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EN LA 1ª
ENTREVISTA:
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Laura Cuello
- Luis Ramiro
- Vega
Pérez-Chirinos
- Pablo Ager
- David
Testal
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Laura Cuello
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por Guillermo Ortiz López
Laura dice: «nueve». Laura dice:
«cuatro». Ni siquiera he tenido tiempo de ver los números de la
matrícula del siguiente coche cuando Laura ya los ha sumado y dice:
«tres» y sonríe porque ha ganado. Yo tengo mis propios números:
quedan cuatro horas. Llueve. Acabamos de bajar del autobús, ella
está cargada de bolsas y yo sujeto el paraguas. Ha venido desde
Valencia para pasar el fin de semana y ya son las cinco de la tarde
del domingo. Su autobús sale a las nueve.
Para entender bien a Laura hay que
tener en cuenta la frase que encabeza
su
página web: «Imagen viene de imaginar», por muchas dudas que
tenga de si es el sustantivo el que viene del verbo o al revés. En
cualquier caso lo que queda es el concepto: la imaginación. «Desde
que era pequeña, he vivido en un mundo propio, mi mundo. Me parecía
más rico que el mundo de fuera precisamente porque era mío, porque
podía ajustar la realidad como yo quisiera. Por ejemplo, cuando
hacía un dibujo no pensaba en algo concreto, en plan, voy a dibujar
una casa, sino que dibujaba cualquier cosa y cuando ya había
terminado, lo miraba y decidía lo que era».
El mundo de Laura, el complejo mundo
de Laura Cuello y su imaginación y su difícil relación con la
realidad. Una realidad que, para ella, no tiene trazos ni líneas
sino que queda a la interpretación del que mira. Como un cuadro de
Modigliani en la Fundación Cajamadrid. Como una fotografía. Como un
sueño.
Cuando salió de la infancia —«nunca he
salido de la infancia», matiza ella, otra vez sonriente— decidió que
quería ser profesora de español en Londres. Comunicarse en su propia
lengua. Luego cambió de idea y decidió estudiar Comunicación
Audiovisual, «pero fue una decepción, porque había que trabajar en
grupo y yo busco un proceso de creación totalmente propio», así que
decidió que lo audiovisual sería su trabajo y la fotografía sería la
expresión de su mundo, una expresión a veces contenida y a veces
ilimitada. Arriba y abajo, pero nunca en el medio.
Participó en varios cortometrajes y
acabó fundando junto a otros doce amigos la productora
Terratrèmol. Eligieron un lema que no parece casualidad: «Desde
su creación, en 2004, Terratrèmol Produccions tiene como
objetivo no dejar de imaginar. Queremos contar historias y
trabajamos para poder contarlas. Siempre en movimiento», dice su
dossier de prensa. Imaginar. Imágenes. Imaginación. Movimiento.
Laura se
mueve con dificultad mientras atravesamos la plaza de Santa Ana en
busca de un café decadente. Me gustan los cafés decadentes, esa es
la verdad. De vez en cuando, Laura comenta: «seis», «cinco», «tres»
y vuelve a sonreír.
S.
Hamaliuk
Pero imaginar no lo es todo, también
está soñar. Laura Cuello vive en un mundo de imágenes y sueños, una
especie de Alicia valenciana que parece estar todo el rato a punto
de ahogarse pero consigue salir a flote. En Madrid o en Vancouver,
por ejemplo, donde conoció a Esteban Azuela.
«Enseguida conectamos, es una persona
muy especial. Vimos juntos La ciencia de los sueños,
de Michel Gondry y me habló de un concurso que habían hecho en
México. Se llamaba Anima tu sueño y consistía en hacer un
cortometraje de un minuto en stop motion¸ es decir,
fotografías que van pasando a toda velocidad, como los dibujos
animados del principio del cine…
Teníamos un tiempo muy limitado y
había dos premios: el corto ganador se proyectaría en salas junto a
la película de Gondry, el segundo aparecería como extra en el DVD.
Yo estaba ahí en Vancouver, muy desmotivada profesionalmente, y de
repente fue una subida de adrenalina. Empezamos a pensar juntos:
«¿qué es un sueño? y buscamos ideas por todas partes, hasta
que de repente fuimos al baño y vimos el grifo de una bañera… y
surgió la idea».
Laura y sus bañeras. Se enteró del
divorcio de sus padres en una bañera, ganó el Premio Nacional de
Fotografía Valencia Crea 2005 gracias a
Soy sumergible, imágenes de una niña vestida de blanco
ahogándose en una bañera, y situó
S. Hamaliuk en una bañera en la que Lauro intenta
cambiar el tiempo de atrás adelante y otra vez atrás sólo girando el
termostato del agua caliente hasta que es literalmente devorado por
un aluvión de hojas otoñales. El corto ganó el segundo premio,
apareció en la versión DVD que se distribuyó en México y ha sido
proyectado en Asia, Europa, Norteamérica, Sudamérica, el Centro
Pompidou de París… En España ganó el Festival Dunas de Fuerteventura
y el Certamen Videominuto de Zaragoza, ambos en 2007.
Premio merecido para un corto casi
imposible: «Era otoño en Vancouver. Salíamos por las tardes a
recoger hojas y clasificarlas: rojas, amarillas, verdes, colores
intermedios… Trabajábamos día y noche, sin parar. Teníamos que
buscar atrezzo (marcos, madera…) y coordinar a un equipo.
Tiramos unas 1500 fotos para hacer sólo un minuto de vídeo. La gente
se cree que es todo post-producción, pero de eso nada, son todo
fotografías».

La fotografía como amante
El camarero baja una pantalla gigante.
Tenemos un par de cafés sobre la mesa y el paraguas y sus mochilas
bien guardadas. Van a poner el partido del Barcelona y el Levante.
Ella, de pequeña, iba al campo del Levante. Le hace gracia. «Son muy
malos, les van a caer un saco de goles», dice, y vuelve a sonreír y
yo me quedo mirándola fijamente, con ojos de cansancio y de un
principio de nostalgia, y le pregunto: «¿Cómo llevas toda esa
exhibición, cómo casa eso con tu pequeño mundo?».
No está segura. Duda. «Me da algo de
vértigo, pero prefiero no pensar en ello. Yo lo he hecho y luego
camina solo. A mí no me llena la promoción ni andar llevándolo de un
lado para otro, ya lo sabes. Mira mi portfolio, está en
Internet casi todo, sí, pero ¿adónde lo he llevado?». A pocos
sitios, es verdad. «¿No te gustaría dedicarte a esto,
profesionalmente?», insisto, pero ella no lo tiene nada claro: «Es
un dilema, si vives de ello, dejas de ser honesto con lo que haces,
lo instrumentalizas. O al menos corres el riesgo. Para mí la
fotografía es como un amante, ¿sabes? Lo quieres, te entregas, es
pura pasión, pero no lo muestras a todo el mundo para que lo vea. Es
tuyo y te lo guardas».
¿Miedo? «No, timidez más bien».
Laura se excita mucho cuando habla de
esto: «Es que es una cuestión de sentimientos. Yo cuando hago esto
muestro una parte de mí, no toda, por supuesto, pero sí una parte, y
no espero que la gente diga “lo entiendo o no lo entiendo”.
No se trata de entender. Odio que la gente diga “Yo es que no
entiendo de fotografía”, tú lo dijiste el otro día, pero yo
lo odio igual. El asunto es que comunique algo, que te haga sentir
algo. Si hay un mensaje, el mensaje es “siente”¸ pero no razones, no
busques explicaciones como las chapitas esas que ponen en los museos
para que los turistas se “enteren” de lo que están viendo. La
fotografía no es eso».
Se calla y piensa algo, luego me mira,
luego sonríe, luego yo sonrío, luego decidimos que es mejor ir yendo
a la estación. Queda una hora y media y quiere cenar algo antes de
salir.

Retratistas y muñecas
«Yo me di cuenta un día de que
dominaba mejor el espacio que el tiempo. La imagen fija. No sé qué
hacer con el tiempo, el tiempo se me escapa», me explica mientras
hacemos correspondencia en Pacífico. El tiempo se nos escapa a los
dos. Apenas una hora para el despegue. «¿Y qué prefieres,
fotografiar cosas o personas?», le pregunto.
Piensa un momento, deja pasar a una
señora en la escalera mecánica. «Personas», contesta. «Me encantan
los retratistas». ¿Por ejemplo? «Francesca Woodman, Sophie Callé,
Nan Goldin, aunque me dé algo de miedo. Las tres son mujeres, ¿te
has fijado? No sé, puede ser casualidad o puede que no, puede que su
sensibilidad se parezca más a la mía por eso…».
Cenamos. Laura no se ha traído ninguna
de sus muñecas para que conozca Madrid. Se fabrica sus propias
muñecas, las encarga por Internet por partes: cabeza, cuerpo,
vestidos… Juega con ellas y las fotografía. Es una niña. Nos
pongamos como nos pongamos es una niña, y cuando caminamos por las
dársenas al autobús sigue con su juego, aunque ya no haya premio,
porque a los niños los premios les dan igual, lo que les gusta es
jugar, sin más, pase lo que pase, y según va caminando, me mira y
dice «seis», «nueve», «uno»… y sonríe, con sus dientes diminutos,
medio partidos.
«¿Sabes cuál es el truco?», me dice
justo antes de despedirse definitivamente, mientras su coche aparca
y el conductor abre la puerta. «Tienes que quitar los nueves. Cada
vez que veas un nueve o dos números que suman nueve, quítalos, suma
el resto y ya está, el resultado es igual», y yo no sé cómo
reaccionar, porque yo creo que el truco es otro, algo que tiene que
ver precisamente con sus dientes partidos y su sonrisa y su
imaginación y su concepto propio de una realidad sin trazos ni
líneas y me quedo parado, mirando cómo entra en el autobús, sube las
escaleras, se sienta y saluda por última vez con la mano.

© Guillermo Ortiz López (http://www.guilleortiz.com/)
FOTOGRAFÍAS: Laura Cuello ©2008 (http://www.lauracuello.com/)
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