguardo silencioso a que
se vaya.
Es tan débil y buena, tan callada y noble es mamá, que quizá fue esa la única
razón por la que me contuve un segundo, sin darme vuelta, cuando la sentí
incorporarse sobre el borde de la cama y no la retuve de la mano para estallar
en preguntas, en fáciles y dolorosas protestas, en el inevitable y previsible
llanto.
Si me lo preguntan, qué podría decir. Aquello existe como una sólida y fría
distorsión, un enrarecido espacio, una viscosidad interminable detrás de mis
ojos, en mis ojos. No sé a partir de qué momento, en qué fracturado instante, me
fue dado tener plena conciencia de mi real situación, de que todo eso que llaman
«oscuridad» era y había sido la única causa de una serie infinita de reservas,
de perversas sustracciones de felicidad, de pequeños y solitarios tropiezos en
mi vida, a los que sin embargo había dejado pasar por alto con insólita
indiferencia.
Un tortuoso e impredecible destino parece iniciarse ahora para mí. Creo haber
tardado demasiado en darme cuenta que todo aquel mundo extranjero de las calles,
todo aquel espectro de ruidos y movimientos confiados de la ciudad, en las que
sólo a veces he tenido la impresión de insertarme de una manera confusa y
clandestina de la mano de mamá —recuerdo ahora el sonido de los buses del metro,
los animales del zoo— se oponía por completo a ese otro cerrado, pequeño y
solitario mundo que he llevado conmigo desde siempre.
Como cualquier mortal estoy destinado, acaso mejor dispuesto por la condición
que ahora descubro en mí, a entender con la soledad que me reserva los años, el
misterio impalpable de la vida, el paso del tiempo inexorable sobre las cosas y
los seres. Acaso podría llegar a entender lo que es la muerte y resignarme a
ella. Pero que ni una sola brizna de eso que llaman «luz», y en la que sólo
ahora he sabido reconocer la libertad sensible de este mundo, asalte la noche
eterna de mis ojos para liberarme... No, a eso no me resigno. No quiero
resignarme.
Ahora el sonido indefenso y leve de la lluvia, allá fuera, sobre las baldosas
del patio, en la purificada noche, esa imposible imagen de la humedad cubriendo
las hojas del viejo árbol de nísperos que crece en el pequeño jardín detrás de
las ventanas, me duele por primera vez como un pedernal invisible hundiéndose en
mi corazón.
Oscuridad, hoy me atreví a tocar tu rostro, tu impenetrable rostro. Y como
alguien que presa de la confusión, en medio de un tiroteo, descubre de pronto,
absorto, la sangre en la camisa, la herida mortal en su pecho, supe entonces que
tu rostro no era sino el mío. Y, sin embargo, lo que me aterra, como el roce de
una piel hostil, no es tanto comprender el que hayas existido hasta ahora en mí,
como una inadvertida e imborrable presencia, como una sombra; sino la certeza
inmediata, irrevocable, de que ya nunca me dejarás, oscuridad.

Aquella inocencia
Issa Martínez Llongueras
Aquel sueño de tomar la mano de Anita —corriendo en el jardín, del otro lado de
la ventana— y colocarle el anillo que hice para ella con mi canica favorita.
Anita me llamaba con su sonrisa color
de sol, yo sólo la miraba sujetando la cortina y sintiendo que aquello que
crecía en mi pecho se me subía hasta los ojos.
Luego escuché el trueno y el grito de mi madre.
Mi carrera escaleras abajo.
Mi padre en el suelo.
Los soldados…
Aquella inocencia ultimada del
cuarenta y cuatro y la esperanza con la que mis ojos percibían la primavera, se
quedaron para siempre con Anita.
Mi pierna rota por el fusil de aquel
soldado duele menos que el cáncer de mi madre descansando, recientemente, bajo
la tierra.
Y esta pierna necia, siempre
quedándose detrás de mí, como si pudiera frenar mi vuelo…
—¡A ver quien llega primero hasta
aquel árbol, Pepe…!
—¡Yo te gano, abuelo, yo te gano!

Desde el alma (Vals de Rosita Melo)
Jorge Durán
El convento queda en Flores.
En los días de primavera no hay un
olor tan dulce y delicado en todo Buenos Aires como los jazmineros de este
parque.
Mi cuarto queda en un tercer piso.
Desde mi ventana puedo ver el parque, la cocina, y parte de una salita y el
piano de cola.
En una época, a decir de mi madre
había muchas postulantas al noviciado. Pero ahora sólo quedan algunas monjas
ancianas y un par de mujeres de servicio.
Ella se llama Fedora.
A la hora del té toca el piano para
las monjas ancianas. Mozart, Chopin, Debussy. Pero a mí me gusta oír siempre el
vals popular, si bien disfrutaba de todo lo que Ella ejecutaba.
Cuando yo le pedía que no se olvidara
de tocarlo Ella me decía: —Tienes que interesarte por la música importante, por
los clásicos.
También la veo barrer, lavar en un
piletón y fregar.
Siempre me extrañó que una persona de
servicio como decía mi madre pudiera tocar el piano tan bien.
No sé como siempre coincidían las
horas de mis salidas con las de Fedora. Cuando yo iba y venía de la escuela,
cuando yo salía para comprar algo y hasta cuando volvía de las clases de inglés.
Ahí estaba Ella.
Me miraba a los ojos, me acariciaba
las manos, la cabeza, y me daba las galletitas que horneaba, los postres y los
dulces.
Mi madre falleció cuando yo tenía
diez años.
Mi padre se encerró entonces en su
dolor y no volvió a salir de la casa.
La mujer de servicio nos dejó.
Entonces mi padre dijo:
—Tendremos que buscar una persona
para las tareas domésticas.
Ni lerdo ni perezoso yo le contesté:
—Fedora papá, Fedora.
-¡No! ¡Eso nunca!
No lo comprendí entonces…
Mi padre falleció cuando yo ya era un
hombre.
Fedora no toca más el piano.
La veo desde mi ventana caminar y
caminar por el parque pero Ella no puede levantar la cabeza. Se apoya en un
bastón.
La visito casi todos los días a la
hora del té. Miro sus ojitos perdidos detrás de sus gruesos anteojos pero no me
dicen nada. Acaricio sus manitos, pero tampoco responden.
Se ha ido mentalmente de este mundo…
Hago miles de conjeturas. Ato y
desato preguntas y respuestas.
Hay algo en lo que pienso y no me
animo a admitirlo.
Pero aquella tarde fui decidido. Tome
sus manos. Volví a buscar sus ojos y le dije al oído, como un susurro: —Mamá…
Mamá…
Su rostro cambió. Poco a poco se
tornó dulce, sereno, apacible.
Rodó entonces una lágrima por su
mejilla.

_____________________
Marisa Aragón Willner
Mirar desconsolado por la ventana se ha
convertido en el máximo entretenimiento de las tardes de Carlitos. Por la
ventana ha visto partir para siempre a sus seres más queridos, hace dos años la
abuela Balbina partió hacia el hospital en la silla de ruedas con su cabeza
blanca ladeada y una sonrisa mientras las lágrimas arrasaban sus ojitos cansados
y grises, fue la última partida, el último paseo y con sus manos partidas y
viejas acarició la cabeza de Carlitos que se tomaba de su mano. Su diagnóstico
no fue bueno y en catorce días su presencia huyó de la casona de la Recova, solo
quedaba el abuelo con su cuerpo enclenque y largo que transcurría largas horas
mirando la nada, ahora que la soledad lo dejaba sin su compañera de toda la
vida, por suerte su mente no recordaba todas las cosas y a veces sonreía, quizá
un recuerdo de sus años mozos se atravesaba y le arrancaba una sonrisa opaca de
nostalgia. Un día jugó la partida de naipes de la noche y tomó su té que le
preparaba la mamá de Carlitos, le dio un beso al niño y pidió ir a su
dormitorio, tenía frío, ese frío que antecede a la despedida y se durmió soñando
quizá con las tardes bonitas de su Galicia natal, con su mar y su primer viaje
en barco. Carlitos tuvo que ayudar a ordenar la pieza de los abuelos, algún
libro quedó en sus estantes, el resto fue donado. Ahora Carlitos podría pensar
en tener una habitación para él solo pero toda la casa olía a duelo y él no
quería quedar solo en esa habitación vacía. Sólo ha quedado la pipa del abuelo
instalada en la tapa de una caja de ébano con incrustaciones de marfil.
Luego de las muertes, alguien más
partió con su bolso marinero al hombro, fue Leo, el hermano mayor de Carlitos y
todavía lo recuerda, era su ídolo y más cuando le dijo: Mirá campeón, te voy a
dejar al cuidado de mi bate de béisbol y de mi cuarto.
Su cuarto era el más lindo de la
casa porque Leo había sido el mimado durante los catorce años que los separaban,
él siempre tuvo la mejor chaqueta de invierno, el mejor bate, la mejor guitarra,
la mejor caja de colores... pero no había que envidiarlo, también había sido el
mejor hermano.
Pero un día amó al mar y lo
convirtió en su hogar. Zarparon para noviembre y Leo llevó todas sus ilusiones
por conocer otras tierras y un pequeño equipaje que colgaba de su hombro.
Carlitos lo miraba alejarse hacia el muelle, sin soltarse de la mano de su mamá.
Para febrero estará de regreso dijo la mamá a Carlitos.
Febrero lo devolvió envuelto en una
bandera, el barco encalló y perdió su carga, Leo ayudó como un león pero no pudo
salvar su vida...
Carlitos siente que la ventana
ha sido la puerta de salida a otros mundos que aún no imagina y mira pensando en
sus abuelos y en Leo, a ver si el Universo que está del otro lado de la ventana
se los devuelva aunque sea un ratito para decirles cuánto los quiere. A la noche
antes de encerrarse en su cuarto los buscará en alguna estrella.

Amargo adiós
Soledad Sánchez M.
Caminaba confiada, envuelta en la espuma de un vestido de tonos azules.
Volvió su cabeza de rizos imperfectos y me lanzó un beso con la punta de
sus dedos. La vi cruzar la calle y justo en la esquina, como cada día, se volvió
de nuevo, tocó su pecho en el punto justo de su latido y aleteó con su mano
blanca de guante de algodón.
Desapareció, como cada día, hasta su vuelta en la oscuridad, cuando yo la
esperaba bajo el charco de luz de mi lámpara de noche.
Mi madre siempre sonreía.
El
día que se marchó envuelta en mar, la oscuridad se alargó más de la cuenta, y el
frío me obligó a cambiar mi isla iluminada por la tibieza de las sábanas.
Me dormí en la certeza de que algo distinto había ocurrido detrás del
cristal de mi ventana.
No volví a verla más.
Me
dijeron muchos años después que cayó fulminada en medio de la calle, inundado de
sangre su cerebro, sin un por qué, sin un antecedente. Y la imaginé siempre
tendida en el asfalto, azulada, como una medusa ondulante en el mar del verano.
Mi madre se fue envuelta en cielos cimbreantes y yo no había querido darle un
beso.

__________________________
Jordana Lee
Mira Andrés a través de la ventana las copas de
los árboles y las ilustraciones de un viejo libro de cuentos. Ha descubierto
algo en el follaje, pero no está seguro. Tal vez sea un simple barrilete
enganchado entre las ramas, aunque no se conforma con suposiciones y sigue
comparando los dibujos borroneados por la humedad con esa forma irregular que a
veces se asoma o se oculta, siguiendo los giros caprichosos de la brisa. La
página central se ha borroneado y sólo se adivina la silueta de su personaje
favorito. «¡Qué lástima, era la más linda, tenía relieve y estaba adornada con
viruta de estrellas!».
No tiene apetito, mas quiere evitar que la madre
entre en su cuarto y descubra lo que él ha estado observando tan atentamente.
Desde hace un largo rato ha escuchado su voz anunciando la merienda «¿Qué haces
ahí?, tienes que terminar tus cuentas y practicar ortografía», le recuerda desde
abajo. Por unos minutos el niño abandona su puesto, bebe de un sorbo el vaso de
leche y con una medialuna en la mano regresa a su ventana. El ángulo de
observación ha cambiado y sus ojos se pierden en el laberinto intrincado de la
fronda primaveral. Tal vez arriba o más abajo, quizás a la derecha… No, no está.
Se ha marchado a otra calle, a otra plaza, tal vez ya no lo encuentre. Desde
hace más de una semana le sigue la pista, desde que lo descubrió al regresar del
colegio, saltando de rama en rama. Primero pensó en un enorme pájaro tropical, y
luego en un pequeño mono. Finalmente se dio cuenta de que se parecía mucho al
protagonista de uno de sus libros. Hasta llegó a creer que era el otro quien lo
seguía o que ambos se espiaban mutuamente. Finalmente se instaló en el tercer
árbol de su acera, ahora lo ha perdido y está triste.
Andrés baja la escalera y hace sus tareas
escolares sin mucho interés. Anochece, desde lo alto baja una fresca corriente
de aire y sube a cerrar los postigos de la ventana que ha quedado entreabierta
cuando una intensa luminosidad lo enceguece. Se echa hacia atrás sorprendido en
el mismo instante en que una escala refulgente se proyecta hasta su cuarto. Un
duende azul, barbado y muy gentil, avanza haciendo piruetas por el flotante
puente de luz y se cuela secretamente en su libro de cuentos.
Ésta sección estuvo abierta
hasta
el día 30 de abril de 2008
(pulsa aquí para leer
las participaciones en la siguiente entrega)
Pretérito futuro..., es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León
(http://mural.uv.es/carlole/)
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para que quepa todo.
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