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Miel
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Blanca del Cerro
La lluvia era un torrente casi
impenetrable. Parecía que el cielo se hubiera abierto en una catarata caliente
de sombras, temblores y agua, mucha agua. La tarde se había transformado en un
silencio insistente de gotas similares a puños que no cesaban de amenazar al
mundo en actitud beligerante, mientras la oscuridad agarraba con sus dedos
afilados los bordes del camino.
Santiago apenas veía. Los limpiaparabrisas barrían agónicos el
cristal, mas nada podían contra la marea que el cielo enviaba hacia la tierra.
Los árboles, las ramas y las hojas se desdibujaban cuando los faros
de la camioneta chocaban contra el silencio de las sombras. La camioneta gris,
un poco vieja, un poco gastada, avanzaba lentamente hacia la granja, situada a
unos dos kilómetros del pueblo, cuyo propietario era ahora Santiago.
Santiago había heredado de sus padres una pequeña granja, de nombre
El Rincón, muy cercana a Naval de los Arroyos, donde había nacido, donde vivía
en la actualidad y donde probablemente acabaría sus días. Sus padres murieron de
una enfermedad incurable denominada vejez y fueron enterrados en el pequeño
cementerio de la villa, uno junto a otro, en un abrazo callado, indiferente y
silencioso, como sus propias vidas.
Se sabía de memoria aquella senda, todavía sin asfaltar, que
conducía hasta su casa, pero las tinieblas y la lluvia horadando el atardecer
convertían el entorno en un aullido incesante de misterios fantasmagóricos, como
campanadas de vidrio taladrando la oscuridad, como espectros con sabor a viento
helado, como fantasmas vestidos con sábanas transparentes de agua.
Santiago, tras la muerte de sus ancianos padres, había quedado solo
al mando de El Rincón. Y allí continuaba y continuaría, con sus gallinas, sus
vacas, sus terneros y su huerta, probablemente acompañado de Rosa, la pequeña
Rosa, a quien acababa de pedir en matrimonio.
La luz había dejado de serlo y se había transformado en fogonazos de
ceniza tibia.
Rosa, la profesora de la escuela, con sus ojos de almíbar y sus
labios arrebolados en un borbotón de deseos silenciosos, le había arrebatado
hasta el alma.
Santiago, al volante de su camioneta, sorteando los baches del
camino y dando tumbos, continuaba avanzando lentamente. Con la mano izquierda
limpiaba el vaho que empañaba el cristal mientras que con la derecha sujetaba el
volante. Le quedaban por recorrer unos cientos de metros y, tras la última
curva, llegaría por fin a casa. Tenía ganas de descansar, de pensar en todo lo
que había sucedido, en la sonrisa sedienta de luna de su querida Rosa diciendo
«sí» sin palabras, en lo que sucedería a partir de ese momento, en su próxima
unión que tendría lugar en verano, en sus sueños formando cordilleras de
ilusiones, en su vida que dejaría de ser solitaria.
Rosa, Rosa, Rosa, repetía, y su nombre se colaba suave por todos los
poros de la piel, y le hacía cosquillas.
La última curva, la más pronunciada del camino, y a final, su hogar.
La chimenea, el fuego, el reposo, el sueño.
Rosa bailaba en su mente una danza densa de arena y flores.
Y al salir de la curva, una sombra. Una sombra negra e informe. Una
sombra salida de nadie sabía dónde. Su corazón empezó a cabalgar, sus ojos se
extendieron aterrorizados, sus labios se abrieron formando un aro de terror.
Santiago reaccionó de inmediato y gritó bruscamente el volante a la izquierda.
Sintió un golpe en el parachoques delantero. La camioneta derrapó y las ruedas
quedaron clavadas en el barro del camino. En ese momento no supo si aquel sonido
aterrador que agrietaba el espacio eran las gotas de lluvia desbaratando el aire
o los latidos de su propio corazón.
Había atropellado a alguien. Alguien había surgido de la oscuridad.
Alguien se encontraba tendido en el suelo. Y él había sido el culpable. No lo
había visto, con la negrura, con la lluvia, no lo había visto…
Bajó de la camioneta como un relámpago de incertidumbres e
interrogantes.
Ante él, tumbado a diez centímetros de las ruedas delanteras, yacía
un pequeño cervatillo, con los ojos abiertos y aterrorizados, que gemía sin
cesar y se movía de un lado a otro ante la imposibilidad levantarse. Tenía una
pata herida a causa del impacto.
Santiago comprendió en un instante lo que había sucedido. Se agachó
y, sin prestar atención al torrente que taladraba ambos cuerpos, acarició al
animal, tocó su pata herida y pensó en cómo actuar.
—Lo siento, pequeño —dijo—, lo siento. Estabas ahí parado y no te he
visto. ¿Qué hacías tú ahí en medio, debajo de este infierno de agua?
Sin pensárselo dos veces, levantó al cervatillo en sus brazos, abrió
el portón trasero de la camioneta, acomodó como pudo al animal en el interior,
entre los múltiples cachivaches allí desperdigados, se puso al volante, dio
media vuelta y emprendió el camino de vuelta hacia Naval de los Arroyos.
Santiago no pudo percibir el rayo de dos ojos muy oscuros que
seguían sus movimientos en la espesura. Tampoco pudo apreciar que esos ojos
ribeteados de niebla encerraban una profunda tristeza.
Una vez en el pueblo, al que llegó entre tumbos, saltos y cataratas
de agua, se dirigió hacia la casa de Martín, el veterinario. Aparcó, bajó del
coche, salió como una exhalación y llamó a la puerta.
Martín, un hombre joven, pelirrojo y muy delgado, como si estuviera
fabricado de estrías, quedó asombrado ante la extraña visita.
—Vaya, Santiago, ¿qué te traer por aquí? —saludó amistosamente—.
Pasa, pasa, que estás empapado.
—No puedo, Martín. Verás…
Y Santiago explicó a su amigo todo lo que había sucedido, mientras
se dirigían hacia la camioneta, ahora protegidos bajo un paraguas. Abrió el
portón trasero del vehículo, Martín sonrió con dulzura ante la visión de aquella
bolita tierna que tenía delante, examinó al cervatillo y juntos lo introdujeron
en la casa, donde el veterinario tenía sus utensilios de trabajo.
—No es nada grave, sólo una herida superficial —afirmó Martín tras
curar la pata del cervatillo—. Pero no podrá andar hasta dentro de unos días. Ha
sido una suerte que pudieras frenar a tiempo.
Santiago contempló al animalito, tan pequeño —calculó que debía
tener tan sólo quince o veinte días—, ahora dormido bajo los efectos de un
calmante, y tan rubio, con su pelaje suave de color trigo seco, y pensó que
parecía un tarrito de miel.
—Te llamaré Miel —dijo mientras le acariciaba la cabeza—. Y estarás
conmigo hasta que puedas caminar de nuevo. Yo te cuidaré. Es lo menos que puedo
hacer por ti.
Santiago agradeció a Martín su ayuda, colocó a Miel en la parte
trasera de la camioneta, y lentamente emprendió el camino de vuelta a su hogar.
La lluvia continuó su sinfonía de rugidos y espasmos hasta el
amanecer.
Transcurrieron los días, tan iguales y tan distintos, durante los
cuales Santiago combinó sus tareas en El Rincón con el cuidado del pequeño
cervatillo. Rosa, vestida de soles luminosos, acudió a la granja el sábado por
la tarde. Y conoció a Miel. Y Miel lamió sus manos blancas a modo de aceptación.
El terror había desaparecido de sus ojos oscuros porque todo eran caricias y
sonrisas a su alrededor, y las caricias y las sonrisas ahuyentan el miedo.
Rosa y Santiago iniciaron los preparativos de su próximo matrimonio,
ceremonia que tendría lugar en la iglesia del pueblo y sería oficiada por Don
Jacinto, el cura, y a la que asistiría la totalidad de los habitantes del lugar.
Rosa y Santiago se sintieron transportados a un mundo de sortilegios
y sueños en el que sólo tenían cabida ellos dos. Solos. Y Miel a su lado, al que
cuidaban como si fuera su propio hijo.
Y llegó el día en que Miel se levantó. Y llegó el día en que Miel
pudo andar. Caminó por el patio, a pasitos lentos, olisqueó la tierra, investigó
el entorno, un poco temeroso, como si estuviera preguntándose en qué consistía
todo aquello tan diferente a su bosque. Y Santiago lo contempló con una sonrisa
muy amplia que casi abarcaba el mundo. Y allí continuó unos días, hasta que la
pata sanó por completo. Y fue entonces cuando Santiago decidió que había llegado
el momento de que el animal retornara a su vida y a su entorno de gritos verdes
y sin hombres alrededor. Se acuclilló ante él y empezó a hablar a la vez que le
acariciaba la cabeza.
—Nos tienes que dejar, pequeño, porque debes volver con tu madre,
que te estará esperando. Comprende que ella te echará de menos. No sabes cuánto
lo siento, pero cada cual ha de estar es su casa, con los suyos, y tu casa no
está aquí sino en otro lugar. Así es y así debe ser —se miraron a los ojos—.
Quiero que sepas que siempre te llevaré aquí dentro —se tocó el corazón— y que
nunca te olvidaré.
Y Miel lamió suavemente la mano de Santiago.
Juntos emprendieron el camino hasta la curva en la que se había
producido el accidente, a unos escasos cien metros de El Rincón. Una vez allí,
el joven condujo al cervatillo al interior del bosque.
—Ha llegado la hora de despedirnos —dijo con palabras embadurnadas
de tristeza—. Aquí te quedas tú —sus miradas se cruzaron—. Espero que seas
feliz.
Y guardándose una lágrima en un pliegue oculto de su corazón,
Santiago dio media vuelta y se alejó, por lo que no pudo percibir el rayo de dos
ojos muy oscuros que vigilaban entre la espesura y tampoco pudo apreciar que
esos ojos ribeteados de niebla encerraban una inmensa alegría.
Se separaron con el alma partida en cachos diminutos.
A finales de verano, en un mes de septiembre engalanado de hojas
amarillas y árboles a medio deshojar, Rosa y Santiago celebraron sus esponsales
en la pequeña iglesia de Naval de los Arroyos y, tras una luna de miel de quince
días de duración, se aposentaron en El Rincón, iniciando así su vida en común
cargados de sueños, ilusiones y esperanzas.
Y los años inmisericordes fueron marcando sus vidas de silencios y aleluyas.
La unión de la feliz pareja fue bendecida de inmediato con el
nacimiento del pequeño Martín, nombre que le fue impuesto en honor al
veterinario, que actuó como padrino del niño. Rosa continuó trabajando en la
escuela y Santiago siguió desempeñando sus labores en El Rincón. Tres años
después nació Rosita. La madre afirmó entonces que todas sus hijas llevarían
nombre de flor porque deseaba que su existencia se asemejara a un jardín. Dos
años más tarde vino al mundo otra niña, a la que bautizaron con el nombre de
Azucena.
La vida de Rosa y Santiago era un nido de sonrisas y un arsenal de
sueños. En ese momento estaban esperando su cuarto hijo, que sería un niño.
Aquella tarde a punto de expirar se acurrucaba lentamente entre las
aristas del cielo. Rosa volvió del mercado con sus tres hijos, a los que dejó
jugando en el patio, como hacía todos los días, mientras ella sacaba las bolsas
del coche, colocaba la compra, arreglaba la casa y preparaba la cena. Santiago
se había quedado en la taberna, jugando una partida de dominó con sus amigos. La
luz se iba despidiendo del mundo formando un sortilegio de sombras anaranjadas.
Hacia las ocho y media, Santiago volvió a su hogar montado en su
flamante camioneta, ahora de color azul, comprada hacía algunos años en
sustitución de la ya vieja y desgastada camioneta gris de otras épocas. Le
extrañó que estuviera abierta la puerta de la cancela que daba paso al patio.
Entró, aparcó en un lateral y bajó del vehículo. Sus hijos Martín y Rosita se
acercaron a darle un beso.
—¿Y Azucena? —preguntó.
Los niños no supieron decir dónde se encontraba su hermana pequeña,
pero dieron por supuesto que estaría con su madre.
Santiago entró en la casa, dio un beso a su mujer y buscó a Azucena,
que acababa de cumplir cuatro años. La niña tampoco estaba en el interior.
—Los he dejado a los tres en el patio, como hago siempre —explicó
Rosa un poco asustada.
Rosa y Santiago se miraron con los ojos que encierran el terror de
una posible tragedia.
—Estará en el huerto —dijo Martín.
Y allí se dirigieron. Pero Azucena no se encontraba en el huerto, ni
en el patio, ni en las habitaciones, ni en los baños, ni en el pajar, ni en el
cobertizo, ni en ningún lugar de la granja.
Santiago se encaró con su hijo mayor.
—Tú eres el
responsable de tus hermanas, que son pequeñas. ¿Dónde ha ido Azucena? ¿Dónde?
—Papá —respondió el niño al borde de las lágrimas—, no sé, estábamos
los tres aquí jugando y de repente… ya no estaba, no la he visto marcharse, no
sé adónde ha ido…
—¿Pero se ha marchado?
—No sé…
Santiago pensó entonces en la puerta de la cancela abierta.
Angustiados, con un borbotón de terror caliente recorriéndoles el
cuerpo, iniciaron la búsqueda por los alrededores, por el bosque, por la
montaña, entre árboles y matojos, bajo rocas y piedras, gritando el nombre de
Azucena a los cuatro vientos.
Azucena no respondió. Un surtidor de lágrimas amargas hizo explosión
en los ojos aterrorizados de los padres.
Tras una hora de búsqueda exhaustiva, Santiago decidió desplazarse
al pueblo a comunicar la terrible noticia de la desaparición de su hija pequeña.
La totalidad de los habitantes de Naval de los Arroyos respondió al
unísono a la llamada de socorro y, armados de palos y linternas, subieron hasta
El Rincón y empezaron a peinar el campo y el bosque, entre gritos, llantos y
soledades.
Azucena seguía sin responder.
La noche negra les saludó despacio, vertiendo una capa de sombras
temblorosas sobre su pena.
Varias horas después, decidieron abandonar la búsqueda de momento,
esperando tener más éxito por la mañana, a la luz del día.
Un manojo de dolor incoloro se aposentó en todos y cada uno de los
rincones y esquinas de la granja aquella noche tibia en la que, sin que nadie
llegara a percatarse, los capullos y las flores rendían homenaje a una primavera
recién instaurada.
La búsqueda de la pequeña continuó durante todo el día siguiente. El
nombre de Azucena reventó en las gargantas de los habitantes del pueblo.
Hombres, mujeres y niños batieron la zona en medio de gritos y lágrimas,
mientras la mañana se transformaba en tarde y la tarde en noche cerrada.
Buscaron por todas partes, escudriñaron cada centímetro de la zona,
investigaron, gritaron, quedaron agotados y exhaustos. Pero la niña no dio
señales de vida.
La angustia se hizo dueña del viento apretándolo con sus garras
hasta dejarlo mudo, y el aire sembró a su alrededor una especie de pasta viscosa
y gris llamada tristeza que dejó impregnado hasta el último átomo de vida de
aquel cachito de tierra.
Azucena seguía sin aparecer.
Desolados, tristes, cabizbajos, agotados tras aquella jornada de
búsqueda infructuosa, los habitantes de Naval de los Arroyos retornaron a sus
hogares. Llevaban en sus bocas el sabor amargo del fracaso. Al día siguiente
continuarían batiendo la zona.
El Rincón había quedado encerrado en una campana invisible de pena
negra.
Santiago, embrollado en un confuso sentimiento entre el agotamiento
y la desesperación, preparó y sirvió la cena, recogió la mesa y acostó a los
niños. Salió al exterior para abrir la cancela pensando que, en caso de que
Azucena volviera, al menos pudiera encontrar la puerta abierta. Rosa hubiera
sido incapaz de hacer nada. Su mujer, repentinamente transformada en una especie
de espectro abrumado por las sombras, sólo sabía llorar. Le administró un
calmante suave para que pudiera dormir, la acompañó a la cama y la acostó.
—Buenas noches, cariño —se despidió con una caricia—. Ya verás como
mañana tenemos más suerte.
Cerró la puerta del dormitorio y, entrando en la cocina, se dispuso
a fregar los cacharros.
Una vez finalizadas sus labores y ante la total seguridad de no
poder conciliar el sueño, Santiago decidió sentarse en una silla, en el porche
delantero de la casa, a contemplar la oscuridad y compartir su dolor con las
estrellas.
La noche era un silencio negro plagado de grietas.
Así permaneció mucho tiempo, tal vez varias horas, pensando en la
nada, preguntándose por qué, soñando con tener en sus brazos a su hija,
maldiciendo al bosque y a la espesura, echando la culpa al silencio, buscando en
su mente otros caminos que recorrer, trazando senderos imaginarios.
¿Dónde estás, hija? ¿Dónde estás?
Le había pasado por la cabeza la idea de un secuestro, la
posibilidad de que algún desalmado hubiera raptado a la pequeña y pudiera llegar
a hacerle daño, incluso a violarla o a matarla. Deseó apartar esos trágicos
pensamientos, pero ahí estaban, machacando y machacando sin cesar su cerebro
agotado. Se oían casos así. Niños desaparecidos y encontrados muertos. A veces
ocurría, pero no, no era posible, no era posible. No, por favor, no, no hagáis
nada a mi niña. Por favor…
Sólo se oía el chirrido aletargado de los grillos.
Y en medio de aquel silencio teñido de angustia, torturado por las
macabras ideas que inundaban su mente, de repente, como si el aire hubiera
quedado partido por un sonido distinto al resto de los sonidos, Santiago creyó
percibir en la lejanía un suave ruido de pasos muy tenues.
—¡Azucena! —gritó.
Se levantó de la silla. Sus ojos se abrieron inmensos intentando
horadar a golpes la oscuridad absoluta.
—¡Azucena!
Pasos. Era cierto. Sonido de pasos.
Quedó paralizado, sin ninguna posibilidad de movimiento. Sus ojos
veían la nada completa.
Pasos que se acercaban.
Los segundos se derritieron formando un gigantesco polvorín de
esperanza.
Como un fantasma desgajado, salió de su repentino estupor y empezó a
caminar lentamente hacia las tinieblas.
Una sombra se perfiló ante él. Una sombra que se fue agrandando y
agrandando y agrandando.
Una sombra.
No podía creer lo que estaba viendo. No podía creer lo que tenía
delante. No era posible. Estaba soñando. La noche se había apoderado de su
cuerpo y le estaba engañando.
A pocos pasos del lugar en el que se encontraba, surgiendo de un
manojo de oscuridad completa, apareció la majestuosa figura de un enorme ciervo,
de aspecto fantasmagórico y soberbio, con una espectacular cornamenta, en cuya
grupa estaba sentada su hija Azucena.
El ciervo se aproximaba lento.
El tiempo, en unos instantes, quedó congelado y transformado
únicamente en miradas. La mirada de Santiago al ciervo y a la pequeña, la mirada
del ciervo a Santiago, la mirada de Azucena a su padre, la mirada de la noche a
un hombre, a una niña y a un animal, todos ellos petrificados, convertidos en
estalactitas y estalagmitas de sombras.
Santiago extendió los brazos, se acercó a su hija y la abrazó con
ansias, desmontándola de la grupa del magnífico ejemplar, y así la mantuvo, muy
apretada, a la vez que exclamaba:
—¡Azucena! ¡Hija mía! ¡Azucena!
—¡Papá! ¡Papá!
La niña tenía una herida en la frente.
—¡Papá! ¡Qué miedo he pasado!
El enorme ciervo permaneció quieto junto a ellos, acariciando con
sus ojos oscuros las paredes de las tinieblas.
—¿Qué te ha pasado? ¿Estás herida?
—¡Papá! Me perdí en el bosque, y me caí, y creo que me desmayé.
—¿Pero estás bien? ¿Estás bien, cariño? —respondió Santiago
comiéndosela a besos tiernos.
El inmenso ciervo, muy quieto, escuchaba y sonreía por dentro.
—Sí, papá, sí, me caí, y desperté luego, me puse a andar, y estuve
andando y buscando el camino, pero no lo encontré, y lloré mucho, y de repente
apareció él —señaló al ciervo—, y él me empujó con el morro hasta llegar a un
arroyo, donde bebí, porque tenía mucha sed, y luego me escondí en una cueva,
porque tenía miedo, y él estuvo conmigo, no se separó de mi lado, y me dormí, y
después, cuando me desperté tenía mucha hambre, y encontré piñas y comí piñones,
y no sabía qué hacer ni adónde ir, y después el ciervo se tumbó a mi lado y me
empujó para que subiera encima de él, y luego me trajo hasta aquí. Él encontró
el camino y nos hemos hecho amigos. Ha sido muy bueno.
Santiago besaba con ternura a su hija.
—Y ahora tengo mucha hambre, porque no he comido desde hace un
montón.
—Ahora mismo vamos a casa y te curo, y comes algo.
La niña, ya más tranquila y calmada, estiró la mano y acarició con
ella la cabeza del animal.
—Gracias, ciervo, gracias —dijo sonriente.
Y los tres se enredaron en una mirada tierna cargada de infinitos.
—No se llama ciervo —dijo Santiago contemplando con ternura a los
dos seres que tenía delante—. Se llama Miel.
Azucena miró a su padre con sorpresa.
—¿Miel? ¡Vaya nombre! ¿Y tú por qué lo sabes?
—Es una larga historia que te contaré algún día.
—¿Algún día? ¿Por qué no me la cuentas ahora?
—Ahora voy a curarte y tienes que comer y dormir. Y vamos a
despertar a mamá y a tus hermanos para decirles que ya has vuelto, porque
estábamos muy tristes, ¿sabes?
Hombre y ciervo se llenaron el uno de los ojos del otro. Santiago
abrazó a Miel con el brazo que le quedaba libre, y permanecieron así, muy
quietos, muy juntos, piel contra piel, mientras le susurraba al oído:
—Gracias, Miel, gracias por existir, gracias por no haberme
olvidado, gracias por traerme a mi hija, gracias por vivir. Gracias, gracias por
todo.
Miel clavó sus ojos en el padre y la hija y lamió suavemente la mano
de Santiago.
Parecían un grupo de estatuas petrificadas. Parecían silencios
convertidos en carne. Parecían sueños transformados en sonrisas.
Una ráfaga de noche cubrió con su manto los cuerpos de aquellos tres
seres y emitió su cántico de despedida. Miel levantó la cabeza, escuchó las
notas de una sinfonía que se desperdigaba por el bosque, dio media vuelta y,
seguido por las miradas de sus amigos, desapareció lentamente en la caverna de
la oscuridad.
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BLANCA DEL
CERRO
(Madrid, 1951). Es Licenciada en traducción,
interpretación y filología francesa por la Escuela San José de Cluny, de Madrid,
dependiente de la Sorbona de París. Ha dedicado gran parte de su vida a la traducción, especialmente
técnica, por lo que ha traducido multitud de artículos, folletos y
especificaciones, además de 35 libros. Ha obtenido el Primer Premio de Relatos
de la revista Genial y tanto el Primer y Tercer Premios de Relatos Cortos como
el Primer Premio de Poesía de la Revista de Finanzauto. Ha publicado el
libro Luna Blanca
(Editorial Nuevos Escritores), y textos suyos han sido publicados en la Revista
de
Transportes, de Barcelona, en las revistas digitales Ariadna, Letralia,
Narrativas y Almiar, y en el
Taller de Escritura Pluma y Tintero. Su libro, aún inédito, Mi nombre es
Aurora, fue uno de los diez finalistas del I Certamen de Novela Zayas (2008). Colabora en
Radio Latina —para cuya página web escribe— y Radio Merlín (Madrid). Es miembro
integrante del Grupo Literario El Parnaso.
Lee otro relato de esta autora:
El futuro presidente
y Las águilas

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