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Desaparecidos
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Javier Guerrero Rodríguez
Nadie sabía muy bien porqué
desapareció. Él nunca había amenazado con unas supuestas intenciones de
liberación, o de abandono de la vida que tenía más arraigada, la que compartía
con Ana y la del trabajo en la multinacional. Ni siquiera lo había mencionado de
manera liviana. Alguien alzó una voz en dirección a las amenazas de muerte, pero
era una voz brusca y chismosa ávida de protagonismo, que buscó los micrófonos de
un programa de radio de corte sensacionalista y dudosa credibilidad. Habían
colocado una foto suya por algunos lugares de la ciudad, por los bares, por
algunos ministerios y por algunas tiendas. La foto era triste. Un día ella le
hizo aquella foto en el paseo marítimo de San Sebastián y a Daniel se le escapó
la mirada hacia el infinito de los cielos, unos ojos que parecían buscar una
respuesta en las alturas, como desconfiados de la realidad terrestre, o quizá
unos ojos tímidos evitando el objetivo. Tristes. La mirada no desentonaba con
las brumas del paisaje, ni con los nubarrones grises amenazantes, ni siquiera
con la perspectiva observadora y reflexiva de un viejo que aparecía a lo lejos,
en una esquina de la imagen. Detrás de la cámara estaba Ana, como artífice de
aquella escena de divagación o de trascendencia. Triste. Y nadie sabía acerca de
las expresiones del rostro de Ana en el instante de la creación de aquella
imagen que ahora servía para los carteles anunciadores de la desaparición. Y
jamás imaginó Ana que el se iría una semana después del viaje por el País Vasco,
y dejaría una nota tan alarmante como inconclusa, con toda la falta de
información que esgrimían los dolorosos trazos. Ana, me voy en búsqueda de
oxígeno, te quiero, Daniel. Y ella no sabía si aquello tenía que ver con el
egoísmo de los deprimidos, con la indiferencia de espíritu del desamor o con la
apertura de nuevos mundos o aventuras aguardando su llegada en otro rincón de la
vida. O con todo lo expuesto. Y le pudo de manera inevitable la desesperación y
lloró como no lo había hecho desde la infancia. Calmó los sollozos, y retornaron
cuando avisó a la policía. Al día siguiente, tras una noche de insomnio y
pastillas tranquilizantes empezó a rebuscar entre sus cosas, por si en algún
rincón de sus pertenencias había algún indicio, alguna respuesta. El hablaba
poco, y en los últimos meses casi nada, algo roía por su interior que todos
desconocíamos, le había dicho a la policía. Luego apareció un manuscrito:
Desciendo como un Dante cualquiera a un infierno inventado para mí, sin ningún
Virgilio de compañero al que admirar y tan necesario para compartir el dolor.
Desciendo al infierno, y desconozco si encontraré a antiguos amigos y a los
maestros de la literatura, y si existirán los nueve círculos de castigo de los
condenados, y el bosque de los suicidas, la travesía del desierto donde llueve
fuego y la llanura de hielo de los traidores. Daniel estaba mal. Bastaba una
simple lectura y las intenciones del lector de personalizar el breve contenido
del descenso a los infiernos para colocarle entre las fronteras de la depresión.
Una depresión, le hice saber a Ana, una depresión provocada por el estrés de sus
compromisos laborales y una meditación excesiva. Ha pensado demasiado sobre el
sentido de la existencia, de la vida. Oculté lo que sabía que Ana pensaba y era
desazón de su alma. Cabía la posibilidad del suicidio. Que se hubiera ido a
matar a un acantilado o a ahorcar a un prado desamparado y mustio. Cabía la
posibilidad del suicidio. Y cabía la posibilidad del desamor. Los dos los
sabíamos, pero ninguno habló en dirección a las justificaciones más dramáticas.
La policía rastreó la ciudad y las inmediaciones, y nada se supo acerca de su
destino. Luego llamó otro tipo al periódico y dejó caer que le había visto
mendigando por las calles de Barcelona, pero la reputación y la credibilidad del
hombre estaba bastante agotada. Nadie le creyó, salvo los del periódico, como
siempre, que lo quieren creer todo. Otro día Ana encontró otro manuscrito, en
forma de interrogantes: ¿Dónde quedó la gran rosa del paraíso en la que
encontré a Ana, cual si fuera mi Beatrice particular? ¿Dónde quedaron los
tiempos en los que ella fue dadora de felicidad? Desamor. Le había dado por
Dante y La Divina Comedia. Le había dado por huir, quién sabe si a la búsqueda
de la Beatrice que antes había sido Ana y ahora no era más que un manojo de
recuerdos difuminados, y le había dado por sembrar una incertidumbre dolorosa,
sin ruido y aparentemente sin furia.
Ana recordaba cada rincón de París porque había
vivido cada una de las calles de Montmartre. Ana viajaba por todas las ciudades
que la situaban en el pasado y eran el trasunto emocional y dinámico de los
momentos allí vividos, y entonces buscaba la figura ausente de Daniel, que
llevaba un año desaparecido y era un compañero de viaje a veces asentado en la
nebulosa de la memoria, y otras veces, recordado con una nitidez hiriente. Y
entonces un día le dio por pensar que él llevaba un año haciendo lo mismo que
ella y dejó al azar que se encontraran en algún lugar del mundo. Ahora era ella
la desaparecida.
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JAVIER GUERRERO
RODRÍGUEZ,
autor residente en
Madrid. Finalista con el relato
Lucía en el concurso Cuanto Cuento de la Fundación Acuman, formando
parte de una antología de cuentos. Finalista con el relato El forastero
en el concurso La Monstrua dentro de la semana de cine fantástico,
terrorífico y bizarro, celebrada en Guadalajara (México), formando parte de una
antología de veinte obras ganadoras.
Ganador del Primer Concurso de Relato Corto y Poesía organizado por la Revista
Digital Magazine Siglo XXI, con el relato Allan
Seymour. Tercer finalista con el
relato Zapping y sueños en el concurso de relatos de la web Abréte Libro.
Diferentes publicaciones en revistas
especializadas:
Revista Literaria Ariadna: Lucía.
Revista Remolinos: De mi matrimonio con Beatriz Aldaba y otras desventuras.
Revista La Zorra y el Cuervo: El forastero.
Revista Al Margen: Actrices y debilidades, o vidas nebulosas.
Revista Almiar – Margen Cero:
De mi matrimonio con Beatriz Aldaba y otras desventuras.
Revista Almiar – Margen Cero:
De apariciones Marianas y Azar
Revista Mirobriga Semanal: Allan Seymour.
Revista Digital Magazine Siglo XXI: Allan Seymour.
Revista La Zorra y el Cuervo: Bolonia y Balzac.
Revista Misioletras: Bolonia y Balzac.
La Leyenda del Dardo: Algún día.
Revista Perito 17: Algún día.
Revista Remolinos: Bolonia y Balzac.
Revista Mirobriga Semanal: Lucía.
Revista Divague: Bolonia y Balzac y otros relatos.
Revista Ariadna: Natalia.
Revista Isla Negra: Natalia.
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