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Auxilio en carretera
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Carlos Manzano
Este coche tira que es la hostia.
Nada, no se nota ni un solo temblor, parece que te vas deslizando, que flotas en
el aire, y eso que las carreteras de este puto país dan asco de lo plagadas de
baches que están… Le pisas un poco y se pone a ciento sesenta en un plis plas,
como si nada. ¡Uff, y cómo se agarra en las curvas el hijoputa…! Conducir este
coche y sentirte dios es todo uno. ¡Y que todavía haya algún cretino que pida
limitar de fábrica la velocidad máxima de los automóviles…!
Me gusta regresar por esta carretera:
apenas hay tráfico, no te cruzas con casi nadie y probablemente ni la Guardia
Civil sabe que existe. Alguna vez que otra te sale algún garrulo con su tractor
o surge de no se sabe dónde un rebaño piojoso ―que, por cierto, no sé adónde
cojones vienen a pastar, si aquí todo es puro secarral―, pero lo que son coches,
hay veces que no llegan ni a la media docena, aunque lo mejor es que no
atraviesa más que un par de pueblos inhóspitos cuyas cuatro casas apenas se
sostienen ya en pie. Con un poco de suerte, en todo el trayecto no ves ni un
alma. No entiendo cómo todavía hay quien alaba la vida en el campo, rodeado de
viejos, zarzales y cagarrutas de oveja. ¡La tranquilidad de vivir en plena
naturaleza!, dice el cretino de Pedrosa. Eso es porque no ha pasado por aquí ni
piensa venir en su puta vida, porque si no, no aguantaba ni dos días, con lo
comodón y lo sibarita que es el cabrón. Eso es una de las cosas que más me jode,
esa manera que tiene la gente de idealizar la vida y de simplificar la realidad
escogiendo una sola de sus partes y olvidando el resto, como si con eso sólo
pudieran evitar su existencia.
Tranquilo sí que es esto, de eso no
hay duda. Pero uno se viene aquí una semana y a las dos horas ya está harto de
no hacer nada, de dejar pasar el tiempo como si todo diera igual, de regodearse
en la monotonía, en el canto de los pajaritos y en el zumbido insoportable de
los insectos. Y al día siguiente se despierta alarmado ante la perspectiva de
que, por mucho ingenio que le eche al asunto, realmente no hay nada que hacer,
no es posible llevar a cabo ninguna actividad con la que entretenerse. Esto es
lo real, la vida pura y dura. Lo demás es engañarse como pánfilos, no querer
asumir nuestra verdadera naturaleza de «urbanitas».
Esta recta es formidable: se puede
llegar a coger perfectamente los ciento ochenta, incluso los doscientos por
hora. Es como volar. La carretera se estrecha como si caminases a toda pastilla
por un hilo de alambre. Alucinante. Y luego está cómo suena el motor. Esto sí
que es música, y no esa mierda que se empeña en ponerme Olga para dárselas de
intelectual. Y lo peor es que encima me deja el salpicadero lleno de cedés, como
si yo los fuera a poner alguna vez. Eso es algo que quitaría de los coches: el
puto cedé, como si no bastara con la música celestial de los ciento setenta
caballos…
Joder, no sé por qué me pongo a
pensar ahora en Olga, con lo a gusto que estaba yo aquí solo con mi Audi, dueños
él y yo del mundo… También son ganas de amargarse. Si es que no aprendo. De
todos modos, ayer lo pensaba seriamente, y creo que va a ser lo mejor: voy a
dejar de verla. Me tiene ya un poquito harto, no sé qué idea se ha hecho de lo
nuestro, pero ya es hora de pararle los pies. Una cosa es follar, quedar juntos,
irnos de viaje por ahí, en fin, pasárnoslo bien, y otra que se crea con derecho
a inmiscuirse en mi vida. Es lo que me faltaba. Aún no me lo he podido quitar de
la cabeza; todavía me parece estar escuchándola. ¡Pero cómo se le ocurre
sugerirme siquiera que nos vayamos de vacaciones a casa de sus padres! ¡Pero
cómo se puede ser tan imbécil! No te jode, ni que fuéramos novios. Es que esa
tía es tonta. Y mira que lo hemos hablado veces, que no acepto ninguna clase de
compromisos, que si algo va bien como va, para qué cambiar, etcétera. Tenía que
haberla mandado a la mierda en ese mismo momento, se lo merecía por mema. ¿Qué
cojones pinto yo en casa de sus padres, a ver? ¡Por Dios, si sólo de
imaginármelo se me revuelven las tripas! Sólo los he visto una vez, un día que
nos los encontramos de sopetón en plena calle, al doblar una esquina. No
recuerdo haber visto en mi vida dos tipos tan ramplones y tan vulgares como
ellos. Y encima quiere que nos vayamos una semana entera a su casa de Salou, el
paraíso de los paletos, a hacerles compañía. ¿Pero por quién me ha tomado? Esta
tía se esta confundiendo conmigo, se está confundiendo y mucho, y ya es hora de
que la ponga en su sitio. Conmigo no se juega. Si no es capaz de comprender
quién soy yo y lo que quiero, lo mejor es que la mande de una vez por todas a
tomar por el culo. Sin más preámbulos. A ver si espabila de una vez, que ya
tiene añitos.
Esta parte de la carretera es la que
más me gusta: curvas sinuosas, firme en buen estado, pronunciados cambios de
rasante... Es como danzar bajo la melodía vibrante de la orquesta mejor
acompasada del planeta: los cuatro cilindros de mi Audi A6. Pura energía. Esto
no lo cambio por nada del mundo.
Ya se lo dije a Pedrosa; como los
Audi hay pocos: estables, fiables, potentes… Pero luego va el cretino y se
compra un Mercedes, como los de pueblo, para presumir de lo cateto que es. Casi
mejor, así nadie se confundirá con él. Porque lo que salta a la vista nada más
verlo es que es un cretino de tomo y lomo. Yo todavía no sé de qué va, pero
desde luego a gilipollas no le gana nadie. Y a incompetente menos aún. Con la
cartera de clientes que tenía, y hay que ver cómo ha caído en los últimos meses…
Y no me sirve que ponga de excusa la separación de su mujer, como si con eso
quisiera justificar sus meteduras de pata. Si se le van los clientes será porque
no sabe llevarlos. Tendrá mucha labia y todo lo que quieras, pero eso hoy en día
ya no funciona. Y con la cara de pánfilo que luce, lo único que transmite es
tristeza. Que ponga de excusa su «penosa» situación personal sólo esconde su
torpeza y su insolvencia como comercial, y sobre todo su incapacidad para asumir
responsabilidades. Un inútil.
No sé quién dijo que la pobreza es el
justo castigo a la incompetencia ―y si no lo dijo nadie me lo atribuyo yo y ya
está―, pero no le faltaba el más mínimo de razón. Los americanos, que por algo
son la primera potencia, lo tienen claro. Por eso, si Pedrosa se va a la calle,
bien merecido se lo tendrá. No sé por qué Velasco le tiene en tanta estima. Me
da igual que en otro tiempo llevara la cartera más amplia y más rentable; ahora
va de mal en peor, y eso es lo que a fin de cuentas debería importar. Ya le dije
a Velasco que no me sería muy difícil gestionar su red de clientes, que por eso
no tenía por qué preocuparse. Si fuera algo más inteligente, actuaría sin
contemplaciones. Se empieza protegiendo inútiles porque nos dan pena,
pobrecillos, con la que les ha caído encima, y al final se acaba llevando la
empresa a la ruina. Es la ley del mercado, cualquier estudiante de primero de
economía lo sabe. Si de mí dependiera, no me temblaría el pulso. A ver si así
además aprendía a no llorar como una maricona porque lo ha dejado su mujer.
¡Hostias! ¿Qué es eso de ahí en la
cuneta? ¡Joder, si es un coche! ¡Menuda hostia se ha debido de meter! ¡Uff, vaya
golpe! Por lo menos ha dado cinco o seis vueltas de campana. Y encima en esta
carretera, donde no pasa ni un alma ni por equivocación. Seguro que se ha salido
en una curva. Es que hay gente que no sabe conducir, vete a saber a qué
velocidad iría… Ha debido de ser hace unos pocos minutos, las huellas y los
estragos son muy recientes. No sé si habrá alguien con vida adentro. Y aun así
lo tienen crudo, aquí en medio de la nada, si no se han muerto del golpe les va
a tocar morirse de asco, que casi es peor. Seguro que ni siquiera hay cobertura
para avisar. ¡Vaya, pues sí, mira por dónde! Parece mentira, hasta en lo más
perdido del mundo a alguien le ha dado por colocar un repetidor de telefonía.
Luego vendrán los ecologistas de los huevos a darnos la tabarra con las
radiaciones electromagnéticas y todo eso. Pero de los avances de la técnica no
dicen nada, se callan como putas. El caso es tocar los cojones porque sí, por
afición, para amargarnos la vida a los demás.
Bueno, parece que sólo hay una
persona dentro. No sé si está viva, aunque lo cierto es que no se mueve. Es un
gordo. Un gordo calvo. Y vaya mierda de coche que lleva, un Renault 12 que igual
tiene veinte años por lo menos… No me extraña que se haya salido de la
carretera. Demasiado tiempo ha estado circulando por ahí, poniendo en peligro la
vida de los demás. Esto es lo menos que le podía pasar. Por suerte, a éste ya no
hay dios que lo haga funcionar de nuevo. Un cacharro menos. No hay mal que por
bien no venga.
Hay un muñeco de peluche tirado por
ahí. A lo mejor es de alguno de sus hijos. La verdad es que no lo conozco de
nada, pero no me extrañaría lo más mínimo. Tiene toda la pinta de tener dos o
tres hijos por lo menos. Y no parece muy mayor, yo no le echaría más de
cuarenta. Aunque claro, después del golpe, sacar ese tipo de conclusiones es un
poco arriesgado: tiene la cara destrozada y está lleno de sangre por todo el
cuerpo. Y eso que llevaba puesto el cinturón. Pues mira para lo que le ha
servido. Aquí querría ver yo a los gilipollas de tráfico, a ver qué
justificación se les ocurría ahora.
El motor todavía no se ha enfriado
del todo. Lo que parece mentira es que no haya echado a arder de inmediato. Hay
gente con suerte. Bueno, con suerte relativa, claro está. Porque una vez muerto
¿qué más te da calcinarte como una salchicha?
¡Joder, que no está muerto! ¡Ha
abierto los ojos! ¡Acabo de verle mover los párpados! Creo que me ha visto, ha
abierto un segundo los ojos y me ha visto. ¡Joder, si parecía que estaba más
muerto que mi abuelo! Ahora ha movido un poco una mano, la derecha. Parece que
quiere hacerme alguna indicación. No puede ni hablar, le debe doler todo el
cuerpo, no creo que le queden muchos huesos sanos. Está hecho polvo, pero no
está muerto. Ahora que me fijo bien se nota que aún puede respirar. ¡Joder, y yo
aquí mirándolo como quien contempla una obra de arte! ¿Pero se puede saber qué
coño estoy haciendo? ¡No me jodas, hombre! Yo me largo de aquí cuanto antes, a
ver si me la van a liar. ¡Joder, qué susto me he llevado!
Menos mal que mi Audi se pone a cien
en un abrir y cerrar de ojos. Espero no cruzarme con nadie en lo que me queda de
camino, sería lo que me faltaba. ¡Como si no tuviera ya suficientes problemas en
mi vida! ¡Joder, qué mierda! Que mañana a primera hora tengo reunión y no puedo
faltar. De todas formas, si me paran siempre puedo decir que cuando pasé por
aquí no vi ningún coche en la cuneta. O aún mejor: que lo había adelantado unos
kilómetros antes y que por tanto debió de salirse después de que lo rebasara. Lo
importante es actuar como si no hubiera visto nada. Con tranquilidad. Con
tranquilidad y mucha calma. Hay que ver por qué tonterías puede uno complicarse
la vida. En realidad, si lo miras fríamente, no ha pasado nada. Un accidente
más. Un número. Una cifra. Meto quinta y en unos minutos me planto en casa. ¡La
hostia cómo tira el coche! ¡Cómo se notan los ciento setenta caballos! ¡Qué
maravilla de técnica…!
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CARLOS MANZANO, Nació en Zaragoza en 1965. Es Licenciado en

Ciencias
Políticas y Sociología.
Ha publicado las novelas Fósforos en manos de unos niños (Septem
Ediciones, 2005); Vivir para nada (Mira Editores, 2007) y Sombras de
lo cotidiano (Mira Editores, 2008).
Ha participado en el libro colectivo Relatos para el número 100 (Mira
Editores, 2008) con el relato Auxilio en carretera, que publicamos en
ésta página.
Finalista del I Premio Letras de Novela Corta con la obra Las fuentes del Nilo
(2003).
I Concurso Literario Villa de Benasque para autores aragoneses con la obra El
desierto (2004).
Finalista del X Concurso de relatos cortos Juan Martín Sauras con la obra No
declararé en tu contra (2005).
Coordinador de la revista electrónica de literatura Narrativas (www.revistanarrativas.com).
Ha publicado diversas colaboraciones en el suplemento cultural Laberinto del
diario Milenio-El Portal de Veracruz (México)
Ha realizado diversas exposiciones de
fotografía desde el año 1992.
Web
del autor
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desierto y
Sobre fealdad y belleza (en sentido extramoral)
Fotografía del autor: M. A. Sarto ©

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