Pretérito futuro:
tiempo para escribir (III)

 



Presentación
 

¿Quién no ha fantaseado, al ver a un niño, cómo será su futuro? Jugando, charlando de sus cosas, con su familia, al observar su comportamiento, podemos imaginarlo adulto, con sus logros o con sus fracasos, en su mismo medio o en otro completamente distinto. 

De cualquier modo, su historia está por escribir, y eso es lo que proponemos a nuestros colaboradores. A partir de una foto antigua, inventar cómo habrá sido el devenir de esa niña que se encuentra en primer plano y contarnos su biografía, sus avatares, su peripecia vital. 

Se pueden introducir o no otros personajes, pueden tener cualquier relación con el niño, la que queráis, su pretérito futuro está en vuestras manos. ¡Adelante!, esperamos vuestra participación.
 

Carmen López León
diciembre 2007
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Relatos


Riesgos
Carmen López León

    

—Bájate de ahí, Alba, que te vas a caer.
—No seas tonto, ¿no ves como sí puedo?
—¡Mamaaaaa¡ mira a Alba. 

* * *

—Pero, Alba, ¿qué haces subida a la canasta del patio de los mayores? Te puedes hacer daño.
—Déjame en paz, eres un cagarri.
—¡Señoritaaaaa, dile algo a Alba! 

* * *

—Dios mío, Alba, ¿pero cómo que vas a hacer puenting desde aquí? Te vas a matar.
—¡Pero, ya vale!, es mi vida, ¿no?
—¡Policía,  paren a Alba! 

* * *

—Alba, ¿Qué ha pasado?
—Se soltó un escalón de la escalera de mano cuando estabas cambiando una bombilla.
—No puedo moverme.
—Hay que tener paciencia, parece que tienes una vértebra aplastada, con rehabilitación… quizás…
—¡Doctooooooor!, ¿escucha a Alba?

 


Mariamor
Jordana Lee

    

          Apenas contaba dos años Mariamor, cuando la vi por primera vez en la balaustrada del rosedal. Casi muero de un susto, sobre todo porque su padre desde lejos la miraba tranquilo y abandoné el arco y a los otros pibes, que me dijeron de todo por el golazo que les hicieron los de Flores, para correr de inmediato a su lado: «Déjala, muchacho, no va a caerse», aseguraba con una sonrisa que encarecía mis temores y yo lo miraba perplejo y con cierta indignación mal disimulada. Recuerdo que aquel domingo tuve más de una pesadilla a raíz del episodio y volví a la semana siguiente con mi madre que no podía creer lo que le había contado y estaba preocupada. «No te metas, Angelito, este señor es el dueño de un circo muy importante, me dijo, posiblemente esté entrenando a su niña».
          Yo, sin embargo, cuando la encontraba, sentía una necesidad íntima de protegerla y corría con frecuencia hasta el balcón del parque donde Mariamor hacía sus primeras prácticas de equilibrio. A los tres años la vi trepar a un árbol y a los cuatro, la encontré de nuevo en la pista de patín sobre hielo, a los cinco, galopaba de pie en el show del anfiteatro y a los catorce, bailaba sobre el cable sin red ovacionada por los aplausos del público.
          Hoy avanza hacia mí sobre la roja alfombra de la iglesia, entre las luces, vestida de novia y siento sobre mi brazo la suave presión de los dedos de mi madre, que trata de tranquilizarme como si adivinara que experimento el vértigo de la primera vez.

 


El puente de piedra
Pepi Núñez Pérez

 

          Era el puente más bonito de mi isla, le llamábamos el Puente de Piedra, allí todos los canarios que nacimos en los años cincuenta tenemos una foto en él. Aquí en esta imagen me asomaba a ver el agua que pasaba camino al mar, mi primo Juan me decía que no metiera la cabeza en medio de los balaustres, al tiempo que me sujetaba un brazo, pero a mí me gustaba hacerlo. Esa mañana era Viernes Santo por eso voy tan guapa con mi sombrerito, íbamos a ver la procesión de las mantillas, y nos quedamos rezagados mirando el agua, mientras su padre y el mío hablaban como siempre de fútbol. Mi primo siempre estaba pendiente de mí, los dos éramos hijos únicos, él era un par de años mayor que yo, y se sentía con el deber de protegerme. Crecimos juntos, yo lo adoraba y él se desvivía por satisfacer mí menor capricho. Los años pasaban lentamente y nosotros disfrutamos cada segundo del día. Cuando cumplí los quince años, mi primo, que ya había cumplido los dieciocho, se presentó en casa muy serio con un hermoso ramo de flores y un pequeño paquete envuelto en una tela preciosa y un enorme lazo, era tan lindo que yo no me atrevía a deshacerlo, pero él casi me obligó. Al quitar la tela que lo envolvía, apareció una caja y dentro de ella, en medio de unos bombones se encontraba otra pequeña cajita con forma de corazón, yo la abrí toda ilusionada y dentro de ella brillando mucho, había una sortija preciosa. Mi primo me dijo que perteneció a su madre y que con ella me pedía que fuese su novia. Yo hubiese esperado escuchar cualquier cosa, menos esa, para mí, mi primo era mi hermano, lo adoraba, pero ya entonces me gustaba otro chico. Me quedé sin palabras, mientras mi primo esperaba con una sonrisa una respuesta afirmativa. Al ver que yo continuaba callada, me tomó las dos manos y me dijo —Dime que la aceptas, por Dios, di que me quieres—. Yo le miré con lágrimas en los ojos y le dije —Claro que te quiero, pero como mi hermano—. Juan cogió el anillo y lo volvió a guardar en el estuche rojo. Me miró a los ojos con una enorme tristeza y me dijo —¿Quieres acompañarme un momento al Puente? —¿Ahora? —contesté yo—. Sí, tiene que ser ahora mismo. Me cambié de ropa y nos encaminamos al Puente de Piedra, por el camino ninguno de los dos cruzamos ni una sola palabra. Al llegar, él se asomó, y miró el agua que con fuerza se dirigía al mar. Después se volvió a mirarme y me dijo —¿No cambiarás de idea respecto a mí? Yo le dije que no con la cabeza. Entonces mi primo sacó del bolsillo la cajita de la sortija y la arrojó con fuerza al agua, al tiempo que decía: —Si tú no la llevas, no la llevará ninguna otra. Con la misma me dio un beso en la frente y se alejó muy deprisa. Yo pensé que en un par de días se le pasaría. Pero esa fue la última vez que le vi. Apenas una semana, vino mi tío desolado a decirnos que la noche anterior su hijo se había enrolado en un barco que marchaba a Venezuela. No volvió nunca. Tengo muchas fotos de cuando éramos niños, pero esta es sin duda la que más quiero.

 


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Lucia Amanda Coria

 

          Ese día mi madre nos vistió a mi hermana y a mí con nuestras mejores ropas. Era el Día del Patrono de la ciudad y ella fue a la Iglesia Catedral, escuchó la solemne misa concelebrada. A la salida, estaba aquel apuesto caballero que visitaba nuestra casa con bastante asiduidad en los últimos tiempos. Vino hacia nosotros y cambió unas breves palabras con ella. No recuerdo los detalles, pero sí recuerdo muy bien que me dio una moneda de 1 peso, para caramelos. Mi madre nos colocó al lado de los duendes (así llamaba yo a los gruesos pilares), me dijo: «Cuida a tu hermana», subió al auto de su amigo y se marchó.
          Fue la última vez que la vimos.
          Las hermanas de mi padre se hicieron cargo de nosotros y nos criaron como pudieron. Pero fueron especialmente duras con Élida, a causa de su notable belleza idéntica a quien le dio la vida. La trataron como si fuese su madre. Por lo tanto adúltera, traidora y deshonesta. No conoció las dulzuras de un cariño por parte de la familia. Se hizo huraña y desconfiada. Su actitud era la de quien siempre esperaba un golpe de todos los que tenía cerca. La escuela primaria apenas pudo aprovechar su natural inteligencia, ya que disponía de muy poco tiempo para sus estudios.
          Sin embargo el amor llegó a su vida, cuando menos lo esperaba, y fue el momento en que todas sus ilusiones florecieron con divinas rosas. Pero Fernando era un hombre prohibido... era el novio de la «niña» de la casa. No le importó.
          Hasta que el hijo se anunció en su vientre. Hasta que él le dijo que no la quería. Que no dejaría a su novia por ella.
          Calladamente, fue hasta el puente donde nuestra madre nos dejara, y sin adioses inútiles, terminó con su vida arrojándose al paso de un tren.
          Me tocó reconocer el cadáver.

 


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Ojos grises
Sofía Campo Diví

 

          ¡Ha pasado tanto tiempo! podría decirse que toda una vida, y sin embargo todavía lo recuerdo como si acabara de pasar hace unos minutos. Te acercaste a mí y me sujetaste por la cintura para que no me cayera. Pero yo, que era terca y obstinada, me empeñé en permanecer subida a la barandilla de aquel puente de nuestro pueblo, aquel tan bonito, de barrotes de piedra, que desde aquel día atravesamos en infinitas ocasiones.
          Finalmente accedí a tu ruego y cogiéndote de la mano bajé el pie al suelo y te di un beso en la mejilla. Te ruborizaste bajando un poco la cabeza, como queriendo esconderte bajo el cemento de aquel puente. A los pocos segundos me miraste a los ojos y me preguntaste: —¿Tienes los ojos grises?—, mostrando la sorpresa de alguien que descubre algo por primera vez, yo te respondí que sí y mirándome de frente me dijiste que pensabas que las chicas no tenían ese color de ojos, como los gatos. Yo me reí y tú me seguiste.
          Aquel día recorrimos el puente de Piedra varias veces, cogidos de la mano, no sé cuánto tiempo pasó, pero diría que fueron horas. ¡Nos sentíamos tan bien juntos! Así comenzó una gran amistad entre nosotros, que perduró durante años, hasta que la guerra nos separó definitivamente y con tu muerte terminó una etapa importante para ambos. Una etapa irrepetiblemente bonita. ¡Lástima de la guerra que te arrebató de mi lado para siempre!
          Hoy he vuelto a visitar aquel sitio y he sentido el impulso de subirme a la barandilla. Por un momento he creído sentir tu mano en mi cintura, como aquella vez. He cerrado los ojos y me he sentido transportada muchos años atrás; cuando los he abierto te he visto ante mí con cara de sorpresa preguntándome: —¿Tienes los ojos grises?—. Y, como aquella vez, hemos caminado por el puente… cogidos de la mano...

 


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Riesgos de la vida
Patricia Elena Manzanares Núñez

 

A ti siempre te gustaron las alturas, parecías no tener miedo a nada, teníamos que estar siempre atentos.

Recuerdo aquella vez que desde la ventana del cuarto saltaste al árbol para coger a nuestro gato. Parece que estoy oyendo a mamá gritar entre llantos y sollozos, pero tú no te inmutabas, te gustaba arriesgarte, a veces innecesariamente.

Creo que tu mayor reto fue casarte con quien lo hiciste, pero eso no lo sabíamos. Todos pensábamos que habías sentado la cabeza, y nos alegramos. Ver cómo poco a poco te ibas calmando, cómo te ibas convirtiendo en una mujer relajada…

Y hoy, al verte, entiendo la cruda realidad. Tú no cambiaste, te obligaron a cambiar, y probablemente tu mayor riesgo fue vivir en silencio. Y hoy, al ver tu cuerpo tirado en la acera no puedo dejar de recordar aquella niña que amaba las alturas y el peligro…

 


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Yo, hombre
Delia Patrone Belderrain

 

          Todo sucedió tan rápido... Ahora sé que a pesar de las tareas escolares, los horarios estrictos para cada cosa y las visitas de las tías, mi vida tenía una felicidad mansa.
          Esa felicidad de los juegos, las bromas, las no preocupaciones y la seguridad. La casa confortable, la comida abundante, el beso a la noche y a la mañana...
          Cuando llegó Felisa, mi hermana, sentí esa felicidad celosa, mezcla de ternura y rabia, por tener que compartirlo todo con la recién llegada. Pero fue creciendo y envolviéndonos a todos en la gracia de sus descubrimientos y las monerías con que nos derretía el corazón.
          Papá siempre serio, aunque hacia sentir su cariño, con esa mano protectora que siempre posaba en mi cabeza o en mi hombro, reía y tomaba a Felisa en sus brazos, la elevaba y ella reía y reía. Y las sonrisas se dibujaban en nuestros corazones. Porque papá era un hombre importante en el pueblo. Casi todas sus horas las pasaba en su despacho, atendiendo asuntos que no entendíamos... pero que intuíamos eran muy serios. Por eso cuando llegaba a casa, ya mamá nos tenía limpios y tranquilos para la cena en familia...
          Un día, no fue al despacho.
          Tampoco al otro, ni al otro. El Dr. Riverós, salía por las mañanas y las tardes del dormitorio, hablando bajito con mamá, ella escuchaba y asentía, cuando nos veía forzaba una sonrisa... y el doctor nos tocaba la cabeza al salir.
          Hasta que hubo una mañana diferente, mucha gente en la casa, las tías que nos vestían con nuestras ropas nuevas y nos peinaban... nos hacían más caricias que de costumbre, nos besaban por cualquier motivo... Nos llevaron al dormitorio y allí estaba mamá, sola, vestida de negro las lágrimas caían en su regazo, nos abrazó muy fuerte. A Felisa la llevó la tía Isabel al jardín, y yo me quedé allí sin comprender... Mamá tomó mi rostro, me miró muy profundo y me dijo: —Fernando, tu papá nos amó mucho... ya no está con nosotros... Dios lo llamó a su lado. Nuestra vida cambia, nuestros afectos crecen... y su presencia siempre estará con nosotros. Pero tú, ahora serás el hombre de esta familia. La infancia despreocupada se fue con papá, me apoyaré en ti para poder seguir.
          Así de golpe, me dijeron hombre... así de golpe, entré en un mundo distinto, así de golpe, fui el papá de Felisa...
          Así de golpe, mis juegos son con una muñeca de verdad... mi responsabilidad y mi alegría... la tomo en mis brazos y la hago reír, la protejo... así como lo hacía papá...

 


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La vida, un equilibrio…
Jesús Sánchez Espinosa

 

Desde siempre pensé al mirar esta fotografía, que era un reflejo de lo que sería tu vida. Siempre en un equilibrio. Segura y firme, confiada y complaciente.

Han pasado años, muchos años de esto. No puedo evitar hoy, invadido por estos pensamientos, sentir una angustia y una ansiedad profunda. Siempre he dicho que las fotografías en blanco y negro me provocan ansiedad, despiertan en mí sentimiento del pasado. Tiempo que fue y no existió, he pensado muchas veces, en mi cabeza un vacío, un no recordar o no querer hacerlo, no lo sé. Algo mágico. Pero… si esta imagen… esta fotografía, además, tiene que ver contigo, la añoranza es aún mayor.

Fui para ti, padre, madre, hermano… las circunstancias marcaban los tiempos, siempre sucede esto en nuestra vida, hechos concretos que marcan un antes, un después, un siempre… tiempos a veces nada fáciles…

De niño recuerdo los días, algunos interminables. Ya de más mozo, también, siempre de ti pendiente. Mamá, recuerdas, nos lo inculcó muy bien. «Haz caso de tu hermano, que es mayor». Recuerdo un día, de verano, yo de vacaciones y tú con papá y mamá en casa, me contaron en una carta que habías enfermado, aún hoy me cuesta recordar exactamente cuál era el mal. Pero recuerdo que en poco tiempo, tu vida se fue apagando, lentamente… Fue este, un tiempo muy difícil para mí, hoy pienso que para todos y para ti especialmente.

Recuerdo tus últimos meses y tus últimos días, como un regalo, hoy así lo veo, que alegraba mi despertar cada mañana, que llenaba con gozo y sentido mi vida…

Yo no entendí, cuando nos dejaste, he sufrido mucho, pero hoy veo que nada ha sido en vano, que tú tenías una misión en mi vida. Mostrarme una dulce cara de la vida que a veces nos acompaña… el sufrimiento.

Yo te recuerdo, siempre alegre, jovial, feliz y agradecida con tu existencia.

Siempre tu vida fue la imagen que muestra esta fotografía, un equilibrio. Un equilibro en todo. Hoy te digo, veo esa enseñanza, mi vida, como la tuya, como la de otros, en un permanente equilibro. El secreto está en saberlo, aceptarlo y sentirte acompañado. Gracias hermana.

 


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Maite Sánchez Romero

 

         No mires atrás. Lánzate. Siempre oía risas a su alrededor cuando decía esto. Tan pequeña y tan osada. A veces, cuando su madre callaba, se acercaba con timidez a ella y le tocaba la manga. Lánzate, le decía.
         
Todo eran carreras para ella, todo movimiento; parecía un torbellino de sueños preparando su disparo; ambición y metas, en tiempo de calma o en tiempo de tormenta.
         
Y aquella mañana la tormenta era dura. No podía controlar bien el avión. No obstante, sentía la emoción del riesgo como un suave cosquilleo en las orejas, y escuchaba... lánzate... adelante.
         
Pensó en su novio, directivo de la más importante empresa hotelera de su ciudad, en sus amigos, aquel día en el bar, que guardaban una mirada de asombro en su bolsillo para ella y otra de compasión: aspiras demasiado alto, ten cuidado, o mayor será tu caída. Su padre, bajo tierra, le dijo alguna vez que no tuviera tanta prisa, pues todos sus vuelos acabarían en el suelo, entre maleza. Y en el horizonte las nubes le decían que ella les pertenecía; que sus materias eran similares: puro aire.
         
El vuelo se hacía cada vez más peligroso; se sintió tragada por el temporal. Durante unos minutos sólo vio oscuridad. Estaba cegaba. Oyó un extraño murmullo de olas que se superponía al del motor. Estaba perdida. El combustible se agotaba. Fue fascinante, le decía a su novio. Una vuelta al mundo en avioneta es sentirse ángel, es contemplar el mundo con todos sus matices, es vivir tus propios límites, es conocer el miedo, la lucha, la vida, tu sangre viva, es...

 


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Migraciones
Mónica Bezom

        

Menos mal que te encontré. No te imaginas el pánico que me invadió ante la sola idea de haberte perdido. Pero no, qué va. Estás aquí, a resguardo de toda mortalidad, tal como aquella tarde.  

Recuerdo que me mostrabas los pasos —pasos de baile— que coqueta, ensayabas de columna en columna, «para ejercitar los pies en el zigzag», decías. Entonces pensé que si tú ibas a ser una gran bailarina, yo tendría que oficiar de acompañante, narrador de cuentos y cuidador; debería encargarme de que no danzaras si se te lastimaban los pies o si te sentías triste y sin ganas de ballet. Aunque te confieso ahora que esa idea me abrumaba hasta robarme el entusiasmo. Imagínate qué responsabilidad tan grande, velar por los pies de una bailarina y por la bailarina.  

Me encontraba tan ensimismado en estas reflexiones mientras seguía el grácil movimiento de tus bellos, pequeños pies, que no me di cuenta de nada. No advertí los gritos, ni la tormenta repentina ni el viento ese tan fuerte que te empujó abajo, donde quedaste convertida en alas de cisne abiertas al cielo, como un triste abanico muerto junto a un granado que suspicaz, polarizaba sus frutos de ti. A tu lado sollozaba un ser alado también; tenía las manos llenas de luz que derramaba en caricias sobre tu carita de muñeca, hasta que se dibujó en tus labios la sonrisa de las Doce Princesas Bailarinas, igual que en el cuento que te había leído la noche anterior. 

La gente corría, gritaba y el viento no permitía elaborar siquiera una idea que permaneciera estable. ¡El viento se robaba las palabras, ahogaba las razones y fustigaba los rostros sin pausa y sin piedad! Luego supe que fue un viento malévolo. Pero no consiguió gran cosa. En contra del soplo infernal, te fuiste alejando hacia el horizonte arrebolado de carmines que —aún en minoría—, pugnaban por ganar un espacio al negro telón del tornado en retirada. Sentí impotencia. La bendición del llanto no me fue otorgada. 

Más adelante, en la soledad de los años infantiles, cada día de viento me acordaba de aquel infausto que te lanzó fuera de mi vida y, enfurecido, abofeteaba el aire receloso. Así, me fui convenciendo que se había desatado con el propósito de robarte el alma para llevarte al averno, como Hades hizo con Perséfone. Reforzó mi idea el hecho de que luego de tu partida sobrevino el otoño y ya no había flores. Entonces razoné que, al igual que la leyenda, estarías de regreso para el solsticio de verano, a más tardar. Pasé así muchas horas sentado en aquella terraza, cada 21 de diciembre, atento a cualquier señal y acompañado de tus zapatillas de seda por si acaso.  

La última vez cayó en ellas una granada y supe que te vería.  

¡Mírame! He venido a juntarme contigo muchos años después, un 21 de diciembre en que luego de esperarte allá, fui al encuentro del mar para ahogar tu recuerdo. Divagábamos mi alma y yo en el azul profundo cuando reparamos en una zapatilla —igual a las que calzabas aquel día—, a la deriva en una navegación solitaria. Nada más verla, nadé tras ella enloquecido hasta perder el sentido en retazos de seda blanca. Y entre flores de seda y granadas de sangre, te hallé entregada a la más delicada danza que haya visto (y presencié muchas luego de tu partida, sólo por recrearte en mi pena).  

Ahora estás bailando en medio de un lago de cisnes mientras un curioso cascanueces se encarga de los exquisitos arreglos musicales. No sé dónde están los demás, pero ¡qué importa, hermana, si tenemos quince años y volvimos a encontrarnos!

 


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Giro
Rosana Poe

 

 —García... Nunca he sabido tu nombre.
—Pedro.
—Pedro García... Así que tú fuiste el que me trajo...
—Sí.
—¿Cuántos años tenía?
—Tres o cuatro.
—¿De dónde me robaste?
—De un puente.
—¿Te pagaron bien?
—Bue'... más o menos... lo mismo de siempre.
—Lo de siempre... ¿Con quién estaba?
—Con tus padres.
—¿Cómo lo hiciste?
—Estaban distraídos.
—Tres o cuatro años... O sea que ahora, ¿qué tengo? ¿Cómo veinte?
—Veinte o veintiuno. Fue hace diecisiete. ¿Te acuerdas?
—No. En mi recuerdo más antiguo ya soy puta. ¿Me vas a ayudar?
—Sí.
—¿Tienes el coche allá afuera?
—Sí.
—¿Con quién hablaste?
—Con tus padres.
—Diecisiete años buscándome... ¿Te van a dar la recompensa?
—Sí.
—¿Es mucha?
—Bue'... más o menos... lo de siempre.
—¿Dónde nos esperan?
—En el mismo puente.
—¿Mis padres?
—Y tu hermano.
—Tengo un hermano... ¿Mayor?
—Sí.
—Me das asco, García... ¡Vámonos!
 

 

 


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Pretérito futuro..., es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León

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Revista Almiar (Madrid; España) / inicio serie: nº 36 / octubre-noviembre 2007
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