ÍNDICE

Javier Guerrero Rodríguez Desaparecidos

Pilar Romano Avisos parroquiales

Aniceto Valverde La chica del calendario

Rodolfo Carmona Cuentan las palomas y recuerda el mar

Peter Robertson Hacia Inferno

Beto Brom El nuevo inquilino

Rafael Borrás Aviño La caja de latón

Darío Vilas Couselo A tres pasos de mi nuevo hogar

Romina Cazón Me dijeron (y otros relatos)

Luis Amézaga La inocencia

Antonio de la Fuente Arjona La muerte a mi lado

Eduardo Martos Gómez Esperando

Wilfredo Carrizales Escrituras peregrinas

Carlos Montuenga La Perla de Córdoba

Renzo Carnevale
La banda

Nadia Contreras La infinita aproximación

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La banda

Renzo Carnevale

         

          Abrí los ojos, a mi alrededor todo era oscuro, sólo intuía la tarima parcialmente y mi cuerpo tirado. Cinco minutos más tarde los hombres subieron.
          Ubicuo en la negrura, intangible y escurridizo como un pescado vivo, traté de huir.
          —¿Cómo estás, muchacho?
          Pocos momentos después de mi primera convulsión ya los sentí apoderarse de mi nombre e inventar frases apócrifas que involucraban mi fama y mi talento. Quise ser dramático y grité fuerte pero en el espacio atiborrado de humo mi voz expiró sin eco alguno. Me agité desesperado. Pensé en un ruido y lo escuché luego.  Yo (sordo desde siempre) había oído.
          —¿Qué es lo que pasa che?
          El agente universal de las ciencias disqueras, como una sombra enorme, se tiró junto a mí y lo percibí sentido y desecho a la vez. Intenté escaparme y viboreamos juntos por un buen trecho en la tarima. El horror me fue delineando. Tropecé con uno de los micrófonos y el ruido de su caída fue como la explosión de un coche bomba. Después, montado en un pavón de goma-espuma, disparé dos veces mi Bruni 8 milímetros y las balas rompieron los vidrios de un astro muy gordo que alumbraba lentísimamente la miel cósmica y que se embermejeció y apagó para siempre. Supe en ese instante que aún había gente en el teatro y que todos corrían confundidos a ocultarse donde podían. Dos hombres que llevaban una pancarta con mi efigie cayeron al suelo; un tercero se enredó con mi cara dibujada en la tela y también cayó. Lo último que pude ver en ese lugar fue una pila de extremidades que se agitaban entre el lienzo y mi rostro pintado.  
          —!Quitale la pistola, patrullo, que nos va a mamar a todos! —gritó uno de los organizadores.
          El codo de un hombre enorme logró incrustarse en mi espalda y me aprisionó el pecho sobre las tablas de la tarima. Luego fue cuando se formó una nube que después se convirtió en multitud y luego en unas serpientes coloradas que se fueron arrastrando instintivamente  hacia las catorce direcciones que les permitió el espacio que con letras rojas decían «Exit». Durante mucho tiempo, aún con miedo —las cosas se iban haciendo según las pensaba— me quedé tirado en las tablas  boca abajo. 
          —¿Estás ahí Tarcisio?
          Cinco zapatos de distintos hombres me pisaban la espalda y no me dejaban mover. Con terror infinito solté el arma. Me agité con todas mis fuerzas y sentí crujir mis costillas en el pecho, el mundo era ahora real. Los que estaban más cerca tomaron valor para invadir la tarima. Sentí por vez primera miedo a ser visto. Algunos llevaban cámaras y sus lámparas estallaban feroces. Dos minutos más tarde, la tarima estaba llena y en sus bordes dos o tres cuerpos caían haciendo cabriolas antes de zambullirse en la multitud que seguía sin rumbo como arroyos en una ciudad sin desagües.
          —¿Qué le pasa? —dijo otra voz— ¿se volvió a pasar de fuma?    
          Mojado y medio desnudo me quedé viendo la pantalla y el video que habíamos hecho para el concierto: en él se narraban las batallas y sus derrotas, queríamos que esas imágenes fuesen una versión parcial de la magnífica obra que se iba creando con la música. Los guerreros estaban reunidos en torno a una hoguera gigante en un tiempo por venir, eran únicos con sus espadas brillantes y sus armaduras grandes y justicieras, hombres con vocación para matar cuyos asesinatos estaban por cometerse.
          —¿Qué hacemos? —gritó otra voz— este choto  nos volvió a cagar la salsa.
          El productor ejecutivo se arrastró entre las olas  tercas de fanáticos que seguían en la tarima, el oblongo juego del azul de su traje se fue resbalando hasta donde yo estaba tirado. El silencio, pese a la multitud, era cada vez más rotundo. Despeinado, el productor ejecutivo se inclinó y buscó ver mi cara. Sacó un pañuelo manchado con pintura de labios de su bolsillo del pantalón y se lo pasó por la cabeza.
          —¿Qué es lo que pasa che? —gritó.
          Alguien cercano  se aventuró a responderle:
          —¡Lo que pasa es que la banda está volada, boludo! —y se oyó por todos lados como una sentencia.
          El productor ejecutivo se dio vuelta hacia el público. Los que estaban en la tarima le abrieron un canal que lo llevó hasta el mero borde. Tenía el gesto de angustia y la vista clavada en el reflector cenital que se había salvado de los tiros. Luego se apoyó sobre el palo que soportaba el micrófono y, resbalándose hasta el suelo como en una honda pesadilla, se rió sin darse cuenta  y se aferró contra el tubo y no quiso apartarse de allí en horas.


 

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Renzo Franco Carnevale, es venezolano, graduado en Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello, de Caracas. Ha publicado en periódicos locales como Correo Canadiense, en español y Corriere Canadese, en italiano. Ha hecho carrera profesional en el campo del Fotoperiodismo, publicando fotografías para periódicos locales como el Toronto Sun, MulticomMedia, The Mirrow, y corresponsalías para periódicos y revistas extranjeras. Este relato recibió una Mención Honrosa Especial en el Concurso de Cuentos Nuestra palabra (2006); Toronto, Ontario, Canadá 
 

De este autor también puedes leer también el relato: La casa acribillada de enfrente.

 




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