ÍNDICE

Javier Guerrero Rodríguez Desaparecidos

Pilar Romano Avisos parroquiales

Javier Martínez El ojo

Juan Peláez Gómez La fuerza de todos los nombres

Peter Robertson Hacia Inferno

Beto Brom El nuevo inquilino

Rafael Borrás Aviño La caja de latón

Darío Vilas Couselo A tres pasos de mi nuevo hogar

Romina Cazón Me dijeron (y otros relatos)

Javier Claure Moscú y la Revolución

María Aixa Sanz Muñeca triste

Eduardo Martos Gómez La cosa

Mónica Salinas Condiciones

Carlos Montuenga La Perla de Córdoba (final)

Renzo Carnevale
La banda

Orlando Mazeyra Guillén Cuando ya no tengas secretos

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A tres pasos de mi
nuevo hogar

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Darío Vilas

    

Primer paso
 

Desde el taxi que me llevaba a casa, vi a la mujer que caminaba por en medio de la carretera, con una mirada penetrante que desafiaba a los conductores que le pitaban y dedicaban improperios para que se apartase. 

—Esa puta va a acabar aplastada —profetizó el taxista. 

Y pude verlo. A pesar de que ya la habíamos dejado atrás hacía rato, a mi cabeza llegó la imagen de la mujer siendo arrollada por una furgoneta de reparto para, posteriormente, estamparse la misma contra el escaparate de una tienda de alimentación. Evidentemente, no sé si esto ocurrió, pero la escena era tan vívida y real en mi imaginación que un escalofrío nació en la base de mi nuca y recorrió toda mi espina dorsal, provocando que el vello de todo el cuerpo se me erizase. 

Llegué a casa sobre la una de la madrugada, como era habitual. No tenía sueño, algo que también empezaba a ser común. Ahora duermo, y lo hago con una profundidad tal que podría saltarme encima una persona sin que lo notase. Cené, delante del televisor, las sobras de la comida que había ingerido a mediodía. Normalmente, uno no tiene muchas ganas de cocinar cuando trabaja desde las dos de la tarde hasta las doce y media de la noche, con un sólo día libre por semana, con suerte. La mañana de aquel día en particular, mi esposa me había preparado todo un señor guiso de pollo con macarrones, asegurándome una cantidad suficiente como para que no tuviese que volver a pasar el trabajo en las siguientes cuarenta y ocho horas, ya que había tenido que viajar por compromisos familiares. Mis obligaciones laborales no me habían permitido acompañarla. 

Después de la cena decidí meterme en cama, poner cualquier película americana de acción soporífera y dormir todo lo que el cuerpo me permitiese, ya que al día siguiente no tenía que trabajar. Sólo me costó algo más de media hora empezar a dar pequeñas cabezadillas y comenzar a mezclar las imágenes que me llegaban del televisor con mis propios sueños. Tras unos minutos de descanso ligero, volví a abrir los ojos, probablemente por culpa de alguna impresionante explosión que había ocurrido en la película. La mirada me pesaba bastante por la modorra, y me costó fijar la vista nuevamente en la pantalla. Cuando por fin pude enfocar, comprobé que el héroe de la función había salido ileso de todas las inverosímiles situaciones en que le habían metido, y miraba hacia la cámara, en la que, casi con toda seguridad, sería la escena dramática de la película. Pero algo no iba bien. La mirada del actor era demasiado intensa, «demasiado real», como si la dirigiese a mí directamente, y en ella descubrí oculto el rostro de la mujer que había visto horas antes en la carretera. Poco a poco, se fue aproximando, con sus ojos clavados en los míos. El corazón comenzó a latirme de forma pesada, de tal manera que parecía costarle demasiado esfuerzo hacer su trabajo. Noté que hacía mucho calor en la habitación. Sin motivo aparente, me envolvió un pánico irracional hacia aquel intérprete que me miraba desde el otro lado del cristal. Entreabrió los labios, en una media sonrisa, y por un momento pensé que me iba a hablar. Pero no pasó nada más. La secuencia cambió y dio lugar a un tiroteo. Lentamente me fui serenando y cobré consciencia de que no había respirado en el tiempo en que aquella escena se había desarrollado.

A los pocos segundos ya dormía con profundidad nuevamente.

Segundo paso

Por la mañana todo transcurrió con normalidad, hasta el momento de la ducha. Mientras me aseaba me pareció ver, por el rabillo del ojo, la sombra de una persona agazapada junto a la puerta. Lentamente, se fue acercando («reptando») hasta la bañera, aproximándose hasta tal punto que pude vislumbrar que se trataba de una mujer, pero cuando me giré no había nada. Supuse que mi imaginación me había engañado, pero esto me hizo recordar lo que pasó la noche anterior con el personaje de la película y la mujer de la carretera, y supe que se trataba de la misma persona. Noté un zumbido en la cabeza, pero continué con mi higiene, ignorándolo por completo y determinando que simplemente me estaba pasando factura el cansancio acumulado en las últimas semanas.  

El resto de mi jornada festiva fue perfectamente rutinario, y decidí que esa noche no iba a ver ninguna película. Mi mujer llegaría al día siguiente, probablemente antes de comer. Habíamos acordado que realizaríamos nuestra mudanza tras su regreso. Después lo celebraríamos con algunos de nuestros mejores amigos, así que me animé a salir de casa para hacer algunas compras y preparar algo especial. Me pareció buena idea ir a pie, aunque me supusiera tener que hacer varios viajes, porque tampoco tenía nada mejor con qué ocupar mis horas y el día era especialmente agradable e invitaba a pasear.  

Al atardecer había salido para un último recado cuando, al cruzar la calle para ir a la tienda de ultramarinos, volví a ver aquella furgoneta de reparto que el día anterior circulaba a gran velocidad. La risa de un niño sonó de fondo, desde dentro de la tienda, totalmente ajena a las coincidencias que en mí despertaban un sentimiento incómodo y al zumbido que regresó de nuevo. Esa risa me hizo ver que no había motivo para preocuparme, que la vida está llena de estos pequeños giros que el cerebro te hace relacionar, jugando a confundir tu existencia con un plan perfecto que el destino ha ejecutado. Pero yo no creo en el destino. 

Tercer paso

Poco a poco van llegando todos los invitados y, sin prisa, pasan uno a uno frente a mi esposa, que los recibe con abrazos mientras ellos le devuelven el aprecio con palabras cariñosas. Yo me mantengo expectante desde mi sitio, pero al rato también se acercan hasta donde estoy para saludarme. Durante un par de horas, familiares y amigos intercambian anécdotas, sucesos y pareceres variados sobre este u otro acontecimiento importante. Quizás demasiado tiempo para mi gusto. 

Finalmente, se van dirigiendo a sus coches para seguir al mío, que al frente de la comitiva los dirige hasta mi nuevo hogar. Tras cruzar los jardines, que los invitados observan con curiosidad mientras van pasando, nos detenemos ante la entrada. Mi mujer toma la decisión de decir unas palabras para agradecer la presencia de todos y, entre lágrimas, me dedica unas frases cargadas de emoción y amor incondicional. Los presentes las acogen embriagados. La tarde se vuelve densa, pero a pesar de ello me siento feliz de compartir este gran momento. Alguien a quien no conozco habla también, pero ya no presto atención a lo que dice porque he notado que mi mujer no ha cesado en su llanto y varias personas la abrazan. A poca distancia de ella, noto la presencia de la mujer que me ha acompañado los últimos dos días. Siento cómo me empujan fuertemente, y los sonidos se vuelven cada vez más distantes. No consigo comprender nada de lo que sucede, y unos fuertes golpes comienzan a despertar en mí una angustia creciente. De fondo puedo escuchar cómo la gente intenta en vano consolar a mi esposa; y en ese momento logro entenderlo todo.

No habrá más celebraciones, no volveré a verlos a todos juntos. Algunos de ellos vendrán a visitarme de cuando en vez, y mi esposa, fiel y dedicada, cuidará de mi nueva morada con el mismo mimo con que lo hizo en todos nuestros años compartidos. Algún día se reunirá conmigo. 

Mi nuevo hogar es oscuro y frío. Con horror descubro que soy consciente de ello e imploro, desde mi mudez, que alguien venga a sacarme.

 

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DARÍO VILAS COUSELO. Natural de Vigo donde nació el 10 de junio de 1979.
Gestor telefónico de profesión, en su tiempo libre desarrolla el gusto por la narrativa más tradicional, pero sin dejar de lado temas oscuros y transgresores, publicando sus textos en diversas páginas literarias bajo el pseudónimo Xulio Estón.
Su relato La Bruja Lusa fue seleccionado relato del mes de septiembre de 2007 en la Web www.tusrelatos.com, y publicado por la revista Transparencias en el número de noviembre de 2007.
Recientemente, elaboró una colección de textos titulada Desaparezcamos, basándose en el trabajo discográfico Desaparezca aquí, de Nacho Vegas, también publicados bajo el pseudónimo Xulio Estón, y cuya lectura se puede realizar desde el enlace que se encuentra en la Web del artista y también desde la de su discográfica, Limbo Starr. Asimismo, inició una colaboración con la revista cultural Almiar, Margen Cero.
También colaboró en la obra recopilatoria de cuentos Primeras Piedras, editada por narradores.es.

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IMAGEN: Juanjo Barinaga y Pedro M. Martínez

 



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